BARCELONA SE LAVA LA CARA (OTRA VEZ)

La ciudad de Barcelona ya está empezando a engalanarse para recibir otro de los grandes acontecimientos que pondrán su nombre en boca de medio mundo. O almenos eso es lo que pretenden sus promotores. Igual que con los Juegos Olímpicos en 1992, el "Frrum de les Cultures: Barcelona 2004" se presenta a la ingenua ciudadanía como un espacio de encuentro entre culturas y formas diferentes de ver la vida, como un modo de estrechar los abismos que aún nos separan de las muchas y diferentes sociedades que comparten con nosotros el planeta, como la hermandad y la unión entre iguales. Es, al fin y al cabo, otra palmadita en la espalda para Barcelona.

Mientras Clos y sus secuaces se apresuran a desintegrar los Encantes y limpiar la zona de las Glorias, dejándola lista para albergar el recinto que supondrá, según dicen, el definitivo estrechamiento de manos entre Barcelona y las culturas del mundo, se observa como esas "culturas" malviven en el mismísimo corazón de la ciudad, sin mano que quiera tenderse hacia ellas ni palmadita en la espalda posible. Son las decenas de personas que habitan en los bancos de la Plaza Cataluña y de tantos otros lugares, esperando el día en que llegue el fin de la hipocresía. Nigeria, Ghana, Sierra Leone, Mozambique, Marruecos,... ellos también representan culturas y modos de entender la vida distintos al nuestro, igual o mejor que lo harán los embajadores y ministros trajeados que visitarán la ciudad en el 2004. Su error es, quizás, que también representan la miseria, la cara fea de un sistema económico que celebra los aciertos y oculta los fallos, una realidad demasiado cruda como para ser aceptada. Ellos viven en los bancos de la plaza, sin papeles ni trabajo, mientras el Ayuntamiento de la ciudad que los ignora monta un circo que le otorgará una preciosa máscara de tolerante e integradora.

Son diferentes maneras de entender la integración. En Barcelona, tal y como ocurre en todo el resto del mundo llamado "desarrollado", la integración cultural se reduce a la existencia de pequeñas y controladas muestras de folklore que los ciudadanos autóctonos y acomodados puedan aplaudir, complacidos de la tolerancia de la ciudad donde viven. Bailes populares de otras zonas del mundo, canciones, vestimentas típicas, gastronomía, conferencias,... la Festa de la Diversitat, un festival organizado anualmente en el recinto ferial de la Plaza España de Barcelona, es el paradigma de esta forma de entender la integración cultural: que bailen, que canten y que nos enseñen cuadros e imágenes de su país, que nos muestren la cara amable de la diferencia. Eso sí, que no accedan a nuestra sociedad como iguales, recibiendo idéntico trato por parte de las autoridades y teniendo los mismos derechos que sus conciudadanos, siendo tan personas como todos los demás. Al mundo occidental le basta con los bailes y los platos tradicionales para darse la palmadita en la espalda. Lo demás le sobra.

Ante tal panorama, la farsa del "Frrum de les Cultures" no es más que un descaro que se permite la ciudad, convencida de que la integración cultural es llenar un recinto con gente de razas diversas y fotografías de países remotos. Sin embargo, no hace falta ir muy lejos para comprender que la realidad es otra bien diferente. Ante tal panorama queda claro que la verdadera integración entre culturas, aquella que supone un enriquecimiento mutuo y una convivencia normalizada e igualitaria, no es más que una utopía en el mundo occidental. Otra utopía más.

sirocco
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