ANTOLOGÍA POÉTICA DE JOSÉ LUPIÁÑEZ

 

DÍAS CELESTES

Hay versos que guardaron la nostalgia
de hermosos cuerpos que abracé otro tiempo
y que aún avivan la memoria, inerme,
de muchos besos y de algunos nombres.

En otros aún resuenan las semillas,
las cuentas del azar que fue mi vida
y dejan sus sonidos en la mente,
las huellas de aquel paso de la gloria.

Palabras son, pero que así me llevan
de nuevo hasta tus manos o tus labios,
de nuevo a tu cintura en donde siguen
mis sueños aferrándose, ya en vano...

Sonajas venturosas de los versos:
vibrad ahora y espantad la cuitas;
traedme hasta esta esquina de mi casa
el sol, el son de aquellos días celestes.

 

PENDIENTE DEL AMOR

Yo rodaba a tu suerte por la ladera abajo,
éramos un ovillo, una hoguera encendida;
dos cuerpos que rodaban desnudos hacia el valle,
carne fresca y elástica que el amor había herido.

Recuerdo que las risas no nos importunaban,
ni las zarzas que ansiaban dejar huella en tu muslo.
No importaba la luna, monedita de plata,
ni el cri cri de la noche con mil grillos despiertos.

Yo te amaba a mis anchas, porque así lo pedías,
eras dona en su juego, danzarina imprevista;
carne prieta y rotunda que abrasaba mis manos
o, de pronto, tigresa con sombras a la espalda.

"Ven aquí", te decía navegando en tu hondura.
"Ven aquí", cuando tu alma me mordía en la boca.
"Estos brazos tan bellos no podrán retenerme"
y más firme ceñías contra mí tus caderas...

En la noche de agosto, cuando Virgo es quien rige
dos cuerpos enlazados la floresta perfuma...
Arriba las ruinas son emblema emisario
de un amor que se sueña ser eterno en el tiempo.

 

EL RETORNO

Es la hora del regreso:
el camino que verde desafiaba a la tarde
habrás de desandar en esta hora nocturna.
Te alumbrarán las débiles luciérnagas
y las cumbres lejanas vigilarán tus pasos.
Las mismas ramas, aún cuajadas de trinos,
te saldrán al encuentro.

Ya encienden las aldeas
sus hogueras profanas.
Arden al fuego carnes con aroma
y cunde el vino rojo en las tabernas.

Tú vuelves de aquel bosque
con los haces de leña sobre el hombro
y ese gozque que mordisquea los talones.
Nada más traes contigo,
las manos con heridas recientes,
el corazón con las antiguas.

 

MARIE CLAIRE

Una noche en París me raptó Marie Claire;
me tomó de la mano, me llevó a su mansión,
me tendió sobre un lecho, se quitó el camisón
y mostró sus encantos, que eran dignos de ver.

Derramó sus oscuros cabellos sobre mí
y abrazó bien mi vida, que no vale un real.
Se ofreció sin reservas, turbadora, ideal
y apretó entre sus muslos mi liviano existir.

Oh sultana divina, qué pasión, qué placer
galopar sobre un cuerpo de tan firme esplendor;
oh amazona de un cuento, tú sí sabes de amor,
de ese amor que nos hace invencibles, tal vez.

Hoy me acuerdo del triunfo de Les Champs Elysée
y del Sena y tus labios, de tu olor de azahar,
y me pongo muy triste, y me pongo a pensar
en un lecho, una noche de París, Marie Claire.

 

SIERRA NEVADA

He vuelto a la blancura dolorosa
de las amadas cumbres,
que guardaron con celo
los días de la lejana juventud.
Aquellas blancas cimas que escondían
el milagro indeciso de un tiempo
al que, en vano, persiguen mis palabras.

Porque entonces la vida era esconderse
entre las blancas cotas de un milagro infinito
y respirar el raro perfume de las cosas,
en el reino sin nombre de las nieves efímeras.
Y era sentir un mar de olas silbantes
agitando las frágiles telas del corazón:
la libertad, esa bandera, ese destino
que ha soñado el insecto de fabulosos élitros,
encerrado por la mano gigante
en la pequeña caja de nácar...
La libertad, su frescor en el rostro;
la libertad al amparo de la inmensa oca blanca.

Hoy contemplo estas crestas
que fueron las almenas de la infancia remota.
He seguido las huellas
que dejaron mis plantas en la nieve
y aspiro el aire ígneo
donde aún vibra, misterioso y dorado, el pólen
de las dudas de antaño.
Nada ya se parece a la vieja quimera,
tan sólo la nostalgia aviva el espejismo.

Aquí en la cúspide,
esquivo los puñales del frío
y veo pasar las nubes hacia el ocaso hambriento.
Ya nada permanece sino este frío que alumbra
este gélido aliento de un titán dormitando.
Aquí en la cúspide, miro hacia esos confines
por donde se han perdido los días azarosos
y las noches de fiesta con estrellas por techo,
con estrellas errantes...

A mis pies ya el armiño, pues volar no es posible,
y la blanca locura de la nieve en el rostro.


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