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Temporada de opera en Sevilla
Otello:
"piano, piano si va lontano"
"Otello"
de G.Verdi. F.Porreta, C.Alvarez, H.Papian, A.Rodriguez, V.Esteve, M.Pardo,
S.Palatchi, etc. Pianista: L.Catalonotto. Escenografía: E.Frigerio. Vestuario:
F.Squarciapino. Dirección de escena: N.Joel. Dirección musical: J.Lopez Cobos.
Teatro de la Maestranza. Sevilla, 25 de octubre.
El
ambiente estaba muy caldeado pues desde hacia días se vivía en el teatro una
situación problemática que era conocida fuera de el. La Orquesta Sinfónica de
Sevilla, que depende de un consorcio ajeno al teatro, actúa en éste como
invitada. Sus miembros, azuzados por un comité de empresa en el que lleva la
voz cantante un chelo y en el que son patentes las luchas entre las dos primeras
centrales sindicales, han entrado en conflicto con su empresa pero no han
llevado sus presiones a su propia temporada, sino a aquella en donde les invitan
y hasta el punto de no presentarse a tocar. Un error que acabaran pagando caro.
Asistiron una treintena de músicos, algunos con lagrimas en los ojos. José
Luis Castro y Jesús López Cobos hicieron muy bien en tirar por la calle de
enmedio -Muti decidió lo mismo en una "Traviata" scagliera- y han
creado un precedente que habrán de valorar otros conjuntos, dentro y fuera de
Sevilla, antes de abusar en la reclamación de reivindicaciones. La representación
se realizó "a la italiana", con piano, y hubo suerte de haber
previsto con tiempo la presencia de Leonardo Catalonotto, un joven que supo
hacer música a lo largo de tres horas a pesar de la presión existente. El fue
el gran triunfador de la noche para un público que respondió con la
sensibilidad que siempre muestra Sevilla ante situaciones extraordinarias. No
recuerdo una primera más triunfal en la Maestranza.
López
Cobos apechugó con un foso vacío inventándose la orquesta de cara a los
cantantes y sin caer en el ridículo de dirigir fantasmas. Supo que las cosas
son distintas a piano y aprovechó para adentrarse en profundidad en lo más
intensamente humano de una partitura genial que ha demostrado poder vivir en la
cojera orquestal y, es más, aun podría haber sobrellevado otra cojera en la
escena. Es ésta tradicional y sin valores dramáticos destacables. Los
decorados no molestan, pero alguno de ellos -el parapeto a media altura del
primer acto- inspiran poco.
Carlos
Álvarez, que debutaba como Yago, fue el mejor de la noche. Con una de las
mejores voces baritonales del presente, con ganas y con matices que llegaban a
la media voz realizó una de las mejores actuaciones entre las que le he vivido
en los últimos años. La soprano Hasmik Papian mostró nervios en mas de una
entrada insegura y cierta aspereza en algunos registros poco adecuada para
Desdemona. Frank Porreta presentó un Otello
light, como si fuese el personaje de uno de esos musicales de Broaday que
cantaba hasta hace poco. No fue, ni vocal ni escénicamente
el héroe atormentado sino el hombre débil e inseguro de nuestro tiempo.
Claro que ¿cuántos Otellos hay hoy? Y en este sentido es uno de los más
presentables. Cumplió bien el resto del reparto y admirablemente los coros del
teatro.
Se
resolvió con solvencia una situación, se logró triunfar ante la adversidad y
el publico tuvo ocasión de presenciar casi un ensayo a la italiana, con
vestuario, pero ojalá que no vuelva a repetirse algo así. Me dicen que el
responsable de transportes y comunicaciones de Comisiones Obreras podría
decidir "hacer un regalo a Sevilla" y empujar a
que la orquesta toque el lunes. Woody Allen toma nota de ello en Asturias
para su próximo guión. Gonzalo ALONSO
“Las cuatro estaciones” de Haydn. M.Petersen, W. Güra, M. Wolpert. Orquesta Barroca de Friburgo y Rias-Kammerchor.
Director: R.Jacobs. Auditorio Nacional. Madrid, 22 de octubre.
Se inició el ciclo que Primúsica denomina
“Conciertos de la tradición”, uno de los más interesantes dentro del
repertorio clásico/barroco, con “Las cuatro estaciones” de Haydn. No es un
oratorio que se escuche mucho y la inmensa mayoría del público era la primera
vez que lo escuchaba en directo. Sin embargo, por esas casualidades de la vida,
se ha programado en Madrid al menos tres veces esta temporada. La segunda a
apenas una semana vista en el ciclo de la RTVE bajo dirección de Rilling. Haydn
la compuso tras el gran éxito cosechado con “La creación”. No reúne la
calidad de ésta, pero sin duda es obra muy bella. Sobre todo cuando se ejecuta
como lo hicieron los artistas de esta ocasión.
René Jacobs, otrora reputadísimo contratenor, se
pasó al campo de la dirección con acierto sobresaliente. Ha demostrado en él
mucho talento, más del que trasmiten sus gestos en el podio, poco ortodoxos y
hasta confusos. Su labor está en la preparación previa, en los ensayos. Allí
trasmite a solistas y conjuntos aquello que desea y, a tenor de los resultados,
habituales, no cabe duda que lo consigue.
La característica fundamental de la versión de
Jacobs fue su equilibrio. Un equilibrio que se traducía en todas las facetas,
desde el sonido templado hasta la expresividad justa. Toda la lectura estaba en
estilo, las dinámicas en su sitio, los planos sonoros bien establecidos y
ajustados los ritmos. Cuando se utilizan instrumentos de época es frecuente una
excesiva presencia del viento-metal. No fue el caso de Jacobs, que supo integrar
todos los sonidos de forma equilibrada.
La Orquesta Barroca de Friburgo respondió con
calidad y, si cabe, aún más los Coros de Cámara de Rias. En el caso de los
solistas se demostró que no hace falta contar con grandes voces para este
repertorio, pues una orquesta de plantilla mediana y sin vibrato nunca las tapa.
Si la soprano era correcta, al tenor le faltaban unos agudos que suplía con
falsete y el supuesto bajo no era ni siquiera barítono, sino una voz tan
indefinida como la de la mayoría de los mortales. Sin embargo cantaron con
musicalidad y estilo y eso bastó.
Obras de Brahms y Prokofiev. R.Lang, Orquesta y Coro
Nacionales. Director: G.Pehlivanian. Auditorio Nacional. Madrid, 20 de octubre
En esta temporada se habrán de resolver los dos
grandes interrogantes que pesan sobre la ONE: su régimen administrativo y su
titularidad. Mientras en los despachos se discute de ello, se abrió
musicalmente con un programa de enorme gancho para el gran público. A un
concierto tan de repertorio como el de violín de Brahms se unía una obra de
mucho atractivo bastante poco programada, la cantata “Alexander Nevsky” de
Prokofiev. En el primero fue solista de excepción el reputado Vadim Repin.
Pehlivanian, el director invitado con mayor frecuencia que se acababa de
descolgar con unas polémicas declaraciones mostrando su deseo de alzarse con la
titularidad de la agrupación, y el solista optaron por resaltar los valores más
rotundos del concierto de Brahms, sin que se llegase a perjudicar el lirismo de
la partitura. Este enfoque tuvo la virtud de alejar las tentaciones al
empalagamiento en las que a veces se cae. Repin estuvo sobrado en una obra difícil
donde las haya. El sonido es amplio y bello, la técnica perfecta y se ve
secundada por una expresividad casi pareja. Hubo de conceder una propina ante
las unánimes peticiones del público.
Rasgos parecidos secundaron un “Alexander Nevsky”
de sonido pleno y extrovertida lectura. También los solistas de viento-madera
lucieron calidad, como había sucedido en Brahms. La mezzo Rosemarie Lang cantó
con gusto, aunque la breve parte demande una voz de mayores graves y caudal.
Aunque en general faltó un punto de reposo para recrear los momentos de mayor
patetismo, puede hablarse de una versión con la que el público podía y pudo
disfrutar.
Simon Boccanegra abre la
temporada en el Real
EL ABRAZO DEL MAR
El publico se rinde a un Verdi de arte y ensayo
"Simon Boccanegra" de Verdi. A. Agache, E. Matos, G. Prestia, Marco
Berti, A. Golesorkhi, V. García Sierra, F. de Terán. Coro y Orquesta Titular
del Teatro Real. Director musical, G. Ferro. Director de escena, G. del Monaco.
Escenógrafo y figurinista, M. Scott. Iluminador, W. Zoubek. Nueva producción
del Teatro Real.
Empieza la nueva temporada del Teatro Real con una obra muy infrecuente en
Madrid, "Simon Boccanegar", de la que en toda la historia del género
se han ofrecido apenas quince representaciones. Su carácter intimista y el
protagonismo de un barítono sin una sola aria hicieron que no fuese comprendida
por el público en 1857 y que Verdi la revisase 24 años más tarde. Se trata
sin embargo de una de las páginas más bellas y queridas por su autor. "Simon
Boccanegra" tiene hoy para nosotros un doble valor: el interés intrínseco
de la obra y la circunstancia de haberse tratado de una especie de ensayo
general en su trabajo con Boito hasta hacer posible el posterior "Otello".
El lenguaje verdiano experimenta muchos cambios de una a otra versión, no en
vano en ese dilatadísimo periodo escribió "Don Carlo", "Forza
del destino", "Aida" o el "Réquiem" y por Italia se
había extendido la fiebre wagneriana. El compositor reaccionó en su revisión
con un lenguaje tan italiano como personal en el que aparece el leitmotiv
wagneriano -la llamada a Amelia en el tercer acto- y el naturalismo. Así
podemos sentir a Bellini en el bellísimo "Piango, perche mi parla..."
de Fiesco en el dúo final o reminiscencias de "Aida" y "Don
Carlo" en las cuerdas bajas del coro. Privan las voces oscuras: las de
Simon, Fiesco y Paolo, que llevan la parte más innovadora del drama. Simon se
entronca con Felipe II en el retrato del dictador que se cree jefe por mandato
divino, auto convencido de su justicia y misericordioso con su propia soledad .
La obra expone un canto a la soledad del poder y a las intrigas que siempre le
rodean. Fiesco nos devuelve al Gran Inquisidor, pero también al vengativo Silva
del "Ernani" hasta en el ropaje del tercer acto y Paolo es claro
antecedente de Yago. Amelia y Gabriele representan la parte tradicional del
melodrama lírico italiano, en caracteres y en música.
Todo ello lo conoce muy bien Giancarlo del Monaco, que tenía por delante el
reto de igualar su aclamada "Boheme". Lo consigue desde premisas
distintas, tal y como exige una obra bien diferente. La producción aúna
belleza con teatro a base de la presencia permanente de un mar - Verdi introduce
el naturalismo en su música- proyectado desde atrás, la dramaturgia del
color, el empleo de unas enormes columnatas de carácter neoclásico, un
vestuario diseñado en congruencia y un cuidadísimo estudio de las situaciones
teatrales. Podría citar como ejemplo el espectacular cambio de escena entre prólogo
y primer acto. Los 25 años que los separan son expuestos a través de un laser
que absorbe por el túnel del tiempo a Simon y la estatua de los Fiescos. Pero
es que la escena siguiente, ya con el mar al fondo, presenta a Amelia en
penumbra total, sugiriendo muy adecuadamente el misterio de "la mujer
desconocida venida del mar". Si la escena del juicio, lo mejor musicalmente
de la obra, nos trae la imagen de un cuadro en el que se enfrentan los rojos y
negros -patricios y plebeyos- en la final sobrecoge el desarrollo dramático de
una boda acabada en funeral con un Doge que no desea morir en el palacio sino en
el mar. Plasticidad y drama a partes iguales. Como en toda representación hay
también aspectos que no le placen tanto a quien escribe, pero son siempre
detalles menores en medio de un acierto general. Así habría sido deseable una
pintura de colores menos obvios para los mármoles de suelos y columnas, una
menor tendencia en los personajes a cantar desde el suelo o una iluminación sin
tanta estaticidad y dureza en los laterales. Todo mejorable en una reposición.
Gabriele Ferro dirige con un nervio que en ocasiones debe plantear dificultades
a los cantantes -¿por qué no permitir los trinos y la suspensión de notas de
la soprano al final del juicio?- pero que imprime vida y drama a la ejecución.
No pierde, por otro lado, nada de lirismo en momentos como el bellísimo terceto
y tanto coros como orquesta responden magníficamente. Alexandru Agache es uno
de los barítonos que mejor pueden cantar hoy el papel protagonista. Quizá le
falte algo de refinamiento, pero posee los medios vocales para superar
brillantemente el gran final del primer acto. Él y Elisabete Matos están espléndidos
en el dúo. La soprano portuguesa, con una voz enmarcada en lo "spinto",
plantea una Amelia con un peso hoy infrecuente que nos recuerda que en tiempos
fue papel de Tebaldi y Varnay. Giacomo Prestia presta profundidad a Fiesco,
Anooshah Golesorkhi resulta un Paolo de mayor entidad a la habitual a pesar de
la claridad del timbre y en Marco Berti hay un tenor de grandes posibilidades
con un timbre que por momentos recuerda al de Pavarotti. Difícilmente podría
hallarse en la actualidad un reparto mejor. Hay mucho para disfrutar en este
"Simon" y más cuanto más se conoce la obra. El público
madrileño, que aclamó y aclamó a todos los participantes y entre el que se
hallaba la Reina, ha entrado por fín en "Simon Boccanegra". Lástima
que el mar del escenario se trasladase también a la plaza de Oriente y que el
diluvio impidiese gozar de la representación a través de la pantalla gigante
que se había instalado. Verdi escribió que "Simon precisa una buena
ejecución y un público atento". Hubo ambas cosas en el Real. Jornada muy
merecidamente triunfal que podrá repetirse en el Liceo a meses vista. Gonzalo
ALONSO
50 años de Juventudes
Musicales
Un sonoro estreno
Obras de J.Adams, A.García
Abril e I.Stravinsky. I.Martín y D.Ligorio, piano. Joven Orquesta Nacional de
España. Director, J.Vicent. Auditorio Nacional. Madrid, 27 de septiembre.
Es una verdadera pena no disponer del espacio
suficiente para realizar un comentario crítico profundo a la nueva partitura de
Antón García Abril que ha servido para conmemorar las bodas de oro de
Juventudes Musicales de España. La onomástica fue recordada en el escenario
por el presidente de la entidad y el secretario de Estado de Cultura y en el
acto se entregaron sendas distinciones a Cristóbal Halffter y Joaquín Achúcarro,
presentes en el concierto inaugural de hace 50 años.
La JONDE y su director, Joseph Vicent, demostraron
estar en forma con lecturas muy sueltas y eficaces de “Short ride in a fast
machine” de John Adams –pieza que reipiteron como propina y que resulta una
mezcla de minimalismo y Coplan- y la “Petrushka” de Stravinsky en su revisión
de 1947.
Beethoven enfermo
Obras de Scarlatti, Liszt,
Scriabin y Schubert. Anatol Ugorski, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 24 de
septiembre
En cierta ocasión se anunciaba en la Scala un
“Trovador” con Mario del Monaco y María Callas. Poco antes de la función
el célebre tenor comunicó una supuesta apendicitis, resultado de la cual era
un cambio en el título a representar, que pasaría a ser “Andrea Chenier”.
Cuando a la Callas le preguntaron al respecto contestó: “No era del Monaco
quien tenía apendicitis, sino Manrico (el protagonista de “Trovador”)”.
Los italianos dicen que “se non è vero, è ben trovato”.
Pues otro tanto se podría decir de la nueva
presentación de Anatol Ugorski en el ciclo de “Grandes intérpretes” de
Scherzo. El programa anunciado era tan espectacular como tremendo de ejecución:
tras una fuga de Bach, el “Carnaval” de Schumann y la “Hammerklavier” de
Beethoven. Casi nada. Al parecer el pianista llevaba días con una afección
estomacal y, a punto de suspender el recital, decidió finalmente cambiar el
programa. Nos ofreció cuatro sonatas de Scarlatti, la “Sonata en si menor”
de Liszt, preludio y nocturno para mano izquierda de Scriabin y la fantasía
“Wanderer” de Schubert. Uno, si se encontrara enfermo, habría escogido algo
mucho más breve y sencillo. Digamos que un par de sonatas de Mozart tras los
Scarlattis. Así pues, quizá fuera a Beethoven a quien le doliera el estómago
esa tarde.
El caso es que Ugorsky, con enfermedad o sin ella,
demostró su gran clase. Las sonatas de Scarlatti posiblemente estaban fuera de
estilo, pero sonaron con una belleza y un atractivo irresistibles. Convenció el
“Preludio en do sostenido menor y nocturno en re bemol mayor” para mano
izquierda, aunque hubiera sido deseable un punto mayor de pasión. Lo de la
sonata de Liszt empieza a ser otra enfermedad. ¿Cuántas veces la escuchamos en
cada temporada? Faltó limpieza en la ejecución de Ugorski y en el discurso
hubo sus trompicones. No es fácil de tocar si se está verdaderamente enfermo.
Lo mejor del recital vino al final, con una “Fantasía Wanderer” modélica.
Ni faltó, ni sobró nada. Y hasta concedió otro Scriabin de propina. Fue
realmente una pena no escuchar la sonata beethoveniana programada inicialmente,
título además que muy pocos ofrecen, con un solista de la categoría de
Ugorski. Gonzalo ALONSO
ANTE LOS ENIGMAS
“Turandot” de Puccini. A.
Marc, I.Encinas, A.Arteta, E.Schrott, L.Sintes, E.Santamaría, J.Ruiz, P.Calderón,
J.M.Díaz. Decorados y vestuario de E. Frigerio y F.Squarciapino. Dirección escénica:
N.Espert, dirección musical: J.Collado. Palacio Euskalduna. Bilbao, 21 de
septiembre.
La ABAO celebra sus bodas de oro con una temporada
llena de interés – “Ocaso de los dioses”, “Werther”, “Norma”, “Alcina”,
“Zigor”- y que se abre con la “Turandot” pucciniana en la tradicional
versión final de Alfano. Acudieron lendakari, alcalde, director general del
INAEM -¡menuda felicitación la página entera de publicidad colocada en un
periódico local!- etc. El acto empezó naturalmente con el himno vasco. No dejó
de resultar enigmático que mucha parte del público se sentara antes de su
terminación y que, tras él, los
aplausos fueran tan circunspectos como los que recibiera “Turandot” en su
estreno scagliero. Pero vayamos a otros enigmas, los de la ópera de Puccini.
La puesta en escena es ya conocida, puesto que sirvió
para inaugurar el nuevo Liceo. Ezio Frigerio y Franca Squarciapino diseñaron
escenografía y vestuarios con el buen gusto que es tradicional en ellos y una
buena dosis de espectacularidad. Nuria Espert maneja solistas y coro con
fluidez, buscando humanidad en el corazón de la princesa de hielo.
Es la suya una mujer que odia a los hombres y que enseña a las niñas de
su pueblo a compartir ese mismo sentimiento, obligándolas a presenciar la
decapitación del príncipe de Persia por un verdugo femenino. Al sentirse
enamorada no le queda otro camino que suicidarse con la misma daga con la que la
esclava Liú se ha quitado la vida momentos antes. La sicología de Turandot da
mucho de sí. Podía haberse limado la pobre aparición del mandarín en el
segundo acto, pero no fue así. En cualquier caso el público ovacionó una
producción cuidada y muy vistosa que funciona.
Funcionó menos la Sinfónica de Euskadi, un tanto
“reservona”. Collado concertó con parsimonia y clara decisión de
“lirizar” la partitura para desmelenarse en los acordes finales. El coro
resolvió, no sin esfuerzo, la más amplia intervención de este tipo en el catálogo
pucciniano. Una vez más fue Liú la más aplaudida de la velada. El personaje
cae simpático, Ainoa Arteta jugaba en casa y cantó con la voz en forma y mucho
gusto. Menos línea pero gran voluntariedad y entrega mostró el tenor Ignacio
Encinas, mientras que el joven Erwin Schrott dejó constancia en su breve papel
de sus grandes posibilidades. Creo que Alexandra Marc no obtuvo todos los
aplausos que merecía, porque hoy es difícil hallar quien resuelva mejor la
papeleta protagonista. Volumen y agudos no le faltan, aunque quizá sí un punto
de metal en el timbre. La velada resultó triunfante y el éxito irá a más.
Gonzalo ALONSO
"El Fantasma de la Ópera" de Ll. Webber y C.Hart . L. Amando, F. Farag, A. Pita, S. Casas, D.Venancio Muro, E. Ruiz del Portal, E. Ferrer, A. Argemil, E. Esteves, etc . Actores, coros, cuerpo de baile. Teatro Lope de vega de Madrid. 4 de septiembre.
Que Madrid se está incorporando a la ruta de los musicales es un hecho. El éxito que obtuvo "El hombre de la Mancha" permitió la programación de otras obras conocidas que, como "La bella y la bestia" o "My fair Lady", han acabado por consolidar el género. En esta ocasión se presenta "El fantasma de la ópera", quizá el musical más mítico de los últimos años tras "Cats", aún inédita en España. Esta obra permitió a Lloyd Webber, presente por cierto en el estreno madrileño y recogedor del sin fin de ovaciones finales, amasar una de las mayores fortunas inglesas. A partir de ella llegaron varias piezas más que siempre han respondido a una misma fórmula: música atractiva y muy pegadiza en un par de melodías, mucho teatro en escena, decorados y sonido espectaculares y presentaciones muy cuidadas. Gracias a todo ello, en sus 16 años de vida, han visto este "Fantasma" nada menos que 70 millones de personas a lo largo de 96 ciudades de 18 países. Son cifras que dan que pensar y que, permítaseme el atrevimiento, recuerdan aquel 1842 en el que se estrenó en la Scala el "Nabucco" de Verdi. En menos de cinco meses se ofrecieron 57 representaciones y por la Scala pasaron más espectadores que habitantes tenía entonces Milán. De tanto gancho gozaba entonces la lírica, como hoy el musical. Cierto es que son géneros diferentes aunque compartan muchos aspectos, pero cierto es también que sociológicamente uno cumple hoy las funciones que cumplía antaño el otro. Lloyd Webber se encarga de recordarlo parodiando el viejo género con músicas escritas ex profeso y que, hasta con sus septetos, en algunos momentos suenan a partituras líricas contemporáneas.
Este
"Fantasma" nos muestra una vez más los tiempos de franquicias y
globalización en los que vivimos. El vestuario, la lámpara, los decorados, etc
son un calco de los vistos en Londres o Nueva York. No se cae en riesgos
innecesarios e incluso el propio Lope de Vega, con su antigüedad, proporciona
un marco digno para simular la sala de la Ópera de París, escenario original
de la trama. Las diferencias de la versión española se centran casi
exclusivamente en el apartado musical. El texto castellano resulta digno, aunque
uno tenga permanentemente en los oídos el inglés. Se ha conseguido que todo el
reparto sea español. Luis Amando, Felicidad Farag y Armando Pita ofrecen
convincentes caracterizaciones del fantasma, su enamorada y el novio de ésta.
Escénica, vocal e instrumentalmente funciona al máximo nivel internacional, así
como el espléndido sonido. Convendría, eso sí, cuidar la tendencia al grito
de los conjuntos y de alguno de los protagonistas.
A
la salida lo que queda son un par de pegadizas melodías -algunas de ellas las
han cantado, entre otros, Caballé y Carreras- y la satisfacción de comprobar
que en España se pueden hacer las cosas con la misma calidad que en Londres o
Nueva York, aunque sea década y media después. Más vale tarde que nunca. El
espectáculo merece la pena, no se lo pierdan. El “Fantasma” no es “Nabucco”,
pero tampoco Rosa es Kattia Ricciarelli, la vencedora hace 30 años de un
popularísimo concurso televisivo italiano. “Ya no habrá más marcha atrás”
repiten con insistencia los protagonistas al final y posiblemente tengan razón.
Para bien o para mal. Ustedes deciden. Gonzalo ALONSO
Todo un domador
"Novena sinfonía"
de Beethoven. A.Denoke, R.Lang, T.Mosser, H.Müller-Brackmann. Coro de la
Deutsche Staatoper Berlin, Staatskapelle Berlin. Director: D.Barenboim. Teatro
Real. Madrid, 24 de junio.
Los dos conciertos de Barenboim programados para el Festival de Verano suponen un auténtico reto. Nada más y nada menos que la "Novena" de Beethoven y el "Réquiem alemán" de Brahms, un “capolavoro” del maestro argentino. La "Novena" es posiblemente la sinfonía que más se escucha en Madrid a lo largo del año, entre otras cosas porque hay agrupaciones que, como la orquesta habitual del Real, la tienen como su obra emblemática para la Navidad. Es una partitura bien conocida por todos los públicos y, es más, cada uno de nosotros tiene probablemente su idea de cómo desea escucharla. Al público que abarrotó el Real le entusiasmó el trabajo de los berlineses. Al crítico también, aunque haya escuchado bastantes "Novenas" mejores.
Barenboim, que mantuvo unos tempos más bien ligeros, pasó de puntillas por el primer tiempo y casi otro tanto por el segundo, aunque en él se disfrutó de los juegos de las maderas. Lo mejor se dio en el movimiento lento, en donde por primera vez respiró la orquesta, se ensancharon las frases y se hizo música con alguna que otra exageración, todo hay que decirlo, como el canto en piano de los chelos. El cuarto tiempo no defraudó, principalmente por la tensión que logró mantener en orquesta y público. Barenboim exige a orquesta y coros más de lo que pueden dar, pues son conjuntos buenos pero no excepcionales y se comportan mejor en el foso que en el escenario. Funcionó aceptablemente el cuarteto solista. La soprano acortó inteligentemente su terrible sobreagudo, del barítono complace el timbre joven eminentemente lírico aunque se eche de menos un auténtico bajo, el tenor cumplió pasándolo mal a ratos y a la mezzo, como es norma, no se la oyó. Ya se sabe que la obra es inclemente para todas las voces, incluidas las del coro y, sobre todo, para sus sopranos que difícilmente pueden evitar el grito.
Del concierto pudieron
disfrutar muchos más espectadores de lo que permite su reducido aforo, gracias
a las pantallas instaladas por Telemadrid en la vecina Puerta del Sol. Una
iniciativa digna de aplauso. Y otro apunte: la presencia de conjuntos enteros
invitados ayuda a tomar real perspectiva de dónde se halla nuestro Real y a lo
que debe aspirar. La lástima es tener un único punto de referencia. ¿Para
cuando las visitas de la Scala, San Petersburgo, Metropolitan, etc? Gonzalo
ALONSO
Wernicke frente a Falla en Lisboa
ESPECTÁCULO
AÚN POR RESOLVER
"El
amor brujo" y "La vida breve" de Falla. N.Ferrandiz, G.Ortega
Cortes. E.Matos, M.Perelstein, A.Palombi, A.Echevarria, A.Campos, etc. Orquesta
Sinfónica portuguesa. Coro del Teatro San Carlo. Producción escénica de
H.Wernicke, coreografía de N.Ferrandiz. Dirección
musical de J.Pons. Coproducción del Teatro de la Moneda y el de Basilea.
El
Teatro lisboeta de San Carlo parece darse cuenta que una parte importante de su
público ha de buscarlo en el país vecino, en donde la afición lírica es
mayor. Su último espectáculo "Ay Amor" se basa en dos de las obras
de Falla más populares y supone la reaparición de un trabajo de un autor
fallecido hace pocos meses, ese Wernicke que amaba tanto España como para vivir
en Jerez. No es un espectáculo redondo y se desequilibra claramente a favor de
la ópera. Wernicke no se dio cuenta a tiempo de que "El amor brujo",
si se representa junto a "La vida breve", ha de ser como su continuación,
nacer de la Salud muerta y desarrollar la venganza del fantasma de ésta sobre
aquél a quien "¡el queré que eya te daba tú no te lo mercías!" o
"¡quien lo había de decí, que con otra la vendías!". Así se le
puede encontrar el sentido dramático en el que Wernicke naufragó. Su puesta en
escena, común a ambas partituras, presenta un escenario prácticamente vacío
cuyo suelo es un plano inclinado de forma circular al que rodea un ciclorama.
Todo muy Wieland Wagner. En la gitanería en un acto, para la que se recurre a
la frescura de la versión primera y reducida de 1915, no plantea sino una
sucesión de tópicos de la España de la pandereta: el torero, las procesiones
de capuchinos, etc. Vistosidad estática sin contenido dramático, con una única
silla y un micrófono desde los que Ginesa Ortega canta su parte adecuadamente
mientras Natalia Ferrandiz danza sin guión.
El
público quedó bastante indiferente, mientras que ovacionó "La vida
breve". En ella sí que llegó el drama, y sin caspa. Sus escenas se
sucedieron, a partir de los citados silla y micrófono,
con simpleza y buen planteamiento. Elisabete Matos, una
"chavala" un poco crecida, fue vocalmente una excepcional Salud sin
nada que envidiar a las grandes del pasado. Cada día sobresale más su sentido
dramático. Convencieron Mabel Perelstein, Alfonso Echevarría y Antonello
Palombi y realizó lecturas matizadas y vivas Josep Pons, logrando sacar lo
mejor de una orquesta de muy aceptable nivel.
Queda aún pendiente que un día alguien acierte con el auténtico espectáculo que ha de dar sentido a la unión de ambas obras. Wernicke lo intentó, pero no lo logró. Gonzalo ALONSO
Castilla
y León en Nueva York
HOMENAJE A RICARDO VIÑES
Obras de Ravel y Falla. J.Achucarro. Orquesta
Sinfónica de Castilla y Leon. Director: S.Mas.
Carnegie Hall. Nueva York, 11 de junio.
España
está cambiando mucho en el aspecto musical. La
extensa red de auditorios creada a partir de los años
ochenta, la aparición de nuevas orquestas y la
consolidación de las existentes empieza a dar frutos.
Hoy, algunas de nuestras agrupaciones pueden viajar al
extranjero sin rubor y, a nivel general, hemos
superado a Italia y Francia. La Sinfónica de Castilla
y León es buen ejemplo de lo dicho. Siendo una
agrupación muy joven, nació en 1991, ha visitado ya
Portugal, Alemania y Suiza, países a los que ahora se
une Estados Unidos, en cuyo celebre Carnegie Hall
neoyorquino acaba de realizar su presentación. La
ocasión la ha brindado la difusión del amplio
proyecto cultural que la Junta de Castilla y León va
a realizar en Nueva York y que conlleva, entre otras
actividades, la exhibición de las "Edades del hombre",
los descubrimientos de Atapuerca y la promoción de
la lengua castellana.
Siempre es difícil y por ello fácilmente criticable
la confección de un programa para una presentación en
el extranjero. De un lado parece obligado llevar en
las maletas obras españolas, de otro resulta un tanto
arriesgado abordar ese repertorio tradicional que los
públicos de las grandes urbes como Nueva York se han
acostumbrado a oír con orquestas de primera fila. El
programa escogido por la Orquesta de Castilla y León
reúne, consciente o inconscientemente, la unidad del
homenaje al pianista de origen catalán Ricardo Viñes,
ligado de una u otra forma a la "Alborada del
gracioso" y a las "Noches en los jardines de
España". Falla y Ravel de la mano. Completaba el
programa la "Rapsodia española" y la segunda suite
de "El sombrero de tres picos". Quizá hubiese sido
conveniente añadir una partitura de hoy a estas
cuatro de primeros del pasado siglo..
Y Castilla y León no ha tenido reparos en compartir
tarjeta de visita con un director catalán y un
pianista vasco:: Salvador Mas y Joaquín Achucarro. El
primero, su principal director invitado, el segundo
un solista habitual en sus temporadas. La mejor
critica del concierto es la constatación sin reparos
al gran éxito obtenido en el mítico Carnegie, que
obligó a tres propinas. La primera a cargo de
Achucarro, una extraordinaria versión del nocturno de
Scriabin para la mano izquierda, tras una lectura
inspirada y equilibrada en fuerza y evocación del
concierto de Falla. Las dos siguientes, una mazurca de
Chueca y el efectivo intermedio de "Las bodas de Luis
Alonso". El entusiasmo y la entrega de los
interpretes en ocasiones como la presente suele
ayudar a que den lo mejor de si y ha de estarse
atentos a la evolución de esta joven agrupación a
punto de estrenar titular con Alejandro Posada.
Estando muy bien estas escapadas, no hay que olvidar
que el mismo entusiasmo y disposición que músicos y
políticos ponen en ellas, ha
de trasladarse al día a
día, que es con lo que se construye de verdad la
historia de una agrupación. En Nueva York:
sobresaliente. Gonzalo ALONSO
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