Más
importante sería decir del amor profundo por los espacios
y las formas, por la volumetría y el diseño. Del
placer de generar ideas y elaborar bocetos... al modo antiguo,
cuando las computadoras aún no habían usurpado el
desempeño del papel y del grafito, y los trazos, entretejiéndose
unos sobre otros, gestaban los primeros planos donde cristalizar
los sueños.
Un lápiz sólo necesita de una hoja que recoja su
rastro para convertirse en el más grande hechicero.
Quedar bajo su encantamiento, atrapados en su magia, es la maravilla.
Un punto es la partida, después viene la línea que
trasciende en el ángulo, en el prisma, en la letra.
En el arte de proyectar espacios para vivir, conseguir que éstos
conformen un todo orgánico, que el orden que se les asigne
permita una correcta funcionabilidad, es un juego, como mismo
es un juego enlazar palabras en busca del concepto exacto. Despejando
las que sobran. Buscando el equilibrio.
Por el camino de los trazos vamos de uno en otro generando ideas.
Tanto la mole de hormigón como el poema tuvieron su despertar
en una línea.