EDITORIAL

Cualquier persona que decide implicarse en un cambio social queda sorprendida apenas comienza a profundizar en la cuestión. Los que buscamos una transformación del orden establecido estamos cargados de razones para ello.

A medida que se recopila información acerca de la manera en que está organizada la sociedad, es fácil sentirse impresionado por el número de injusticias que suceden diariamente a nuestro alrededor sin que apenas lleguemos a percatarnos. Cuando el grado de conocimiento es alto, puede costar entender que muchos ciudadanos se abandonen al conformismo compulsivo.

En conclusión, por un lado se siente alegría y optimismo porque pedir un mundo mejor repartido es legítimo y además es muy fácil demostrar a cualquiera que el capitalismo camina hacia la autodestrucción. Por otro lado, el desánimo y el pesimismo nos invaden cuando nos damos cuenta de que el sistema es inexpugnable: controlan el dinero, las armas y los medios de comunicación.

Una vez dentro del laberinto, acude a nuestra mente la idea de usar métodos violentos para enfatizar la protesta y presionarles. Esta sería una de las pocas vías para combatir su monopolio hermético, aunque también sabemos que el uso de la fuerza será rápidamente reprobado por los ciudadanos poco implicados en política, y entonces perderemos la oportunidad de demostrarles por vía del razonamiento lógico que el cambio social es necesario.

Todos esperamos que ese gran grupo de "ciudadanos poco implicados en política" salgan de su conformismo y apoyen decididamente el cambio.

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