Tuvo que ser
Tuvo que ser un verano, añorando otros veranos. Bajo la luz roja de la mañana, bajo la luna creciente del amanecer, bajo el sonido melancólico de las pisadas en la arena y el azul rematando las alas de la juventud.
Tuvo que ser en verano y no recuerdo cual fue. Un tiempo que sucedió despué de ayer, en el árbol infinitesimal de las estrellas, antes de que la luz pálida del anochecer huyera, antes de que la sonrisa en la arena quedara para siempre.
No hubo ni sonidos ni sensaciones. Una imagen blanca, fija, del despertar. No hubo cambios ni carencias, no hubo movimiento, no hubo nada, no hubo más.
Tuvo que ser un verano de las aguas de la inmortalidad, del amarillo crespado a la blancura de la nada, al negro de la infinitud.
Resultó en un pálido encaje de filigrana tejida al amor. Rojo, negro, bordado. Y quedó olvidado porque ninguna palabra se dijo para él. Quizá nunca exisitió, quizás nunca soñó, quizás fue y no fue y se perdió. Voló formando una espiral, subió, se transformó, quedó...