El almirante Horatio Nelson (1758-1805) es considerado con justo título uno de los grandes marinos de la historia, y un héroe nacional del pueblo inglés, que le ha entronizado en su célebre Trafalgar Square. La plaza evoca su muerte -victoriosa- ante la escuadra francoespañola. Con esa facilidad británica para obviar cuanto empaña sus glorias, incluso historiadores de tronío creen que fue allí donde Nelson perdió el brazo, y consideran que murió sin sufrir jamás una derrota.
Pero no es así. El 25 de julio de 1797, cuando dirigía el desembarco en Santa Cruz de Tenerife, una descarga del célebre cañón El Tigre desde el castillo que guardaba la ciudad le arrancó de cuajo la extremidad, y a punto estuvo de matarlo. Horas después sus soldados tenían que firmar una capitulación honrosa ante el hombre que sí venció a Nelson: el general Antonio Miguel Gutiérrez de Otero (1729-1799).
Como suele ocurrir con nuestros mejores héroes y nuestras más espectaculares hazañas, los españoles hemos olvidado aquella gesta. Por fortuna, Jesús Villanueva Jiménez, no. Acaba de publicar una novela histórica, El fuego de bronce (LibrosLibres), basada en una exhaustiva documentación sobre los meses precedentes al intento de invasión, sobre la batalla de tres días -aunque el asalto final se ventiló en la madrugada del 25- y sobre los meses posteriores y las reacciones de la Corte española y de la inglesa al tener noticia de lo sucedido. Como suele ocurrir con nuestros mejores héroes y nuestras más espectaculares hazañas, los españoles hemos olvidado aquella gesta. Por fortuna, Jesús Villanueva Jiménez, no. Acaba de publicar una novela histórica, El fuego de bronce (LibrosLibres), basada en una exhaustiva documentación sobre los meses precedentes al intento de invasión, sobre la batalla de tres días -aunque el asalto final se ventiló en la madrugada del 25- y sobre los meses posteriores y las reacciones de la Corte española y de la inglesa al tener noticia de lo sucedido.