Una
piedra, otra piedra
Nos
pareció sencillo comenzar a prescindir de cosas y comer. Y era
sencillo. Salían ropas de los armarios, se iban cubiertos y manteles,
se llevaban algún que otro mueble, figuras familiares, retratos
por su marco, cuadros de pintores amigos, los caballos huyeron de mi
cuarto, fueron a reposar a otras praderas conocidas.
Así
de sencillo comenzó este juego de deconstruir la casa, una piedra
tras otra, y comer.
Cuando
se acabaron las cosas me vendí algunas veces, pero no fue suficiente,
y vendimos la puerta; entonces nos sentamos, decidimos suspender el
juego, vivir en lo que quedaba de la casa y jugar a otro juego más
terrible: decidimos vender todo nuestro tiempo, y comer.
El cuarto
Al
principio fue un cuarto de contador con escritorio ámbar. Un
cuarto donde el tiempo era guiado por relojes suizos y llamadas a cenar.
Un cuarto no principal sino de ambiente. Un cuarto.
Cuando
el país comenzó a cambiar, ligeramente, el arte pasó
al cuarto y lo convirtió en set, con espejos y frutas tropicales,
palmas, cortinas, ventanas separadas: añoranzas.
Cuando
el país siguió cambiando, entonces, sólo entonces,
el cuarto fue un cuarto principal, un cuarto burdeliano y chaplinesco,
el cuarto del dinero, de la risa, el amor, la gula lezamiana.
Sólo
que a un país le hacen falta contadores de escritorios ámbar,
relojes, llamadas familiares, arte que ponga fin al fuego del futuro,
del futuro de un cuarto donde soñar -ya se dijo- sea imposible,
donde la risa, el amor, el dinero y la gula lezamiana nos donduzcan
a ningún lugar, por lo menos no a lo que fuera una vez un cuarto.
Nos desgastamos, hijo
Vamos,
de tres en tres, perdiendo fuerzas, cediendo.
La
familia está siendo quebrantada. El templo asaltado. El jardín
con su tierra baldía.
De
tres en tres nos separamos y el camino único se abre, se convierte
en pequeños senderos. Tú ignoras tanto como yo, y mi madre
está resuelta a mantenerse. Tú cambias y no cambias. Yo
permanezco niña y ella cree en el futuro.
Sigamos,
de tres en tres, perdiendo fuerzas, cediendo, contemplando este nuestro
viejo templo llenarse de asaltantes y olvidemos ya para siempre lo baldío.
De
tres en tres, hijo, de tres en tres.
Carta con esquema de casa
Resulta
muy difícil este año describirte la casa, a ti que conociste
aquella amplia estancia silenciosa; pero te haré un esquema que
no pretende cambiarte los recuerdos.
En
la sala segura, de puerta bien cerrada, sólo queda el pequeño
balance junto a la ventana, y en ella entran y de ella salen, personas
de todo tipo e intereses.
En
el oscuro comedor donde solíamos leer en voz callada los poemas
y jugar a las cartas después de las sabrosas sobremesas, hoy
sólo se hacen cuentas, y una desconocida desgrana y limpia el
arroz.
La
cocina es un espacio perdido.
Ya
nadie cuida nada. Crecen en los canteros lo que a uno de los tantos
ocupantes se le ocurra sembrar.
El
sonido familiar de los horarios, no existe.
Hay
música constante aunque no haya, a veces, alegría.
Comprendo
que no entiendas este esquema, pero si hubiera elegido enviarte el del
alma, entenderías menos.
A
lo mejor cuando vuelva a escribirte cambie también mi tono o
el idioma; de todas formas ven cuando tú puedas. Nada podrá
cambiar nuestra amistad, a menos, que no me identifiques en tus recuerdos,
que no me encuentres dentro de esta casa del esquema, que no sea la
misma y no lo sepa.
No es tan mala la vida
No,
madre, no es tan mala la vida, y aunque no seamos Violetas agradecidas,
debemos reconocer las risas, los cuerpos que entraron en nuestros cuerpos,
los amigos, la casa que nos construyeron, y la propia culminación,
el fin, la espera.
No,
no es tan mala, y además, sabes que no conoceremos otra cosa,
que nunca sabremos nada más.
Violeta
desistió, tú y yo callaremos pensando. Recuerda.
Frida
¿Qué
pensaría Frida si estuviera conmigo en el cuarto principal una
de estas cortas noches de diciembre? Deleitarse sería lo menor.
Ponerse en su postura de insolente y ver subir el humo, chorrear el
alcohol, ver la vida como un goce doloroso.
Frida sería atrevida con los clientes.
Los dejaría emborracharse hasta caerse y vomitar, toleraría
en ellos cualquier cosa salvaje o ambigua. Frida vendría muy
bien en el paisaje interior del cuarto principal.
Haría el amor siete veces por semana: con los clientes, sin distinciones,
y con ella mirándose al espejo, Frida haría el amor con
ella misma en una de estas noches tropicales, de leve invierno.
En este cuarto Frida se deleitaría hasta la muerte, vibraría
de deseos mirando la plenitud amoral que nos rodea.
Sus manos aparentemente dormidas sobre una de las mesas, y sus ojos
dispuestos a desflorar un cuerpo, a invadir un cuerpo fingiendo que
se entrega.
En este cuarto Frida no pintaría, porque el país ya cambió,
ligeramente, y sólo hay tiempo para descubrir un mundo sobre
otro -o dentro de otro-. Frida Khalo, si regresas, ven aquí en
una noche de invierno, para bebernos todo el vino, para repasar todos
los rostros, para elegir un cuerpo entre todos los cuerpos, y hacer
el amor desesperadamente, el amor violento que sustituye a la creación.
Los viajes o la diáspora
Mis amigos se van acompañados de los ensueños de la isla.
Me miran antes de partir como si ya estuviera condenada; algunos rezan
porque la plenitud que nos separara, nos una. Muy pocos recordarán,
pero ahora marchan y planean buscarme un sitio -alto- donde yo pueda
oficiar la soledad de los exilios.
Se marchan mis amigos hacia lugares donde el valor es de nuevo la isla.
Se llevan mi blanca figura recortada contra los recuerdos, sostenida
en su neurosis infernal; mi figura blanca, sin doblegarse en estos años
turbulentos.
Nuevamente me quedo. La soledad no es ya un animal que se comparte.
La matanza
Dos
amigas me piden que convenga en liquidar, con una simple cuenta alimentaria,
las deudas que les quedan de este mes.
Entran con ellos, comen y beben -les digo que más, que pidan
más, para que la consumación sea verdadera-. Ellas me
obedecen y se llenan, cargan comidas para llevar, piden café
y postres.
Detrás del mostrador, de la barra, yo practico el viejo oficio
de auxiliar al demonio con números tan pitagóricos como
los del triángulo sobre la arena. Ejerzo la matanza, cuento y
descuento, para mí y para sus deudas; porque, quién dijo
que el turismo es tan barato? quién afirmó que el paisaje
y los cuerpos no forman parte del territorio nacional. Y, ¿no
es el territorio nacional este país por el que canto y sufro?
Mis dos amigas se despiden, cruzan la puerta del cuarto principal para
volver mañana, y yo les saldaré las deudas de este mes
sin preocuparme.
La sorpresa
Esperaba
poder bajar los escalones de uno en uno, y con esfuerzos. Nunca creí
tener que descorrerme, sin nadie en ningún lado, sin fuerzas,
sin agarres. Así, amigo mío, son en fin las sorpresas:
actos para los cuales uno no se prepara.