Firmas invitadas por Gregorio Morales
Fernando de Villena

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Fernando de Villena

Presentación

Biografía

Fernando de Villena: del mito a la realidad

Fragmentos de sus obras

  Críticas

Fernando de Villena ---

Presentación

La obra de Fernando de Villena es, ante todo, una lucha titánica contra el desgaste de las palabras, como si le hubiera sido dado conservar su legado contra el deterioro del tiempo y la proliferación de los nuevos bárbaros. Por otra parte, Fernando de Villena conecta con la tradición más renovadora de la literatura española, como la Generación del 98 y, más atrás, con el Modernismo, Romanticismo y Culteranismo. Pero, a la vez, es un autor profundamente imbuido de su tiempo, inserto en el más nuevo paradigma y, así, pertenece desde sus comienzos al Grupo de Estética Cuántica. En su última obra narrativa hasta el momento, El fantasma de la Academia (véase la crítica más abajo), explora con inteligencia y sensibilidad estos nuevos caminos. Por ello inicia con todo mérito nuestra relación de escritores invitados.

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Biografía

Fernando de Villena nació en Granada en 1956. Es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, con una  tesis sobre el poeta cordobés del s. XVII D. Luis Carrillo de Sotomayor. Reside en la actualidad en Granada, donde es profesor de literatura española. Ha publicado siete novelas, varios libros de crítica literaria y catorce poemarios. Su obra poética nace influida por la belleza y perfección formal de la poesía de los siglos de Oro (Pensil de rimas celestes, Soledades III y IV y Damas reales), para abrirse más tarde a influencias contemporáneas. Cada uno de sus libros es una aventura distinta, unidos por el culto a la palabra, el amor al pasado, el gusto por las imágenes nuevas y por el color, la emoción ante la naturaleza, ante algunas obras del hombre y, sobre todo, por la búsqueda incesante de lo bello y lo misterioso. Su obra poética consta de los siguientes títulos: Pensil de rimas celestes (1980), Soledades tercera y cuarta (1981), En el orbe de un claro desengaño (1984), El libro de la esfinge (1985), La tristeza de Orfeo (1986), Acuarelas (1987), Los reales del infierno (1988), Vos o la muerte (1991), Poema de las estaciones (1992), Poesía (1980-1990) (1993), Personajes con alma (1995), Año cristiano (1995), Libro de música (1996), El fin de la tarde (1997), El Mediterráneo (1998), Belén de terracota (1999) y El Mediterráneo. Libros II, III y IV (2003). Su obra narrativa se compone de los siguientes títulos:  El desvelo de Ícaro (1988), Relox de peregrinos (1998 y 1995), Atlántida interior (1990), Nieve al olvido (1993), Por los barrios de Granada (1994), La casa del Indiano (1996 y 1998), La primavera de los difuntos (1998), El fantasma de la Academia  (1999), El hombre que delató a Lorca (2002), Sueño y destino (2003) y Las mariposas negras (2003). Es autor asímismo de las valiosas antologías La poesía que llega (1998) y En la misma ciudad en el mismo río. Poetas granadinos de los 70 (1999).

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Fragmentos de sus obras

La casa del indiano

El fantasma de la Academia

La casa del indiano

Capítulo I

El Viajero

N

o se rendía la capacidad de asombro de Pablo, pese a las muchas horas de viaje, pese a los dilatados transbordos en estaciones feas y desoladas, pese a lo poco que los nervios le habían permitido dormir la noche anterior. Y, en tanto el tren con suave traqueteo crenchaba los campos solitarios, los olivares humildes bajo un cielo de tormenta, las sombrías alamedas con barruntos de fangosos arroyos, él, que jamás antes había pisado tierra andaluza, miraba y remiraba con golosina de niño a través de las ventanas. De raro en raro un blanco caserío alteraba la parda monotonía del paisaje. Cruzaban batallones de estorninos confundidos por la novedad del tiempo desapacible. Aquí y allá veíanse senderos con polvo del verano ido, senderos que hubiera sido hermoso seguir. Sobre un gris y gastado cerro lección ofrecían de claro desengaño las ruinas de una atalaya o castillo árabe.
Si en lugar de ir desocupado -como el total del vagón y casi todo el tren- el asiento de frente a Pablo, allá hubiese un mediano observador, pudiera bien describirnos al viajero en estos términos:

Cruzado ya el meridiano de los años (que el poeta cifró en la edad de Cristo o poco más), pero con reliquias bastantes de una hermosura viril, aunque aniñada, que acaso fue moda en la década anterior; luengos cabellos castaños que principiaban a escasear adoselando un rostro donde las primeras arrugas pregones eran de amarguras o trabajos, donde los oscuros ojos devolvían a la otoñal tarde su tristeza, donde los delgados labios y la nariz valiente daban noticia de un carácter resoluto. Mediano de cuerpo y poco o nada robusto, con cierto aire nervioso.

A este veloz retrato añadiría yo que era elegante en su vestir, acaso con un punto de atrevimiento, y que una sola ojeada a su equipaje pudiera bastar para calificarlo de hombre de letras, pues en las tres grandes bolsas de viaje que con cierto descuido había colocado sobre los vecinos asientos, asomaban sus cantos varios libros de diversa laya. Más aún: no era difícil leer sobre el lomo de uno de aquellos volúmenes el título Noches Áticas, lo cual acaso fuese indicio de un gusto por la Antigüedad poco frecuente, cuando no evidencia de unos estudios clásicos.

Al presente, había encendido un cigarrillo y de nuevo admiraba el paisaje: todo se hacía más montuoso y extraño conforme se entraba la noche. El tren dejaba atrás lóbregos desfiladeros y roquedales de formas caprichosas.

¿No quería olvidar unos amores desgraciados? ni tenía en su mente pensamientos análogos a los de Ovidio cuando marchó hacia el Ponto. Había pedido traslado al sur porque ya le cansaba la vida de Madrid, de donde era natural y donde habían transcurrido su infancia entera y su juventud toda. Existe una edad en que los hombres precisan rodearse de silencio para escuchar su propia voz, los hondos dictámenes de su sangre. ?Es tan fácil perderse en el golfo cortesano, ensordecer con las músicas de los bares de alta noche, cuando no con los arrullos de las sirenas ocasionales! ?Es tan fácil no leer por encontrar demasiado a mano un sinfín de bibliotecas y librerías, no asistir al teatro o a las salas de conciertos por tener en casa la televisión con sus canales y artificios! ?Es tan fácil olvidarse de los campos y los montes porque hasta llegar a ellos existen kilómetros de edificios y atascos de circulación! ?Es tan fácil no encontrar el verdadero amor al perdernos en el bosque de las historias pasajeras! ?Es tan fácil no mirar un solo instante de frente a la muerte...!

Sí; Pablo llevaba ya siete años impartiendo clases de latín en un instituto de una barriada madrileña y por fin había descubierto que nada era más incompatible en este mundo que el lenguaje virgiliano y el de sus alumnos, las inquietudes de aquellos muchachos y los verbos semideponentes. Lo demás, hízolo la reposada lectura de Horacio, el afán de áurea mediocridad en comunión con la naturaleza. Para estar solo, mejor en un sitio donde se contase con la compañía de las estaciones. De una inmensa lista de nombres de pueblos que jamás había escuchado, pidió destino por orden alfabético. Confiaba en el azar.

Había cerrado la noche, cuando el revisor entró en su vagón y le dijo:

--¿Usted me había pedido que le avisase al llegar a Aldueña? Pues tiene que bajar en la próxima parada.

 

Fernando de Villena, La casa del indiano, Granada, Port-Royal Ediciones, 1996

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El fantasma de la Academia

Tercera Parte

Capítulo III

Servicio de armas

A

 la una en punto de la madrugada el cabo de guardia me dejó en el puesto y se fue con los restantes soldados. Tres minutos después apareció Luis con dos grandes linternas y, sin decir palabra, nos pusimos a desplazar unos metros el pesado reloj de pared. No nos habíamos equivocado: la antigua losa sobre la que estuvo se hallaba partida y poseía un pequeño agujero por donde a buen seguro pasaban las ratas. Empresa más difícil nos resultó arrancar de su sitio los dos pesados fragmentos de la losa, pero quince minutos después habíamos concluido, dejando al descubierto unos gastadísimos peldaños que descendían hacia la negritud. Enfocamos una de nuestras linternas y comenzó la bajada. La humedad, el salitre o qué sé yo hacían dificultosa la respiración en aquel antro, mas no nos arredramos. Habíamos bajado hasta sesenta escalones cuando nos vimos en una espaciosa sala octogonal con sillares posiblemente de fábrica romana. En los muros se abrían nichos como de columbario. De súbito, Luis me prendió del brazo y, alarmadísimo, me hizo mirar hacia un punto donde yacía un cuerpo semidevorado por las ratas y los gusanos. Era terrible el hedor que impregnaba aquella milenaria cripta. Aún se conservaban jirones del uniforme de cadete. Sin duda estábamos ante los restos del infortunado Isidoro Vela. Junto a su ya casi monda calavera reposaba un machete con el que probablemente lo habían asesinado y, algo más allá, un gran agujero circular, como un pozo, nos llenó de nuevos temores. Enfocamos las linternas al profundo y vimos que también acá existían peldaños. Tras unos momentos de vacilación, decidimos continuar hacia abajo, aunque unos pequeños ruidos nos alertaron. Eran las ratas, que hasta entonces habían permanecido quietas por la novedad de la luz, pero que, ya ganada confianza, volvían a señorear aquellos antros tumbales. Comenzamos el descenso y, apenas habíamos bajado diez escalones, cuando escuchamos un estrépito sobre nuestras cabezas. Subimos velozmente para comprobar que el pozo en el que nos hallábamos había sido clausurado con una gran reja sobre nosotros, haciéndonos imposible la salida. Entonces oímos la voz del homicida que estaba tras todo aquel asunto:

                --¡Ahí os quedaréis para toda la eternidad, por entrometidos!

                Y con gran sorpresa vimos a la luz de la linterna al comandante Aguilar que se alejaba hacia arriba, dejándonos sumidos en la desesperación. Pensé en disparar, pero cuando puse el cargador al fusil aquel hipócrita había ya desaparecido de nuestro campo de visión.

Fernando de Villena, El fantasma de la Academia, Granada, Port-Royal Ediciones, 1999

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Críticas

Sencillez y poesía

Gregorio Morales

La última entrega* de Fernando de Villena tiene toda la sencillez y el lirismo de un relato zen. Es una sucesión de estampas quintaesenciadas por el tiempo. Hay mucho en ellas de condensación azoriniana. El autor emplea los elementos estrictamente necesarios para la narración. Las elipsis se utilizan con pericia y contribuyen al mantenimiento de un suspense inteligentemente dosificado. El resultado es una novela que se lee con facilidad y placer.

                También, quizá por esa contigüidad con Azorín que hemos señalado, hay mucho en ella del espíritu del 98. El autor se lamenta por una España de espíritu cicatero, por la tristeza que, lejos del tópico folklorista, lo anega todo en ella. Imbuidos de este zafio espíritu, los mandos de la escuela militar donde se desarrolla la acción son de una mezquindad abrumadora, sin ningún rasgo de grandeza, mostrándose permanentemente como pancistas amargados. Y la vida de un centro que debería estar lleno de emociones resulta cansina, hasta el punto de que sólo merece leves y circunstanciales comentarios del autor. Los tipos desfilan ante nosotros como sombras chinescas. Sólo se destaca de la multitud el personaje del sacerdote, que a la vez es militar y afeminado; y el de Miranda, la hermosa hija del comandante.

                El fantasma de la Academia nos ofrece una crónica fiel de lo que ha sido la mili española hasta ahora: pérdida absoluta de tiempo, entrenamiento en lo gregario y demostración palmaria de la imposición de la fuerza sobre la razón. En una de las sabias digresiones que hace el narrador, se nos cuenta que entonces, en su juventud, le chocó este carácter mísero y acomodaticio, pero que después, a lo largo de su vida, lo ha encontrado por doquier. En efecto, este era el único mérito de nuestra mili: enseñar a refugiarse en la masa, a tirar la piedra y ocultar la mano, a ser servil con los superiores y energúmeno con los inferiores, a abominar de la originalidad y del talento... Alguna vez habrá que hacer un estudio de cómo una milicia obligatoria y con este “espíritu” ha influido en la sociedad española, ralentizándola, haciéndola cobarde y mendaz. Ojalá que las nuevas generaciones, que no tendrán que pasar por este cuello de botella, sigan amando la utopía y la singularidad hasta muy entradas ya en la vejez...

                Pero lo que es flagrante realidad, se vuelve fantasía al final de la obra. Se nota que, por encima de todo, el autor es poeta. Lo que se quita en verosimilitud se gana en lirismo y belleza. El final se nos aparece como un cuento fantástico entresacado de Las mil y una noches o de Los cuentos de la Alhambra. La realidad se conculca, pero gana el sentimiento, lo surreal, el descubrimiento.

                In tenebris Lux, reza la cartela del escudo de armas que descubre el protagonista y que es clave para el desenlace de la acción. Esta podría ser también la divisa de la obra: no hay tinieblas tan profundas en las que no lata un destello de luz. La ramplona y monótona Academia guarda en sus fauces un fabuloso tesoro. Lo mismo ocurre con el hombre: su inconsciente posee infinitas, portentosas riquezas; y esta novela podría ser interpretada como la búsqueda interior del sí-mismo (Self), algo que se ha vuelto vital para la literatura contemporánea. Y esto contribuye aún más a la belleza zen de la obra. Pues sabemos que el adepto a esta religión contempla todo el acaecer como una metáfora de cuanto está dentro de él. En este sentido, el comandante que arroja a nuestros dos protagonistas a las tinieblas, no es sino el representante de la sombra, el personaje de nuestros sueños que parece un malvado pero que posee cosas valiosísimas, como la clave de nuestra salud psíquica o la pertinencia de nuestras acciones.

                Así que, ya se tome literal o metafóricamente, El fantasma de la Academia es una pequeña joya que puede ser degustada tanto por adultos como por jóvenes, pues lo que nos inculca es el goce por la vida, por la aventura y el descubrimiento, invitándonos a abandonar la manida España que atrapa a los protagonistas, y que ha atrapado a tantas y tantas generaciones anteriores. Es el momento de cazar a ese fantasma para ser más libres, más originales, más genuinos. Veo en este novela, en resumidas cuentas, el comienzo de una esperanza colectiva que puede ser impulsada y llevada a cabo por una concepción más profunda y humana de la literatura.

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*Fernando de Villena, El fantasma de la Academia, Granada, 1999, Port-Royal Literaria.

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