Acerca
de algo inefable
Me
encontré con tu muerte una mañana:
-Buenos días, hermano! (y me pidió un abrigo
y pan),
vengo cansada. Dame
Para sentarme aquí a la orilla de
la vida...
Y yo le di un puñado de recuerdos
para su hambre pordiosera;
para su sed mi escaso raciocinio;
mi corazón, para su frío impenetrable.
Ella
me dio una rosa púrpura
que deshojé callando.
Hoy no vendrá la poesía
Hoy
no vendrá la poesía;
hoy no será mi compañera
en estas horas largas;
el silencio será el que comparta
el verso que no llega.
Poesía:
mi vida se desplaza en tu búsqueda
y tiembla en el acecho.
Lavandera
Lava
la tierra hendida en el tejido
con puños afanados,
masculladora de rezongos al pie del agua,
y la tierra, amasada, se escurre jabonosa
hacia el lomo lampiño del agua
y dibuja una estela.
Matices
movedizos acuden a esa estela;
alas gomosas casi transparentes;
y frijoles creciendo desde el fondo
con lenta prisa dicotiledónea.
Nadie
lava con tanto esmero humano
firme y enérgica,
arrodillada bajo un sol gigante
como bajo una hoguera.
Dedos
lechosos de humedad
con yemas que se arrugan,
humedad jabonada que hace del aire espuma,
sol que la espuma tornasola en nácar.
Veo
su obstinación rugiente y veo
cómo le da la luz en torno, y veo
un sudor abocado sobre el labio,
y la boca afeada;
masculladora de rezongos al pie del agua.
Un ahorcado
Solo,
tal pozo en patio, a medianoche,
a la luz solitaria de una estrella,
un ahorcado,
sin ser flor o ser fruto,
pende
como terrible as de bastos.
Río
que llega al mar y no le gusta,
y se vuelve,
se queda vertical, de pie,
asido a un árbol:
nada le gana ni le pierde.
Lleva
anillo en el dedo,
otro en el cuello,
es... un ahorcado.
Lo
reclama la tierra,
y él, que escucha desde el aire
niega.
Un
anillo en el dedo,
otro en el cuello.
Con
qué esmero visible
su cuerpo está colgado,
blando, triste,
cuerpo de pesantez estática
que toca fin,
pero se queda ahí,
ahorcado,
y emana todavía
unas enormes ganas
de vida.
Lacio, podrible as de bastos.
Un
ahorcado, ¿siempre tiene remedio?
-Si
el viento entre las ramas suena
despacito, y oye, despacio,
la voz del viento;
si
la noche dormita y él dormita
penduleante, con sed;
si todo está en su sitio, adormilado;
muestra la oscuridad su pulpa henchida
y los demás dormidos sueñan,
entre
sueños se baja de la soga,
somnoliento,
se quita los zapatos, anda
el aire, asustado,
se baja del aire,
llega a su casa con el árbol dentro,
e inocente, como toda criatura,
se acuesta acariciándose la nuca.
Sueña
que se despierta de ese sueño.
Muchacha muerta
Vi,
en el segundo cuarto de una casa,
un cadáver por primera vez.
Una
muchacha era aquella tarde
muerta de pronto y yo vivía enfrente.
Como
mueren las luces entre luces
de velas, algodones
tenía en la nariz.
Había
murmullos.
Hacía calor.
Olían las flores funerarias.
La
casa estaba llena de vecinos
abanicándose y bebían, muchos,
mucho café.
Ella
estaba tranquila oscuramente.
Hubo
lluvia ese día por la noche.
Ladina redentora
Ella
avanza con una tea oscura
volando entre las alas de una oca;
adornada con huesos de fantasmas.
Ella
mira con ojos subterráneos,
te seduce formando una tiniebla.
Aspiras su presencia como un opio.
Ella
desliza el fruto debajo de la sábana.
Hiende
la huesería de su boca,
hiela, pudre, se instala en tus costillas;
pone su huevo único y se sienta.
De
sus pechos cortados nace un río
(o el sueño te ha vencido poco a poco).
Ella
juega la última baraja.
Entonces
tú te rindes al asedio
y ella, que está esperando,
oscurece tu lámpara.
Este cuarto tiene la costumbre
Este
cuarto tiene la costumbre
de estar sin niños;
ni solo ni asolado,
con un ser vivo adentro,
sólo tiene dos ventanas.
Es
un vientre quieto que me cuida
en un punto del infinito espacio,
es una ostra grande donde vivo
en un aire perlado; dédalo
donde yo soy el minotauro.
Cuando
lo vi por vez primera
comenzadas las lluvias invernales,
el techo goteaba tic, tic, tic
y las gotas venían a lamer
mi mano extendida
el tintinear monótono de un cubo
y algunas cosas salpicadas.
En
primavera florecía aromas; más,
se afeitaba con reflejos verdes;
en el verano su aire se tejía
de estrellas vivas casi respirables,
y amanecíamos yo y un fulgor
sobre la cama, desnudos,
y las estrellas no se iban.
En estas partes del armario ciertas
En
estas partes del armario ciertas
huellas de antiguos pasos vibran.
Debí limpiar mal los recuerdos.
Los muebles, nobles, sí recuerdan.
Callan.
El
silencio, esa enorme
vaca echada, multiforme; útil,
nos acompaña familiar;
la casa es ésto.
Hacia
un borde del aire ventanero
los calores se amagan insistentes
y uno es zurdo. Fuera,
en lomos de la externa superficie,
siguen golpeando diminutos
dedos húmedos.
¡Aj!
¿qué hacer en estos días reumáticos,
lluviosos, lloviznosos, días de niebla?
Rostros
transfigurados se insinúan
desde uno o dos de los espejos.
Algunas
palabras no dichas
tiemblan.
Y ahora
Y
ahora,
¿quién traerá la lámpara
por los antiguos corredores
levantando la mano para ver más allá?
¿Quién,
entre columnas reiteradas,
capiteles ornados, arcos voluptuosos,
o simplemente recostado a un fuste,
se afanará, perdido en tus fulgores,
trémulo ante el paisaje defectuoso?
¿Quién
de tu boca elevará su canto
trascendente, entretenido, lleno
de una energía luminosa, joven
y a la vez hondo?
¿Quién
multiplicará sus pocas devociones
para que todos participen
en tu convite
de consideraciones?
Y
¿quién, deseoso de luz para los otros
se sacará la luz del cuerpo,
prodigándose a chorro
entre listos y lerdos?
Pese
al agua que cae melancólica,
desnuda y como acompasada,
pese a éstos muchos húmedos
conceptos llenos de asfixia,
entre polvos de naves y de nubes,
se deja oler una sequía larga.
Graznen
verdes, grandes olas enormes
una nota de buena voluntad,
en estos días flacos, indefensos,
en esta hora dura, plagada
de contaminaciones,
de este aire manido que habla
de gente seca, y días
secos y gente
ahorcada;
vuelen
alto hacia las minas altas
de claridad y sea
ella en nosotros,
pues
me pregunto en medio de sudores,
quién traerá la luz por estas nieblas,
quién dirá la palabra de reposo;
alzando un poco más la mano
por los antiguos corredores.
En aquel tiempo
En
aquel tiempo
yo había oído muchas cosas,
secretos, venganzas, maldiciones,
planes de suicidio
de gente que vivía -flaca por dentro-
para quien todo era mal presagio,
y gente que moría -viva por fuera-
llenas de un agrio y una angustia.
Vivir,
aquella fiebre mía de vivir;
aquella sensación de estar viviendo;
de escucharlo todo, todo oreja;
de espiar los símbolos ambiguos,
debajo de la mesa,
desnudo por los techos,
y a través de rendijas con mi ojo
mirando al que se cree que no lo están mirando
y se lleva la nariz al dedo,
y se expurga los pies, con fruición,
o eructa y se sopla, o se huele
debajo de los brazos.
Vivir en tiempo de vivir,
afrentado en un mundo carnicero
donde el ser hace el mal y se deleita,
donde todo es oscuro.
He visto un mundo en acecho
He
visto un mundo de ojos en acecho;
he visto dedos torpes que señalan;
lenguas trabajadoras, bífidas,
y vi cabezas llenas de vacío.
Vi
casas que se iban de su casa
y pueblos que se iban a otros pueblos,
vi un camino encima de otro,
lo he visto caminar;
por
el camino
nueve lunas crúzanse conmigo
y no me ven, lanzado
sin voz hacia la luz hacia la voz
tras convulsiones,
dejando atrás las nueve lunas
y oliendo a sangre, a susto:
Grito.
Llego.
Vine.
Veo la luz.
La oigo.
Desdoblándome
como una sábana
para no herir el vuelo antes del ángel.
Agua
Tú
la escuchas caer y luego la oyes
subir por las habitaciones
piso tras piso, tras,
con su cloro sonando por los tubos
antigua nube resabiosa
el agua.
Vamos a ver qué pasa
con estos alambres viejos de la lluvia,
qué lengua se alambró de tan reseca
en esta lluvia;
qué lluvia pasa.
El agua...
la hueles, la conoces, es el agua,
es el río volando en mi cabeza,
estos murciélagos -he visto luz-
tantos colores vivos, tantos peces...
El agua...
la sueltas bocarriba y salta;
le abres el ombligo iluminado
y veo un chorro de alucinaciones.
Mira cómo da vuelta,
cómo da lástima,
cómo levanta al mar y lo sacude,
y lo exprime
... como una gran camisa negra.
Converso con mis muertos
Hace
rato, abstraído,
en un mirar sin parpadeos
mientras la noche se hunde
en una tarde gris de diciembre,
converso con mis muertos.
Río. Gozo. Recordamos.
Lloro un rato con ellos.
Un frío
Qué
nieve negra que no hiere.
Qué hielo vivo y blando
y seco
Que frío de planeta frío.
Frío,
bajo un sol de ciudad quemando pájaros;
como de muerte viva que halla vida
en mis riñones. Frío
ardiendo, sudando...
Ay, tragarme las manos
y recorrer mis huesos uno a uno
por frotarme este frío.
Qué frío de ceniza,
que frío aquí, que...
y que no es amargura ni tristeza;
ni frío.
Trilogía de Hannah Schulen
1.
Penélope
Esta boina de lana azul marino
la ha logrado, con toda su paciencia, Hannah;
la tejieron sus manos animosas;
manos que son polvo hechas de tierra germana.
Palpo
su forma suave, su textura;
miro los círculos concéntricos
que se suceden firmes, lentamente,
imitando un redondo, chato cesto.
Si
la dejo en la silla, toma forma
de plato o de hogaza; al revés
semeja una flor grande bien teñida
de azul tuareg.
Cuando
la lleve puesta por la calle
llevaré sus manos en mi cabeza;
sus dedos, invisibles, serán adorno
y resguardo para la tristeza.
Más
allá de los tiempos, después que
nada quede de mí, ¿quién sabrá nunca
que esas manos añosas se esmeraron
en fabricarme esta azulada luna?
Las
Palmas, Junio de 1986
2.
Cesa Penélope
Hoy
enterramos a Hannah,
en el cementerio para extranjeros
a la subida de Escaleritas,
también llamado "del Puerto";
no en la parte católica, numerosa, florida,
sino en la más abandonada, escueta;
Hannah era judía.
De
unos 60 metros dos hileras
de tumbas semihundidas, caracteres chinos,
olvidadas, y al fondo nichos, muchos,
con muertos sin familia de religiones diversas.
Hannah
descanza entre dos tumbas chinas
de espalda al muro divisorio,
al lado de su marido,
cerca de un conde y una condesita
por supuesto no católicos.
Breve
ceremonial con rabino.
Estaba el cónsul de Alemania,
su señora, gente que no me fue presentada,
y conté siete, ocho vecinos.
Y
cuando la ocultamos bajo tierra
en una caja simple de madera
y cada cual depositó su ramo y se marchó,
puesta la boina que ella me tejiera
me acerqué, y a la altura de su pecho
puse la más bonita flor de mi patio
y una manzana vista en la mesa,
y le dije, en inglés, emocionado,
unas palabras amorosas
que ahora sólo ella conoce.
3.
Los 80 de Penélope
Hoy,
12 de Mayo de 1987, le he cantado
el "happy birthday" a Hannah,
que por supuesto no está allí;
tenía
en su nueva losa gris
unos claveles rosados.
Desde
su muerte, hará unos meses,
cinco, nadie había vuelto
a estar con ella un rato.
Le
he sembrado cactáceas canarienses
que riego los domingos;
y en la tumba de su esposo
un viejo hibisco ha florecido.
Hace
poco, desde mi balcón,
que ve el balcón de Hannah,
vi escribas
y gente, repartiéndose impacientes
sus pertenencias.
Quién
llevó los claveles,
al ver aquellas plantas,
debe haber percibido su rubor.
Ojalá
la vea un día en un sueño;
un sueño delicado como ella,
un sueño lleno de vida,
de amor por la vida,
como llena de amor por la vida era ella,
tan vacía de salud, tan nunca triste.
Ojalá
una vez, al llegar de la calle,
ella esté de pasada por mi puerta,
aseadita, disfrazada
de juventud, sonriente,
y charlemos en la lengua de Shakespeare,
no de su religión o su pasado
lleno de heridas, sino de Wagner,
de Rachmaninov, de Plácido
Domingo al cual amaba, de Wolfgang,
de Ludwig van;
no de la vez que huyó del holocausto
ella, su madre, su hermana,
y no volvieron a verse;
sino de Pavarotti, la Caballé;
no de su único hijo muerto a edad temprana
al jugar con una arma no de ficción;
sino de algún impromptu de Chopin.
Ojalá,
que por algún recodo de estas líneas
establezcan un tipo de contacto,
el amanuense
y esta apreciada amiga judía.
Manos
Pienso
en las manos pacifistas de Einstein
explorando el espacio infinito
y viendo en todo a Dios;
un dios inexistente y revelado.
Pienso
en las manos de Sócrates, serenas,
bebiendo la cicuta que le diera el verdugo
mientras hablaba a sus discípulos;
las
manos de Virgilio, que imitaron a Homero,
a Hesíodo, Teopompo, Lucrecio...,
cuyos dedos no desestimaron piedad;
las
del santo de Asís
amistadas con los ariscos animales;
las
brunas de Mahoma "Sólo hay un dios, Alá,
y yo soy su profeta";
las
del buda Gautama, calmoso,
insistiendo en que nada es permanente
excepto el cambio.
Manos
que pasan e iluminan.
Pienso
en las manos de Marilyn,
a quien Dios haya perdonado;
las
del duque de Windsor, recatadas y finas,
en rechazo a un imperio por una manos;
las
atrevidas de Cleopatra,
al pensar en el áspid sostenido un momento
una lengua ardentísima de amante;
las
espantadas manos de Pelayo, el eremita
que oyó cantos y vio luces
al hallar la tumba del apóstol Santiago;
las
de Borges, acariciando cada verso,
por ellos a su vez acariciadas;
las
manos de Chopin, pues son el piano;
las
de aquella civilizaciones
que tocaron las aguas del Eufrates y el Tigris
por vez primera,
las primas en tocar al primer hombre;
y
aquellas que lanzaron el átomo mortífero
sobre Hiroshima y Nagasaky.
Pienso
en las manos tímidas del ciego
que vigila la luz al tacto;
manos que conversan con un ángel,
desnudas,
como las de Daniel entre las fieras;
y
en las gráciles manos de los niños,
oh manos refulgentes;
en las manos torcidas de los viejos,
de arrinconadas formas;
y en las frías, caedizas, sin hálito
de los que dejan para siempre el cuerpo.
Mediodía
Al
mediodía regresaba, aseándose;
y empijamado como cualquier honesto de familia
comía. Se retiraba.
Nadie se atrevía a ruidos si él dormía,
aunque a veces le iban a dar quejas
de mí, y me decía:
"No quiero saber lo que pasó
pero siéntate ahí, sin lloriqueos!
...si interrumpes la siesta
vas a oler el fuete!"
Pequeño, ante sus ojos azuleantes
yo me achicaba, quietecito, brusco;
y me sentaba "ahí", junto a su cama,
y oía a los que pasan apurados
a esa hora de sol alucinante.
Me contaba los dientes con la lengua;
descubría figuras en el techo,
o perseguía el vuelo de una mosca
que se coló en la habitación...
entonces, a escondidas, lo espiaba,
hasta que se dormía sin rencores, sin sudores,
y parecía un ángel derribado
su cuerpo esplendoroso sobre el lecho.
Rostros
Hay
rostros que no podemos olvidar,
que están ahí por mucho tiempo
guardados con recelo del hiriente
ojo diario,
y hay días
en que esos rostros vienen a buscarnos
sin hacer leve ruido, dobladitos
de estar en lo más hondo,
claros;
se nos suben despacio como un éter
hasta posesionarnos,
y abstraídos
nos vamos por un rumbo
desenterrando fechas, sitios,
rostros,
...rostros queridos y empolvados.
Los viejos
Los
viejos se parecen en que olvidan.
Tantos recuerdos tienen que olvidan.
Se parecen en hábitos y reumas, en temores,
en ese aire de miradas viejas, lejanas,
en ese estar presente sin estar.
Se han comenzado a despedir.
Dobladitos de haber sufrido lo suyo,
por las mañanas tosen con cuidado,
y en las noches, ni duermen ni sueñan,
arrebujados en sus mantas dobles
para que no se les enfríe
la muerte.
Who am I?
Yo siempre he sido yo: es decir, cuantos
dijeron yo durante ese tiempo no eran otros
que yo.
Schpenhauer
Soy
un color vaticinado por un ciego;
soy el sueño hecho carne
soñado por la novia con avidez;
la cripta donde un niño escribe:
"pribido robar".
Soy
el cabello hundiéndose en la ciénaga
con ojos angustiosos, desorbitados,
oíbles;
el
borracho que se aleja hipando
zigzagueante o sinuoso
y no olvidó su pena;
la
mano que se abaja para dar
y la que sube recibiendo.
Soy
el viudo reciente transido por la pena:
vuelvo a faenar
y reviso los cuartos buscando a mi mujer,
y me siento a contemplar la puerta
de la calle, por si volviera.
Soy
la bala en los pechos fusilados
y la bala en la sien de los suicidas;
soy el suicida.
Y
el pañuelo del menesteroso;
y los duendes burlones tras la puerta;
y aunque tú no lo entiendas, soy el aire
tiznado, o puro, seco, que tocas y respiras,
y entra en los recién nacidos cuerpos
hasta sacar el primer llanto, y permanece,
sin atreverse a entrar,
en las narices de los muertos.
Soy
la fiebre que altera la inventiva;
la transpirada frente de Alejandro
en su lecho de muerte;
los ojos grises de Alejandro,
rey de los macedonios y señor de Asia;
soy su cuerpo, incorrupto al tercer día.
Soy
las manos de Macbeth que, a puñales,
remata a un amigo rey de Escocia
por la ambicion de un reino.
De igual modo
soy la sangre manchada de sangre de Bruto,
y anunciamos al pueblo romano la muerte
de César, he aquí también yo soy el César,
ese pueblo asustado y esa muerte;
y soy una almohadilla de satén bordado
a los pies del rey loco de Baviera.
Soy,
entre provecho y perdida, justicia:
entre temeridad y cobardía, coraje;
entre intemperancia e insensibilidad,
templanza.
Soy
la tiniebla viva y voraz, innumerable;
la luz que no verán los ojos mortales;
agradezco el sufrimiento, la soledad, los
alimentos no manchados de sangre.
Inmemorial,
presente a todas luces;
soy la imagen de algo que ya fue,
la repetición de lo que fueron otros
en el tiempo; la armonía del todo
y el equilibrio roto;
soy la parte y el todo.
He
apretado la mano del ladrón
y he besado los labios del que miente;
en la casa dormí del asesino, con él;
puse mi pie en el patio del injusto;
y he compartido largas horas
con el que injuria a Dios todos los días;
ninguno era mejor o peor que el otro;
ninguno dejó de barrer para su casa
más que para la ajena; creídos,
pensaban mucho en sí, no en los demás;
casi
nadie escapó de la lujuria, la envidia,
la murmuración, los celos,
el ansia de adquirir cosas,
la ambición y el desencanto;
todos
y cada uno, a su manera,
eran los mejores en su entorno;
cada cual a su modo era el más grande,
el más lúcido;
ah, tenían formadas opiniones;
en verdad, descubrí que los seres,
en el fondo, todos son iguales.
Todos tan diferentes y todos tan iguales.
Digo
que el bueno, el malo,
el sabio, el insensible,
los ricos y los pobres,
pecadores y castos,
budas y cristos todos mueren;
todos dejan de ser y se transforman;
los
seres que dominan el aire
y anidan las repisas de los acantilados,
los que pacen la tierra donde duermen
y los que habitan en el agua, algunos
provistos de tres o más filas de dientes,
al final de sus ciclos también desaparecen.
Os
digo que sufrir no tiene término,
y sufrir por sufrir no tiene mérito;
sufrir no purifica sino deteriora la salud;
digo
que el mal, que tanto agobia,
no existiría nunca sin el bien,
y el bien, que tanto perseguimos
no existiría nunca sin el mal,
ambos se evocan;
y
digo que la vida es experiencia;
nada es seguro; nada es duradero;
las cosas, el azar mudan, tropiezan.
¿Dios habrá más amado que el dinero?
La
mujer que ama a su hijo
se está amando a sí misma
(el hombre siempre se ama a sí mismo)
y el verdadero amor es, sobre todo,
el que cada uno siente por cada uno.
Tal la manada cuando llega el lobo.
En
sí, un modo intuitivo, inconsciente
de amar la divinidad que hay en nosotros.
Martinela
Nela
para los amigos,
tenía la resistencia de un búfalo
o un zapato de pobre,
y la fragilidad de un vidrio de Murano.
Reina
ella, sabía cocinar para una reina,
y sabía descifrar los dramas diarios
sin haber ido nunca a una escuela.
También
sabía bailar, en eso era la reina.
En velatorio de santos, bailaba
hasta romperse la ropa,
enloquecida de tambores
y gente que cantaba:
-Voz:
a las dose é la noche
-Coro: Llegó Babalú.
-Voz: a las dose é la noche
-Coro: Llegó Babalú.
-Voz: a las dose é la noche
-Coro: Llegó Babalú.
Repitiendo
lo mismo sin cesar
hasta hacerla caer al suelo,
convulsa.
Mañana
estará en pie, junto a una verja
de alguna casa rica, a las 6,
muerta, a fregotear esquineros,
a contar lentejas.
Tuvo
muchos hombres esta Martinela,
Nela para los amigos, blancos,
negros, mulatos;
cocinó para todos
y todos la dejaron.
De
tanta gente sola he visto,
no vi a nadie con tanta soledad.
-¡Anda, levanta ese trasero gordo,
dame congrí, de paso
ponle hielo a ese prú, y anímate, Nela,
llega Babalú!
Poema
publicado por la revista "Caribe" de la Universidad de Milwaukee.
USA.2005
Víctor Fragoso
I
Era
como del alto de Pericles;
Pericles aguerrido sin Aspacia.
Vario como Da Vinci;
de una enorme inteligencia grata.
Grande como el Mississipi,
humilde como un canal de Rio Piedras.
Un buey de largos cuernos retorcidos
con un niño desnudo sobre el lomo, era;
tenía la pasión de un Guilgamesh
en lucha a muerte con búfalos,
y el valor de un Teseo, paso a paso
por un famoso laberinto de sustos.
Era como un indio apache; apache mescalero
que retira sus muertos después de la batalla;
apache como Gerónimo, Cochís
Era
el favorito de Alejandro Magno
cuando éste abatió a Darío III.
Era Simbad en el puerto de Basora
con unos pergaminos, líricos, bajo el brazo;
y era la lámpara de Aladino
en el barrio más pobre de Manhattan.
Pitágoras y la Armonía.
Pitágoras y Pitágoras.
Lúdico, telúrico, audaz.
Era el pájaro endrino
que en el hombro de Pallas
repite: "Nunca más."
II
Un
día el nudo y dos, y más, hasta siete;
el nudo en la garganta; el nudo corredizo.
Días sin poder llorar o gritar, callar o hablar.
(Un nudo vivo en la garganta
tras la noticia de su muerte.)
Fueron horas oscuras de impotencia;
sin sandalias pisé la zarza ardiendo,
lejos, solo, aislado.
Pero no hablemos de tristezas,
esos violines nunca nos gustaron.
Anduve cojo un rato sin tus vivencias
aunque ya voy derecho. Extraño, sí,
tus cartas ingeniosas, ricas
Hube de aprender a andar sin muleta.
¿La vida? Sigue siendo amable conmigo:
pega más duro que mi padre.
Le he visto el lobo al colmillo,
cogí el tranquillo al traidor,
y en días como éste
siento un ligero hendir como una soga al cuello;
(un nudo cruento se desliza, obtura)
recuerdo con detalles
la carta de Dolores que decía "Víctor ha muerto,"
y me asfixia otra vez el perceptible
apretón de boa contrictor
del nudo en la garganta, hermano,
y te recuerdo.
Poema publicado por la revista "Caribe" de la Universidad
de Milwaukee. USA.2005
Un hombre honesto
I
Ha
muerto un hombre honesto.
Afectuoso con todo lo viviente.
En verdad recto, fiel. Querible.
Ese
hombre,
tan amigo del hombre y sus conceptos,
tan amigo de todo,
no cultivó mi amistad. Parco.
Jamás
le oí decir te quiero. Nunca
contestó mis cartas. Tampoco
usó de agónicas palabras
para serme dichas
y
soy igual a él de perfil.
II
Palos
me dió más que merece un niño.
Mi venganza fue endulzar su vejez.
Porque le quise mucho y di perdones.
Pega más duro la vida que él.
III
Ha
muerto un hombre honesto.
Un hombre que no me ha conocido.
Nos vimos poco, sin embargo
a veces
cuánto lo necesito.
Poema publicado por la revista "Caribe" de la Universidad
de Milwaukee.USA.2005
La que camina como una oca
Te
seguí desde la Playa Chica hasta Ripoche,
donde vendes joyas a los guiris, negra culona,
luciendo una peluca de pacientes trenzados
y un majestuoso atuendo verde y rosa.
Deduje,
por tus pechos, que eras madre
-no en balde te esfuerzas en vender joyas-,
y por tus andares, lo sensual que hay en ti
de tu tierra, negra culona.
¡Qué
estampa viva de colores vivos
tu presencia en Catalina Park! y ese
oro falso, sobado y ofrecido;
y
el deseo de sacar pa'lante a tu familia
en la dificil tierra de los blancos. Suerte,
negra culona, que vendas muchas baratijas.
Poema
publicado por la revista "Caribe" de la Universidad de Milwaukee.USA.2005
La deseosa
No
la mano de hierro que se cierra
con ferroso sudor, desesperada,
y sí la mano abierta en despedida
deseosa de ser acariciada.
No
la mano que duda un momento
con presunción y sí la mano
oferente, la mano que ladea
satinada de un fulgor galano.
No
la mano tergiversadora
-la mano revoltosa dada al trueque-,
y sí la que te guía, amorosa,
para que si pecares no más peques.
Esa
mano transida de estupores
que ya veló, pero que velaría,
de rodillas si fuera necesario,
por tus noches y tus días.
Esa
mano, mañosa susto a susto,
que el sueño amable dora, ribetea
de un halo o luz o centelleo rubio,
esa mano jamás pudo ser fea.
Tiene
el roce suavón de un oso chico
y el vigor contenido de una riada;
¿qué mano es, qué mano es esa
deseosa de ser acariciada?
No
la frívola mano que se olvida
ni la mano brutal que te persigue;
sí aquella que te ayuda en las caídas,
te da la mano, te levanta
y sigue.
Poema
publicado por la revista "Caribe" de la Universidad de Milwaukee.
USA.2005
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