LO QUE PUEDE PASAR CUANDO AL MARCAR

ALGUIEN SE EQUIVOCA DE NÚMERO

A

quel hincha del equipo de la capital, corredor de Bolsa desde hacía 20 años, había confesado en varias ocasiones que, si no llevaba el móvil, notaba que le faltaba algo, que era como ir desnudo. Por eso no se separaba de él ni para ir al fútbol. Estaba tan acostumbrado a su sonido que incluso en el bolsillo y en medio de un griterío enorme podía darse cuenta de que lo estaban llamando.

         Precisamente la tarde en que ocurrió esta historia estaba rodeado de una enfervorizada hinchada que protestaba porque el árbitro había anulado un gol a todas luces legal, cuando el teléfono le hizo una sutiles cosquillas en la ingle al vibrar. Se lo sacó casi por instinto y, por ese mismo impulso, se lo puso en la oreja. Entre todos aquellos gritos e insultos al árbitro, pudo escuchar una voz infantil alarmada.

         -¡Papá, papá! ¿Me  oyes?

         -Sí, dime. ¿Pasa algo?

         -Nada, papá, es que el médico le está haciendo daño a mamá.

         -¿Qué médico? –preguntó el hombre muy extrañado ante aquel mensaje.

         El niño le explicó que, desde hacía unas semanas, un señor que era médico iba a casa todos los domingos cuando él estaba en el fútbol y que, después de darle veinte duros para que se comprara chuches, se metía en la habitación con su madre para recocerla para ver si estaba enferma.

         Aquella información hizo combustionar todas las células del corredor de Bolsa que, más mosqueado que un pavo oyendo una pandereta, dejó la grada por unos instantes y se fue a un pasillo del estadio con el inalámbrico pegado al pabellón auditivo.

         -¿Dónde están ahora? –le preguntó el hombre al niño.

         -Están en la habitación, papá.

         -Asómate para ver qué hacen.

         El niño detalló la escena con preclara inocencia:

         -Mamá está desnuda encima de la cama y el señor le está dando masajes. Seguro que le está haciendo daño, porque mamá no para de quejarse.

         La indignación del corredor de Bolsa subió el techo de la moderación. Su sensatez se enmarañó tanto que se sorprendió a sí mismo dando órdenes al niño para que dejara el teléfono unos minutos, fuera a la cocina, cogiera el cuchillo de cortar jamón y se lo clavara a aquel señor que le estaba “haciendo daño” a su madre.

         Al poco rato, el niño le informaba que había cumplido con la misión y que la madre se había desmayado al ver tanta sangre.

         -Bueno, pues ahora sal al jardín y espérame a que yo llegue.

         -¿Qué jardín, papá? –preguntó el niño.

         -¿Cuál va a ser, el nuestro?

         -Nosotros no tenemos jardín, papá. ¿Es que no te acuerdas que vivimos en el sexto piso?

         Fue entonces cuando el hombre notó que aquella voz de niño no se parecía en nada a la de su hijo. Con evidente nerviosismo y cierto temor, preguntó a su interlocutor infantil cómo se llamaba su padre y a qué número estaba llamando.

         -Mi papá se llama Vicente y su teléfono es el 6711203040 –respondió el niño con soltura, como si supiera de memoria la respuesta en un examen oral.

         Evidentemente aquel niño se había equivocado al marcar porque ni él se llamaba así ni su número de móvil era ese. Su confusión y su estado de ánimo bajaron hasta las profundidades de la desazón y salió al campo antes de que el árbitro tocara el final del partido.

         Cuando llegó a casa, encontró a su mujer sentada en el jardín leyendo tranquilamente una novela de Antonio Gala y a su hijo jugando con el perro. No sabía si sentirse aliviado o culpable.

         A la mañana siguiente leyó una noticia que venía en el periódico y que explicaba la detención de un tal Vicente Fernández por inducir a su hijo de ocho años a cometer un asesinato. Desde entonces, aquel corredor de Bolsa ya no va con el móvil a ver los partidos de fútbol. Es más, ya no lleva el móvil a ninguna parte.

Andrés Cárdenas, Historias del móvil, Granada, Editorial Comares, pp 55-57.

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