"SOMOS MILLONES Y EL PLANETA NO ES VUESTRO" Con esta frase del poeta español José Agustín Goytisolo como lema de fondo, un clamor inacabable recorrió las calles de Barcelona los días 14, 15 y 16 de marzo. La ciudad fue, durante esos días, centro de atención de la actividad política. Por un lado, un complejo inmobiliario convertido en bunker, aislado de la realidad, albergaba la reunión de la alta política: la cumbre de la UE. Los gobernantes europeos debatían acerca de sus intereses, jugándose nuestro futuro a la carta más alta. Por otra parte, las calles de la ciudad ardían con la protesta de miles de personas anónimas que se resisten a permanecer inmóviles mientras aquellos que dicen gobernarnos dirigen el planeta por una senda sin retorno. Barcelona, una ciudad de larga tradición revolucionaria a lo largo de la Historia, volvía a tomar el timón de las reivindicaciones populares. Las protestas contra la Europa del capital y el modelo neoliberal que nos rige brotaban por doquier mientras, todo hay que decirlo, buena parte de la ciudadanía contemplaba estas acciones desde el otro lado, como si de algo ajeno se tratara. La rutina transcurría impasible para muchos aunque, afortunadamente, no para todos. Las actividades reivindicativas fueron tan dispares como quienes las protagonizaban: manifestaciones de tipo convencional, comidas populares, cine, conciertos, pintada del mural zapatista de Taniperla (que se ha reproducido por todo el mundo tras la destrucción del original por parte del ejército mexicano), reparto de palomitas transgénicas, caza de lobbies, cócteles molotov, pancartas y un etcétera tan largo que resulta casi inabarcable. Barcelona era una bomba que estallaba a cada momento en puntos muy diversos. Cada cual con su lucha particular pero todos, al fin y al cabo, contra el mismo monstruo. Pese a las dificultades de aunar el mal llamado "movimiento antiglobalización" bajo una misma iniciativa, la manifestación del sábado 15 de marzo, el acto de protesta más multitudinario, reunió a medio millón de personas. Se dice pronto. Tras las protestas de Seattle, Praga o Génova, Barcelona se convirtió en centro de operaciones de la oposición social al capitalismo. Muy diversas formas de luchar pero un mismo mensaje de fondo: insumisión al sistema. No queremos morder el anzuelo de una vida programada, amparados en la dictadura del dinero que todo lo vale y las directrices de unos políticos y empresarios que todo lo deciden. La marcha del día 15 inundó la ciudad de nuevas propuestas y peticiones, aunque tal vez poco conciliables entre sí. Anarquistas, sindicalistas, comités de solidaridad con diversos pueblos (Palestina, Chiapas, Cuba...), feministas, independentistas, ecologistas, centros sociales okupados y autogestionados, antimilitaristas, asociaciones de vecinos y activistas venidos de todas partes a título individual conformaban un movimiento social de lo más diverso, que representa la red de resistencias a la globalización neoliberal. El Frrum Social, representante de los partidos políticos institucionales que se autodenominan "de izquierdas", decidió desconvocar su marcha ante la avalancha de gente que se dio cita en el centro de Barcelona. La respuesta popular fue tan masiva que cuando la cabecera de la manifestación había llegado a la estatua de Colón, final del recorrido, la cola aún no había logrado salir del punto inicial.
El manifiesto, elaborado y leído por los convocantes del acto (Campaña contra la Europa del Capital), afirmaba: "Barcelona es una ciudad ocupada por las sonrisas postizas de la alta política. Amparados en sus fortalezas de cristal y acero, la impunidad está asegurada. Miles de seres fabricados en los laboratorios de la represión aseguran que nuestros gritos no lleguen a sus oídos. Pero el planeta se les ha quedado pequeño, la historia ha ido de nuestra parte y ha dicho que las cosas cambiarán". Tras un llamamiento a la población civil para tomar las calles y la palabra en nombre de la razón, dieron por finalizado el acto. Pero una parte importante de los manifestantes continuó con su protesta a lo largo del Paseo Colón, desatando la furia de los mercenarios del poder. La policía, que había convertido Barcelona en una ciudad completamente sitiada durante los días previos a la cumbre europea, con un despliegue fuera de los límites de lo racional, entró en acción. Golpeó y detuvo de forma indiscriminada a todo aquel que se le puso por delante. El lanzamiento de dos cócteles molotov contra el edificio del gobierno militar provocó su ira, dando lugar a durísimas cargas policiales y enfrentamientos violentos con los manifestantes. Más de 100 detenidos y decenas de heridos constituyen el balance final de la manifestación. La agitación vivida en Barcelona durante los días 14-16 de marzo, primero en forma de actos descentralizados y después en forma de manifestación multitudinaria, fue una nueva muestra de que la lucha, lejos de apagarse, está cada vez más viva. Aunque los mandatarios europeos decidieron, una vez más, hacer oídos sordos ante clamor popular, prescindiendo de las más de 500.000 voces que se levantaron contra ellos en las calles de la ciudad, no hay que perder la esperanza. La lucha contra la injusticia debe continuar. Que no calle la calle. |