Rosa Elvira Peláez
La Habana. Cuba.
Reside en Buenos Aires. Argentina.



 



Café con espera

Dime cuántos días quedan en mi ruta.
Cuántas paradas con el mismo rostro.
Cuántas sonrisas enmascaradas.
Cuántos simulacros de sorpresa.
Mi ruta, que a veces alarga mi espera,
a veces me parece corta y me hace llorar.
No trae respuestas la vida.

Y ahí,
está,

ella. Ella.

La ruta no espera.
En el indiferente café de la taza
se esconde una lágrima. Y bebo.

 


La puerta azul

Subió las escaleras.
La puerta azul abre a la felicidad,
le dijeron.
Cada vez que llegó a la puerta
detrás
lo esperaba otra escalera
otra
otra
con una puerta (una mentira un susto una verdad una pena un vacío una risa)
azul
azul
arriba.
Arriba. Arriba. ¿O abajo?

Ahora sube otra vez.
(a ciegas)

 


Infancias

Salto. Salto y caigo. Juego y canto.
Lloro.
Río y corro. Juego y caigo.
Río.
Canto y pregunto. Corro.
No me dieron todas las respuestas. No las encontré (no hay).
Se me fueron perdiendo las piezas. Silencio.
Hoy me duele extrañar el rompecabezas
que ayer fue mi alegría.
Corro. Y caigo.
Caigo. Caigo.
Creo que hay una pieza que canta.
Canta y miente. Miente.
Pero yo creo.

 


Ruidos

El ruido. Los ruidos.
Imperceptiblemente, todo comenzó en singular,
como apartado.
Como un objeto perdido entre tantas cosas desorientadas.
Perdidas.
En algún momento, el plural llegó y comenzó a crecer.
Se envició, pensé.
Y pensé que se cansarían todos ellos.
Que mi indiferencia los liquidaría.
Me equivoqué.
Ellos son cada vez más.
Todos contra mí.
Paren el ruido, digo.
Pero el ruido sigue.
Basta, imploro.
Y suplico, lloro.
Termino llorando lágrimas secas.
La angustia es enorme.
Es demasiado el ruido que hacen mis recuerdos al caminar.
Los ruidos me persiguen.
Tal vez deba pensar, seriamente,
en vivir sin memoria

 


Haciendo la valija

No quiero mirar atrás.
He doblado con cuidado
mis últimas tristezas.
Quiero cerrar la valija.

Pero
en el bolsillo de la última tristeza,
dejé olvidada la risa de aquella tarde.
Cómo imaginarse que aquella tarde aún viviera.
Y ahora reclama revancha.
La valija no cierra.

 


Momento

¿Pasó?, preguntaste. Antes de preguntar
ya había pasado. Yo. Tú. La noche.

Duró suficiente
para hacer
una marca en el camino.
La posdata que no borra ninguna lluvia
aunque las cartas, hace mucho, se hayan ido con la creciente.

 


La puerta

Sé quién es la persona detrás de esa puerta.
La persona que toca la puerta.
(Mi puerta.)
Sé lo que piensa.
Lo que está buscando.
Sé: me quiere a mí.
Pero no soy presa fácil.
Estoy en guardia.
Pego mi rostro a la puerta.
Trato de contener la respiración.
Del otro lado,
percibo
que también intentan controlar el aire
a través de los pulmones.
Es alguien que simula no respirar.
(Conozco ese intento como la palma de mi mano.)
Deslizo mi mano sobre la vieja madera de la puerta.
Suavemente.
Pego la oreja y escucho. Sí.
Del otro lado
una mano emula el tenue recorrido de mi mano.
(Me sofoca el calor que desprende esa mano.)

Cierro los ojos, intuyendo
que del otro lado
(de la puerta)
también cierran los ojos.

No dejo que me engañen esas artimañas.
La puerta es lo único que me separa de mí.

 


Pasión

Nos amamos tanto
tanto.
Que aún estamos
(estamos)
tratando
de identificar nuestros cuerpos
(cuerpos)
devorados por el fuego.
Fuego.

Nuestro.

 


Compañía

La hormiga se cruza en mi camino
continuamente.
Estoy obsesionándome con ella; la analicé con una lupa
-sin hacerle ningún daño, por supuesto-
sólo para corroborar que siempre me ronda la misma hormiga.
No me llama la atención este hecho como que sea una única hormiga
-siempre leí, supe y vi que viven en grupos-,
lo cual me llevó a preguntarme si ella entenderá lo que es la soledad.
Tal vez le perturba el tema y,
por esta razón,
ha decidido acompañarme.

 


Arboles

Es hermoso ser árbol,
incluso hasta en la tristeza.
Incluso cuando se pierden las hojas por mandatos del calendario.
No importa.
Las lágrimas de los árboles tristes,
lejos de consumirlos, fortalecen sus raíces.
Y el calendario,
como siempre, traerá
de vuelta
la fiesta de las hojas
y los frutos
como una vieja canción de la infancia.

La alegría del regreso puede venir con lágrimas.
No importa.
Las lágrimas de los árboles alegres
les da ventaja a sus raíces.

De nada me sirve saberlo.
No soy un árbol.
Es una cuestión que me importa.
No sé si debo estar triste
o alegre.
Las hojas me miran como si no me reconocieran.