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| Fernando de Villena | |||
Presentación
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N |
o se rendía la capacidad de
asombro de Pablo, pese a las muchas horas de viaje, pese a los dilatados
transbordos en estaciones feas y desoladas, pese a lo poco que los nervios
le habían permitido dormir la noche anterior. Y, en tanto el tren con
suave traqueteo crenchaba los campos solitarios, los olivares humildes
bajo un cielo de tormenta, las sombrías alamedas con barruntos de fangosos
arroyos, él, que jamás antes había pisado tierra andaluza, miraba y
remiraba con golosina de niño a través de las ventanas. De raro en raro
un blanco caserío alteraba la parda monotonía del paisaje. Cruzaban
batallones de estorninos confundidos por la novedad del tiempo desapacible.
Aquí y allá veíanse senderos con polvo del verano ido, senderos que
hubiera sido hermoso seguir. Sobre un gris y gastado cerro lección ofrecían
de claro desengaño las ruinas de una atalaya o castillo árabe.
Si en lugar de ir desocupado -como el total del vagón y casi todo el
tren- el asiento de frente a Pablo, allá hubiese un mediano observador,
pudiera bien describirnos al viajero en estos términos:
Cruzado ya el meridiano de los años (que
el poeta cifró en la edad de Cristo o poco más), pero con reliquias
bastantes de una hermosura viril, aunque aniñada, que acaso fue moda
en la década anterior; luengos cabellos castaños que principiaban a
escasear adoselando un rostro donde las primeras arrugas pregones eran
de amarguras o trabajos, donde los oscuros ojos devolvían a la otoñal
tarde su tristeza, donde los delgados labios y la nariz valiente daban
noticia de un carácter resoluto. Mediano de cuerpo y poco o nada robusto,
con cierto aire nervioso.
A este veloz retrato añadiría yo que era elegante en su vestir, acaso con un punto de atrevimiento, y que una sola ojeada a su equipaje pudiera bastar para calificarlo de hombre de letras, pues en las tres grandes bolsas de viaje que con cierto descuido había colocado sobre los vecinos asientos, asomaban sus cantos varios libros de diversa laya. Más aún: no era difícil leer sobre el lomo de uno de aquellos volúmenes el título Noches Áticas, lo cual acaso fuese indicio de un gusto por la Antigüedad poco frecuente, cuando no evidencia de unos estudios clásicos.
Al presente, había encendido un cigarrillo y
de nuevo admiraba el paisaje: todo se hacía más montuoso y extraño conforme
se entraba la noche. El tren dejaba atrás lóbregos desfiladeros y roquedales
de formas caprichosas.
¿No quería olvidar unos amores desgraciados?
ni tenía en su mente pensamientos análogos a los de Ovidio cuando marchó
hacia el Ponto. Había pedido traslado al sur porque ya le cansaba la
vida de Madrid, de donde era natural y donde habían transcurrido su
infancia entera y su juventud toda. Existe una edad en que los hombres
precisan rodearse de silencio para escuchar su propia voz, los hondos
dictámenes de su sangre. ?Es tan fácil perderse en el golfo cortesano,
ensordecer con las músicas de los bares de alta noche, cuando no con
los arrullos de las sirenas ocasionales! ?Es tan fácil no leer por encontrar
demasiado a mano un sinfín de bibliotecas y librerías, no asistir al
teatro o a las salas de conciertos por tener en casa la televisión con
sus canales y artificios! ?Es tan fácil olvidarse de los campos y los
montes porque hasta llegar a ellos existen kilómetros de edificios y
atascos de circulación! ?Es tan fácil no encontrar el verdadero amor
al perdernos en el bosque de las historias pasajeras! ?Es tan fácil
no mirar un solo instante de frente a la muerte...!
Había cerrado la noche, cuando el revisor entró
en su vagón y le dijo:
--¿Usted me había pedido que le avisase al llegar
a Aldueña? Pues tiene que bajar en la próxima parada.
Fernando de Villena, La casa del indiano,
Granada, Port-Royal Ediciones, 1996
Capítulo III
Servicio de armas
A |
la una en punto de la madrugada el cabo de guardia
me dejó en el puesto y se fue con los restantes soldados. Tres minutos
después apareció Luis con dos grandes linternas y, sin decir palabra,
nos pusimos a desplazar unos metros el pesado reloj de pared. No nos
habíamos equivocado: la antigua losa sobre la que estuvo se hallaba
partida y poseía un pequeño agujero por donde a buen seguro pasaban
las ratas. Empresa más difícil nos resultó arrancar de su sitio los
dos pesados fragmentos de la losa, pero quince minutos después habíamos
concluido, dejando al descubierto unos gastadísimos peldaños que descendían
hacia la negritud. Enfocamos una de nuestras linternas y comenzó la
bajada. La humedad, el salitre o qué sé yo hacían dificultosa la respiración
en aquel antro, mas no nos arredramos. Habíamos bajado hasta sesenta
escalones cuando nos vimos en una espaciosa sala octogonal con sillares
posiblemente de fábrica romana. En los muros se abrían nichos como de
columbario. De súbito, Luis me prendió del brazo y, alarmadísimo, me
hizo mirar hacia un punto donde yacía un cuerpo semidevorado por las
ratas y los gusanos. Era terrible el hedor que impregnaba aquella milenaria
cripta. Aún se conservaban jirones del uniforme de cadete. Sin duda
estábamos ante los restos del infortunado Isidoro Vela. Junto a su ya
casi monda calavera reposaba un machete con el que probablemente lo
habían asesinado y, algo más allá, un gran agujero circular, como un
pozo, nos llenó de nuevos temores. Enfocamos las linternas al profundo
y vimos que también acá existían peldaños. Tras unos momentos de vacilación,
decidimos continuar hacia abajo, aunque unos pequeños ruidos nos alertaron.
Eran las ratas, que hasta entonces habían permanecido quietas por la
novedad de la luz, pero que, ya ganada confianza, volvían a señorear
aquellos antros tumbales. Comenzamos el descenso y, apenas habíamos
bajado diez escalones, cuando escuchamos un estrépito sobre nuestras
cabezas. Subimos velozmente para comprobar que el pozo en el que nos
hallábamos había sido clausurado con una gran reja sobre nosotros, haciéndonos
imposible la salida. Entonces oímos la voz del homicida que estaba tras
todo aquel asunto:
--¡Ahí
os quedaréis para toda la eternidad, por entrometidos!
Y
con gran sorpresa vimos a la luz de la linterna al comandante Aguilar
que se alejaba hacia arriba, dejándonos sumidos en la desesperación.
Pensé en disparar, pero cuando puse el cargador al fusil aquel hipócrita
había ya desaparecido de nuestro campo de visión.
También,
quizá por esa contigüidad con Azorín que hemos señalado, hay mucho en
ella del espíritu del 98. El autor se lamenta por una España de espíritu
cicatero, por la tristeza que, lejos del tópico folklorista, lo anega
todo en ella. Imbuidos de este zafio espíritu, los mandos de la escuela
militar donde se desarrolla la acción son de una mezquindad abrumadora,
sin ningún rasgo de grandeza, mostrándose permanentemente como pancistas
amargados. Y la vida de un centro que debería estar lleno de emociones
resulta cansina, hasta el punto de que sólo merece leves y circunstanciales
comentarios del autor. Los tipos desfilan ante nosotros como sombras
chinescas. Sólo se destaca de la multitud el personaje del sacerdote,
que a la vez es militar y afeminado; y el de Miranda, la hermosa hija
del comandante.
El
fantasma de la Academia nos ofrece una crónica fiel de lo que ha
sido la mili española hasta ahora: pérdida absoluta de tiempo,
entrenamiento en lo gregario y demostración palmaria de la imposición
de la fuerza sobre la razón. En una de las sabias digresiones que hace
el narrador, se nos cuenta que entonces, en su juventud, le chocó este
carácter mísero y acomodaticio, pero que después, a lo largo de su vida,
lo ha encontrado por doquier. En efecto, este era el único mérito de
nuestra mili: enseñar a refugiarse en la masa, a tirar la piedra
y ocultar la mano, a ser servil con los superiores y energúmeno con
los inferiores, a abominar de la originalidad y del talento... Alguna
vez habrá que hacer un estudio de cómo una milicia obligatoria y con
este “espíritu” ha influido en la sociedad española, ralentizándola,
haciéndola cobarde y mendaz. Ojalá que las nuevas generaciones, que
no tendrán que pasar por este cuello de botella, sigan amando la utopía
y la singularidad hasta muy entradas ya en la vejez...
Pero
lo que es flagrante realidad, se vuelve fantasía al final de la obra.
Se nota que, por encima de todo, el autor es poeta. Lo que se quita
en verosimilitud se gana en lirismo y belleza. El final se nos aparece
como un cuento fantástico entresacado de Las mil y una noches
o de Los cuentos de la Alhambra. La realidad se conculca, pero
gana el sentimiento, lo surreal, el descubrimiento.
In
tenebris Lux, reza la cartela del escudo de armas que descubre el
protagonista y que es clave para el desenlace de la acción. Esta podría
ser también la divisa de la obra: no hay tinieblas tan profundas en
las que no lata un destello de luz. La ramplona y monótona Academia
guarda en sus fauces un fabuloso tesoro. Lo mismo ocurre con el hombre:
su inconsciente posee infinitas, portentosas riquezas; y esta novela
podría ser interpretada como la búsqueda interior del sí-mismo (Self),
algo que se ha vuelto vital para la literatura contemporánea. Y esto
contribuye aún más a la belleza zen de la obra. Pues sabemos que el
adepto a esta religión contempla todo el acaecer como una metáfora de
cuanto está dentro de él. En este sentido, el comandante que arroja
a nuestros dos protagonistas a las tinieblas, no es sino el representante
de la sombra, el personaje de nuestros sueños que parece un malvado
pero que posee cosas valiosísimas, como la clave de nuestra salud psíquica
o la pertinencia de nuestras acciones.
Así
que, ya se tome literal o metafóricamente, El fantasma de la Academia
es una pequeña joya que puede ser degustada tanto por adultos como por
jóvenes, pues lo que nos inculca es el goce por la vida, por la aventura
y el descubrimiento, invitándonos a abandonar la manida España que atrapa
a los protagonistas, y que ha atrapado a tantas y tantas generaciones
anteriores. Es el momento de cazar a ese fantasma para ser más
libres, más originales, más genuinos. Veo en este novela, en resumidas
cuentas, el comienzo de una esperanza colectiva que puede ser impulsada
y llevada a cabo por una concepción más profunda y humana de la literatura.
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*Fernando de Villena, El fantasma de la Academia,
Granada, 1999, Port-Royal Literaria.