Alfredo Quintana
Palma Soriano. Cuba.


 

Derecho reservado

Cuando pronuncio tu nombre
las cabras se espantan
y corren en tu búsqueda.
Pobre de quien intente capturarlas
habrá perdido la posibilidad
de habitar la nube
en la que solemos pasear
cuando las tormentas se avecinan.

 


Exodo y regreso de la muerte


Los hombres ya no habitan sus casas con tambores.
Desde el Norte un caracol los llama
y les propone el trueque al módico precio de sus vidas.
Ellos ocupan el último vagón en el Caribe.
Sólo saben del hambre y fuego del disparo: primer hijo.
Ayer fue la última vez que los vieron de paseo.
Descalzos estaban los caminos.
Descalzos iban los hombres a los barcos
que cargaban las cenizas de la infancia.
Atravesaron las ciudad con baúles de piedras
gritaron los vigías el mundo
iluminado como una serenata.
Y los hombres en la esperanza encontraron su sitio.
Y los sueños fueron mermando hasta ahogarse en la pobreza del viaje.
Hoy los diarios trajeron la noticia.
El sol desvió su curso hacia el lamento de las islas.
De curvas está hecho el universo
y los que huyen y regresan al vórtice han trazado
su parábola a la muerte.

 


Tarde otoñal

Debieran advertir sobre los idus de septiembre
para cuidarme de ellos
como me cuido ahora de este otoño
que de súbito me sorprende
mientras te aguardo.

Las estaciones andan bastante extrañas
en los últimos tiempos:
quizás sea que ya no existen doncellas
para recorrer palacios con estanques
ni edredones donde verter el deseo.

Esta tarde no parece lo que es
sino un duende de nostalgias
exhumado de los últimos sueños
y un mes que ha perdido uno de sus días
en el laberinto de esperanzas.