Mejor
sin metáforas
Hoy,
no quiero ser fuerte
ni poner "al mal tiempo buena cara".
No quiero saber dónde va cada cosa
ni el lugar exacto donde acomodar mi ira.
No pretendo parecer justa, ni buena,
ni madre,
ni esposa.
Hoy,
soy un avecilla de alas mojadas
o, mejor sin metáforas,
soy una mujer amando desesperadamente,
que siente en la piel
necesidad de lluvia,
y en los ojos la ausencia
de una mano fuerte y tierna
que los acaricie en adiós
cuando me vaya a ser madre
y esposa, otra vez.
Con fuerte olor a mieles residuales
Esta
ciudad, lejana del mar
tiene en cambio, un fuerte olor
a mieles residuales.
En ella oigo añejas historias
narradas con ritos y misterios
por cuentistas y trovadores,
que hilvanan en un recodo las palabras
siempre en derredor del parque.
Sus calles, cómplices,
me han visto amada, amante.
Aquí una guitarra cantó para mí;
aquí empapé de sudor mi camisa;
aquí he tenido un hijo;
en mi ciudad,
que de historia y amor
me habita el verso.
Premisas
Va
a nacer el poema en el instante
en que eludas tu gesto de culpable
cuando cruces el límite en que ahora
el tiempo te equilibra resistencia y entrega.
O nacerá cuando declares vigoroso
la razón que te trajo fulminando los ritos.
Cuando el silencio esté poblado por tu mano
que dibuje en mi cuerpo las regiones
fabulosas que acontecen entre sueños;
sin colores que resulten indelebles
a mi lienzo desvaído tú arrojaras;
si consigues ahuyentar esos fantasmas
que permites habitar sobre tu silla;
cuando el mástil del misterio yo derribe
del discurso cotidiano que pronuncias,
ya no estará la página blanquísima:
la violarán dos amantes luminosos
sin tiempo para la sorpresa,
y nacerá el poema en ese instante.
Certeza del presagio
El
halo que otorgaste
a este cuerpo y los sueños
desvahído va quedando entre rencores.
Ya para siempre nefastas las líneas de mi mano
leo
no volará tu mirada del arpegio a mi pelo,
y tal vez fuera cierto
lo que dijo Oliveira
amarnos era tener dos velas verdes encendidas
mas no encontraste en tus recortes
la alquimia
con que hacerlas de manera
que nunca se apagaran
o yo abrí la ventana a destiempo
segura
de que habías dado con la fórmula genial.
Estalla entonces el relámpago
libre
de su cárcel de nubes:
sin que hayan resistido el hilo ni el papel
quebrados sus junquillos
cae al suelo el papalote, vencido por el viento.
Rehaciéndome
No
quiero tus brazos por fronteras
ni mi corazón reservado
a esa fortuna elemental
de regirme por tus signos
que amenazaban ya con dirigir
el tránsito mío
por estepas o valles.
Hoy no me contiene la melancolía
aunque existe
ni tu boca
de la que nada nace aunque la extraño.
Pero no es la vida
suma de catástrofes cotidianas:
un reloj entona la canción de su arena
y esta esfera rápida
se torna latido que pide auxilio.
Quiebro, pues,
mis quejas frente al sol.
El espejo me devuelve una sonrisa
que indica el lugar
donde bate palmas la esperanza
y voy.
Taller
A
Rafael Leyva
Este muchacho llega al Taller
cual libro abierto en sus primeras páginas
y del bolsillo saca
el naipe de su suerte
esparciendo entre sorbos de café,
las explosiones de un presagio,
sus afanes y firmezas.
No hay suicidas, ni "gorrión"
ni canto aislado:
el poeta lee
y de sus papeles brota
el misterio del sitio
donde nace la ternura.
Este avivador de sueños
se abre poro a poro
en la fiesta nocturna del Viernes
y nos deja ensimismados, felices,
con las frías manos extendidas
en torno al calor
de sus versos como brazas.