RESUMEN-CONCLUSIONES
Dr. Manuel M. Carreira S. J., Ph. D. Universidad Pontificia Comillas - Madrid
John Carroll University (Cleveland-USA)
Observatorio Astronómico del Vaticano.
El conjunto de estudios médicos, arqueológicos, químicos y físicos,
apunta claramente a la conexión directa entre el lienzo de Turín y la
Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. No hay otra posible razón de
que ese lienzo exista, de que contenga la información que en él se
observa, de que se haya conservado y venerado durante siglos. El hecho
innegable de que nadie ha podido reproducir la imagen, ni explicarla por
proceso alguno conocido, lleva también a concluir que solamente un hecho
único en la historia puede aducirse como causa.
Expertos en costumbres de enterramientos judíos, o en razones médicas de
flujos de sangre, tal vez causados por posibles manejos de un cadáver,
pueden encontrarse en desacuerdo sobre detalles inferidos de la sábana.
Pero mientras costumbres y leyes rituales pueden verse como inaplicables
en un caso concreto, de enterramiento provisional y precipitado, las
leyes de la Física no cambian por ninguna circunstancia humana. Por eso
considero el núcleo de la cuestión de la autenticidad de este objeto
único el aplicar criterios de carácter físico a su estudio, al menos
para sugerir procesos posibles, tanto en el sentido de resolver
discrepancias como de proponer alguna idea positiva.
Contra el enorme acervo de estudios y razones en apoyo de la
autenticidad de la sábana, hay solamente un dato discordante: la
datación por Carbono 14. Hay indicaciones serias de que no se han tenido
en cuenta circunstancias que pudieron llevar a conclusiones erróneas al
determinar la fecha, además de fallos metodológicos. Todo esto ha sido
documentado por diversos autores, aun sin implicar falta de objetividad
o fraude en el proceso de medida. Solamente una nueva serie de pruebas,
hechas con todo rigor e interpretadas con todos los factores que
influirían en el resultado, puede despejar el problema de esa datación
incongruente. Y eso debe llevarse a cabo sin invocar hipótesis poco
fundadas física o teológicamente para sugerir que una intervención
sobrenatural modificó el contenido de C14 en el lienzo de una manera
totalmente ad hoc y que lógicamente induce a error y debilita su valor
histórico.
El problema más difícil de solucionar, desde el punto de vista físico,
es el de la formación de la imagen corporal que hace único al lienzo de
Turín. Ninguna hipótesis de producción artificial es compatible con lo
que se observa; tampoco ningún proceso conocido o posible en el contacto
de un cadáver con la tela que lo envuelve. En consecuencia, debemos
aceptar que un hecho de orden sobre-natural ha sido determinante para
darnos la imagen que observamos. El hecho obvio es la Resurrección.
Aun dentro de este modelo explicativo (en el sentido científico, que
indica un punto de vista determinado) no es posible atribuir la imagen a
ningún tipo de desmaterialización que deshace literalmente al cuerpo;
tampoco puede explicarse por forma alguna de radiación en el sentido
normal de la palabra, que implica un comportamiento según leyes
determinadas. Es posible, en cambio, dar una descripción,
cualitativamente coherente con los datos, en la hipótesis de que el
lienzo cayese verticalmente a través de un cuerpo que deja de estar
localizado, de modo que la tela estaría en contacto sucesivo con
diversos niveles de estructura corporal.
La Iglesia Católica nunca ha querido pronunciarse sobre la autenticidad
de la sábana, ni sobre la información que de ella se desprende, ni menos
aún sobre la explicación de la imagen: no es materia de fe el aceptarla
o negarla, ni debe introducirse el aspecto religioso en el estudio. Es
un objeto físico, de interés arqueológico, que tiene que estudiarse como
tal. Pero no hay que cerrar los ojos tampoco a sus implicaciones, sean
éstas positivas o negativas, con respecto a nuestras ideas filosóficas y
teológicas. Ni hay que pedir disculpas a la ciencia si un estudio
objetivo de todos los hechos nos lleva a confesar que algo desconocido
dentro de los procesos físicos normales tiene que invocarse para
explicarla. Y esto sí puede dar una nueva razón de apoyo al testimonio
de quienes dieron su vida por afirmar que Cristo resucitó por el poder
de Dios, para nunca más morir.
La sábana de Turín es, en este modo de entenderla, un complemento
asombroso de los relatos evangélicos sobre la Pasión. Es también una
huella de un hecho maravilloso: la transformación de un cuerpo humano en
algo que existe fuera del marco de espacio y tiempo.
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Habiendo dicho todo lo que, como físico, considero bien establecido
según el raciocinio científico, quisiera ahora añadir algunas ideas
basadas en mis estudios de Filosofía de la Naturaleza. Nada de lo que
sigue influye directamente en lo ya presentado, pero podría abrir algún
camino hacia un entendimiento más profundo de lo que significa en su
totalidad el concepto de resurrección.
SUGERENCIAS FÍSICO-METAFÍSICAS
Ante un efecto único, la imagen de Turín, nos hemos visto empujados a
buscar su razón de ser en un hecho único: la Resurrección de Cristo.
Pero aun así podemos preguntarnos: ¿es la imagen un milagro que la
Omnipotencia divina realiza directamente sobre la tela para dar un
motivo de creer en esa transformación gloriosa de Cristo? ¿Son sus
características buscadas explícitamente para apuntar a esa Persona del
resucitado? ¿O más bien es el mismo proceso de la resurrección el que
tiene como consecuencia propia y natural el influir sobre el entorno
próximo en una forma capaz de explicar lo que procesos físicos normales
no pueden sugerir? ¿Sería de esperar que una imagen semejante se
produjese en cualquier otro caso hipotético de resurrección gloriosa?.
Si respondemos apelando directamente al milagro, exclusivamente
relacionado con el valor apologético de la imagen en el caso de Cristo,
no tendremos mayor posibilidad de avanzar en nuestras explicaciones.
Pero si podemos encontrar razones plausibles de que el mismo concepto de
resurrección nos lleve a esperar una liberación de energía en forma
detectable (en principio), nuestro conocimiento de la materia se
enriquece, y las características de la imagen dejan de ser el resultado
de un fiat sin conexión con la estructura y parámetros de la materia y
su entorno.
Buscando una razón para pensar que en la resurrección pueda darse una
mínima producción de energía detectable, la única base lógica parece
encontrarse en esa deslocalización que sitúa al cuerpo resucitado fuera
del marco espacio-temporal, en un modo de existir real, pero inaccesible
a método alguno de detección por experimento. Y esto lleva a una
pregunta obvia: ¿qué deja de tener el cuerpo material al no estar
localizado? O, en forma equivalente, ¿en qué consiste la presencia
espacial en un lugar?
En la Física moderna la palabra materia cubre, en diversas formas,
todo lo que describimos con términos como "partículas", "energía",
"campos", "espacio", "tiempo". Concretamente, espacio y tiempo son
correlativos con la materia (en su acepción ordinaria), y no tienen
sentido sino después del comienzo explosivo del Universo. No había un
espacio vacío previo, ni un tiempo anterior. Cuando el Universo comienza
a existir, lo hace con una propiedad de localización en un punto u otro
del espacio, en un espacio que no es realmente sino el conjunto
abstracto de localizaciones reales y posibles de la materia físicamente
observable. Una posición determinada es real, y todo movimiento implica
un cambio real, pero un cambio no puede ser real solamente con
referencia a una abstracción.
Es cierto que la Física solamente considera importantes y detectables
las posiciones y los movimientos relativos, relaciones fijas o
cambiantes de distancia de un cuerpo con respecto a referencias
conocidas. Pero el querer reducir toda la realidad de localización y
movimiento a meras relaciones nos lleva ineludiblemente a un proceso sin
fin o a un círculo vicioso. Toda relación se establece entre entidades
ya existentes en sí mismas, y no puede darse un cambio real en una
relación sin que previamente (con prioridad lógica) se acepte un cambio
absoluto en alguno de los términos de la relación.
Nadie discute esto en ninguna rama del conocer, desde la Matemática* y
la Lógica hasta la Física, pero se olvida frecuentemente su exigencia al
hablar de la localización, aceptando sin crítica una posición en que
nada está localizado por sí mismo, y todo lo está por otras cosas en su
entorno; donde nada se mueve realmente, pero todo se mueve en relación a
otros objetos. Ya el mismo Einstein hizo notar que si la Física habla
exclusivamente de movimientos relativos, esto no da derecho a excluir
movimientos absolutos**. La misma salvedad debe hacerse con respecto a
la localización***.
Si la localización exige una realidad absoluta, de carácter accidental y
no directamente detectable por ningún efecto físico distinto de los
producidos por las cuatro fuerzas que acepta la ciencia actual, cabe
especular que, siendo una realidad de orden material, debe tener algo en
común con formas de energía conocidas. Si toda energía es mutuamente
transformable, incluso en masa, también esta energia localizante
(comparable a la energía potencial de un campo) debe ser capaz de alguna
interacción mediata o inmediata, al menos en principio y en alguna
circunstancia más o menos imaginable. En tal caso, se abre la
posibilidad de que al quedar un cuerpo sin localización se libere en
forma observable su carga espacial (aquella parte de la realidad
material que da al cuerpo el estar en un lugar concreto) y que al
hacerlo afecte al entorno físico en algún grado mínimo.
En esta suposición (para lo cual no hay actualmente comprobación
experimental alguna), ya que la naturaleza ni crea ni destruye sino que
solamente transforma, será necesario que algo distinto se manifieste en
la totalidad física. Qué debe ser aquello que se manifiesta, o qué
efectos son de esperar de su actividad, nos es totalmente desconocido:
no hay situaciones de laboratorio en que se produzca una deslocalización
(aunque tal vez ocurra -en un modo análogo- en un agujero negro), ni
otros casos de resurrección gloriosa que permitan establecer reglas o
leyes acerca de sus efectos.
El único valor posible de estas especulaciones sería el reducir la
actividad sobrenatural a su nivel mínimo: transformar a un cuerpo humano
en un cuerpo que, sin dejar de ser verdadera materia, existe a modo
de espíritu, desligado del espacio y el tiempo por regalo de la
Omnipotencia divina. No se pide entonces un milagro encaminado
directamente a producir una imagen sobre el lienzo, con detalles de
formación y de efectos físicos que pueden parecer arbitrarios, sino que
el efecto sobre la tela se presenta como la consecuencia natural de esa
transformación. También parece entonces aceptable el que otros objetos
-como la moneda sobre el párpado- tengan momentáneamente una
participación en los cambios que ocurren en el entorno.
Aplicando el mismo raciocinio, se puede aceptar que el proceso físico,
consecuencia en nuestro mundo material de la deslocalización del cuerpo
resucitado, requiera un tiempo finito, en lugar de ser instantáneo. Y
que haya un grado de proporcionalidad entre la densidad de materia y
su efecto en el entorno. Todo lo cual, en otras hipótesis, tiene que
atribuirse directamente a una elección divina dentro de un hecho
totalmente fuera de la lógica humana. Por el contrario, si se acepta la
realidad de la localización de la materia como una cualidad física que
afecta al cuerpo localizado, es de suponer que esta carga localizante
se manifieste de algún modo al dejar de estar unida al cuerpo. Tal vez
sea éste el origen de la débil energía que marcó a la tela, como
consecuencia natural del hecho sobrenatural de la Resurrección.
Insistiendo en el significado de esta sugerencia en que Física,
Metafísica y Teología, se aúnan para explicar en algún grado lo que no
entendemos: si se diese de nuevo un caso de resurrección gloriosa de un
cuerpo envuelto en un lienzo, sería de esperar una imagen semejante a la
que describimos en la sábana de Turín. En este sentido, es una hipótesis
que intenta salvar los fenómenos con mayor ajuste a ellos que las
otras explicaciones propuestas, como las órbitas elípticas propuestas
por Kepler para los planetas se ajustaban mejor a las observaciones de
sus movimientos que los círculos sobre círculos de Tolomeo o de
Copérnico, aunque ni ellos ni Kepler podían dar una razón física de que
los planetas se moviesen de una forma u otra. Como tampoco podía darla
Newton: por eso se limitó, prudentemente, a su como si... Y de esta
manera debo presentar lo dicho: la imagen tiene las propiedades
descritas, como si se hubiese producido así...
Solamente en estas consideraciones metafísicas he puesto algo mío, fuera
de la presentación más sistematizada de datos y sugerencias de
investigadores cuyo trabajo admiro y respeto. Creo que tal
sistematización y crítica tiene valor independientemente de que esta
última parte parezca o no digna de consideración. Si estas ideas,
actualmente tan fuera de comprobación posible, sirven de semilla para
otras sugerencias más acertadas, me sentiré muy satisfecho.
Dr. Manuel M. Carreira S. J., Ph. D.
Universidad Pontificia Comillas - Madrid
John Carroll University (Cleveland-USA)
Observatorio Astronómico del Vaticano