ANDRÉS CÁRDENAS

ARTÍCULOS

 

El “imail” del abuelo

 

Los del frigorífico vacío

 

EL “IMAIL” DEL ABUELO

 

H

ay un cuento indio que trata de un joven erudito, arrogante y engreído que para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tuvo que tomar una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:

         -Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?

         -No, señor –respondió el barquero.

         -Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.

         Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:

         -Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?

         -No, señor, no sé nada de plantas.

         -Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida ­–comentó el petulante joven.

         El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:

         -Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?

         -No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de esta agua ni de otras.

         -¡Oh, amigo! –exclamó el joven--. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

         Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanto líquido y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:

         -Oye, ¿sabes nadar?

         -No -respondió el joven.

         -Pues me temo que has perdido toda tu vida.

         Este cuento, cuya moraleja más inmediata es que a veces nos empeñamos en aprender cosas y doctrinas que en un momento determinado no nos son útiles, lo he recordado cuando hace unos días un amigo me habló de un viaje reciente que había hecho. Mi amigo tiene casi 70 años y es un profesor de Historia jubilado. Toda su vida la ha pasado entre libros y su gran pasión ha sido la de aprender. Tiene mi amigo una hija en Madrid y por Navidad fue a visitarla porque hacía varios meses que no veía a su nieto, un chaval de 16 años de los de ahora, de esos que se pasan media vida delante del televisor y la otra media delante de un ordenador. El viejo profesor salió una tarde a pasear con su nieto. En ese paseo, el abuelo descubrió que su descendiente pertenecía a esa generación a la que le da igual ocho que ochenta, esa generación despegada de los libros y de los conocimiento que en ellos se encierran. El abuelo humanista le soltó al nieto un discurso sobre lo importante que era aprovechar el tiempo y de lo útil que llega a ser el conocimiento de las artes y de nuestro pasado.

         -¿De verdad no sabes nada del Imperio Romano?

         -No, abuelo, de eso no sé nada.

         -¿Y no has leído nada de García Márquez?

         -No, ni sé quién es.

         -¿Y no sabes quién pintó la rendición de Breda?

         -Tampoco, abuelo, de pintura tampoco sé nada.

         -Entonces, ¿en qué has pedido el tiempo, hijo, mío? –preguntó con cierta resignación el profesor jubilado.

         Al regresar a casa el abuelo tenía un recado de la Universidad que le conminaba a que enviara urgentemente unos datos específicos sobre una conferencia que iba a dar –el título y un breve resumen, además de una pequeña biografía suya- porque estaban confeccionando el programa y eran necesarios dichos datos. El profesor no veía la manera de responder a la petición de la Universidad porque venía tres días de fiesta y todo estaba cerrado. El nieto dijo que no había problema, que él se los enviaba por correo electrónico.

         El muchacho llevó al abuelo a su habitación y enchufó el ordenador. Se puso a teclear con una maestría envidiosa y, en menos de diez minutos, pudo enviar los datos que el profesor le dictó.

         -¿Y no sabes navegar por Internet, abuelo?

         -No, hijo, no sé.

         -¿Ni sabes enviar un imail?

         -Tampoco, hijo.

         -Entonces, ¿en qué has perdido el tiempo, abuelo? –preguntó el nieto.

Ideal, jueves, 1 de febrero de 2001

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LOS DEL FRIGORÍFICO VACÍO

E

stimado articulista de la fotillo de arriba: Hace una semana en su comentario sobre lo que usted llama la generación de los visillos, creí notar cierto desaliento espiritual por su parte por tener dos hijos adolescentes. Decía usted que los de su tiempo se pasaban horas detrás de los visillos esperando a que los niños volvieran de sus juergas y que ustedes, los que están por los cuarenta, no encuentran la manera de cómo entrarles a sus hijos en plena pubertad. Pues bien, estimado articulista de la foto de arriba, eso no es nada con lo que le espera a usted y a todos los de su edad. El problema se multiplica por equis cuando los hijos dejan la adolescencia y se instalan permanentemente en la juventud. Lo he dicho bien, permanentemente. Si cuando son adolescentes son irascibles, malhumorados y tiránicos con sus padres, cuando sobrepasan los veinte se vuelven egoístas, dictadores y fieles seguidores de los siete pecados capitales, sobre todo de la gula y de la pereza.

Y ahora permítame que le cuente mi caso. Nosotros, mi marido y yo se entiende, tenemos tres hijos, dos varones y una hembra. El mayor tiene 29 años y está estudiando unas oposiciones para juez. Hace cuatro años que acabó la carrera y cinco que sale con una chica en plan formal. Pues bien, dice que de casarse nada, que él está muy a gusto así como vive. La novia tampoco le mete mucha prisa porque también vive como una reina en su casa. Lo tienen todo asegurado y gratis. El del medio tiene 26 años. Ese está estudiando Derecho. Los tres últimos años se los ha pasado en quinto de carrera. Yo creo que no quiere dejar de estudiar nunca. Allí en la Facultad se lo pasa pipa. Tiene todas las chicas que quiere y cuando no está con una está con otra. Por último, la más pequeña tiene 22 años. A esa no la hace falta estudiar Derecho porque para ella todos son derechos, no quiere saber nada de deberes. La casa la tiene como un hotel donde entra y sale con una terrible impunidad. Casi nunca está y cuando viene se sube a su habitación y se pone los cascos para escuchar música. No quiere sabe nada de nada. Nos ignora y si alguna vez me busca es para que le lave la falda y a su padre para que le dé dinero. Yo soy una esclava para ellos ¿sabe usted? Me hacen trabajar más que a un inmigrante en El Ejido. Decía usted que era de la generación de los visillos. Pues bien, yo soy de la generación del frigorífico vacío. Comen como limas. Tengo complejo de sargento despensa, ese que en la mili se encargaba del suministro de los regimientos. La mayor parte de mi tiempo la utilizo rellenando el frigorífico de comida. Lo lleno por las mañanas y por la noche hasta un ratón puede morir descalabrado de lo despejado que está. Y nada, no se van de casa ni a tiros. Siguen a rajatabla el lema ese de «vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos».

Y no podemos decirles nada porque se ponen como fieras. Nos tiranizan y nos tienen comida la moral. Si ustedes, los de la generación de los visillos, están acojonados, nosotros nos sentimos como juzgados ya, esperando la sentencia, que por supuesto nunca será absolutoria. Mi marido ya no se atreve a hablar con ellos porque la última vez que lo hizo le echaron una bronca tremenda. El otro día, sin ir más lejos, queríamos irnos mi marido y yo a Almuñécar a pasar el fin de semana porque allí tenemos un apartamento. Tuvimos que pedirles permiso. Fue un desastre, el mayor decía que si nos íbamos quién le iba a planchar la camisa y el pantalón porque ese día iba a una boda, el del medio pilló un mosqueo tremendo porque quería el coche para él ese fin de semana y la niña me dijo que si yo me iba quién le iba a preparar los bocadillos a ella y a unos amigos a los que había invitado el sábado a pasar allí la tarde.

Por eso y por muchas cosas más que sería ardua tarea relatar aquí, mi marido y yo nos hemos fugado de la casa. Que se las arreglen como puedan. Hemos cogido las maletas y estamos en un sitio en el que no nos encuentra ni el Lobatón ése. Así de claro: hemos abandonado a nuestros hijos. Ahora que venga un juez y nos condene, que le digo que se vayan a vivir con él.

Ideal, jueves, 15 de febrero de 2001

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