¿QUÉ PASA CON GALICIA?

"Es evidente que el glorioso alzamiento popular de 18 de julio de 1936 fue uno de los más simpáticos movimientos político-sociales de que el mundo tiene memoria. Los observadores imparciales y el historiador objetivo han de reconocer que la mayor y la mejor parte del país fue la que se alzó, el 18 de julio, contra un Gobierno ilegal y corrompido, que preparaba la más siniestra de las revoluciones rojas desde el poder. Sólo en este sentido cabe llamar reaccionario a un movimiento que durante sus momentos más decisivos fue realmente espontáneo de iniciativas aisladas, a las que se incorporó gente de todas las clases sociales, que defendían su Religión de la persecución oficial, su familia de la corrupción sistemática, su propiedad de ataques injustos".

Éstas eran algunas de las ideas que recogía Manuel Fraga en el apartado de El alzamiento nacional y El terrorismo rojo, de su libro Así se gobierna España, que editó en 1949 la Oficina de Información Diplomática. Españoles y gallegos llevamos décadas soportando a Fraga, despotricando de él y mofándonos de un personaje que, a voluntad propia, no dejará su parcela de poder si no es con los pies por delante.

¿Qué pasa en Galicia? ¿Por qué se sigue permitiendo esta situación? Es difícil interpretar el porqué de la pervivencia de un caciquismo en Galicia personificado en la figura de Fraga. Tal vez, parte de la culpa es nuestra, por no haber luchado por un cambio cuando todavía existía cierta memoria histórica sobre lo político.

En los últimos 20 años la sociedad gallega ha logrado mejorar: crecimiento de la economía, mejora del nivel de vida, aumento de la importancia de la cultura gallega,... Pero esto no es suficiente, el caciquismo (transformado en clientelismo) se entreteje en toda la sociedad evitando la democratización. Incluso, en las zonas urbanas, cada vez mayores, el Gobierno se esfuerza por tenerlo todo bien atado.

La Xunta de Galicia no actúa por el bien del pueblo; el Partido Popular realiza sus intereses sin importarle otra cosa. Parece mentira que el caciquismo tenga que seguir marcando la historia de Galicia, país que intenta mejorar pero que se ve impedido por los de arriba. El día que Fraga muera estará todo tan mal que no habrá por donde cogerlo.

En Galicia, todavía hoy, las oportunidades de los individuos dependen en gran medida de sus conexiones y vínculos a un poder político que, dado que ha gozado de repetidas mayorías absolutas, posee un amplio margen de discrecionalidad.

El voto, que debiera ser expresión de la libertad humana, de su inalienable derecho a imaginar el futuro, se ve reducido, por el clientelismo, al pago de favores, ficticios o reales, presentes o futuros. El objetivo buscado -es evidente- consiste en impedir una pérdida del control de la sociedad que pondría fin a la tremenda minoría de edad a la que siempre se vio obligada la parte más vulnerable de la sociedad gallega.

A finales del s.XX aparecieron voces críticas como El Manifiesto del Foro Luzes de Galiza, que consiguió llamar la atención respecto a un fenómeno que cualquiera que viva en Galicia conoce, pero que, hasta el momento, no se había convertido en un eje del debate político. Cosa rara, por cierto, pues el clientelismo ha alcanzado tal magnitud que sería necesario preguntarse qué ámbito goza en Galicia de autonomía respecto del poder político.

No la posee, desde luego, la Universidad, obligada a negociar sus presupuestos anualmente y a proceder con cautela e incluso con autocensura a la hora de alzar su voz. En el ámbito de la investigación y de la cultura, los criterios objetivos, de excelencia u oportunidad, se ven sustituidos por mecanismos que intentan cambiar los derechos en favores por los que conviene estar agradecido. De este modo se fijan, además, los límites de lo expresable: conviene no manifestarse críticamente en reciprocidad con el beneficio concedido o solicitado.

Las empresas, incluidas las de los medios de comunicación, son de tan escaso tamaño y están tan sometidas a la influencia de los presupuestos públicos que, como "empresariado asistido", deben mantenerse en un tono en mayor o menor medida progubernamental. La Administración pública sufre un proceso de progresiva privatización a través de fundaciones, lo que permite modalidades de contratación de complejo seguimiento y difícil control. En cuanto a ese ciudadano que se presenta a unas oposiciones que ganan una y otra vez los "mejor preparados" hijos de los notables, ¿qué se puede decir?

Otro ejemplo claro: la construcción del nuevo Hospital de Santiago de Compostela. Se dio el proyecto a un recién licenciado que nunca había hecho construcciones de tal magnitud, y menos un hospital. Resultados: pasillos enormes que deben recorrer día tras día las enfermeras, zonas vacías que no se pueden aprovechar, alguna que otra inundación,... pero ¿dónde está el Servicio de Oncología? ¡Ah! ¡El arquitecto se lo olvidó! Ahora lo están construyendo en el antiguo hospital que ya se había cerrado.

Son muchos, y difíciles de resumir, los factores que explican la extensión de la sociedad clientelar en Galicia. De todos modos, habría que recordar, primero, que la sociedad gallega ha sido históricamente dependiente, y que sus élites, básicamente desempeñaron funciones de intermediación con el exterior, sin un proyecto propio apreciable, y segundo, que esa extensión del clientelismo se produce en un arco temporal en el que coinciden la creación del Gobierno autónomo, las repetidas mayorías absolutas del PP y la avanzada transformación de una sociedad rural en una sociedad terciarizada. La diferencia entre el viejo caciquismo y el clientelismo actual se cifra en ese cambio social y político que ha vivido el país en los últimos veinticinco años, importante, pero incapaz de provocar una redefinición de los objetivos estratégicos colectivos que superase el localismo y la desarticulación.

Para los que esteis interesados en saber más acerca de El Manifiesto del Foro Luzes de Galicia, podeis encontrarlo en esta dirección:

http://www.galeon.com/eironeia

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