LA FURIA DEL GIGANTE

Si la demolición del World Trade Center de Nueva York fue, como dicen, el auténtico comienzo del siglo XXI, la respuesta ante tal acción es la primera de las farsas espectaculares protagonizadas por EEUU en el nuevo siglo. Bienvenidos a otro mundo feliz. Y no olviden abrocharse los cinturones. Habrá turbulencias.

Tras los hechos del 11 de septiembre, y pasado un período de incertidumbre con respecto al modo en que Estados Unidos daría salida a su venenosa adrenalina, se empezó a señalar a Osama Bin Laden como presunto responsable de los ataques a EEUU. Bin Laden, millonario saudí y ex aliado estadounidense entrenado por la CIA (no lo olvidemos), pasó a convertirse en el enemigo público número 1 de la Humanidad pese a la ausencia total de pruebas que implicaran a él o a los Talibán, que supuestamente le daban cobijo en Afganistán. Y entonces comenzó la cacería. Estados Unidos desplegó su potencial propagandístico hacia el mundo y su potencial militar contra el pequeño y debilitado Afganistán, apenas recuperado de los golpes sufridos con anterioridad. Incluso el periódico español El País, una cabecera de corte convencional, señaló el problema de apuntar contra Afganistán: "¿Qué propósito tendría el bombardeo total de un país paupérrimo, que ya ha quedado prácticamente reducido a escombros por dos décadas de guerra permanente?" (El País, Domingo, 23.9.01).

Con motivos o sin ellos, Estados Unidos lleva 2 meses bombardeando territorio afgano. Son los reyes del mundo, ellos no necesitan motivos para campar a sus anchas por doquier. La guerra cuesta alrededor de 30 millones de dólares diarios en gastos militares de parte de los Estados Unidos, y ya son 2.500 las muertes civiles desde que empezó la contienda (según cifras proporcionadas por Al Jazeera, Reuters y Associated Press). ¿No le basta a Estados Unidos la sangre derramada? ¿O es que acaso pretenden llegar a las 7.000 muertes de Nueva York? El tiempo pasa sin que se consiga ni uno solo de los objetivos marcados, sin que se aprecie el más mínimo indicio de avance hacia el fin de la embestida, sin razón. Lejos de Afganistán, en todo el resto del planeta, la labor estadounidense ha consistido en poner en marcha la maquinaria propagandística de que goza occidente para difundir una visión única e ideologizada del conflicto y evitar así que el mundo conozca la verdad que se oculta tras la ofensiva americana. Las mentes de los habitantes del planeta ya han sido adecuadamente formadas para interiorizar sin problemas la necesariedad de las acciones estadounidenses, la tremenda amenaza que representa el "terrorismo" (o lo que ellos entienden por tal cosa) para los intereses del planeta y la importancia de apoyar sin reservas las decisiones de Bush, que ha de guiarnos hacia un futuro mejor. Se nos ha presentado como una lucha mundial contra el terror y así lo hemos creído. Al menos la mayoría.

En principio, el ataque militar a Afganistán parece ser la explosión de cólera de un coloso, la respuesta furiosa de un gigante. Pero de un gigante-bebé, es decir, una nación con una potencia tremenda tras de sí pero que cuenta con un uso mínimo de la capacidad de raciocinio y que, al verse tocada en su orgullo, explota de rabia y revienta de forma impulsiva e irracional contra cualquier cosa que pueda calmar su ira. Sin embargo, pese a la apariencia de estallido colérico (y pese al disfraz de respuesta equilibrada frente a un acto tremendo), en el fondo de la cuestión se encuentran razones calculadas que han llevado a EEUU al despliegue de su fuerza bruta contra Afganistán. Muchos son los motivos que esconde Estados Unidos tras esa actitud de salvación.

sirocco
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