CUANDO LA ALTERNATIVA ES VANDALISMO Todos los escenarios en que han actuado los grandes mandatarios mundiales, tanto los que dirigen el terreno político como los que organizan los mares de la abundancia económica, han dejado tras de sí imágenes de guerrilla urbana y un panorama de cristales rotos, paredes con reclamas de mayor justicia social, detenciones y batallas entre policías y encapuchados. Por mucho que se intenten desligar este tipo de acciones reivindicativas de la masa social que ha dado en llamarse antiglobalización, lo cierto es que constituye uno de los flancos que la componen y que, al igual que los demás, propone una alternativa al modelo capitalista que nos rige. La alternativa es la destrucción del capitalismo como modelo único de organización social y económica, por tratarse de un sistema perverso que favorece a los más ricos a costa de hundir a los más desfavorecidos y que nos convierte en esclavos de una cadena de producción y consumo que, al final, tan sólo sirve para lucrar a los grandes. Un sistema salvaje que, entrado en una fase ultraliberal en la que prima el dinero por encima de las personas, necesita de estas dos caras para subsistir. El modo en que se expresan algunos de los grupos que entran en la amalgama de opciones que representa la antiglobalización es esa violencia que inunda las pantallas de los televisores y hace correr ríos de tinta en la prensa de todo el mundo. Violencia social y callejera contra violencia económica, estatal y, en último término, policial. A pesar de lo que se nos intenta hacer creer continuamente, este modo de expresarse no es violencia gratuita. Tiene una reflexión política tras de sí aunque, eso sí, es también una reacción visceral ante unos símbolos que representan a aquellos que cometen estas injusticias sociales: bancos y policía son, respectivamente, la cara visible de la represión y la dictadura del dinero. El debate acerca de la violencia en las manifestaciones no deja de ser engañoso. Todos los sistemas políticos han empleado la violencia y, entre ellos, el actual modelo capitalista es, muy probablemente, el que más. Esta violencia oficial, que se comete de forma legal y con el aval de los estados, no suele percibirse como tal sino más bien como el mal menor. Sin embargo, no hay violencia mayor que la de las grandes instituciones financieras, que condenan a muerte a millones de personas por el hambre y las enfermedades, y la de su brazo armado, la OTAN, que provoca genocidios "humanitarios" allí donde necesita proteger intereses económicos a base de someter a los ciudadanos a la ortodoxia neoliberal. Equiparar semejantes crímenes con los cristales rotos de un Mc Donald's o de una entidad bancaria es una falacia ridícula. Por ello, polemizar sobre los actos violentos durante las manifestaciones antiglobalización oculta un debate de fondo tan evitado como necesario. Es cierto que la violencia no es una solución a los problemas que asolan el planeta. Es cierto que nada va a cambiar por enfrentarse a un policía en una tarde de sábado. Pero también es cierto que los eslóganes y las pancartas no hacen mucho más y que, por encima de todo esto, hay una violencia mayor que sobrevuela nuestras cabezas. Manu Chao, rebelde siempre inquieto por dar voz a los sin voz, se refería recientemente a este tema resumiendo esta misma idea: "La violencia no es nunca una solución, pero te la encuentras en todas partes; la economía mundial es ultraviolenta, mata todos los días sin mancharse las manos de sangre". Quienes discrepan de este modo de expresión en las reivindicaciones populares, argumentan que tales acciones desvirtúan la protesta de la mayoría. Tal vez no estén equivocados pero lo cierto es que, con violencia o sin ella, el contenido político que fundamenta los movimientos sociales siempre resulta deformado por quienes están más arriba y por su aparato mediático. Bien sea por lo "lúdico" y "festivo" de quienes recorren pacíficamente las ciudades pancarta en mano o bien por lo "violento", "vandálico" y "minoritario" de quienes utilizan medios más contundentes. De todos modos, la etiqueta de los antiglobales no va a incluir la base política que los respalda. Ya está establecido que sólo los políticos pueden hacer política, algo que para los demás ha de ser ajeno y lejano cuando, en realidad, es precisamente lo que organiza y controla nuestras vidas. Esta tendencia a la despolitización de los movimientos sociales se ha visto especialmente acentuada en el caso de la antiglobalización, por tratarse de una corriente que podría representar una auténtica alternativa al modelo imperante. |