EDITORIAL

El capitalismo es una de las enfermedades más graves que el planeta Tierra ha sufrido a lo largo de su historia, por eso todos tenemos la duda de si esta dolencia le dejará o no secuelas irreversibles.

La respuesta a este sistema autodestructivo está apareciendo en los únicos estratos sociales dónde podía aparecer: el seno de la clase media de los países occidentales. Los habitantes de los países pobres ya están ocupados en conseguir algo para comer, tienen demasiada hambre para protestar, les fallan las fuerzas. Solo las personas educadas en los países ricos entendemos las mezquinas causas de que el mundo funcione así.

Indignados y ya hartos de ver a diario los rostros de los que nos explotan, las personas se han lanzado a la calle para expresar su disconformidad, para que los que llevan una vida opulenta, los obesos de poder, sepan que lo tienen todo excepto el cariño y el respeto de la gente honrada. Es importante transmitirles que nos damos cuenta de lo que hacen, que no somos tontos, y que su mala fe debe pesar como una losa en su consciencia. Si no es hoy, mañana.

Si los acontecimientos siguen un orden lógico, las movilizaciones ciudadanas se multiplicarán en los próximos años, serán cada vez más frecuentes y más numerosas hasta que la situación sea insostenible.

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