SIEMBRA VIENTOS Y RECOGERÁS TEMPESTADES

El pasado 11 de septiembre pasará a la Historia como el día en que temblaron, al menos por un momento, los cimientos del capitalismo occidental. Los acontecimientos vividos por Estados Unidos ese martes convulsionaron a medio planeta. No deja de ser sorprendente la imagen de la violencia, la escena del ataque directo a un pueblo, del terror, pese a que EEUU nos tiene acostumbrados a ver cosas similares y aceptarlas como normales. La estrategia norteamericana trata de ser ciertamente más sutil, trata de guardar más las formas, pero el fondo es exactamente el mismo que se encuentra tras los hechos del pasado día 11: la muerte de personas civiles no implicadas directamente en la pugna de intereses que hace girar el mundo.

El devenir del planeta en las últimas décadas y lo insostenible de la situación hacía prever que tarde o temprano sucedería algo grande, un acontecimiento de alcance mundial que pusiera en tela de juicio el rumbo que estaba tomando todo este tinglado. Y así fue. Un ataque de ejecución tan sencilla como secuestrar un avión y estar dispuesto a morir matando demostró que no hacen falta armas muy sofisticadas para sembrar el terror en cualquier lugar y que no hay escudo antimisiles que valga ante la amenaza de que exista alguien lo suficientemente osado como para responder a la insolencia de los Estados Unidos con sus medios modestos. En un abrir y cerrar de ojos y ante la perplejidad de casi todo el mundo, ardían dos de los más emblemáticos símbolos de la omnipotencia norteamericana: el edificio del Pentágono, donde se concentra el poderío militar del país, y las Torres Gemelas de Nueva York, los ventrículos del capitalismo que, desde una esquina de Manhattan, bombeaban sangre y dinero a todo el planeta.


Si bien es cierto que en este ataque han perecido cinco o seis mil ciudadanos americanos de forma injusta, hay otra verdad que no debemos perder de vista y es que EEUU lleva décadas haciendo lo mismo a otros pueblos del planeta, provocando tragedias tanto o más grandes que la que han sufrido ellos ahora y haciéndolo además con pasmosa impunidad. Estados Unidos, los intocables, han pisoteado siempre a todo aquel que ha sido necesario exterminar para conseguir sus objetivos, recurriendo al abuso y al empleo de la violencia más cruda en muchas y diversas ocasiones, y a menudo apelando a extrañas "razones humanitarias" difíciles de comprender. Guerras económicas y matanzas gratuitas, ambas disfrazadas de intereses estratégicos o humanos, en las que mueren personas igual que lo hicieron en el World Trade Center de Nueva York.

En 1991, por ejemplo, durante la guerra del Golfo, Bush padre ordenó la ejecución de 150.000 iraquíes (en aquella ocasión los americanos también hicieron fiesta, como los cuatro palestinos que aparecieron insistentemente en nuestras pantallas tras los ataques del 11-S, en un intento desesperado por provocar la generalización y relacionar al movimiento por la independencia y la libertad de Palestina con el ataque a Nueva York y Washington). Otros 200.000 iraníes fueron asesinados por los iraquíes con armas y dinero proveídos a Hussein por los mismos Estados Unidos que más tarde giraron toda su artillería contra ellos. En Afganistán, años atrás, el efecto del pisotón estadounidense ya causó estragos: 150.000 personas, entre afganos y rusos, murieron a manos de los taliban, creados, apoyados, armados y entrenados también por EEUU. También en Bagdad, donde un bombardeo norteamericano causó 18.000 muertos, en Panamá, invadido en 1989 (también por George Bush padre) con un balance de 10.000 panameños fallecidos o Vietnam (dos millones de muertos durante el intento estadounidense de mantener en el poder a un dictador-marioneta manejado por EEUU), así como en todas aquellas guerras civiles más recientes en que la intervención de la gran águila a favor de uno de los bandos ha provocado bajas muy numerosas en el otro. Por no hablar de América Central (sólo en El Salvador murieron alrededor de 80.000 personas en la guerra sucia, propiciada y reforzada por Estados Unidos), de Somalia (10.000 víctimas en 1990, también por obra y gracia de Bush padre), de Serbia y Kosovo (mucho más recientes), del apoyo a la creación del estado de Israel en tierra palestina o de la intervención norteamericana indirecta en otras muchas cuestiones. Los casos son, en definitiva, incalculables. ¿Alguien pidió justicia en alguno de ellos? ¿O, peor aún, venganza? ¿Acaso es que las vidas de los norteamericanos valen más que las de otras personas? No debemos olvidar que las tragedias que engendran los Estados Unidos son tan bárbaras como las de los otros.


Los Estados Unidos, en su papel de superpotencia, se han paseado por el mundo como dioses, sin bajar jamás de ese pedestal que, creen ellos, les otorga licencia para matar. Han sembrado la injusticia alrededor del globo y han pasado después por en medio de todo ello como el artista que observa su obra con satisfacción, como el Dios todopoderoso que concentra en su mano todos los poderes que manejan nuestras vidas. Como un mago diabólico. Y ahora tan sólo están recogiendo una pequeña parte de lo que han sembrado durante tanto tiempo. Ha bastado con que el odio y la miseria alcanzaran la adecuada tecnología para que el augurio se cumpliera.

Pobreza, injusticia, odio, crueldad,... son algunas de las huellas que EEUU ha ido dejando a su paso. Y ahora se encuentra con que en ese terreno donde la tierra es ya estéril por su culpa, donde la vida ya no es la misma que antaño gracias a la mano ejecutora de la madre patria estadounidense, les han crecido unos hierbajos que reclaman agua, vida y libertad. Es una revuelta contra los desprecios, una venganza contra las humillaciones.

Por eso, ante la situación de psicosis que estamos viviendo, se hace necesario volver la vista atrás y hacer un ejercicio de memoria. La violencia que ha ejercido EEUU directa o indirectamente durante décadas no parece habernos extrañado ni sobrecogido, pese a lo tremendo de las cifras mortales que ha provocado. Pero ahora que es al revés, ahora que Estados Unidos ha sido el blanco de la ira, todos nos llevamos las manos a la cabeza y gritamos "Oh my God!". ¿Por qué cuando son ellos los atacantes nadie se conmociona ni se plantea la venganza? La colonización de nuestra mente es ya tan profunda que llegamos a sentir según se nos ha programado. Somos lo que ellos quieren que seamos. Ojo por ojo, pero según quién sea el que se va a quedar ciego. Eso es.

Tras los hechos ocurridos el 11 de septiembre se nos ha hecho creer que el ataque a Estados Unidos es un ataque a todos nosotros, al mundo entero, a la "civilización" occidental en bloque. La pregunta es: ¿por qué un ataque a España, Palestina o Noruega no lo sería? Quieren un mundo global pero sólo para aquello que les conviene, como por ejemplo unir a todo el planeta entorno a EEUU para auxiliar el orgullo norteamericano, hecho añicos. Y todo esto cuando EEUU ha mantenido durante años una política ombliguista, de pasotismo con respecto al exterior, a todo aquello que quedaba más allá de sus muros. La indiferencia del grueso de la sociedad americana con respecto a estas cuestiones ha servido como el cimiento sobre el que se han erigido las torres de acero de la política exterior estadounidense, que se ha visto con manga ancha para ignorar todo aquello que no fueran conflictos que les hayan podido interesar. Y ahora, que la bala ha caído en su terreno, pretenden que nos cojamos todos de las manos, nos calcemos la bandera estadounidense y corramos a derramar nuestra sangre en su batalla. Tremenda contradicción. Una más.

sirocco
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