Conejito
Ulán
Quiero, quiero, quiero, esa era su eterna cantaleta; su continuo
decir; ¡ah!, lo que ella imperativamente extraía de lo
más profundo de su ser allí donde las capas de limo inmemorial
son tan oscuras y densas.
Maité
tenía cuarentipico de años, no fue casada nunca, no conoció
hombre jamás. Sola en el mundo, sin otros bienes que el pedazo
de tierra que le dejó su padre, don Porfirio Zuaque, quien llegó
a teniente en el 95 gracias al filo de su machete, de vez en cuando
se pasea delante de su talanquera evocando al veterano.
Bien
lo veía; bien... Con su paga y algunos ahorros, muerta su pobre
mujer, encerróse en el conuco cerca de La Habana, muy bonito
con sus tablas de yuca, su punta de maíz y la hortaliza que era
un contento. Poca cosa, ¿pero qué más quería
para ellos solos? Picado por la viruela, el rostro de su padre era imponente.
De sus labios pendía una vieja cachimba, chamuscada en varios
trechos, roída aquí y allá, francamente rota hacia
la punta, y allí se estuvo hasta que él la trocó
por cherutos mogolleros del chinchal del pueblo. Era aprensivo y tomó
terror a seguir fumando en ella no bien supo que un vecino de Guatao,
muy amigo, había muerto de un cáncer en la boca por tener
siempre su pipa colgando con ahínco, según atestiguaban,
de la comisura de sus labios.
Tuvo
su padre siempre muy mala voluntad a los vecinos, especialmente a aquellos
de su tiempo que no hicieron la guerra como él. Los llamaba despectivamente
«pacíficos», cuando no cargaba el acento en lo de
«guerrilleros» y demás abominaciones que se le venían
a la lengua.
Impasible,
Maité no intentaba hacerle callar; hubiera sido estéril.
Recogía ella sus flores con toda dignidad pensando en su padre;
a lo mejor era un poco exigente, pues no todos los hombres tienen semejante
temple ni están hechos a una misma medida. Con ojos benévolos
miraba a sus vecinos y esa delicadeza de su carácter fue lo que
evitó al viejo más de una bronca gorda por su irrefrenable
malapalabrería.
A
la hora de su muerte dijo a Maité el viejo:
Hija
mía: nunca te cases con «pacíficos», ya sabes
cómo me caen. Pero si no encuentras un veterano, un veterano
de verdad, por lo menos que sea gente macha. No quiero, ni muerto, en
mi familia, flojos o arrastraos... ¡Qué vainas! ¡Valiente
calamidad!
Por
oír y obedecer muy bien este consejo Maité quedó
soltera. Tenía cuarentipico de años, trabajaba en la hortaliza,
araba la tierra, acarreaba el agua, se desvivía por mejorar sus
crías y cuidar de las bestias. Tiempo para otras cosas no tuvo.
Sólo que por las tardes, algunas veces, evocaba al viejo, allá
cerca de la talanquera, mirando con mucha atención la puesta
del sol, por si al viejo se le ocurría asomarse y ver cómo
ella se conducía.
Que
se conducía muy bien..., eso era lo cierto. ¡Muy bien!
Porque no se me negará que el rechazo aquel al vecino de «La
Rosita», don Sabino Cruz, camaján de argolla de la política
rural y eterno pretendiente a finas y blancas manos..., con algo dentro,
estuvo de primera; y el portazo en las narices al bachiller Estrada,
que ni siquiera leía de corrido; y el franco repudio al espigado
Trino, le echaba flores, le componía décimas, gustaba
de letras y rusticanas hembras y con el alcohol en la cabeza una vez
se atrevió a decir: «Me voy a casar con Maité».
Pero Trino no era hombre al cual su padre hubiera autorizado a tanto;
por una u otra razón. Trino andaba a trotimoche con las mujeres,
a regañamientos con el trabajo y sus pretensiones de hacha no
había que ser tan lince para averiguarlas. ¡Cuántas
desvanecidas memorias!
Pasaban
los años, y su hermosa mata de pelo, lo comprendió Maité,
se iba poniendo mustia. Aquel madejón lustroso perdió
brillo; su azul metálico tornóse borroso y triste. Y se
decía Maité: «Parece que ya no me voy a casar».
Era una pena; una carcomilla. Sólo que su buen corazón
se compensaba con los animalitos, cosa que es, según se dice,
como doblar a lo bueno por atajo. ¡Qué manera de tenerles
ley a los animalitos! No hubo pájaro alirroto, perro con moquillo,
caballo con muermo ni vaca con cangrina o mazamorra que ella no curara
enérgicamente. Piantes y mamantes dábanle infinita lástima,
y el aceite de ricino, las hojas de yagruma, raíces de mastuerzo
y otros remedios, hubo temporadas que se movieron tanto de la casa al
corral como jícara en velorio.
En
un tris limpia mataduras, cose heridas, aprieta vendajes; medía
su voluntad con los buenos deseos de acertar. Enemiga del ocio, no hubo
trabajo pesado que le asustase, y después de la faena del día
el tiempo le alcanzó para los lujos de hacer injertos, trasplantes
y domesticación de las selváticas guías de la enredadera.
Su honra y buena fama, como la espuma. Pero, ¡ay Señor!,
que se le ocurría decirse ahora que aquél, su cuerpo virginal,
se mustiaba como un tubérculo ruin; que las manos se le volvían
pedregosas y el rectángulo de piel de su escote de un nefasto
color. Echándose talco, después del baño en palangana,
vinieron otras consideraciones con su filo de incongruencia y sintió,
como nunca, seco el ánimo. «Maité se dice,
tú te quedas para vestir santos. Te quedas de todos modos. Estás
lista».
Lloraba;
vueltas y más vueltas dentro del cuarto le hacían que
su cabeza vacilase. Por ahuyentar el atroz presagio se repetía:
«Voy a planchar un poco; llevo tarea atrasada». Allí
no había nada en tal forma, si se piensa bien, excepto, por supuesto...
Miró por la ventana, sus verdes ojos medio cerrados: «El
mái dijo, se ve ya pollonsito. Y tan bonito que es
el mái, así...».
No
se estaba volviendo vieja sino que se había aviejado. Avivando
el anafe para la plancha, sintió ganas de regalar juguetes a
no sabía cuáles niños; muchos juguetes. Algo no
previsto la tornaba tierna y maternal. «Desde muchacha pensó
me enterré aquí; he espantado a todos con mi carácter;
ya ni siquiera se toman el trabajo de mirarme; ¡y para qué!,
con esta fama que tengo, ¡oh papá! y estos ojos que se
me están apagando por momentos».
A
veces sentíase renacer con vivo ímpetu, se llenaban de
fuego sus venas, le sudaba un poco el labio superior y mirándose
al espejo se hacía concesiones piadosas: «Si todavía
llegase alguno con vergüenza. Si todavía un hombre, lo que
se llama un hombre...».
Puesta
a buscar mariposas para sus búcaros se contoneaba en el jardincillo,
quebraba brotes por andar apresuradamente, quería tener más
flores, cuando oyó que uno con su bandurria iba cantando:
Alégrate,
corazón,
aunque
sea por la tarde:
corazón
que no se alegra
no
viene de buena sangre.
Y
se sintió herida; herida en medio del pecho.
Entró
a la casa, temblorosa. Le asustaba el tono, la musiquita, la intencionada
letra. Pata a la llana se dijo: «Va conmigo, ¿eh? Pulla
directa...». Y salió por la puerta del fondo y se puso
a espantar el chichinguaco, porque si bien come a la garrapata de los
bueyes, no es la garrapata después de todo tan mortificante que
digamos, y, en todo caso... Lo cierto es que le repugna y no quiere
el espectáculo ante los ojos.
¡Fuera,
totí feo, fuera! Comiendo bichos vivos...
¿Pero
qué tenía que ver todo esto con esa apretazón que
se le formaba por minutos en el pecho? Un nudo tonto, que a veces desaparecía,
pero que a veces se plantaba ahí en medio, con inusitada furia,
y no le dejaba alientos, ni respirar apenas. ¿Son los años?
¿De veras, de veras son los años? ¿O serían
fiebres, calenturas malas? Estas ambigüedades le traían
a considerar que si se hubiese unido a un hombre, pues ahora..., ahora
las cosas no serían así. Porque un hombre, si éste
es bueno y entero como debe ser, pues siempre viene bien y compone y
arregla las malezas del cuerpo y del alma y los estropicios de la tierra
y hasta del cielo. «De verdad concretó; no
hay otra mejor verdad».
Achacando
al flato todas cuantas acaloradas imaginerías prosperaban en
su mente era el modo de echar atrás la presunción de que
su alma estaba bastante desunida de su cuerpo, lo que parece un enfático
hecho. ¡Qué pena! Pero, quién va a saber cómo,
también esperaba que una rútila aguja le cosiese, el día
menos pensado, el evidente desgarrón.
II
Me
se pierden las manos reía ella. Apenas me las hallo.
¡Tan contenta estoy! Contenta...
No
salía de su asombro, teniendo buen cuidado en disimularlo.
¡Oh!
Ulán, con su bozo rubio, señorea la casa. Afuera se iba
en días buenos a los quehaceres del conuco, y entre gritos de
«¡tesia..., tesia!», se le podía imaginar trajinando
con los bueyes. Aprovechaba la fresquita en el aporqueo de rigor.
Aparentemente
tenía veinte años; era fuerte, ágil, escurridizo,
y tal vez con algo de solapado en la mirada. ¿Qué podía
ser? ¿Recelos? ¿Celos? ¿De quién? Lo cierto
es que en ocasiones la memoria del veterano se levantaba furiosa: «No
quiero en mi familia, ni muerto, pacíficos o...». Temblaba
Maité y se decía: «Tendré muchas flores este
año para su aniversario; no se va a quejar».
Moros
y cristianos le gustaban mucho; buenas cazuelas de harina, no menos,
y si se le interfería en la faena manducatoria lanzaba chillidos
atroces. Jamás pudo Maité hacerle comprender el uso de
los cubiertos; de fuertes manotazos despachaba el plato; ríe;
se limpia en los velludos muslos. Luego, romantiza a favor de cualquier
sueño lejano, pierde horas haciéndose mejorar las uñas,
torciéndose pelillos del bigote, y como un tirano colérico
y alevoso exige sumisiones a sus caprichos.
«Quiero,
quiero, quiero», esa era su eterna cantaleta; su continuo decir;
¡ah!, lo que ella imperativamente extraía de lo más
profundo de su ser allí donde las capas de limo inmemorial son
tan oscuras y densas.
«Quiero,
quiero, quiero».
Y
cuando menos lo esperaba se acostó en su cama; ¡no pudo
evitarlo! Más tarde, media noche por medio, pasó algo.
Y en breve se pobló su soledad; creyó tener hijos; noche
y día anduvo con tales pensamientos. Del fondo de este abismo
sólo saca esta reflexión: «He de comprar, de todos
modos, unos espejuelos..., pero estos hijos son como tienen que ser,
según es de hábito secular, y el resto, envidia del mundo».
Sin embargo...
Con
aire dubitativo se dice a menudo que sus raros esponsales envuelven
algo más que una simple unión: este padre mantiene, a
todas luces, una viva elocuencia reproductiva y una indiferencia absoluta
con respecto a la cronología de su prole. ¿No se le ha
quejado ella en sobresalto y susto, en vista de la anormalidad del caso,
y él, volviendo el rostro en la almohada con éxtasis pánico
adopta la forma última del deliquio? Si algo dijo, su ardentísimo
significado, habrá que confesarlo, será lo que le hizo
perder el juicio del todo sin remediar nada.
Estas
violentas traslaciones y otros constantes equívocos como era
hacer el aposento un serrallo adusto o bien un extraño templo
escandaloso, le cercan de firme. Suele preguntarse también, sin
precisar la dimensión de todo lo que se pregunta: «¿hasta
cuándo va a durar esto?», y la malicia de que se armaba
para no hacer caer la tremolante dicha, andando entre los féferes
de su alcoba se le hacía en este punto más aguda: «¿Qué
traje me pondré hoy? ¿Le gustará que me pinte?
Y un perfumito suave, ¿no puede ser que le complazca?»
Muy
preocupada la tiene un asunto. Por nada del mundo Ulán prueba
bocado de puerco, ni de jutía, ni de venado. El pobre Ulán,
de verdad, es imposible... Odia el tasajo, la lisa salada, el pollo,
la res. Y aunque su linda hortaliza enantes era muy fructífera
(y con ello habría para la mejor mesa) ahora encuentra a menudo
¡oh improsulto! roídos misteriosamente nabos
y remolachas. A lo largo de los costurones de tierra alzada, también,
algunas veces, un fino pelillo rubio se escarola culpablemente.
¿Quién
trajina por allí en la noche? Escrutó las posibilidades:
inútil, ná da pie. Esta nueva anomalía le hace
preparar celosas trampas, que vigile con ahínco o se eche la
escopeta al hombro. Ulán se mete a su cama cuando le place, con
todos los derechos de marido puesto que es el marido. Un viento malo
sopla por aquella vuelta de un tiempo a esta parte, trae la sombra del
veterano, quien por encima de la cerca de piedra se pone a maldecir
con virulencia de lo que siempre maldijo y de si, ni muerto, quería
para su hija...
¡Sola
vayas! vocea Maité por las lechuzas que salen de su nido
y por algo secreto que le daba calofríos. Voy a encender
una vela al ánima sola... pa que descanse.
Un
día llegó gente armada preguntando:
¿No
anda por aquí un tal Ulán..., o Julián?
Ulán
Cabezas dijo el cabo. Uno que recoge huevos..., que cambia
billetes por huevos. Bajito: con el labio partío...
Ulán
se había colocado detrás de la arpillera de yute. Ella,
sacada de quicio, molesta:
Mejol
es que busquen polotro lado. Esos malsines, el muengo y su compadre,
pueden sabel. Y si no saben, lo inventan. Ai andan mirando las lagartijas;
sin tirar un chícharo; en el chisme.
Bueno...
dijeron ellos. Veremos a vel. Vamo a vel si lechamo el guante,
¿no cree?
Maité
se repuso.
Ya
lo creo. Y entonces, adió, ¿veldá?
El
cabo dijo:
¿Y
no habrá un poco de café por ai?
Y
el otro con rintintín:
Ni
siquiera noa brindao.
Imposible...
Si entran y se ponen a dar ojo; si tienen sospechas. Si saben algo pensaba
rápidamente, porque la arpillera de yute, vamos a ver, ¿qué
cosa oculta?
No
tengo café dijo. Hace días no voy a la tienda.
A
la güerta quién sabe.
Doña,
¿de veldá que no tiene?
Miróles
de un modo tan enérgico que ellos, alzando el chopo, requintándose
los sombreros, diciendo: «hasta la güerta, doña»,
enfilaron el camino con la habitual parsimonia de siempre, y esta certeza
absoluta: «Está perdía».
Por
su parte, ella no hacía más que repetirse: «¡Mentiras,
mentiras! Éstas son combinaciones de la rural. Un tipo que se
llama Ulán Cabezas, que cambia huevos por billetes, que tiene
el labio partío. ¡Ulán Ulán! Y le quieren
echal el guante, hijos de los demonios. Éstas son combinaciones...».
Así
estuvo rumiando hasta que los perdió de vista. Luego se puso
a cavilar: «¿Pero por qué? ¿Había
hecho algo de malo Ulán? ¿Buscaban, de cierto, a este
Ulán? ¿Qué cosa? ¿Un crimen? ¿Acaso
había robado a alguien? ¿O eran denuncias de vecinos,
chismes..., por lo que estaba sucediendo?».
Lo
que estaba sucediendo es que la casa se pobló de súbito
de más ruidos y rumores infantiles. En breve tiempo, en menos
que zumba un mosquito, en menos que canta un gallo..., pues, ¿cómo
diré?, surgieron cinco varones, los cuales, pensaba Maité,
servirían bien pronto de ayuda eficaz. Fuertes, nerviosos, crecían
desaforadamente, y si no hubiese sido por aquel labio leporino que todos
ostentaban, se hubieran dicho perfectos. Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto
y José...
Con
implacable sorna el viento le devolvía estos nombres y algunos
canturrieros de la zona se obstinaban en sacarles brillo a fuerza de
repetirlos, con música y todo. Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto
y José... Eran cinco cachorros, retozones y malignos; daba gusto
verles cómo trepaban por todas partes, cómo metían
bulla y algazara y cómo, de un día para otro, tomaban
altura y fisonomía atolondradora. Eran cinco soles que en el
firmamento mustio de Maité brillaban con esplendor inusitado.
Propusieron
una vez ir a bañarse al cañadón. Maité saltó:
En
el cañadón, no. Allí está el güije.
¡El güije! Se figuran ustedes... Nada de baño.
El
padre alegó que los hombres no tienen que temer a nada; que deben
ser duros como cuyují, aunque él personalmente...
La
mirada de Maité tradujo: «¿Quién tea dao
vela en este entierro? Haz el favor...». Él calló,
se anduvo en el bigote, contempló sus uñas.
Hay
que decir que Ulán se había ido quedando atrás,
atrás, según los otros avanzaban. Dominan la casa, la
vida de la casa, todas las cosas de la casa, estos muchachos, ahora.
Maité, atando cabos, al rato preguntó a Ulán:
Personalmente...,
¿qué querías, Ulán, decir?
Pues
na... ¡Psh, na!
Y
alzó sus hombros.
Personalmente,
lo que hubiera querido decir (y se alegró mucho de no haberlo
dicho) era que el sentir perros atraillados es lo único que le
pone inquieto; lo único. Ni siquiera los guardias y sus escopetas;
ni siquiera los gruesos alertas de la remonta ni oír hablar de
mortales artimañas que antiguas viláticas contienen. Pero,
eso sí, perros atraillados...
Ella
lo comprendió en un relámpago; le vio carne de gallina;
lo adivinó tembloroso, acogotado. Dijo, calculando el efecto:
No
te desesperes por tan poca cosa; no te angusties, Ulán.
Y
después de una pausa intencionada, con cruel regocijo:
¿O
es que se te antoja, bribón, irte de cacería?
¡Qué
imprudencia! Tales palabras le pusieron lívido, mas era tarde
ya. Hasta el fondo lo comprobaba Maité y casi se apenó.
¡Qué idea tuvo! Nunca se le hubiera ocurrido, antes, alusión
de este jaez. ¿Por qué se le ocurrió de repente,
así..., de un tirón?
Femenino
instinto. Pues aun cuando para él no existía pasado alguno
y su vida comenzaba normalmente con los besos por encima de la cerca
de piedra, ¿no esperaba ella ver en sus ojos algo infinitamente
tímido, atrozmente conturbado y en tropel? ¿No lo sabía?
III
Lo
de ellos había sido así... Comprimida como pasó
la mitad de su existencia y abortada, al cabo, por ese linaje de opresión,
la otra, un mezquino día, atisbando tras la cortinilla de tarlatana
de su cuarto, Maité acertó a ver una cosa que saltaba
de modo irregular sobre la yerba, junto a la cerca de piedras. Era como
una esponja, gris, eléctrica, malamente constituida. Y fue a
verificar lo visto.
Por
el camino se iba diciendo, no bien le descubrió patas y orejas:
«¿Pero cómo es posible que haya llegado este infeliz
hasta aquí? ¡Tiene timba!»
Cuando
le tuvo entre sus manos, le sobó y dijo: «No es feo. Y
se parece a aquél... ¿Dónde estará?»
Acoquinado,
el pobre animalito le miraba con ojos dulces. Volvió a sobarle;
lo besó briosamente; le pasó la mano con infinita dulzura
por sobre el lomo rubio. «Conejo... Pero si por aquí nunca
ha pasado un conejo... ¿Quién me lo mandará?»
Y
besándolo con renovado fogaje, a media voz:
Ssst...
Le voy a poner...
Se
acordaba de alguien, era seguro. No había más que verla.
Y dijo sin titubeos, pero también sin energía:
Sst...
¡Hombre! Conejito lindo... Ya está: tú te llamas
de ese modo, no me repliques.
En
seguida lo envolvió en un pañuelo de bayajá que
llevaba en la cabeza y pensó que, cuando fuera al Guatao... «¡Yodo!»
Solía hacer sus compras, para el botiquín, personalmente.
«Yodo» resume estas compras. (A su perro Muerdijuye le temblaban
los bembos. De buenas ganas le hubiera desnucado. Artero intruso...).
Una
pobre vecina que padecía güito, muy enferma y muy vieja,
salió a su encuentro. La estaba esperando siempre para pedirle
remedio contra su mal, porque ella era muy conocedora de remedios.
Maité,
lo que me tiene ofresío... Pal mal.
No
daba señales de vida; no la miró siquiera, cayendo en
la ignominia de volver espaldas a un doliente de su vecindad.
Conejito
Ulán... ¡Conejito mío! y echó a correr
hacia la casa, sin mirar a parte alguna.
El
muengo y su compadre, de camino, frente a la talanquera, vieron la escena,
ojos guiñados; luego oyeron cómo la vecina zumbó
con sorna: «Becina, pol Dios, que no es pa tanto...», y
se comunicaron, no muy alto, pero sí como para que Maité
lo pudiera adivinar:
¡Cómo
le gusta crial animalito!
Y
el otro desde su malicia:
Parece
que no le gugta mag que animalito...
Maité
les gritó desde allá:
Arreen,
¡vagos! Arreen, malsines. ¡Que el diablo se los consuma!
Vozarronearon
entonces:
¡Solterona!
¡Segata!
En
medio de la bullanga el conejo le miró con dulces ojos, de una
manera... Para darse golpes de pecho puede que hubiera nacido, pero
aldabonazos de esta resonancia, ¿cómo se resisten? Podría
decirse que su corazón se llenó de felicidad. Fue al corral
en busca de leche y en un rito absurdo bendijo el buen norte de su alma.
El
pobre animalito traía una pata rota. Anduvo con sus menjunjes,
le puso yodo livianamente, a que no le escociese, y una venda de trapos
limpios. Será menester anotar cuanto arrumaco le deparó
y con qué singular solicitud le estuvo animando y mirando, porque
pasa de medida. A sangre caliente quería hacerle entrar por la
puerta de la salud y, si no fuese una profanación, se diría
que lo trataba como a gente bautizada. «¿Qué quiere
mi conejito Ulán? ¿Qué quiere mi amor? ¿Qué
quiere mi vida?» Bailándole mucho los ojos y la cintura
no ancha aún, el alma llena de extraña dulcedumbre, arrobada,
comíale a bocados.
No
bien comenzó a sanar le obligó a estarse quietecito largas
horas en su regazo, y si él brincaba al punto Maité deshacíase
en tientos y ternezas: «Alma mía, apriétate a mi
carne; no te separes de mí. Alma mía de mi alma, ¿tú
me quieres?»
Lo
cierto es que este excesivo cuidado no le dejaba lugar vacante. Una
dulce fatiga, sí; una redoblada congoja feliz. Pasaba largas
horas con los párpados entornados y so pretexto de la luz, del
chorro de sol, de sus ojos, aguantaba sed por no salir al patio sino
en última necesidad. En medio de la somnolente atmósfera
de la casa veía candelas, visiones, portátiles cosas bailantes.
¿Sus
quehaceres? Con las manos en cruz las horas se le iban en desvanecimiento,
atenta sólo a una voz fuerte que le golpeaba con alas de ángeles
la bóveda de su conciencia. Esa laxitud creció y aun cuando
no quería rendirse a la molicie, ¿quién gasta tiempo
en darse ánimo para lo que no precisa? De suerte que si no privaciones,
algunas estrecheces, aunque a gusto: ya no le importó tener buena
mesa sino a quién servir buenos trozos de vegetales crudos.
Quería
su tiempo para soñar en algo imprevisto, sorprendente, y todo
lo despacha en instantes yendo a dar en seguida besos al turbador enfermo:
«Conejito Ulán, eres mi rey. ¿Quién quiere
mucho al conejito Ulán? Di tú...».
Después
de estos ensanches emotivos, después que quedó bien urdida
la tela que alguien le destina, una noche soñó que había
viajado en una guagua hacia Oriente; un carro sucio lleno de tipos que
se sentaban sobre cajones puestos en el estrecho pasillo, y a su lado
un negrito estudiante que conducía en sus manos un hueso al cual
llama «esfenoides». Este joven, de lentes y muy circunspecto,
con frecuencia decía: «¡Qué lejos está
Santiago! ¿Cuándo llegaré a Santiago?» Sus
vacaciones de Navidad ni siquiera le hacían sonreír, porque
el esfenoides augura una quincena de preocupación y cuidado.
Luego vio el relicario que una incierta persona le había traído
de no sabía dónde; un relicario comprado, según
su padre, en un sitio horrendo. La dama que en él se hospeda
ahora le da su mano, le ayuda a subir peldaños de una escalera
muy empinada. La dama, y es lo de no tener fin aunque sea en sueños,
le ofrece blancas camelias, magnolias caprichosas y hasta unas dalias
como nunca viera. Luego venían tortugas verdes a comer los rótulos
que llevaban en sus corolas; luego el esfenoides se volvía un
piano y grandes acordes firmados por Dahl, Camelli y Magnol, estremecían
más, mucho más con sus nombres que con sus giros, los
miserables cáncamos de la ventana.
¿Por
qué no le pusieron a ella se preguntaba en medio del jadeo
del sueño Magnolia, Camelia o Dalia? Este Maité...
Al
amanecer reventó la lluvia, agua densa que estuvo rondando tres
días, que cargó la atmósfera e hizo estallar el
trueno. Por darle escolta el viento aniquila en la cañabrava
un estruendo de mil demonios como si quisiera llevárselo todo
en la golilla, diez leguas a la redonda. Azules remolinos electrizados
la despertaron con frío y temblor. «Algo tiene el agua
cuando la bendicen» creyó oír. «Algo
tendrá» repitió. «Algo, algo...».
Pero,
¿se podrá saber... ¡oh!, quién lanzaba ese
quejido de angustia que le abría las entrañas en canal?
La enredadera, vuelta selvática, por los intersticios del tabique
metía sus flecudos gajos. Pensó cortarla al día
siguiente; pensó arreglar su jardín; pensó ocuparse
de sus cosas. Sólo que el quejido se volvió a oír
y ya no tuvo más que una idea.
Fue
al cuarto, donde el conejito yacía sobre yerbas: quedó
en suspenso: no estaba. Buscó por los rincones; bajo las mazorcas
de maíz; entre las calabazas que maduran, las yaguas por cuna;
en el hoyo de la pared de concreto: no estaba. Cuando volvió
a su aposento, el alma en el suelo, medio muerta de desesperación,
él, como un niño, con los verdaderos gestos de un niño,
pedía lo sacaran de su encierro; que si una pena es grande ésa
es la de estar preso; que mejor era morir que seguir así; que
en el fondo, ¡ay!, también él tenía sus sentimientos...
¿O no lo había notado?
Esta
monstruosa perspectiva cuyos contornos aterran le fue, hay que decirlo,
bastante agradable. Y aunque de azogue se volvía su sangre, dio
pasos hacia atrás, como quien mide el vacío que resuelve
salvar de un brinco.
No
seas mala... Sácame de esto. Y dijo por último:
¡Anda ya! Maité se pellizcaba. ¿Qué
sueño era ése? ¿Qué informe deformidad?
¿Qué tremenda uña le estaba arañando la
conciencia? ¿Qué poderosa concentración no haría
falta para mitigar, sin insensatez, esa desdicha? Se decidió.
No cabía duda; muchacho majadero..., ¡pobrecito!
Pero
este muchacho majadero que pedía le sacasen de aquel estado salvaje,
de pronto se volvió hombre. Creció y creció hasta
vérsele rubios bigotes y en el semblante una travesura de mozo
pervertido. Oyó Maité esta súplica imperiosa:
Dame
tus pechos, ¿oyes bien? Quiero ser el que beba de tus pechos,
Maité, el sabor de la vida. ¡Anda ya!
Potencializó
de tal modo este deseo, que ella, echando a un lado la amenazante visión
de su padre, con ufanía se rasgó el vestido. Quedó
desnuda. Tuvo que amarrar el perro.
Una
música agreste impregnó la escena de luz y buenos olores
y redujo para siempre el espacio que mediaba entre ellos. Tras el breve
forcejeo creyó oírle:
Lo
que nos hace falta, Maité, es no separarnos jamás. ¿Quieres
tú? Declaró con acento entre mojigato y atrevido.
Ella meditó: «¿Es legítimo este querer? ¿Es
cristiano?» Y parece que le respondieron:
«¡Tómalo!
Es tu bienquerer, Maité».
Manaba
felicidad de una cicatriz oculta.
IV
Todo
cuanto más tarde sucedió, se sabe: «Me se pierden
las manos reía ella. Apenas me las hallo. ¡Estoy
tan contenta!» No salía de su asombro, pero, en fin, lo
disimulaba.
Esta
fantástica existencia vino a quebrarse cierta madrugada en que
se oyeron por la trocha del fondo tiros dispersos, perros atraillados.
Maité se asustó y salió a ver. «¿Quién
va...? ¡Cero!» Pero el escurrumpio era evidente.
Ulán,
bajo el ladrido de los perros, decreció de momento, tomó
miedo inenarrable, se acurrucó aún más en la silla
donde ahora le ponían a dormir y se echó a temblar. Los
estigmas iban a aparecer.
Ulán,
¿qué te sucede? Dime... No es lo que tú crees eso
que te asusta. Tranquilízate, Ulán. Nunca quise hacerte
daño al hablarte de esas cosas, ¡te lo juro! Perdóname...
Y cuando vaya al Guatao... Él seguía decreciendo,
temblando, mudo, mirando para el corral, ansioso y abatido.
Turbada,
perdida, Maité profirió:
Perdóname
aquello, Ulán. Perdónamelo tú, conejito Ulán,
conejito mío de mi alma. Perdónamelo...
Y
como si el más replegado subsuelo del mundo le atrajese irremisiblemente
a su profundo seno, en este punto la tenaz falacia se deshizo y moviendo
puntiagudas orejas se echó de pronto a olisquear la tierra, prodigio
vuelto polvo, nudo desatado ya.
Felpudo,
con los brillantes ojos como dos cuentas, a los llamados de Maité
nada respondía. Con elásticos movimientos y ciertos resoplidos
característicos, pero jamás recordado, quiso ganar la
puerta, bebió el vasto aroma del campo y abandonando todo resto
de forma humana, por entre las rendijas de la pared se escabulló.
Una exhalación le seguía, chisporroteante, quemadora,
y dejó surco que iba hasta el cañadón y que más
allá del cañadón daba vueltas y vueltas, aventando
el pasmo.
Atónita,
suspirante, Maité rompió a reír atropelladamente;
luego lloró y se rasgó la piel. Echada en el suelo, de
pronto le pareció que muchos escombros le cubrían; que
le daban sepultura entre infinitas pirámides de caramelo; que
una lluvia de azufre, en función expiatoria, le refregaba de
pies a cabeza.
De
esta completa oscuridad, de esta penuria de su mente, ¿quién
vendría a sacarla? Un grito único bulle en su corazón.
¿A dónde fue? No cabe en su corazón ese barbotar.
Hizo
otro esfuerzo, sin embargo. Lamentó no tener todavía sus
lentes; se frotó. ¡Qué angustia de tuerta, y de
tartamuda, y de manca, y de coja! Se frotó aún más
los pobres ojos llorosos. ¡Qué angustia de sorda, y de
paralítica, y de mujer estéril! Los ojos se le vaciaban
en las manos.
¿Quién
se va a atrever a decir que había inferido, en un minuto de lucidez,
desde la selva de su instinto, por sobre todas las cercenadas alternativas,
que él corría, ínfimo y glorioso, en busca de su
destino, a vivir para siempre entre los suyos sin más suplantación,
después de haber consumado una felicidad de la que nunca supo?
Pero
daban ganas de pensarlo... Daban ganas.
Y
la casa volvió a quedar enteramente a solas, vaciada de los ultramares
de su fantasía, como cuando su padre murió, sino que ahora
más triste y fea. ¡Qué de lágrimas corriendo!
La enredadera la aprisionaba en su mayor parte.
Maité
salió al patio a mirar el mundo que le quedaba, el mundo abstracto
de árboles y piedras. Con sañudo gesto se acercó
al pozo; palpó la rondana; se echó sobre el brocal.
Comprendió
que aquello se le había vuelto monte firme. El caballo, la vaca,
¿a dónde habían ido? Por ahí andarán,
por ahí..., y se puso a espantar el chichinguaco, porque si bien
come la garrapata... El perro la seguía.
Con
sus cuarentipico de años, con su viudez horrible, ¿qué
iba a hacer? Se dijo que aunque no hubiese chichinguacos... Las crías,
¿dónde estaban? Por ahí andarán, por ahí...
De las siembras, ni hablar. ¿No tocará a somatén
para ella el viejo dondequiera que esté? ¿No vendría
en su defensa?
Entró
de nuevo a la casa. Por los rincones, papeles, latas vacías,
hojas secas, basura. «Un día de éstos pensó,
voy a ponerme a limpiar todo. No me gusta que esté así...».
Abrió una puerta del cuarto y la cerró en seguida, suspirando:
«Ni siquiera tengo un retrato...». Desposeída, pero
no adormecida, su imaginación cumple los términos fatales
de su órbita.
Abrió
otra puerta como quien desprende a tirones frutos de un árbol;
la madera dejó escapar un ruido. «También se queja»
musitó. «Todos nos quejamos y nadie nos ayuda».
Frente
a la cerca de piedra platicaban el muengo y su compadre. El perro les
aulló. Cuál de ellos repuso:
¡Arrrza,
perro! ¿Qué sitiá perdío?
Y
el otro con un palo en la mano:
¿Tu
dueña...? ¡Ponte bobo y verá!
Ella
no podía oír. Solamente deseaba espantar el chichinguaco
y, si a mano viene, dormir largo, largo...
(Dormir
no es la palabra).
Días
más tarde volvieron a pasar en busca de unos capullos de rosa,
para las fiestas del pueblo. El muengo pegó la hebra:
¿Y
cómo andará la loca? Mía pa esto: se la güelto
tóo pura manigua... Me dijeron en el Guatao...
Ni
mejol ni peol respondió el compadre. ¡Iguar!
Siempre iguar... Pero... M-m-m-m-m... ¡Tienta!
Ponía
las narices en alto.
¡Joh!
Diantre... A bicho raro jiede; bicho muelto.
Bien
puede. Y como siempre le dio la ventolera a Maité por estalse
en grima, ¿no será que ya lalgó el piojo, la muy
ostiná..., y ai la tenemo, tendía..., pudriéndose,
ella solita?