Manuel Mantero
España


 

Carta a las mujeres

Queridas mujeres, sobre vosotras siempre hay noticias. Os escribo después de leer una acumulación de ellas, entre las que menciono la gran subida del desempleo; el aumento de casos de mujeres maltratadas y asesinadas por su pareja o ex pareja; las tenaces condenas a lapidación de las nigerianas; el pánico de las norteamericanas a los terroristas, tan lógico, pero estadísticamente superior al de los hombres; y otra clase de pánico -denunciado por Kim Basinger-, el de las actrices sin contrato por pasar de los cuarenta años de edad. También, a modo de pincelada ligera, la innovación en un torneo de tenis celebrado en Madrid de que quienes recojan las pelotas no sean los niños y niñas tradicionales, sino muchachas modelos, más tiesas que una pared y las faldas por la rodilla. En Estados Unidos las cheerleaders las aventajan en generosidad de piel.

Así, se os discrimina en el trabajo con el no trabajo, y por razón de edad, y por querer la paz, y por querer liberaros de leyes injustas, mal llamadas religiosas. Se emplea la fuerza contra vosotras y os avalan más la juventud y la belleza que la inteligencia. Nada nuevo. Tenéis suerte perteneciendo a una civilización que ha adelantado mucho desde aquellos tiempos de las invasiones indoeuropeas, hace más de cinco mil años, cuando reinó la intolerancia y fue la norma el guerrear. Suerte tenéis al no vivir en ciertos países de África o Asia donde la sharía se aplica con rigor; la sharía, conjunto de leyes religiosas islámicas que os tratan tan exquisitamente, que a un hombre condenado a lapidación lo meten en tierra hasta la cintura y a la mujer hasta el cuello. Intentar escaparse del agujero es legal: ya me diréis quién dispone de menos posibilidades.

Han cambiado mucho las cosas para vosotras en estas naciones occidentales y en algunas descendientes suyas, pero falta mucho por educar, por hacer. Hablaba yo antes de fuerza y de belleza. Gracias a su fuerza, el hombre ha dominado siglo tras siglo a la mujer, sin renunciar al uso y abuso incondicional de su belleza. Innumerables talentos han practicado en relación con vosotras el terrorismo del desprecio y la limosna de la consideración de vuestro atractivo físico. Para Boccaccio sois animales sin inteligencia. Para Erasmo de Rotterdam, estúpidas. Aconseja Nietzsche que el que vaya con mujeres apreste el látigo. Shakespeare declara la cacareada obsesión fálica de vuestro género, que elevaría Freud a camelo de tornasoles científicos. ¿Se puede decir algo más equívoco y canalla que estas palabras de Shakespeare?: "Si los besos fueran el único placer en la cama, las mujeres se casarían entre sí".

¿Cuántos chistes hay sobre viudos, padrastros, suegros y solteros? Poquísimos, al lado de la granizada de chistes sobre viudas, madrastras, suegras y solteras (solteronas). Dos filósofos que admiro mucho, Spinoza y Kant, os conceden el don de seducir, y listo. Kant (que era además un racista), el Kant responsable de tantas aperturas a la modernidad, opinaba que las mujeres no busquen el ilustrarse, ¿qué peor que una bella intelectual?, y hala, a ser hermosas y no birlarle al hombre el monopolio del pensamiento. Hay un epigrama de Paladas de Alejandría, famosísimo por el ingenioso desprecio con que se os escupe a la cara; ha sido el regocijo de múltiples generaciones masculinas. Os lo traduzco: "La mujer solamente no es un mal / en la cama o la tumba, horizontal". A otro escritor de ingenio agudo, Noel Clarasó, se le debe esta perla: "El hombre ama el Café y la guerra, tal vez porque a ambos sitios se va sin la mujer".

Pero eso se ha acabado, vosotras vais al Café y vais al ejército, y a la guerra si no hay más remedio. Las áreas profesionales antes exclusivas de los hombres están ya a vuestro alcance. Seamos justos: sin la ayuda de los hombres mejores, no habría sucedido. Por supuesto, aún se necesita más acceso, más respeto y más paridad en el pago. No obstante, qué placer cuando protagonizáis la política, los negocios, el arte, la medicina, el derecho, la literatura, los deportes. Presenciar la final olímpica de fútbol entre mujeres (el soccer para los norteamericanos) en el estadio de la Universidad de Georgia en 1996 -el año de Atlanta- ha sido una de las impresiones más duraderas de mi vida. Casi cien mil personas vibrando con el juego de las norteamericanas y las chinas, un juego vistoso, de ataque, sin insultos ni patadones. Un sueño.

Refiriéndome a otro tipo de impresiones, cuánta rabia, al volver a España, comprobar en la televisión la vulgaridad de programas donde mandan la chulería, el chisme y la difamación. Cómo luce allí el esperpéntico lenguaje de hembras y varones luchando por conseguir su caricatura última. De vez en cuando pongo esos programas, igual que leo ciertas revistas, porque hay que tocar el paño para conocerlo. Es un tormento contemplar y escuchar en la televisión las tertulias de hembras de presunta silicona, interrogadas casi policialmente por tontas y tontos simultáneos. Esas mujeres frenan el avance de la mujer, perpetuando una imagen de carne en venta o alquiler. Por favor, mujeres normales, no veáis esos programas, no compréis revistas chismófilas, no entreguéis vuestros euros a quienes os roban la dignidad.

En ocasiones he pensado que el recelo con que tantos hombres os miran a vosotras procede en parte del hecho de que generalmente vivís más años. Cuando por la calle se me cruza algún matrimonio de silencio acostumbrado, y me fijo en la amarga cara del marido, me pregunto si no será porque sabe o intuye que lleva del brazo a su sobreviviente. A las mujeres se os sentenció a parir con dolor, pero a vivir más tiempo. Dais vida y se os da vida. Menuda recompensa.

Los machistas pueden tragarse una cucharada de su propia bilis. Hace años, en una clase universitaria donde se discutía la importancia de Carolina Coronado como defensora de los derechos de la mujer, un alumno dijo que todo eso era una exageración y que las mujeres -las guapas, seguro- existen para ser usadas por el hombre, pues así la Biblia lo ordena. Otra vez el concepto del uso. No acertó a explicar en qué lugar lo ordena la Biblia. Confesaré que mi alumno era un joven de facciones agradables y gallarda planta. Añadió muy serio que las mujeres casadas y los automóviles se parecen mucho. "Cuesta un dineral mantenerlas -explicó sonriendo-, como a los coches. A las mujeres la batería también se les viene abajo con el frío. Cuanto más viejas, menos valen. Y cada mes tienen cuatro o cinco días de pena". El escándalo en la clase fue histórico. Bueno, hace pocos días mi antiguo estudiante me llamó por teléfono, estaba en la ciudad y deseaba que yo conociera a su mujer y sus tres hijas. Los invité a casa. Había él cambiado físicamente, se me aparecía ahora regordete, calvete, nada juantenoriete. Me presentó orgulloso a sus cuatro bonitas hembras, y ¿sabéis, mis queridas lectoras, qué le dije? "Te felicito. Has llegado a poseer una magnífica familia de automóviles".

 

 

Texto enviado por la amiga y poeta en Canarias, María Castro.