VELA DE LA LUZ

José Enrique Martínez

 

H

ay iniciativas que merecen apoyo y reconocimiento, como esta publicación, financiada por el Ayuntamiento y la Universidad leonesa; se trata de un poemario en ladino o judeo-español, obra de Margalit Matitiahu, nacida en Tel-Aviv, pero cuyas raíces remotas arraigan en España. Como es bien sabido, en 1492 los judíos españoles o sefardíes fueron expulsados de su patria, España o Sefarad, llevando consigo, además de romances, cuentos, canciones y refranes, una inmensa nostalgia; conservaron como bien propio la lengua que hablaban y la transmitieron a sus hijos. Han pasado muchos años y aciagas vicisitudes, pero, a pesar de todo, es español medieval, el viejo sefardí, sigue vivo, si bien no parecen venir buenos tiempos para hablas tan minoritarias. De ahí el interés que origina esta mujer que quiere hacer renacer el habla judeo-española como lengua de creación artística, poética. El asunto, como afirma en el apéndice Alejandro Valderas, parece una leyenda de filandón: “quinientos y cinco años después otro mes de junio recala en León una judía sefardita... Siglos temiendo el regreso de los judíos, por si reclamaban venganza o los bienes de que fueron despojados y ahora resulta que Margarita regresa con un tomo de versos”.

            Vela de la luz recoge los dos libros anteriores de la autora, Kurtijo Kemado (1988) y Alegrika (1992), más un tercero, Matriz de luz, que, al parecer, se publica en Israel al mismo tiempo que por aquí. ¿Por cierto, por qué no se respeta la K, tan característica de la escritura del judeo-español? El editor se tomó la alegre libertad de “acercar la escritura del judeoespañol o ladino a la escritura del español actual” y el resultado es un tanto arbitrario y un mucho insatisfactorio. Esta reseña no pretende ahondar en el mundo de Matitiahu, sino que es un saludo más que otra cosa; pero qué sencilla emoción al leer –al escuchar‑ el sabor arcaizante del viejo ladino. El primero de los libros recuerda en su título el Cortijo que en Salónica –lugar de nacimiento de los padres de la poetisa‑ era lugar de vida y folclore judeo-español; pero fue quemado y destruido durante la segunda guerra mundial. Kutijo kemado es un regreso, real y poético, a las raíces de la autora, donde ya el ladino es puro recuerdo, otro cortijo quemado. La memoria levanta aquí su edifico, lo mismo que en Alegrika , al que le da título la “ninia chica”, en cuyos ojos “bailaban hilos de oro y plata”, y lo levanta desde la nostalgia que, suavemente, impregna todas las palabras, también las de Matriz de luz.

            He aquí, pues, un libro diferente, que nos acerca a nuestros cimientos más hondos. Margalit Matitiahu es una excelente poetisa, como ya puso de manifiesto en su día Shmuel Rephael en los prólogos a las primeras ediciones de Kurtijo Kemado y Alegrika, que aquí se incluyen com apéndice, en el cual hay también un vocabulario ladino demasiado escaso.

 

Diario de León, 8 de junio de 1997.

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