La ventana de papá

 

Patricia Severín

 

M

i papá  fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor hacia la calle, mientras el humo daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza.

Mi papá miraba la gente que pasaba, desde arriba, porque mi casa queda en la planta alta. En la planta baja hay dos garages y un negocio que vende inodoros, bidets, bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña: se dice bañeras) y percheros de distintos colores para colgar toallas. No hay espejos ni  otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: "Sevlo". Nosotros alquilamos  ese local y uno de los garages, para tener otra entrada, dice mi mamá , que siempre organiza los dineros de la casa.

Mi mamá  pensaba que mi papá  no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar, para que no faltara la comida en casa.

En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar, porque en el campo nunca nada iba bien. Si no era la sequía, era la inundación, si no era la inundación, habían bajado los precios del trigo y nada alcanzaba para nada.

Una siesta, mi papá  dejó de fumar un cigarrillo todos los días después de comer. Empezó a fumar también uno antes de almorzar y otro, antes de cenar. No fumes tanto, le decía mi mamá, que vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle. Después se iba al campo. A veces volvía al rato porque la camioneta se le había descompuesto, y otras veces no volvía por muchos días.

Entonces mamá  decía: este hombre me va a volver loca. Y cuando papá  regresaba, en realidad parecía una loca que gritaba.  Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.

Un día le dijo a mi mamá "No puedo respirar".  Mamá fue a la farmacia y le trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío adentro de su boca. Desde entonces mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo: no puedo respirar.

Mi mamá, mientras tanto, hablaba de posibles negocios que debían hacer para tener más entradas, de todo lo que necesitaba comprar, de las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando, de lo mal que le salía la comida porque siempre andaba regateando algún ingrediente, o de las vacaciones que soñaba.

Hasta que un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá, que estaba acostado sobre el sillón rojo . Yo fui a darle un beso, pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. Mamá empezó a gritar como cuando se ponía loca mientras repetía: que nos espera, que nos espera. Fui a sacudir a mi papá  para que se levantara, pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá  dijo, ya basta, ya basta, y me llevo hacia la puerta: te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando; lloraban y me abrazaban. Cuando algunas salieron con el café,  yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.

Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas  y me pongo a contarlas.

Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.

 

De “Solo de amor”

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