Cantar
Oh cantar por toda una eternidad,
oh estallar de repente en sílabas
castalienses, saltar en millones
de luciérnagas, briznas o chispas
de luz astral, de luz intempestiva,
de luz del mismo metal que la lira,
transformarme en una nebulosa
de millones de notas del canto.
Oh dormirme de pronto en mitad
del canto, dormirme para siempre,
y quedar para siempre despierto,
sentirme declamar, extasiado,
refulgente de fulgor olímpico,
de fulgor délfico, de fuego pítico.
Oh rasguear y rasguear con mis dedos
el arpa eólica, las finas cuerdas
interconectadas del firmamento,
el inalámbrico instrumento acústico
tendido a través de las estrellas,
comunicándolas en el universo.
Oh sacudir la cabellera
de los grandes bosques planetarios,
soplar con mis labios en éxtasis
a través de sus intersticios,
arrancarles melodía eólica,
melodía silvestre, melodía.
Oh correr cantando por los ríos,
correr por el Nilo, por el Éufrates,
por el Rin, el Támesis, el Tajo,
por el Mississipi, el Bío-Bío,
por el Ganges, por el Amazonas,
el Danubio, el Dnieper, el Yan-Tse.
Oh morirme de pronto, empuñando
la lira con todas mis manos,
y dejar mi numen temblando
en sus cuerdas, sin extinguirse,
cantando hasta el fin de los tiempos.
Cabalgar
A lo mejor cabalgar,
a lo mejor perderme
en las distancias terrestres,
internarme con mi caballo
por estepas de aullidos,
por praderas pastizales,
por las pampas inarbóreas.
Dejar atrás las ciudades,
dejar atrás las usinas,
las chimeneas, los hornos,
los complejos industriales,
los enormes asentamientos,
alejarme con mi perro,
mi cuchillo, mi arco, mis flechas,
acampar a orillas de ríos,
dormir al abrigo de los astros,
oír la noche rondar en torno.
Cabalgar con mi fiel caballo
por las vírgenes serranías,
sentir el aire besarme,
insuflarme su aliento puro,
su inconmovible intemperie.
Alcanzar los ventisqueros,
dejarme azotar por los vientos,
estremecerme por la nieve,
marearme por las alturas.
Internarme en las soledades
lejos de toda huella humana,
lejos de su metal impuro,
de sus habitaciones cálidas,
de sus corbatas y sus perfumes.
Y no volver la vista atrás,
no apiadarme de sus sollozos,
monarca y súbdito de mi reino.