PARROQUIA SAN VICENTE DE PAÚL


ALREDEDOR DE TU MESA


- EL GOZO DE LA EUCARISTÍA -

En la Misa nos reunimos para celebrar algo en común, porque somos el Pueblo de Dios, somos el Cuerpo de Cristo, somos una comunidad.

Lo primero que hacemos los cristianos, al celebrar la Eucaristía, es reunirnos con otros cristianos. Sobre todo lo hacemos el día del domingo. Ya la primera comunidad cristiana decidió tener en este día su reunión eucarística, porque este día fue en el que resucitó Jesús de entre los muertos: "El primer día de la semana, estando todos reunidos...... A los ocho días, estando de nuevo todos reunidos......" (Jn 20); "el primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan......" (Hechos 20). Desde entonces, hace dos mil años, no hay domingo cristiano sin Eucaristía.

Nos reunimos. Eso es lo primero. ¿Y para qué? Para orar juntos. Para escuchar la Palabra de Dios. Para ofrecer el sacrificio de Cristo. Para participar de su Cuerpo y su Sangre en la comunión. Para crecer en nuestra fe y reafirmar nuestra identidad cristiana en medio de este mundo.

No debemos acudir a Misa tan sólo por razones sociales o por gustos, lejos de tener sentido cristiano. Debemos acudir porque nos sentimos miembros de la Iglesia y convocados por Dios para celebrar nuestra Pascua semanal en torno a Jesús resucitado. Debemos reunirnos, sobre todo con el convencimiento, de que acudimos a celebrar el don que continuamente nos hace Dios:

SU PALABRA Y SU EUCARISTÍA.


- NUESTRA ACTITUD EN LA EUCARISTÍA -

La Eucaristía es el centro de nuestra fe.
En ella nos reunimos los cristianos para participar todos juntos de la presencia viva de Cristo.

Porque todos formamos esta Iglesia, todos tenemos el derecho a la presencia de unos junto a los otros; así nos ayudamos a celebrar mejor la Eucaristía y a animarnos en la fe. Y es esto lo que nos debe hacer participar de la Eucaristía con una actitud del todo cristiana:

- Debemos ser puntuales por respeto a la comunidad reunida y a lo que vamos a celebrar. Es en los primeros minutos de la Misa, con el canto de entrada, el saludo, etc. donde nos preparamos y damos sentido a toda la celebración. No podemos seguir pensando que hemos asistido a Misa, si no hemos participado de estos momentos iniciales.

- No debemos situarnos alejados unos de los otros, sino hacerlo unos junto a los otros, de una manera razonable, creando un clima de verdadera comunidad celebrante.

- Debemos adoptar una postura interior y exterior de activa participación, escuchando atentamente, orando, cantando, comulgando...; porque somos todos, como verdadera comunidad, los que celebramos. Por ello, no podemos conformarnos con asistir, sino que debemos asistir participando.

- Y lo más importante, debemos asistir y participar en la Eucaristía con gozo y no sólo porque es un precepto: "las cosas no son importantes porque estén mandadas, sino que están mandadas porque son importantes". Nosotros, los cristianos, necesitamos la Eucaristía para vivir nuestra fe y crecer en nuestra conciencia de que pertenecemos a una comunidad cristiana que es la Iglesia.


- CRISTO ESTÁ PRESENTE -

Cuando acudimos a celebrar la Eucaristía, somos saludados en nombre de Jesús,
por el Sacerdote celebrante, con las siguientes palabras:
"El Señor esté con vosotros".

Es el mismo Cristo, con su presencia viva, quien nos invita a la EUCARISTÍA, porque ella es la fuerza que nos dejó para andar nuestro camino hacia el Padre: El mismo se ha hecho nuestro alimento en la Palabra y en la Comunión. Es Cristo quien, conociendo todas nuestras limitaciones e imperfecciones, nos invita al comienzo de la Misa, después de saludarnos por medio del Sacerdote, a pedir perdón en el acto penitencial, cuando todos juntos, como verdadera familia de fe, recitamos el YO CONFIESO.

Si bien lo de ser débiles nos une, también hay algo más que a todos nos identifica cuando asistimos a la Eucaristía: SOMOS CRISTIANOS, estamos bautizados. Por eso los domingos, -sobre todo los de Pascua- podemos dar inicio a nuestra celebración con la aspersión, recordando el Bautismo por el que fuimos incorporados a Cristo y a su Iglesia. Y a la entrada del Templo suele haber una pila de agua en la que mojamos nuestra mano y nos santiguamos. Así recordamos que somos bautizados, que aunque somos débiles y pecadores estamos en nuestra casa y, sobre todo, dispuestos a recibir en la Eucaristía, el alimento del Cuerpo y la Sangre de Cristo que, como fuerza y medicina, nos ayudará a mantenernos firmes en la fe.

Fue Cristo quien, por medio del Sacramento del orden, la gracia y el ministerio, configuró a algunos cristianos como Cabezas y Pastores de la comunidad, por eso el Sacerdote preside y celebra la Eucaristía: predica, toma la Palabra en la plegaria eucarística y bendice. El Sacerdote representa al mismo Cristo cuando nos dirige la palabra en la homilía y proclama la plegaria central de la Santa Misa.


- ESCUCHAR LA PALABRA DE DIOS -

En la Eucaristía, después de reunirnos, de recibir el saludo del sacerdote
y de pedir perdón a Dios, escuchamos las lecturas bíblicas.

Escuchar es algo más que oír. Escuchar es atender, asimilar; es hacer propio lo que se nos dice. En nuestras relaciones con los demás nos cuesta, pero es muy importante el saber escuchar. No solemos escuchar a los demás; más bien, no escuchamos lo que ellos nos dicen porque nos escuchamos a nosotros mismos. Cuando alguien nos cuenta sus cosas, muchas veces nosotros interrumpimos para hablar de las nuestras, y esto no es escuchar. Escuchar es abrirse al otro, al que habla. Admitirle en nuestra existencia, enriquecernos, llenarnos de su experiencia y de su pensamiento. En definitiva...... acercarnos al que nos habla.

En la primera parte de la Misa, escuchamos a Dios. Nos abrimos a Dios que nos dirige su Palabra. A través de las páginas de Isaías o de San Pablo......, Dios nos habla a nosotros, nos comunica su proyecto de salvación, su cercanía, y nos invita a la comunión de vida con El, porque Dios no es un Dios mudo ni lejano, es un Dios que nos habla, que está presente entre nosotros......, que nos dirige su Palabra.

Nuestra actitud, como cristianos, debe ser la de escuchar atentamente. Celebramos la Palabra para que, una vez asimilada, la podamos llevar a la práctica en nuestra vida de cada día. La Palabra de Dios debe conformar nuestra vida de acuerdo con el programa y el deseo de Dios. La Palabra de Dios nos consuela y nos anima, otras veces nos juzga y desautoriza nuestro estilo de vida invitándonos a la conversión, pero siempre nos ilumina, nos estimula y nos alimenta.


- CRISTO JESÚS ES LA PALABRA -

La Palabra que Dios nos dirige en la Misa, en las lecturas que escuchamos después del saludo del Sacerdote,
tiene nombre y es una Persona: Cristo Jesús.

Cristo no sólo se nos da en el Pan y en el Vino. Él está realmente presente en la Palabra que se nos proclama y que nosotros escuchamos. Cristo no fue un señor que dijo palabras, o que mandó que escribieran palabras. Él es la Palabra que Dios nos dirige, la Palabra hecha Persona viviente: "La Palabra, que era Dios, se hizo hombre". No se trata sólo de que las lecturas hablan de Él. Aunque no le veamos, ni le oigamos directamente, es él mismo, Cristo Jesús, el Resucitado, el que se nos comunica como la Palabra viva de Dios.

"En las lecturas Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual. Y el mismo Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de los fieles". (Misal, n.33).

La doble mesa:

Los cristianos, cuando acudimos a celebrar la Eucaristía, somos invitados a una doble mesa, la de la Palabra y la del Cuerpo y Sangre de Cristo:

1) Cristo Jesús se nos da en alimento como la Palabra. Ya "comemos" y "comulgamos" a Cristo como Palabra. Es decir, no sólo oímos, sino le escuchamos, le admitimos dentro de nosotros asimilando su Palabra para llevarla a la práctica, aceptando así su mensaje y su estilo de vida.

2) En la Palabra somos preparados por Él mismo para recibirle en el Pan y el Vino, porque Él mismo quiso ser alimento para nuestro camino. Cristo-Palabra y Cristo-Pan es un doble encuentro con El.


- LA PALABRA DE UN HERMANO -

La homilía es uno de los elementos más antiguos de la liturgia de la Palabra.
Recordemos la primera homilía de Jesús en Nazaret y las de Pablo en las ciudades que visitaba.

La homilía es la palabra del sacerdote que preside la Eucaristía. Es, ciertamente, la palabra de un hermano porque, como ministro de la comunidad, nos ayuda a entender y aplicar a nuestra vida lo que Dios nos ha dicho en las lecturas bíblicas. Es una exhortación a la práctica de lo escuchado.

La homilía es servicio a la Palabra que se ha proclamado, explicándola para ayudarnos a todos los presentes a captar su mensaje hoy. Es servicio a la vida de la comunidad, para que sea la propia Palabra la que incida en nuestra vida, iluminando así nuestra situación particular, conduciéndonos desde las lecturas escuchadas hasta el misterio del sacramento de la Eucaristía, y resaltando la unidad de las dos mesas de la Santa Misa: la de la Palabra y la del Sacramento.

Con la homilía, el sacerdote nos guía para que comprendamos la Sagrada Escritura. Nos abre el corazón a la acción de dar gracias a Dios por sus maravillas. Alimenta nuestra fe en la Palabra, que en la celebración, por obra del Espíritu Santo, se convierte en Sacramento. Nos prepara para una provechosa comunión y nos invita a asumir las exigencias de la vida cristiana.


- CREO EN DIOS PADRE -

Creer, tener por verdadero, confiar, dar crédito......
es lo que hacemos los cristianos cada vez que recitamos EL CREDO.

Para el cristiano, el fundamento principal de la fe es creer y confiar verdaderamente en Dios y en la persona de Cristo Jesús y su obra de salvación. Ya desde los primeros siglos se expresó la fe cristiana recitando unas frases que recogian los diversos aspectos de nuestra fe, y que conocemos con el nombre de Credo.

Profesamos y hacemos patente nuestra fe, proclamando el Credo, en la celebración del sacramento del Bautismo, de la Confirmación, y cada año en la celebración de la Vigilia Pascual, así como en la Eucaristía de los domingos y de los días más solemnes después de escuchar la Palabra de Dios y la homilía.

Cuando recitamos el Credo en la misa estamos respondiendo con aceptación a la Palabra de Dios oída en las lecturas, afirmando nuestra voluntad de aplicar en nuestra vida la enseñanza de esta Palabra explicada por el sacerdote en la homilía, y recuperando en nuestra memoria y en nuestro sentir cristiano la norma de fe que nos preparará a la celebración del misterio de la Eucaristía. Por ello es muy importante que, cuando recitamos el Credo, lo hagamos reflexionando cada frase que decimos.


- ORAR POR TODOS -

En la Santa Misa, después que Dios nos ha dirigido su Palabra,
todos nos ponemos a orar para que la salvación que las lecturas han anunciado
se haga eficaz en nosotros, en la Iglesia y en la humanidad entera.

Es en la oración de los fieles donde elevamos al Señor nuestras súplicas y peticiones, rogando por todos. De esta manera, todos los que asistimos a la celebración de la Eucaristía, participamos de las peticiones que se realizan por la Santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero. La comunidad cristiana se sitúa así como mediadora entre Dios y el resto de la humanidad y de la Iglesia para interceder por ella.

Es después de la homilía, y cuando hemos proclamado nuestra fe en el Credo, cuando el sacerdote nos invita a todos a orar. Un ministro o lector enuncia las intenciones, a las que todos debemos responder con una invocación: "Te rogamos óyenos, te lo pedimos Señor,....." Esta respuesta es la verdadera oración de los fieles porque es la súplica que elevamos a Dios.

Así, en la oración de los fieles, todos puestos en pie, nos dirigimos a Dios mostrando nuestra confianza en su Palabra, y nuestra solidaridad y unidad con nuestros hermanos los hombres, especialmente de todos los que sufren.


- OFRECIENDO Y OFRECIÉNDONOS -

Una vez escuchada la Palabra de Dios, reflexionado sobre ella en la Homilía,
y orado por las necesidades de la Iglesia y de los hombres,
se prepara el altar y los dones para la liturgia eucarística.

La procesión de los dones hacia el altar, las oraciones de su presentación, la colecta de la comunidad en favor de la Iglesia y los pobres, el canto y la oración sobre las ofrendas son los elementos que forman el ofertorio. Toda la comunidad, presente y reunida alrededor de la Mesa del Señor, ofrece estos dones, y al mismo tiempo nos ofrecemos nosotros mismos con nuestras oraciones.

El pan y el vino, fruto de nuestra tierra y nuestro trabajo, así como el dinero y donativos que aportamos en la colecta para la Iglesia y los pobres, son ofrecidos no sólo como algo práctico y con sentido generoso, sino sobre todo como preparación e incorporación de nosotros mismos en la ofrenda del sacrificio que hizo Cristo en la Cruz, y que se actualiza en la Eucaristía. Por ello, la Iglesia, a la vez que ofrece al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada, pretende que los fieles no sólo ofrezcamos a Cristo, sino que aprendamos a ofrecernos a nosotros mismos. Así, el pan y el vino son algo que nos simboliza a nosotros y a nuestra existencia unida a Cristo.


- ALABAR A DIOS PADRE -

La oración central de la Misa, que el sacerdote celebrante proclama en nombre de toda la comunidad reunida,
se denomina Plegaria Eucarística.

La Plegaria Eucarística es, ante todo, una alabanza a Dios nuestro Padre por la Historia de la Salvación, variando según los tiempos litúrgicos y las fiestas el llamado "Prefacio". La comunidad intercala la aclamación del "Sanctus", y el sacerdote presidente prolonga todavía esta alabanza a Dios, que no sólo se refiere a la creación y al Antiguo Testamento, sino que también alcanza a Cristo Jesús.

Sigue la memoria y el ofrecimiento de lo que Jesús realizó en su misterio pascual. En relación a su entrega en sacrificio, se recita el relato de la institución de la Eucaristía en la última cena, repitiendo las palabras que El pronunció sobre el pan y el vino.

La Plegaria contiene la invocación del Espíritu, para que transforme los dones de pan y vino y también a la comunidad que va a comulgar con ellos, concluyendo con una oración de intercesión y comunión con la Iglesia de los bienaventurados, de los difuntos y de las comunidades cristianas esparcidas por el mundo.

Todos nosotros participamos, con nuestras aclamaciones, de los diversos momentos de la oración proclamada por el sacerdote.


- CRISTO, NUESTRO ALIMENTO -

Si el pan y el vino, en sentido humano, nos alimentan y alegran nuestra vida,
la Eucaristía (pan y vino transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo)
es nuestra comida espiritual.

El pan y el vino, que en el ofertorio de la Misa se traen al altar, se convierten misteriosamente en una nueva realidad. Se convierten en la persona misma de Jesús resucitado. Y esto sucede porque el sacerdote ha invocado sobre ellos la acción del Espíritu Santo: "Derrama la fuerza de tu Espíritu, de manera que este pan y este vino sean para nosotros Cuerpo y Sangre de tu amado Hijo Jesucristo", y porque repite las palabras que hace dos mil años dijo Jesús: "Tomad y comed, esto es mi Cuerpo......" "Tomad y bebed, esto es mi sangre......"

Por ello, ese pan y ese vino son realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo; es decir, son el mismo Cristo resucitado, el mismo Cristo vivo, presente en la Eucaristía, que se da en alimento espiritual para todos nosotros. Y este es el único alimento que nos garantiza la vida eterna: "Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida...... El que come de este pan vivirá para siempre", nos dice el Señor.


- PADRE NUESTRO -

La oración del Señor, que enseñó el mismo Jesús a sus discípulos,
es una oración fundamental,
tanto en la oración personal como en las celebración litúrgicas.

La oración del Señor, o Padrenuestro, es fundamental en la plegaria cristiana. La Iglesia ha conservado y rezado esta oración desde siempre, con entrañable aprecio.

En la Eucaristía se reza, al menos, desde el siglo IV. Todos nosotros, en el momento en que nos disponemos a participar de la mesa eucarística, somos invitados a decir esta oración, que es la oración de la familia de los hijos de Dios. Para prepararnos a la comunión nada mejor que una actitud de mutuo perdón fraterno: "perdóna nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos......" También pedimos el pan de cada día, con lo que aludimos, para los cristianos, el pan eucarístico, e imploramos la purificación de los pecados, de modo que, en realidad, las cosas santas se den a los santos.

Por tanto, los motivos de esta oración en la Eucaristía son la alusión al pan eucarístico, la petición de perdón y la dimensión fraterna, ofreciendo el perdón a los demás, perdón que manifestaremos a continuación con el gesto de la paz.


- DAOS FRATERNALMENTE LA PAZ -

"Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles:
la paz os dejo, mi paz os doy, no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu Palabra, concédele la paz y la unidad...."

En nuestras celebraciones litúrgicas, del mismo modo que en la vida social, los gestos corporales exteriorizan y expresan los sentimientos interiores. La Liturgia no consiste sólo en sentimientos, palabras y cantos. Con gestos, muchas veces llenos de simbolismo, manifestamos nuestra actitud interior de adoración, de alabanza y súplica, de ofrecimiento y acogida, de dolor y alegría.

La razón de que el gesto es importante se debe a que la persona humana sólo se expresa plenamente cuando une el gesto a la palabra, o la palabra al gesto. Por ello, las actitudes corporales, los gestos y palabras con que se expresa la acción litúrgica manifiesta la participación de todos nosotros en la celebración.

El gesto de la paz que nos damos en la Eucaristía, unos a los otros, después del Padrenuestro, es ante todo un elemento de preparación a la comunión. Es un gesto simbólico con el que imploramos la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, expresando así mutuamente nuestra caridad antes de participar del mismo pan eucarístico.


- EL CUERPO DE CRISTO -

Toda la celebración de la Eucaristía está totalmente orientada
hacia la unión íntima de los fieles con Cristo, por medio de la Comunión.

Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros. Es el momento en que debemos expresar nuestro más profundo respeto y agradecimiento al que ha querido ser nuestro alimento para el camino.

Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo vamos siendo, cada vez más claramente, el Cuerpo eclesial del mismo Cristo. Como dijo San Pablo a los cristianos de Corintio: "Siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Por ello, cuando comulgamos nos vamos construyendo como comunidad fraterna, porque comulgamos juntamente con otros hermanos nuestros.

La Eucaristía no sólo nos llena de consuelo y nos comunica la vida de Jesús Resucitado, sino que nos urge a aprender la gran lección de Jesús, que estaba en medio de la comunidad no para ser servido, sino para servir. La Comunión nos ayuda y fortalece en nuestro seguimiento a Jesús, haciendo nuestro su mensaje y transmitiéndolo a los demás. Si comemos el Cuerpo de Cristo debemos ser en nuestra vida signo suyo y construir fraternidad. No podemos separar nuestro "SI" a Cristo del "SI" a nuestros hermanos.


- PODÉIS IR EN PAZ -

El final de la Misa es muy breve, pero tiene unas palabras y gestos, muy expresivos,
de lo que es la Eucaristía en el conjunto de nuestra vida.

Después de haber recibido el Cuerpo de Cristo en la Comunión, y tras un momento de silencio, meditacíón y acción de gracias, el sacerdote celebrante nos invita a todos a orar, para pedir a Dios que nos ayude a prolongar en nuestra vida, todo lo que hemos celebrado en la Eucaristía.

Aunque la misa es una continua bendición de Dios, el sacerdote, antes de despedirnos, nos da en nombre de Cristo la bendición final.

A continuación, el sacerdote nos despide con el "Podéis ir en paz" a lo que contestamos, todos unidos,"Demos gracias a Dios", y así concluir nuestra reunión dominical y festiva.

Pero la Misa no termina del todo. Continúa el día del domingo (o festivo). Continúa nuestra vida. Y este "Podéis ir en paz" lo debemos interpretar como un envío a la vida, a prolongar la Eucaristía, y ser consecuentes con lo escuchado y celebrado en nuestra relación con la familia, los vecinos, los amigos, el trabajo, etc...


Realizado por Francisco González Bueno. Madrid - Septiembre 1998

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