BIOBIBLIOGRAFÍA
José Lupiáñez nace en La Línea (Cádiz)
en agosto de 1955. Su infancia transcurre en El Puerto de Santa María.
Posteriormente se traslada a Barcelona en cuya Universidad comienza
estudios de Filosofía y Letras, que acabará en la de Granada,
licenciándose en Filología Hispánica.
Desde muy joven comienza a colaborar como poeta y crítico en
numerosas publicaciones españolas y extranjeras. En 1975 funda
junto al poeta José Ortega la colección "Silene",
que se inicia con su primer libro Ladrón de fuego (Universidad
de Granada, 1975), obra de la que se han publicado otras dos ediciones:
una en la colección "Cuadernos del Caballo Verde" de
la Universidad de Xalapa (México, 1975) y otra en la colección
"Ánade", que dirigió desde su creación
en 1978, y que en una primera etapa codirigió con el también
poeta José Gutiérrez.
Ha participado en los consejos de redacción de diferentes revistas:
Resurgimiento, Letras del Sur, Travesaño, Divertimento, Educa,
Trivium, Los Tiempos y más recientemente en los de Sureste, Humanística
etc. Fue coordinador junto a Mauricio Gil Cano de las páginas
de Azul, Cuaderno de Cultura de El Periódico del Guadalete y
de El Periódico de La Bahía. Coordinó desde 1996
a 1998 la sección de cultura del semanario El Faro, y en la actualidad
colabora con asiduidad en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba.
Su obra ha sido incluida en importantes antologías: Florilegium,
Antología de la joven poesía andaluza, Segunda Antología
del Resurgimiento, Antología Consultada de la nueva poesía
andaluza, Del goce y de la dicha, Antología de la poesía
española contemporánea (De la ruptura del objetivismo
a la dispersión posmoderna), Entre el sueño y la realidad
(Conversaciones con poetas andaluces), Concerto piccolo (Poesia spagnola
oggi), Poetas en el Aula (Proyecto "Juan de Mairena"), Antología
de la joven poesía granadina, Más que verdad de amor,
verdad de vida (Antología de la nueva poesía granadina),
Marruecos en la poesía española contemporánea,
El hilo de la fábula (Una antología de poesía española
actual), Academia de Oriente, etc. Ha participado además en numerosos
libros colectivos y ha sido reconocido con diversos premios, tales como:
el "Antonio Machado", el "Juan Ramón Jiménez",
el "Luis de Góngora" y el I Premio Nacional de Poesía
"Emilio Prados", entre otros.
Hasta la fecha ha publicado (además del citado Ladrón
de fuego): Río solar (Anade, Granada, 1978), El jardín
de ópalo (Edascal, Madrid, 1979), Amante de gacela (Zumaya, Universidad
de Granada, 1980), Música de esferas (Genil, Diputación
Provincial de Granada, 1982), Arcanos (Diputación Provincial
de Córdoba, 1984) y la antología Laurel de la costumbre
(Anade, Granada, 1988), en donde se recoge una selección de su
obra publicada hasta esa fecha, con algunos inéditos finales.
En 1989 recibió una Beca de Creación del Ministerio de
Cultura para escribir su libro Número de Venus, publicado en
la granadina colección "Campo de Plata", (Granada,
1996). En 1997 apareció La luna hiena, en la colección
"Provincia", (Excma. Diputación Provincial de León).
Recientemente han visto la luz : Puerto escondido, publicado por el
Centro de la Generación del 27, en su colección "Ibn
Gabirol" (Excma. Diputación Provincial de Málaga,
1998) y La verde senda (Colec. "Fenice", Huerga y Fierro,
Madrid, 1999).
Es miembro de la Asociación Colegial de Escritores, de la Asociación
Española de Críticos Literarios, de la Association Internationale
des Critiques Litteraires y Director de Publicaciones y miembro fundador
de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios y de
Port Royal, Ediciones. Fue presidente de la Asociación Cultural
Guadalfeo, Instituto de Estudios de la Costa granadina y de las Alpujarras
y, en la actualidad, es Consejero de Honor del Instituto de Estudios
Campogibraltareños y miembro de la Academia de Buenas Letras
de Granada.

JOSÉ LUPIÁÑEZ,
POETA DEL MISTERIO
Gregorio Morales
Tiene una mirada de adolescente rebelde y, al mismo tiempo, soñador.
Lleva la heterodoxia y la poesía en el rostro. La provocación
y la dulzura. Es un romántico a lo James Dean. Tiene la osadía
de la juventud pero la milenaria experiencia de un Matusalén.
Reta al mundo y, al mismo tiempo, es extremadamente sensible a sus insidias.
Destruye iconoclastamente la tradición y vuelve a recrearla como
un paciente artesano. Ha robado el fuego creativo de los dioses, los
cuales, como castigo, harán de él un poeta maldito y refinado,
singular y sublime. Este es el Lupiáñez de los 20 años,
un chico que tiene la audacia de irrumpir en el mundo literario con
Ladrón de fuego (1975), un libro hermoso, sonoro, profundo y
contagioso, un libro donde manifiesta su desmedida vocación por
la luz, en nombre de la cual habla.
Lupiáñez permanece “cerca del sol, sin prisa/ contra
el muro de luz/ que es parte de mi casa”. No se puede expresar
mejor: la luz es una parte fundamental de sí mismo. La luz es
su pasión, su objetivo. Se extasía ante el sol en su cenit,
se recrea en los “esplendentes dominios del tiempo”. Canta
al “páramo de luz”; al claro, total, inefable momento
del ángelus. Aun en la noche, late “la mejor/ sangre en
mis venas,/ la más furiosa llama”. El canto es para él
“luz que irrumpe viva por mis ojos”. Narciso se mira en
el lago porque es “un agua quieta como espejo de luz”.
No cabe duda, pues, de que, desde el comienzo de su andadura, Lupiáñez
es un hombre solar, lo que confirma con Río solar (1978), donde
la luz se adscribe a un elemento mítico y que funciona como un
ideal, el Sur, símbolo a la par de la claridad y de la belleza.
Pero la procesión va por dentro. Nietzsche afirmaba que el pueblo
griego debía de haber sufrido mucho para ser tan bello. Siguiendo
la misma ecuación, muy hondo debe de haber descendido el poeta
José Lupiáñez para mostrarnos tanta y tan luminosa
belleza. Por entre la deslumbrante perfección de sus versos,
se adivinan las profundidades infernales y, con ellas, el dolor, la
locura, la pérdida, el éxtasis o los arcanos misterios.
El poeta fluye no en un río solar, sino en el sombrío,
oscuro, sibilante río del Leteo. El sol seguirá alumbrando
sus poemas, pero se irá convirtiendo en un sol de las ánimas,
es decir, un sol que ilumina los mundos profundos, la interioridad,
el subconsciente. Como dice en “Tránsito” (Arcanos,
1984)
Bello lugar es éste donde pulsar las cuerdas de un laúd,
que así la voz, la música y la sombra se constelan
para nombrar la inerme tiniebla de las cosas.
Ahora lo comprendemos: José Lupiáñez busca “la
tiniebla de las cosas”. Le fascina la luz, pero no la luz por
sí misma, sino el misterio de la luz. La voz, la música
y la sombra (es decir, la luz) constituyen un camino para nombrar el
misterio. De pronto, toda la belleza que nos rodea y de la que el poeta
se constituye en cantor, reposa en un mar dionisiaco. La belleza que
vemos son los indicios de algo más profundo, vasto e incomprensible,
que late en cada una de sus palabras. De ahí que, leyendo sus
versos, intuyamos otra dimensión, otro tiempo, una extraña
nostalgia, un inquietante gong, un orden que no es de este mundo aparente.
Lupiáñez no es, en consecuencia, un realista, en el sentido
de que su mirada no se agota en lo que ve, sino que parte de lo real
para ir mucho más lejos. No es un parnasiano, ya que transciende
continuamente el mundo de las formas para sumergirse en lo informe.
Su obra está mucho más cerca de los simbolistas, de un
Mallarmé, por ejemplo. Como sucede con el maestro francés,
la música de los poemas de Lupiáñez nos conduce
a otras realidades, unas, preteridas e ignotas; otras, nuevas, singulares,
imprevisibles.
Una de las armas de Lupiáñez es el símbolo, esa
forma de conocimiento que utiliza lo conocido para hablarnos de lo inefable.
Los símbolos son para él “gemas” extraídas
de nuestro “jardín interior”. Así, en Número
de Venus (1996), el cisne pasa de representar la mera belleza exterior
a constituirse en lo que junguianamente podríamos llamar nuestro
Self o sí-mismo. Por ello, trasciende cualquier significado concreto.
Ocurre con símbolos como el de la princesa, la diosa, el jardín;
este último, aparte de ser un trasunto de nuestro interior, hace
referencia a la plenitud, la totalidad y el ideal. Todo conduce a nuestro
inconsciente. Las primigenias claridades se tornan en noche, oscuridad,
sombra, abismo.
En otras palabras: Lupiáñez se aleja de la luz y penetra
en las tinieblas, como un modo de descubrir el trazado de lo ignoto.
Por eso, el verso se convierte para él en “oscura sierpe”,
en “espada”, en “zahorí”, en “humor
oculto”; los versos son “para el mundo con su extraño
misterio” (“Fin de siglo”, Número de Venus).
Precisamente porque sus versos son “para el mundo”, no hay
escapismo, ya que adentrarse en lo invisible es comprender mejor lo
humano y, desde ahí, conferir una nueva dimensión al hombre
y a cuanto lo rodea.
Ha habido poetas luminosos y oscuros. Los primeros se han quedado en
la belleza superficial de las cosas. Los segundos se han dejado arrastrar
por el río de lo informe y dionisiaco. Los primeros son considerados
razonables. Los segundos, irracionales. Góngora estaría
entre los primeros. Cirlot o Carlos Edmundo de Ory, entre los segundos.
Pero Lupiáñez logra, no obstante, una coiunctio oppositorum:
por una parte, sus poemas son de una gran perfección formal y
nombran magistralmente la belleza de las cosas; por otra, expresan lo
más profundo del hombre y del cosmos. Los poemas de Lupiáñez
son a la par luminosos y oscuros, claros y sombríos, inteligibles
e inefables.
De este modo, José Lupiáñez alcanza su madurez.
La mirada rebelde y soñadora del joven se ha ido tiñendo
de sabia ironía. Su heterodoxia lo ha convertido en reo de lesa
majestad. Su provocación es ahora desencanto, su dulzura, sensualidad,
a veces amargura. James Dean se ha transformado en Jean Cocteau. La
osadía juvenil lo ha convertido en eterno viajero y su experiencia
ha pasado desde las profundidades de la psique a las profundidades colectivas.
Endurecido contra las insidias del mundo, ha dejado de retarlo para
comprenderlo tal y como es. Ya no le interesan tanto los moldes de la
tradición como los moldes de su propio pensamiento, y, con él,
la reflexión. Si antes iba de lo concreto a lo inefable, ahora
irá de lo inefable a lo concreto. Y sacará sus conclusiones.
De ladrón de fuego ha devenido sacerdote del ara, es decir, se
ha comprometido, se ha hecho solidario, aunque sigue y seguirá
siendo un poeta maldito y refinado, singular y sublime.
Este es el Lupiáñez que, con 40 años, decide volver
a tasar el mundo. Para ello, se convierte en un nómada que recorrerá
los pueblos de la tierra , con sus multitudes, ciudades, monumentos,
historia y literatura. La verde senda (1999) es el libro que inicia
esta tendencia, donde el poeta nos ofrece su visión empática
y solidaria de la India. En esta misma tendencia hay que incluir su
libro El sueño de Estambul. Si la tradición oriental había
estado permanentemente en sus versos, ahora se sumerge completamente
en ella; lo que antes había sido inspiración y nostalgia,
ahora es palpable realidad; lo que fue imaginación es ahora fotografía.
Y de nuevo, aunque de otra forma, retorna al misterio. Como dice en
“Calles vacías”, “Se han borrado/ los nombres.
Sólo el misterio reina”.
El tema, pues, fundamental de la poesía de José Lupiáñez
ha sido y sigue siendo el mismo: bien a través de la luz, o de
las tinieblas, o del viaje, ha buscado y sigue buscando lo insondable,
lo ignoto, lo oscuro. “Poeta del misterio”, podría
ser llamado. Como dijo muchos años atrás, en el prólogo
de “Laurel de costumbre” (1988), “el verdadero jardín
crece hacia dentro”. O dicho de otro modo: todo lo que merece
la pena está escondido; penetrar en ello, contemplarlo, asirlo
mínimamente, suponen un gran esfuerzo. Como dice en uno de los
más bellos poemas de El sueño de Estambul, “Palacio
de Topkapi”:
Todo es iniciación hacia lo hondo.
Vivir es ir pasando también el laberinto;
llamar a muchas puertas, por si alguna se abre;
mirar por las ventanas de un palacio secreto;
sentir la paradoja del tiempo y de la historia.
Y es que, en este último libro, Lupiáñez, maestro
de las alucinaciones, vuelve a escamotearnos lo visible por lo invisible:
mientras creemos estar asistiendo a una sucesión de impresiones
y paisajes de Turquía, se nos está hablando de lo más
hondo del hombre y de la humanidad.
El círculo se cierra. Como todos los grandes poetas, Lupiáñez
ha entregado su vida a la causa más desvalida de su tiempo: el
misterio, vilipendiado por unos y por otros. Es un explorador, un científico,
un pionero en un país de poetas que, como decía Larra,
han crecido al calor de la mesa de camilla y no se atreven a dar dos
pasos para explorar la casa del vecino. Menos aún, las profundidades
de la vida o de la psique. Por ello es natural que suscite el recelo
y la desconfianza entre quienes no son capaces de trasponer las enaguas
ni el calorcito del brasero. Pero el verdadero poeta ha de descender
a los infiernos, ha de bucear en lo abisal, ha de renunciar a lo palpable
y sondear lo ignoto, ha de transgredir los límites. No me cabe
duda de que las generaciones futuras pagarán como corresponde
el impulso audaz y los sabios hallazgos de José Lupiáñez.