SÍMBOLOS

La Alianza del norte ocupó Kabul el pasado 13 de noviembre, sin demasiado esfuerzo tras la huida del ejército talibán. "!Larga vida a América!", "!Larga vida a Masud!" (en referencia al asesinado líder de la Alianza, Ahmed Shah Masud), gritaban muchos de los habitantes de la capital afgana. Me alegro de su alegría, no sin dejar de temer que el remedio quizás sea peor que la enfermedad. Ya veremos, pero en todo caso, éste no es el tema que me ocupa. Pasado el susto, una de las primeras reacciones de los hombres afganos fue afeitarse. Lejos del extraño arrebato de coquetería que el profano pueda interpretar, cortarse la barba al raso después de que te la impongan durante cinco años me parece una reacción más que lógica. Tampoco resulta sorprendente que muchos niños se lanzasen a la calle con sus cometas, una vez abierta la veda, para hacerlas volar. Menos festivo pero igual de justo es que niñas y mujeres vuelvan a ser atendidas, por fin, en los hospitales, y que el personal que se ocupe de ellas pueda ser igualmente femenino.

"Ojalá tuviésemos suficiente gasolina para quemar todos los burkas del país", bromeaba con sus compañeras precisamente una enfermera de Taloquán, contenta, a pesar de las circunstancias, de regresar al trabajo. Para estos menesteres, sin embargo, la gasolina nunca ha representado un gran problema. Cuando hay ganas (y en este caso deben haberlas, y muchas, y justificadas), todo prende, y si no mira que rápido ardieron las banderas de Estados Unidos en todo Oriente Próximo después de los atentados del once de Septiembre. Al ver a los musulmanes por la tele abrasando La Bandera, los norteamericanos rápidamente dedujeron que aquello no podía ser bueno, es más, que de hecho era malo, no malo, malísimo. Y que pese a ser tan malo no se trataba de ninguna de las secuelas de Rambo, porque allí no salía Sylvester Stallone por ninguna parte, y porque tampoco aparecía ningún soviético al que los moritos pudiesen matar para convertirse en buenos. En esto último debía influir el hecho de que la Unión Soviética, en el 2001, ni unión, ni soviética, ni nada de nada, fíjate tú, si el mismísimo Bush invita a su rancho al presidente de Rusia, el país donde viven la mayoría de los soviéticos que ya no son soviéticos, un país tan frío, tan frío, que debe quedar por encima de Alaska por lo menos. Llegados al punto en que los afganos se dedican a chamuscar banderas estadounidenses en vez de ayudar a Stallone a acabar con los soviéticos, que ya estÁn acabados porque por lo visto dejaron de existir por sí solos hace algún tiempo, llegados a este punto, digo, los yankees no entienden nada. Y como no entienden nada, o no al menos de historia y de geografía, pero si poseen un indudable sentido práctico de la vida, mientras Bush bombardea Afganistán, una parte del pueblo estadounidense se dedica a coser banderas en plan desesperado y otra parte a comprarlas en el mismo plan. A lo mejor temen que se las quemen todas y que en un futuro sólo se acuerden de la bandera americana los consumidores de jerseys de Ralph Lauren. Intuyo que lo más seguro es que no teman esto, y el frenesí de las banderas se limite a una muestra de productivo patriotismo. Productivo porque USA, tal como su nombre indica, todo lo usa, vamos, que a todo le saca provecho. Aquí, en España, ante las grandes catástrofes nos dedicamos a inventarnos chistes, y los únicos que si acaso se forran son Arévalo y Paz Padilla. En ese sentido sí que hay que reconocer que tienen una democracia requetedesarrollada.

De la rabiosa actualidad se deduce, y nunca mejor dicho lo de rabiosa, que los símbolos son importantes. Las barbas, las cometas, los burkas y, sobretodo, las banderas. Véase sino uno de los más destacados incidentes que se produjeron durante la manifestación contra la nueva ley universitaria que tuvo lugar en Barcelona casualmente el mismo día en que la Alianza del Norte entró en Kabul. Un joven se encaramó a la azotea del Palau de la Generalitat donde ondeaba la bandera de España, la sacó del mástil y se la arrojó a las masas. De inmediato, los Mossos d'Esquadra fueron a cogerla para evitar que la prendieran fuego. De aquí se extraen, a bote pronto, dos conclusiones. Primera: ensañarse con las banderas siempre está de moda en cualquier tiempo y lugar, y aquí no hay cabida para ningún tipo de debate sobre la superioridad de las civilizaciones. Segunda: banderas ignífugas ya, por favor, hagámonos cargo de que más tarde o más de temprano a alguien se le irá el mechero. Aparte de esto, un enigma que no logro resolver y que ruego al joven tirador (de banderas, se entiende) que me responda en el dudoso caso de que lea esto, es a cuento de qué ese empeño en sacar la bandera de España del Palau de la Generalitat. Seguramente no le gustaba, de acuerdo, yo tampoco me haría un vestido con ella. Reformularé la pregunta. ¿Qué intrincada relación guarda sacar del mástil la bandera española con una protesta contra la LOU? Entiendo que la conclusión inmediata que se extrae de un país en el que resulta imposible hacer caer una ley, por mucho que la inmensa mayoría del colectivo al que afecta se oponga a ella, la conclusión inmediata, repito, es que ese país es una mierda. Eso suponiendo que el joven que tiró la bandera y todos los que desde abajo esperaban expectantes que cayese entre sus brazos para achicharrarla entiendan España como un país del que formen parte. Yo no lo supongo, pero en el fondo, eso aquí es lo de menos. Que España sea un país o no, no la salvará de ser una mierda. Quizás si que la salve gente que quiera hacer caer otras cosas que al estrellarse contra el suelo hagan más ruido que una bandera. Ruido metafórico, se entiende. Estoy hablando de que caiga Aznar de la presidencia del Gobierno, no de poner una bomba en la Moncloa. Volviendo al tema del maltrato de banderas, y a pesar de que no consiga que me quepa en la cabeza desde un punto de vista racional, puedo concebirlo como psicológicamente positivo. Al fin y al cabo, seamos prácticos, ellas son trozos de tela que ni sienten ni padecen y que en cambio pueden ofrecer una terapia sin igual a un montón de estudiantes desesperados. Tal y como van las cosas, las banderas evitarán una crisis nerviosa a nivel mundial, y si no, al tiempo. En esta historia ya sólo me queda un punto oscuro. ¿Por qué el joven que se tiró a la bandera española (para arrancarla del palo, no vayan a pensar mal) antes de que los Mossos d' Esquadra se le tirasen encima (háganme caso y vayan a más manifestaciones), se debió conformar con una sola bandera? Había dos, dos banderas, la catalana y la española. Drapeando armoniosas al viento del mediodía cual PP y CIU aprobando leyes de universidades y extranjería. ¿Por qué el joven sólo se consoló con una?

La ley de universidades nos está permitiendo contemplar curiosas reacciones. En la Universidad Autónoma de Barcelona, sin ir más lejos, uno de los variados actos de protesta fue arrancar las puertas de los lavabos para escenificar que la reforma de la ley universitaria está dejando a los estudiantes en pelotas. A mí y a otra gente extraña nos gustaría al menos poder mear sin tener que acordarnos de la LOU y de la madre que la parió (mis perdones a Pilar del Castillo). Pero no hay mal que por bien no venga, y la nueva ley ha permitido que en las aulas se estén comenzando a plantear interesantes puntos de debate. Como por ejemplo, la concepción de la enseñanza más allá de las clases magistrales en las que un docto profesor suelta el rollo a sus alumnos, que no pueden rechistar siquiera porque no dan abasto cogiendo apuntes. En pro de una educación menos jerárquica, en algunas clases de la autónoma los estudiantes han cambiado la disposición en filas de los pupitres y los han colocado en forma de círculo con la mesa del profesor en medio. Yo aquí no he podido evitar acordarme con una media sonrisa de un antiguo profe mío de Lengua y Literatura. Que hace unos cuatro años me contaba que durante sus años hippies de universitario, un buen día se les ocurrió pensar que a qué venía que el maestro impartiera las clases encima de una tarima, que ni que fuera un bailaor flamenco. Así que, dicho y hecho, cogieron y le desmontaron el tablao al profesor, que por cierto era bajito, y no tardaron mucho en volvérselo a montar porque simplemente, en aquellas aulas en forma de anfiteatro, nadie oía nada a partir de la tercera fila. Llamadme puntillosa, pero a mí lo de oír las clases es una cuestión que de vez en cuando me preocupa, y me pregunto que pasaría si, dada la masificación de las aulas, colocamos a un profesor en medio de un círculo formado por, no sé, ponle sesenta pupitres. A metro de longitud por pupitre, imaginemos a un profesor con voz de jilguerito desgañitándose en medio de un círculo de sesenta metros de diámetro. Y a los alumnos pegando gritos para hacer llegar sus intervenciones hasta los compañeros que están en la otra banda del círculo gigante. Cuando intervenir en clase y de paso darse un respiro cogiendo apuntes a veces es tan fácil como levantar la mano y ponerse a hablar.

Mi padre que me ha pedido que, entre que hablo de esto y de lo otro, lo saque como quien no quiere la cosa en este artículo, acostumbra a decir que todo se lleva en la cabeza. Yo no sé si hoy por hoy esto es así, pero entre otros improbables deseos para un futuro remoto, como que se acabe la guerra, que todos seamos de verdad iguales, y que las ministras dejen de hacerse mechas, creo que no estaría de más que todo se llevase en la cabeza. Porque una vez pierdas la cabeza, no te importará perder también todo lo que lleves dentro, como debió pensar Luis XVI antes de pasar por la guillotina. Por mucho que nos empeñemos, perder la cabeza no es igual que perder la camiseta del Che, la Alfa Industrial o el pin de la independencia. Sí, los símbolos son importantes. Pero, por favor: no perdamos la cabeza.

iguacel leza
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