Valor
final
Una mujer sola que camina
buscando entre adoquines margaritas,
no es una lunática,
es un pedazo de estrella que ha perdido su luz propia.
Una mujer que mira y se recoge
de hombros y de piel
para romper la escarcha que la cubre,
corre el riesgo de quedarse en el invierno
si no le acude el fuego de una mano fuerte.
Una mujer que llora frente al mar
cuando este salpica de sales sus mejillas
no está camuflando su dolor en olas,
quiere un minuto de silencio que le otorgue
un rincón en la hojarasca.
Una mujer y digo una,
que vuelve a andar sin olvidar su noche,
sin que apenas asome su tristeza,
es una alondra que al desatar sus alas
encuentra finalmente el valor de sonreír.
Cuando me citas
¿Cómo
repartirme en tus letras
sin quedar como un simple guión,
un espacio inservible y mudo
o una cacofonía extravagante
que no porta la palabra que escribes?
Ya sabes que me extiendo en el escaso
momento de escucharte,
que bajo la cuesta a tus iones
y titilo en las tinieblas
un párrafo interminable y feliz.
Me sugieres la metáfora intranquila
e imaginas mis mejores seguidos
que a veces salen de lo común
a perseguir alguna frase
apartada de tu área gramatical.
No se puede hacer la redacción
del otro yo íntegramente repartido,
no existo como frase
que bulle por los rasgos de una idea,
toda vez que me citas a tu verso.