Manuel García Verdecia
Holguín. Cuba.


 




Reparos

Las piernas cada vez serán más torpes
y apenas tendrán fuerza para alzar,
no digo ya tu cuerpo, tus recuerdos,
los ojos no podrán precisar de una
rosa el color, de un rostro el dibujo.
La piel, un odre donde ya no hay vino,
el sexo, sólo un ave disecada,
mustio recuerdo de tus cacerías,
y ¿quién querrá la compañía de lo
que es lamento, un vaso roto, polvo?
Hasta llegar el blanco día en que seas
unos viejos zapatos, unas ropas,
unas fotos, un nombre, quizá una anécdota.
No es triste que uno se adentre en la sombra.
Triste es no saber qué sigue después.

 


Madrigal de circunstancias

Mujer,

cada uno de mis días empleara
cantando madrigales a tus pechos,
a tu dulce mirar tan alabado,
jugando con la espuma de tus pies,
bebiéndome la miel de tus panales,
orando en el altar de tus misterios;
mas a este hombre colmado de añoranzas,
por el azar de un hueco en el zapato,
se le desangra rauda la esperanza.

 


Deberes

Los clarines resuenan en Micenas,
llaman a filas: todos a la guerra,
las huestes marchan prontas hacia Troya,
el Rey quejoso manda a rescatar
a la princesa que ha sido raptada;
pero yo, Télemo, un pastor de cabras,
que hoy día de loor he conocido esposa,
estimo es mi deber quedarme en casa.

 


Esta casa en llamas

(Préstamo de W.Styron)

La mecedora renquea por su pata izquierda,
el pez dorado ha muerto en su jaula de cristal,
su ojo creciente, cíclope ahora, mira al techo:
nunca entendió el enigma de la soledad;
el polvo y sus secuaces se obstinan
en reinar sobre todas las cosas,
no hay aprendiz de brujo que lo pare;
la panza azul del jarrón de la mesa
tiene una grieta que no cesa en llanto,
¡pobres las flores sentenciadas!,
el paraguas quedó abierto en la sala,
novia de luto el día de bodas;
sobre la cama echadas las tijeras,
el óxido carcome el rito y las labores,
el almanaque absorto un día 13 eterno,
y un gato muy negro ronda la escalera;
al levantarnos no hay besos ni saludos,
cada cual sale al camino por su lado,
sin hablar nos sentamos y esperamos...
¿quién va a arreglar nuestra casa?

 


El cedro

Un poco más allá, tras la ventana
que nos separa, se alza solitario,
mirándome en su espejo de aire, el cedro;
en medio del barullo de ciclistas,
escolares que chillan, viejos que
maldicen porque ya no es como era antes,
coches de lento andar y olor a bostas,
borrachos que hipan miedo y lo vomitan
y autos que aterran al cielo con gases,
esclavo de las raíces que lo amarran
y lo condenan al yugo de un patio,
como no puede andar, es su consuelo
alzar las ramas siempre a lo más alto;
antiguo como un gemelo de Dios
que ha contado los días de la ciudad,
ahora cansado le ralea la fronda
y se le tuercen los brazos artríticos,
los brazos donde penden esqueletos
de cometas que no pudieron contra
el viento, brazos que extrañan a los
gorriones -¿dónde anidan ellos ahora?-
el maestro de deportes aprovecha
su poca pero noble sombra para
dejar el sol a los chicos que entrenan,
los novios han tatuado hondo su piel
con la promesa falsa de amor siempre,
el barrendero lo condena a muerte
pues justo barre y ya le echa más hojas,
el carpintero sueña -¡si él pudiera!-
con el dinero oculto en sus maderas,
pero entre el cedro y yo crece el afecto,
una sufrida afinidad nos une:
una misma imagen en dos espejos.
De noche lo oigo en su lenguaje de astros,
mientras estira sus cansados brazos:
¡Ay, vida, cuánto diera por volar!

 


Viaje en la noche

Rodamos en un viaje por la noche,
no a otro lugar más bien a otro tiempo,
la carretera sólo un largo dedo
que tienta la vagina de penumbras,
los faros del auto ágiles desnudan
el cuerpo obsceno que oculta la noche,
al paso se levantan filas de árboles,
reclusos en la cárcel de las sombras,
aldeas que yacen como aves dormidas,
sus gentes bajo un ala de silencio,
alzados por la luz, los peregrinos
saltan náufragos en el negro océano,
se enciman a la nave que pasa,
con señas nos imploran como a dioses,
no dejarlos a merced de lo oscuro,
cuánto dolor que no haya espacio a bordo;
los míos, pueblo a la vera de un camino
que espera lo rescaten de la noche.

 


Parábola

Quemó diez años en hacer su casa
negó a su hambre, a su sed, cada centavo,
como ave que quiere poseer el aire,
ahogó sus regocijos en ofrenda,
todo para hacer un templo a sus sueños;
el sol y la argamasa depredaron
sus carnes, con sus horas festejaron
las miles de alimañas del destino;
un día tuvo una pared que cercaba
su reino dentro del Reino de Dios;
el medio no fue más un perro huraño
y puso un techo para que los astros
no se cebaran con su desnudez
y una ventana como un lienzo de aire
donde se pintaría día a día el paisaje
y una puerta donde llegarían,
con el sol o la lluvia, los amigos
y una cama que sería un altar donde
ardería en otro cuerpo como incienso
para rendir tributo a la Creación,
pero el día que por fin tuvo la casa,
se percató de que la había construido
en medio de una isla de donde habían
sido echadas, castradas, las palabras,
su heredad era un yermo sin palabras,
el silencio apretaba su garganta,
quebraba sus tímpanos el silencio;
sus sueños eran asaltados por
legiones de fantasmas de palabras,
¡qué veneno, qué asfixia de silencio!
Un día no pudo más, enloquecido,
incendió a gritos la casa, su tiempo,
y echó a correr como un ciervo espantado,
a buscar dónde habitan las palabras.

 


Plegaria del poeta

Oh, Dios de la vida y de la muerte:
que no me falte ternura al reír los niños,
ni asombro frente al mar y las estrellas,
que no sea ciego al sol que arde en el poema,
ni sea remiso al vuelo de la música;
que jamás falle mi pulso al canto de la hembra.
Oh, Dios, primero mándame la muerte
antes que un día me falte la belleza.

 


Ojos del big bang

Hay ciertos ojos que traen
siglos de luz, de lluvia y polvo de estrellas,
aluviones de las noches que han sido
y de todas las que serán.
Los hombres, ah ilusos, crean teoremas,
tesis, fórmulas, cálculos,
inventan radares, telescopios,
lanzan cohetes, satélites, hubbles,
para pescar las cifras de la vida;
qué esfuerzo inútil,
pues todo el Universo está en tus ojos.

 


Cerco y fugitivo


Un sólo fugitivo y un gran cerco,
en medio del huraño monte y la penumbra,
el fugitivo trata de evadir la trampa,
poco importa quién es,
todos alguna vez somos el fugitivo;
avanza hacia el cerco sin saberlo,
asustado como un niño apresado en la noche,
débil como un polluelo al romper el huevo.

El cerco,
una boa se enrosca sobre el miedo,
muchos hombres, más que los necesarios;
poco importa quiénes son,
todos alguna vez somos el cerco;
asustados también como niños,
son muchos pero cada uno se cuenta solo,
saben que una bala
una fría y única bala
puede acabarlo todo,
cada cual teme que sea la suya,
nadie quiere ser el responsable,
pero tras la orden que cae de lo alto,
un oscuro hábito tira del gatillo
y todos, muchos hombres, más que los necesarios,
disparan, disparamos
y el fugitivo cae, caemos.
Y empieza un nuevo cerco para el nuevo fugitivo,
¿quién es el fugitivo?
¿quién el cerco?
Es sólo cuestión del momento.

 


Perpetuum mobile


Se acabarán los poemas, las escrituras,
no se abrirán los párpados a los colores,
los niños seguirán creciendo, ¡quién sabe cómo!
ya no será la música más que silencio,
se extinguirán los frenéticos nocturnos del amor,
terminará en su (in)justo momento todo,
pero no habrá manera en que se agote, ¡ay!,
el sueño empecinado de vivir.

 


La piedra

La piedra, un día y otro día,
horada y gana su espacio,
impone el peso de su virtud,
sabe que no es aire ni agua sino piedra
y pulveriza la gota que se afana,
quiebra las uñas con que embiste el viento;
la piedra es un ojo que vela,
nada la inquietan el camuflaje del tiempo
ni el remolino de hojas a su lado,
voz con que se anuncia el muro,
primera sílaba del camino,
el trueno, la lluvia no la dañan,
el pisotón le da lustre
y el golpe del acero la hace luz;
la piedra es más piedra en la fijeza.

 


Sísifo

No es la piedra, Sísifo,
de peso quebrantador,
de filosas aristas y duro asidero,
grosera en su indiferencia a tu tesón,
ni la altura que toca las nubes,
donde todo se ve insignificante,
ni el trillo pedregoso serpeando entre espinas;
tampoco el descenso abrupto
ni el encuentro una vez más con la piedra
que anuncia el doloroso inicio de otro descenso;
es tu tiempo arrojado al vacío y la pregunta:
hasta cuándo hasta cuándo hasta cuándo.

 


Yo no poseo


Yo no poseo cuadros de artistas famosos
ni vajillas de Sevres,
ni lámparas Tiffany;
yo no nací en cuna de cedro del Líbano,
ni me dormían con Mozart,
ni me leían a Mallarme;
mis libros son baratas ediciones,
envejecidos, rotos, fatigados,
mis horas no las teje un Longines,
ni vigoriza mi ánima el Chivas Regal,
no ocultan mis flaquezas trajes Armani,
ni he viajado a otro país que el de mi pena;
pero yo tiemblo ante el pie de la muchacha
que pasa dueña del mundo frente a mí,
y levito, creo que es suficiente.