PARROQUIA SAN VICENTE DE PAÚL


SANTO VIACRUCIS

PREPARACIÓN AL VÍA CRUCIS


Hacer el Vía Crucis:

    Vamos a hacer el Vía Crucis...... El Vía Crucis de Cristo. Hacer......, y decimos bien, porque hacer el Vía Crucis es recorrer el camino de la cruz. El camino que recorrió Jesús hacia el Calvario. Detenerse en las estaciones de ese camino y meditarlas. Recordar el trayecto de la Pasión de Jesús. Es el Vía Crucis real, el que hizo Jesús que no se repite más, una vez para siempre.

    Es el Vía Crucis que recordamos. El de los Evangelios. El de la tradición. El de la devoción cristiana. El hecho tantas veces en las iglesias y en las calles, en las montañas, en los caminos de tantas ermitas. Es el Vía Crucis de Cristo, recordado, amado, prendido en la devoción de los cristianos.

    Vamos a hacer el Vía Crucis con la fe y devoción que nos une a Cristo.

Hacer mi Vía Crucis:

    Voy a hacer el Vía Crucis...... Hacer el Vía Crucis es recordar el de Cristo. Vivir en la intimidad posible de fe, de imaginación y de piedad el trayecto que Jesús recorrió hacia el Calvario.

    Vivir la realidad de las situaciones de Cristo y vivir mi realidad vital, la realidad de mi propio Vía Crucis. Vivir el de Cristo, vivir el mío. Empalmar en una sola realidad el Vía Crucis de Jesús y mi propio camino de la cruz.

    Hacer mi propio Vía Crucis, recordando en la fe y en la devoción el Vía Crucis de Jesús.

Hacer tu Vía Crucis:

    Vas a hacer tu Vía Crucis......, el tuyo. Sigue los pasos de Cristo. Vive en tu intimidad el Vía Crucis de Jesús y tu vida se convertirá en distintas estaciones de tu propio Vía Crucis.

    También tú tienes tu palabra para cada estación del Vía Crucis de Jesús y tienes, sobre todo, la palabra exacta para las estaciones de tu propio Vía Crucis.

    Yo te presento mi palabra. Que mis palabras sean tuyas. Que tus palabras sean mías. Que yo acierte con tu palabra exacta.

    Que la palabra circule entre los corazones, iluminada por la fe y vivida en la piedad.

    Comunicar tu propio Vía Crucis, por medio de la palabra alivia las penas y es testimonio para los demás.


ESTACIONES DEL VIA CRUCIS



Primera estación

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     La condena de Jesús. Él no tiene pecado.

     El que no tenga pecado que tire la primera piedra. Y a la mujer aquella nadie la condenó. Todos ello tenían pecado.

     Jesús no tiene pecado y le condenan. Le condenan porque para ellos ha pecado, ya que se hace Hijo de Dios al llamar a Dios Padre suyo. Los hombres condenan a Dios, al Hijo de Dios, al Hijo del hombre.

     El que ha pecado ha sido el hombre al querer hacerse Dios, ser como Dios. Siempre han tenido los hombres la tentación de ser como Dios. Toda soberbia nos lleva a esa tentación.

     Jesús se deja condenar porque es Dios.

     Nosotros le condenamos en nuestro afán de ser más que los demás. Nosotros hemos condenado a Jesús a seguir sufriendo en nuestros hermanos.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Segunda estación

JESÚS CARGADO CON LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

    Lleva Isaac la leña para el sacrificio. Es la figura de Jesús en el Antiguo Testamento. Jesús lleva su cruz, donde va a ser sacrificado. Isaac es la figura, Jesús la realidad . Es una cruz de madera. Al cargarla sobre su hombro, Jesús recuerda el taller de carpintero del humilde José. El olor a madera le es grato y el peso de la cruz es fuerte. Jesús sabe calcular el peso de los maderos.

     Pero ahora, el peso no son los kilos de la madera, son los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. Tienen que pesar, ya que el peso no se mide por los criterios de los hombres, se mide por los criterios de Dios. No son mis criterios como vuestras maneras de pensar, puede decir Dios. Y nos lo dice al ver que no perdonó a su propio Hijo por hacerse fiador de nosotros los hombres, y por eso le entregó a esta muerte, y muerte de cruz.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Tercera estación

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Es normal la caída bajo el peso de la cruz para un cuerpo maltratado.

     Jesús siente en su cuerpo la debilidad de la noche sin dormir y los tormentos recibidos. Es Dios que ha jugado en la creación con la bola del mundo y la luz de las estrellas, y ahora cae bajo el peso de la cruz. Es Dios que ha venido a sufrir las limitaciones de la humana naturaleza. Es verdaderamente hombre, porque vive hasta el extremo la debilidad de las fuerzas corporales.

     Para los niños que revolotean hasta rendirse al sueño, para los niños deficientes que no son dueños de sus sentidos corporales, para los jóvenes poseedores de la plenitud de la vida, para aquello jóvenes que malgastan sus fuerzas corporales, para ellos y para todos nosotros, le debilidad de Jesús en esta primera caída.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Cuarta estación

JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Los discípulos le han abandonado como Él les había dicho.

     Aquí está María, su Madre. Está siempre donde tiene que estar. Y donde Dios la llama, está toda ella, en cuerpo y alma, como mujer y como madre. La Inmaculada, toda ella de Dios.

     Ella dijo ante el ángel: "hágase en mí según tu voluntad". Y ahora también lo repite, porque esta es la voluntad de Dios: ver así a su Hijo.

     En la lejanía, sin verle, ha sufrido, y la presencia aumenta su dolor. Su dolor sin palabras aliviadoras.

     Sus ojos establecen un diálogo que hace palpitar el aire. El Hijo y la Madre se dicen cuánto tiene el dolor de redención. Ese diálogo es el punto central de la santificación de las madres.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Quinta estación

EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Tu cruz, Señor, esa cruz de madera que los romanos te prepararon.

     Tu elegiste a tu Madre......, la cruz no. Es la que te prepararon los hombres, y ellos no pensaron en la debilidad de tus fuerzas después de una noche de torturas. Al verte caer bajo el peso de la cruz, decidieron buscar quien te ayudara a llevarla.

     Es Simón de Cirene. Viene del campo, viene cansado de trabajar y le obligan a llevar la cruz de Jesús.

     Los soldados romanos entienden de sus graduaciones, y no entienden de esa dignidad de llevar la cruz con Jesús. Los ángeles se hubieran disputado el puesto. Era para este hombre de Cirene. Así entró en la historia de la salvación.

     Llevar la cruz con Jesús es redención para mí y para mis hermanos, los hombres.

     Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Sexta estación

LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Las calles de Jerusalén presencian el paso de los soldados custodiando a los trs condenados.

     Hay mucha gente a las puertas y en las esquinas. Muchos de ellos habían visto a Jesús hacer milagros y predicar. Otros han sido curados por Él. Pero nadie se mueve de su sitio. No le conocen, o no quieren conocerle. Se cumplen las palabras de Isaías (52,14): "Muchos se horrorizaban al verlo......, no parecía hombre, ni tenía aspecto humano". 

     Sí, hay una mujer, la Verónica, que le ha conocido. Se acerca con un lienzo blanco y enjuga el rostro de Jesús. El gesto es muy humano, pero hay algo más en la caridad de esta mujer: es el amor a Jesús. Y Jesús agradece todo lo que se hace por Él. La Verónica enredó el lienzo entre sus dedos y los estrechó contra su pecho. Un fuego quemó su corazón. Era el rostro de Jesús grabado en la blancura del lienzo.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Séptima estación

JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Otra vez cae Jesús. "Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios", al contrario, tomó la condición de un ajusticiado, de un hombre cansado, de un siervo bajo el peso de la cruz. Los tormentos anteriores le han debilitado y el peso de la cruz parece que se ha duplicado. Por eso cae por segunda vez.

     Y esta caída puede ser para todos, y para todos los de edad madura. Para la edad fuerte, que domina el mundo. Para los hombres y mujeres que creen tener categoría de algo. Los hombres sólo tenemos una categoría: la naturaleza humana. Es nuestra dignidad de seres creados por Dios.

     Esa naturaleza humana, adoptada por Cristo, es la que ahora cae en toda su debilidad. El cae para levantar a los hombres, con su condición divina, a la categoría de ser hijos de Dios. Esa es nuestra gran categoría.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Octava estación

JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALEN

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

    Les seguían una multitud del pueblo. Y mujeres que se golpeaban el pecho se lamentaban por Él. Se reconocían pecadoras y lo manifestaban dándose golpes de pecho. El compadecerse de Jesús es un verdadero medio para llegar al arrepentimiento.

"No me mueve mi Dios para quererte. 
Muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido; 
muéveme el ver tu cuerpo tan herido".

     Y Jesús les dice: "no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos". Siempre han llorado las madres. Eva lloró sobre Abel, su hijo, y desde entonces las madres llorarán a sus hijos, vivos o muertos. Las causas son múltiples, la realidad del llanto la misma. Los secretos de las madres están bordados con las lágrimas amargas que brotan del corazón. Y están santificadas por una Madre, Inmaculada, que lloró la pasión y muerte de su Hijo, que era Dios.

     Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Novena estación

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Otra vez la debilidad de las fuerzas humanas. Ni el hombre más fuerte hubiera resistido el peso de la cruz, después de los azotes recibidos.

     Jesús tomó la condición de esclavo y pasó por uno de tantos, y por eso quiso sufrir el perder las fuerzas corporales, y una vez más cae bajo el peso de la cruz. La cruz no pierde su peso, pero Jesús ha ido perdiendo sus fuerzas corporales. Ha sido unas pocas horas, pero largas en tormentos.

     Nosotros las perdemos por los años que pasan, y nos dejan en la escueta realidad de la edad avanzada. La vida se ha hecho cruz y nos pesa. No podemos con nosotros mismos. La debilidad de este cuerpo mortal se ha hecho temblor para nuestra existencia en la cumbre de la vida.

     La cumbre puede darnos vértigo, pero desde ella se divisan horizontes de lejanía y de eternidad gloriosa.

 Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Décima estación

JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Era costumbre el despojar de sus vestiduras a los reos para crucificarlos. Jesús era, para los romanos, un reo, y así le han tratado al vestirle de falso rey, y así le tratan al despojarle de sus vestiduras.

     Y una vez crucificado, los soldados se apropiaron de sus vestidos haciendo cuatro lotes, uno para cada uno. Dejaron a parte la túnica, que era de una sola pieza. Y así cumplieron la Escritura que decía: "Dividieron entre ellos mis vestidos y mi túnica la echaron a suerte". ¡Hasta donde llegó la expiación de Jesús a su eterno Padre! Hasta ser despojado de vestidos para expiar, con su piel al aire, tantas desnudeces pecaminosas.

     Jesús, Palabra del Padre, se recreo al dibujar las flores y lirios del campo. Mirad cómo Dios los vistió de tal belleza que ni Salomón tuvo tal lujo con sus trajes de rey. Hombres: mirad cómo vosotros desnudáis al que es la hermosura del Padre. 

 Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Undécima estación

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Los soldados son de hierro y manejan los clavos y el martillo con la agilidad de maestros. El ruido del martillo sobre los clavos es el mismo, pero resuena de distinta forma en unos y en otros. Para los soldados es la costumbre de otras veces. Para los jefes judíos es el grito de la venganza: "que se salve a sí mismo, si puede". Para la Virgen y piadosas mujeres es trueno que traspasa los corazones.

     El aire se estremece al grito del hierro, y éste grito ha quedado grabado en las páginas de la historia, llegando a nosotros en este momento del Vía Crucis que estamos haciendo.

     Estos golpes de martillo sobre hierro no llegan a todos los corazones. Hay corazones de piedra que nada sienten, que nada viven, que se quedan en la dureza de la piedra. Así dice el Señor: "os arrancaré ese corazón de piedra y os infundiré un corazón de carne". Que la sensibilidad del corazón ayude a la mente a creer más y mejor.     

 Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Duodécima estación

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Y Jesús, dando un fuerte grito, entregó su espíritu. Jesús fue dueño de su vida hasta que llegó la hora de entregarse al Padre. Por eso, Él mismo entregó su espíritu. Y lo entregó a su hora, cuando todo estaba cumplido al pie de la letra.

     Inclinó la cabeza y entregó su espíritu en manos de su Padre, y su cuerpo quedó en los brazos de la cruz. Y la cruz es el árbol que sostiene el fruto de la vida. La vida que se nos comunica por este cuerpo inerte que es la plenitud de la Redención, y en el cuerpo eucarístico que es la plenitud de la vida.

     ¡Cuántos acontecimientos en torno a su muerte! El velo del templo se rasga en dos. La tierra tiembla. Las tumbas se abren. ¡Cuántos......! Y la humanidad sigue siendo de piedra. Pero hubo un hombre, ante todo ésto, que dijo: "en verdad éste era Hijo de Dios". Fue un soldado romano, el centurión, el que comprendió que Jesús era Dios. ¡No tenía el corazón de hierro como parecía!

 Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Décimo tercera estación

JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     Jesús entregó su espíritu al Padre y expiró. La muerte de Jesús es cierta. Los jefes judíos piden a Pilato que certifique la muerte. A los otros ajusticiados les quiebran las piernas. A Jesús, viendo que ya había muerto, un soldado con la lanza le traspasa el costado. Su cuerpo muerto ya no les interesa. Les estorba para la celebración de la Pascua. Fue José de Arimatea, discípulo clandestino, el que pide a Pilato el cuerpo de Jesús para darle sepultura. Es la Iglesia, con su fe, la que empieza a funcionar junto a la cruz.

     Allí está la Virgen, Juan, las piadosas mujeres, José de Arimatea y Nicodemo. Es la Iglesia inicial, movida sentimentalmente por ese Crucifijo. Junto a Él empezó la Iglesia a moverse con la fuerza eficaz del Redentor. De ahí la gran trascendencia que el Crucifijo ha tenido en la historia de la Iglesia.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.


 

Décimo cuarta estación

JESÚS ES DEPOSITADO EN EL SEPULCRO

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

     El cuerpo de Jesús es llevado de los brazos de la cruz a los brazos de la Madre, y de ellos a la roca fría del sepulcro. José de Arimatea tiene el permiso de Pilato para enterrarlo. Para ayudarle llegó también Nicodemo. Entre los dos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino empapadas en la mezcla de mirra y aloe, siguiendo la costumbre judía de enterrar a los muertos.

     Es el primer entierro que hace la Iglesia como tal. Los actores principales son dos hombres que han sido creyentes en Jesús, pero por miedo a los judíos, no se manifestaron públicamente como tales. La muerte de Jesús ha roto los miedos y respetos humanos, y se han decidido enterrar a Jesús.

     Y se quedó solo el cuerpo de Jesús en el sepulcro. La muerte es triste, y triste la noche aquella. La noche siempre precede a la aurora. Todos se fueron en la noche a Jerusalén sin saber que venía la aurora de la Resurrección.

Señor, pequé.
Ten compasión y misericordia de mí.

 


 

Vía Crucis realizado por:
P. Enrique Velayos Fernanz C. M.

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