Víctor Peresanto
Las Palmas de Gran Canaria. España.


 





En la altura me siento grande

Al oír sonar las olas
que arrastran rocas
siento la libertad.

Ruidos de bestias
al unísono.
Cerca,
en la orilla,
se refleja un lustroso
panorama.

Allí las horas son minutos,
minutos que se convierten
en segundos,
segundos que te hacen
navegar.

En ese punto elevado
donde la ciudad a velocidad
se transporta,
se ve cómo crece la urbe.

Perdido sin rumbo
postrado como gárgola de hormigón
en lo más alto,
observo el último rayo de luz
reflejado en el mar.

Mira cómo se despide inclinándose
con honor.
El cielo se enrojece
con una suave luz,
para poder arrostrar con alegría
el viejo día.



Pleamar

Un ave en círculos presagia el mal tiempo
y las demás la imitan.

El alboroto
crea un proporcional barullo
entre las gaviotas.

Huele a mar,
huele a marisco,
por eso las aves chillan
alocadas
como buitres encarnizados.

En una playa
de pequeños granitos
canelos y marrones,
escucho a la mar
y veo a la vieja Francia
de horizonte.

Mis ojos,
al grabar en mi memoria
la distancia,
me hacen fuerte
y me llena de alegría.

De mi boca sale humo
y se esconden las palabras
en una nebulosa.

Aliento de Folkstone
suave viento frío
que luego recrudece.

I spend a lot of time
surfing in your music.

Tus cantos sopranos
cobijan la inquietud
of the people.

Sing, screaching strongly, seagull.

Tuya es la música
que haces morar en la tierra,
vuestros son los cantos
de libertad.



Ramblas

Oigo un tic tac,
oigo el sonido de un reloj
que acelera los segundos.

Suspiras al aire
cuando recibes el perfume
de jazmín.

Mi ánima se rejuvenece
de su inocencia vírgen,
como si un niño
se alegrara de estar
acompañado de la gente
que más quiere.

Me dirijo hacia las Ramblas
en compañia de multitud
de gente,
atraida por la curiosidad
de cientos de artistas
que exponen su arte
en la calle.

El bullicio de miles de palabras,
los ojos atraidos por el colorido
y la armonía,
son sorprendidos,
apenados por la pobreza
de muchos otros
que sólo desean un plato caliente.