- Autora:
Irene Vasco
- Abracadabra,
patas de cabra
- que
este niño lindo se convierta
en...
- ...En
lo que yo quiera...
- ...O...
en lo que él quiera.
Con
este conjuro, y con muchas otras
palabras mágicas, he aprendido a
hechizar a los más pequeños. Sí,
a los bebés de uno a dos años.
Esos chiquiticos que todavía no
saben decir palabras, que tampoco
van al baño, que casi no saben ni
caminar. Esos son mis alumnos, los
que llegan a mi clase dos veces a la
semana.
Al
principio eran encuentros muy difíciles.
No era miedo lo que sentía cada vez
que llegaban mis alumnitos: era
terror. No sabía qué decir, qué
hacer, qué enseñar. Es que eso de
hablar y no tener palabras de
respuesta, me parecía imposible de
manejar. Yo hablaba y ellos hacían
ruidos. Ahora sé que eran palabras.
Palabras en idioma bebé.
Eso
fue lo primero que aprendí: a
entender el idioma bebé. ¡Es muy fácil
si se escucha con atención! Una
mirada angustiada, un grito que
destroza los oídos, una sonrisa,
una carcajada... una patada. A veces
uno se confunde, pero los bebés se
encargan de repetir su mensaje hasta
que uno lo ha entendido
perfectamente.
Lo
segundo que aprendí fue a hablar más
claro todavía, pero en idioma de
grande. Nada de medias palabras, de
balbuceos, de lloriqueos. Ese idioma
no lo entienden los bebés. Ellos sólo
lo hablan. Soy yo la que tengo la
palabra : hablo, recito, cuento,
canto... La palabra fluye
permanentemente. Casi se podría
decir que la clase es de palabras,
pero no : no es clase de palabras.
Eso sería infinitamente aburrido.
Es clase de cocina. Es decir, clase
de magia, de música, de pintura, de
poesía, de cuento, de ciencias...
en fin, de la vida.
- Una
cuchara para Alejandra.
- Una
cuchara para Enrique.
- Una
cuchara para Sofía.
- Una
cuchara para Daniela.
- Una
cuchara para Nicolás.
Y
en la repartición de cucharas, de
platos, de servilletas o de
cualquier cosa, está contenido un
ritmo, una melodía, que se repite a
medida que cada niño, con su nombre
propio, con su identidad, va preparándose
para la receta del día.
Y
el ritual mágico se inicia...
- Más
leche, más leche,
- más
leche en el pastel.
Nos
apropiamos de los versos de Sendak
para amasar el azúcar y la
mantequilla. Los dedos comienzan a
frecuentar la lengua, el delantal,
la masa del compañero. El sabor, el
olor, la textura, el color, todo
cambia rápidamente. Pero el ritmo,
la cadencia, la melodía se
mantienen.
Batimos,
batimos.
Entre
las manos de mis bebés aparecen
bolitas, rueditas, lombrices,
caracoles. ¿Es magia o no es magia?
Una barra de mantequilla, que ahora
sabe a dulce, y que además se
transforma en culebra... ¿no es
increíble?
- Alejandra,
¿qué es eso?
- Nicolás,
¿me das un poquito?
- Sofía,
¿hiciste una ruedita?
- Enrique,
¿vas a hacer un dinosaurio?
- Daniela,
¿quieres más mantequilla?
No
importa si me contestan o no. Pero sí
importa que a todos les hable, que a
todos y a cada uno, por separado, y
con nombre propio, los incluya en mi
inventario. Nicolás no perdonaría
que hablara sólo con Daniela. Sofía
se molestaría si me equivoco de
nombre. Enrique me llenaría de masa
si no le hablo a él, si no me
dirijo directamente a él, con su
nombre completo y sin equivocarme.
Las palabras están presentes y
acompañan el juego, la magia y el
afecto.
Ya
las tortugas, las gallinas y los
leones están listos en la bandeja.
¿Falta algo? Claro, falta lo más
importante: las pepitas de colores,
las pepitas mágicas que llegan más
rápidamente a las bocas que a las
galletas.
- Lluvia
de estrellas,
- polvo
de mar,
- vientos
polares,
- aurora
boreal.
Y
con este conjuro, las pepitas de
colores, sin ninguna duda, se
convierten en pepitas mágicas.
Palabras extrañas, palabras que los
niños no entienden, palabras que
guardan el poder de convertir lo
cotidiano en maravilloso.
- Más
leche, más leche,
- más
leche en el pastel.
- Batimos,
batimos,
- y
al horno con él.
Y
de uno en uno, sin que se me olvide
nadie, levanto a todos mis niños
para que repitamos el conjuro, allá
arriba, frente a la ventana del
horno.
Y
después bailamos. Damos vueltas
alrededor de la mesa, repitiendo
nuestra canción, marcando el ritmo
con manos y pies, mientras las
galletas comienzan a crecer. Pero
diez, quince minutos de horno, es
demasiado tiempo para esperar. El
milagro parece haber desaparecido
detrás de la puerta cerrada. A los
diez y ocho meses, ¿qué paciencia
se puede tener? El horno se tragó
las galletas y es posible que no las
devuelva nunca.
Es
entonces el momento de contar un
cuento. Puede ser el cuento de Ricitos
de oro que probaba la sopa de
los tres ositos. Puede ser el cuento
de la Gallinita Colorada que
sembraba, cosechaba, molía, amasaba
y horneaba ella sola los granos de
trigo. Puede ser el cuento de...
cualquier cuento, siempre y cuando
se cuente en el lugar apropiado y
comience con las palabras
apropiadas.
- Érase
una vez,
- hace
mucho, mucho tiempo,
- en
un país muy lejano...
Enrique
y Alejandra escuchan con atención.
Sofía y Nicolás tratan de quitarme
el libro. Daniela se instala en su
sitio favorito: mis piernas. Los demás
saben que ese es puesto fijo y no
piensan siquiera en peleárselo.
La
historia avanza, y avanza también
el olor de las galletas que ya casi
están listas y que no podemos dejar
quemar. Es la hora de sacar del
bolsillo las palabras rituales para
franquear nuevamente la puerta que
divide lo fantástico de lo real y
poder cerrar el libro con la
tranquilidad del ciclo completo.
- Y
colorín, colorado,
- el
cuento de la Gallinita Colorada
- se
ha terminado
- y
yo no sé si les habrá gustado...
Y
es Enrique el primero que corre a
ver si ya se puede comer las
galletas. Porque La Hora del
Cuento, que no es más que Los
Cinco Minutos del Cuento ya
cumplió su función. Como también
la hora de repartir, de cocinar, de
transformar, de cantar, de bailar,
de esperar, de oír, de intervenir,
de hacerse sentir. Es decir, la
clase terminó y tenemos que esperar
a que llegue mamá. Esa espera, que
es eterna después de tanto trabajo,
se disuelve rápido cuando dos,
tres, y hasta cinco de mis bebés
terminan sentados en mis piernas y
nos mecemos al ritmo de un nuevo
conjuro.
- Aserrín,
aserrán,
- los
maderos de San Juan
- piden
pan,
- no
les dan,
- piden
queso,
- les
dan hueso.
A
veces jugamos despacio. De repente
aceleramos el ritmo. Los versos se
repiten en voz baja. Después, es
casi a gritos.
Nicolás
se baja. Sofía pide más. Volvemos
a comenzar y llega la mamá de
Daniela.
Adiós,
taleguito de arroz.
Se
va Daniela y queda un cupo en mis
piernas para seguir jugando.
- Upa,
caballito,
- vamos
a Belén, a ver la a...
Y
no alcanzamos a llegar hasta la
virgen, porque aparece la mamá de
Sofía, y después la de Enrique y
después la de Alejandra, y después
la de Nicolás.
- Chao,
"candao".
- Hasta
luego, Enrique, mi arequipe.
- Un
besito, Aleja, mi coneja.
- ¿A
quién quiero más? Pues a Nicolás.
Otra
vez, de uno en uno, con un verso,
con unas palabras que marcan el carácter
de cada uno como individuos, como
seres especiales y únicos, me
despido de mis alumnitos y cierro un
capítulo más de conjuros mágicos.
–¿Y
qué tiene todo esto que ver con los
libros, con la promoción de la
lectura ? –se preguntarán
ustedes. Puede tiene todo que ver.
Dice
Pierre Gamarra en su texto El
libro y el niño:
Conocemos
hoy –y cada vez mejor– la
importancia de las primeras
adquisiciones. Los pedagogos, los
psicopedagogos y los médicos nos
lo dicen. Lo que el niño adquiere
en los primeros años de su vida
cuenta tanto como lo que adquirirá
en el resto de su existencia. Esas
palabras, ideas y sueños que el
pequeño descubre en los primeros
cuentos que oye, en los primeros
poemas que cantan en sus oídos y
en sus primeras lecturas, lo
acompañarán siempre. Su
sensibilidad quedará doblemente
enriquecida o herida. Su apertura
al mundo se verá favorecida o
entorpecida. Su expresión oral se
verá alimentada o mutilada. Por
eso la literatura para la juventud
tiene no sólo importancia
cuantitativa, sino también
cualitativa. Constituye una parte
notable de las primeras
adquisiciones. Conviene, pues,
mirarla como un momento mayor,
examinar sus defectos o sus taras,
y también sus poderes.
Y
dice, más adelante :
La
lectura comienza antes que el
aprendizaje sistemático de la
misma por muchas razones. No
pueden leerse los libros si no se
ha comenzado a leer el mundo
circundante... Es preciso ante
todo que el joven lector tenga un
buen dominio del lenguaje y una
culturización previa lo más rica
posible.
La
clase de cocina de mis bebés
contiene todo esto, y un poco más.
Allí ellos leen que la materia se
transforma entre sus manos. Leen
también olores, sabores, colores,
texturas y formas, mi voz, mis
cantos, mis conjuros. Todo esto,
condimentado con afecto. Porque éste
es tal vez el ingrediente más
importante de la clase de cocina. Es
a través del profundo respeto y del
profundo cariño que siento por cada
uno de los bebés, que trato de
cumplir los objetivos de las
lecciones.
¿Objetivos?
¿Cuáles son los objetivos? Es
posible que no se vean claramente.
No pretendo enseñar a leer, a
escribir, a reconocer colores, a
pintar, a saltar o a recortar. Si me
preguntan sobre la edad para que mis
bebés desempeñen tal o cual
destreza, tendré que confesar que
no lo sé, sencillamente porque no
me interesa.
Lo
que busco, lo que me interesa, es
que los niños que llegan a mi clase
aprendan mucho sobre la vida, sobre
el afecto, sobre la seguridad, sobre
la confianza... Es sobre esas
relaciones y vínculos afectivos sólidos,
sobre las palabras dichas,
repetidas, cantadas, bailadas, y
vueltas a decir, sobre la
multiplicidad de experiencias
agradables, que los niños construirán
la lectura del universo que los
rodea. Y cuanto más rico sea este
universo circundante que mis bebés
leen, tanto mejor estarán
preparados para la lectura de los
libros en el momento apropiado.
Un
día, todos mis bebés lloran...
Otro día, todos se ríen... A veces
hay montones de niños... A veces no
llega ninguno. La clase,
cuidadosamente preparada, es
susceptible de convertirse en una
fiesta en donde todo funciona a las
mil maravillas, o en un desastre
total. No falta quien crea que mi
clase es improvisada y un poco loca.
Es posible que así sea. Y es
necesario que así sea. Mi trabajo
es con bebés, por lo tanto no puedo
medir con exactitud absolutamente
nada: están de por medio los
afectos, las emociones, los
sentimientos. Estos niños no tienen
que gatear al mismo ritmo, ni hablar
con claridad el mismo día, ni
reconocer el triángulo amarillo el
mismo mes.
En
cambio concentro todos mis esfuerzos
en lograr que estos niños se
sientan seguros, confiados, fuertes
y autónomos. Conceptos matemáticos,
aptitudes psicomotoras, técnicas de
lectoescritura, todo esto llegará a
su debido tiempo.
Por
lo pronto, a mis alumnitos que no
pasan de los dos años, les seguiré
enseñando a preparar gelatinas,
pasteles y galleticas, mientras
probamos, regamos, nos ensuciamos,
nos equivocamos, compartimos,
cantamos e invocamos nuestros
conjuros mágicos, con la seguridad
de que esta clase de cocina –que
se parece tanto a la vida– los está
preparando para aprender, y
aprehender el mundo de la lectura,
en el momento justo y a su justa
medida.
- ©
Irene Vasco