Las migajas del buffet
El
hotel se anuncia
con íntimas lagunas
y ascensores transparentes
que reflejan los visos
de esa luz que nunca vemos
y que traen los turistas
en su equipaje
al descuido.
Mi hija toca la flauta
en el salón del buffet
rodeada de manjares vedados.
Vidrieras que atesoran
los frutos que siempre estuvieron
en las alas de diciembre.
Tan cerca de la música
frutos entrañables
rozando otro mundo
perdidos
en la novedad de los espejos
aromas que jamás faltaron
a la mesa.
Aquellos frutos de siempre
sus migajas
pueden sorprenderme alguna noche
cuando el revuelo de mi hija
en su aviso blanco
me despierta.
No importa quién haya comido
del otro lado.
Un fruto siempre une
cuando sus restos se dispersan
y son
delicadamente
sustraídos por la música.
El
hotel
y su esplendor de agua
no sabrán
ni los gerentes
ni turistas
del secreto botín compartido
en el verano de mi cuarto
sin aires ni confort.
Mucho menos sabrán
del alma
de una muchacha de la isla
cuando toca la flauta
entre las mesas que cobijan
pródigas
las migajas del buffet.
A la escalera
No puedo liberarte
de la agonía de lo estático
de ser la sierva
de la prisa o la lentitud
ni tus peldaños deshacerlos
en las piedras que fueron
y esparcirte
donde el viento y la sed.
Nunca podré hacerte otra.
Sólo puedo ser tu cómplice en la impotencia
y detenerme cada vez más en ti
como un viajero
a quien nadie espera en los suelos
que antecedes
en los espacios
de este recinto custodiado
por una imagen siempre alerta.
No puedo salvarte.
Estoy reducida como tú, sin alas.
Déjame ser alguien más
que pasa sobre tus sueños.
Rituales
I
Cortar la leña
de las ruinas patrimoniales de la ciudad
frente al nuevo Center Shopping
y sus increíbles afeites.
Reflejada en las vitrinas
con el corazón sobrecogido
creo ser la romántica esposa
que le falta a Robinson Cruzoe.
II
Cocer los trescientos guisantes del mes
en un día
sazonarlos con el rocío
la cal y una voz ultramarina
que llevo siempre en la palestra.
Glorificados al fuego
los guisantes
caballos rojizos que se inmolan
en el desierto del hervor
galopando henchidos
saltan la rutina
hacia otros lares.
III
Limpio el barro cuarteado
con agua turbia del San Juan
mientras mi hijo
ensaya en el violín
esa música que tanto gusta
a los turistas
y que bien pagan con baratijas.
Si aún fuésemos aquellos indios
impresionados por los espejos...
IV
No sé si escribir este poema
o ir hacia el derrumbe
de mi trabajo municipal
o quedarme simplemente en casa
con la tentación de remontar el vaho
en uno de esos gráciles autos
que pasan volando
y algo de mí se llevan
a donde no van:
al centro de lo lejos
y los arrecifes veladores
del fondo de claridades
para mis pies.
Ando la arena de la irrealidad viva.
Estar maniatada, muda, harta
y a la vez estar
libre en el agua libre
de lo que soy.
La mujer que sobra
I
Dicen los que fueron sus amantes que no sabe hacer el amor. Dicen que
cierra los ojos y se queda, ante todo, largamente escuchándoles
el corazón. Piensan que no entiende el ansia desesperada y rápida
de ellos. Agregan sonriendo:
-Es una mujer que sobra.
II
En un lugar de la tierra hay un hombre desconsolado, porque sus amantes
hacen tan bien el amor que lo dejan hueco, vacío. Él busca
una mujer que, ante todo, le escuche largamente el corazón encimada
a su pecho.
III
La mujer que sobra cruza todos los días el puente y tira al agua
una moneda. ¿Podrá descubrir ese hombre que la sueña
desde cualquier puente, su señal luminosa?
La suerte del árbol
Ha caído
el árbol milenario
invisible
ha caído a lo largo
de la calle Ayuntamiento
de río a río
en un estruendo
que sólo escucho.
Las gentes transitan su cuerpo
sin saber
que asumen ciegas las faenas
sobre parte de un bosque dormido
sobre el viajero del último vendaval
que irrumpió en mi pecho
desde el Norte.
El árbol cuando cae
no mira dónde pudrirá su corteza
ni a quienes servirán sus hojas.
Un árbol sabio
como el gigante rojo
con tanto tiempo de andar
sobre los otros
prefiere la libertad de la caída
desaparecer
en los sueños de los que bebieron
del San Juan como sus raíces
y se acercaron
discretos
a la sombra.
Una simiente entre millares
pudo germinar en la brisa
porque las ruinas habitadas
necesitan un vigía
que esté más allá de sus piedras
y fantasmas.
Ha caído el árbol de mis sueños.
Ahí está
tendido a lo largo de la calle.
Se pensaría en un cadáver majestuoso
pero no por desarraigado
se está muerto.
Siento su respiración
oxigenar lo que no vemos
lo que no cuenta.
Mi seguridad es su caída
el abismo de su ausencia
en mi ser.
Un antílope cruza el aire
I
El tren de Hershey se aleja.
Su voz adormece los farallones
que sostienen la ermita
abre la neblina del valle.
Las auras despiertan ciegas sobre el humo.
Nadie duerme tras las ventanillas:
el antílope quedó en la estación
con sus grandes ojos de cristal oscuro
y la nariz húmeda rozando la hojarasca.
Un león quieto
sumamente quieto y nostálgico
ha quedado.
Ah, la escalera altísima del viento
el estrecho puente, los pescadores silenciosos.
Quién amará esta ciudad
que se queda a lo lejos
tenue, dispersa
como una partícula más de polvo.
Quién regresará a morir junto a sus aguas
con los viejos peces, las viejas barcas.
Nadie dormirá al amanecer.
La luz de la ciudad comienza en el valle
brota del pasto, de las mínimas casas
de los rostros que esperan y esperan.
II
Ahora llueve
y el tren de Hershey ha venido a llevarme
en su fantasma.
Nadie sube conmigo
Voy sola en sus luces mortecinas
junto al valle y sus prístinos gemidos.
Quién escucha las voces que cantan con el viento
las tristes voces.
Quiénes subirán en las infinitas paradas de la niebla.
Un antílope cruza el aire.
Ahora llueve
y el tren y la estación
y esta ciudad en la noche
se deshacen en el pecho blanco
de la lluvia.