¿Debo pasear, responsable, un maletín en el metro, autobús, coche dirección oficina, facultad, tienda de tres al cuarto o ministerio de polla en boca y lameculos internos?. ¿Debo sujetar instrumento variado, a saber, escoba en calle, tiza, bisturí en pecho abierto, raqueta en mano o porra en craneo?.
No
fondo de imagenvista oblicua del planeta angel
(solo para invidentes)
¿ Kafka?. Hace muchos años que no lo leo, pero me parece recordar, que en sus textos trata de mostrar la imposible salvación en lo cotidiano. Lo cotidiano como refugio del yo va destruyéndole con una implacable lógica. El yo que aspira a ser sujeto dominador, sin embargo, por mucha que sea su capacidad, no puede controlar su entorno. El mundo, lo exterior que en un principio se muestra prometedor muestra una implacable lógica propia y ajena a la razón del sujeto. Lo externo frente al yo que trata de dominarlo, pero siempre en vano. Un agrimensor, un burócrata, un viajante, un verdugo que ama su poderosa máquina (historia de amor la de LA COLONIA PENITENCIARIA), a pesar de mostrar competencia en cada uno de sus campos de actividad emergen de lo cotidiano a una realidad que no pueden controlar y que les desborda y que proviene de su propia acción, sus pesquisas, sus investigaciones, sus intentos de adaptarse se ven superados. Recuerdan en esto al Edipo de Sófocles. Todo yo es culpable. Lo dice Kafka a través de un personaje que en principio va a a parecer fundamental pero que después se torna insignificante hasta desaparecer de EL PROCESO: EL inspector que le detiene, le dice que se preocupe menos de ellos y que se observe más a sí mismo. Va a ser su propia arrogancia la que le va a llevar ante el cuchillo que le dará muerte. Una muerte vergonzosa, como un perro, creyendo además que esa defensa de la identidad que es la vergüenza fuera a sobrevivirle. El sarcasmo es de una brutalidad extraordinaria. Del mismo modo el insecto en que se convierte Gregorio Samsa es una metáfora del Yo que esa mañana no se ha levantado para ir a trabajar, o más bien, se ha convertido en un horrible insecto para no tener que trabajar. Busca salvación en su habitación, en su familia, su hermana que tanto le quiere, pero esa realidad se va transformando, no es acogedora y se vuelve hostil. Hasta su caparazón y sus patas, apenas se familiariza con ellas, acaban quedando fuera de su control. Al final sólo queda el cascarón seco en la basura.
Son tan ricas sus novelas y cuentos. Hay tantos detalles y una precisión exquisita como la máquina que escribía las sentencias por sus penas a los reos hasta matarlos. Pero la culpa, no es de la máquina, ni de los tribunales, ni de un pueblo pacato, o del trabajo. Siempre es de K.
Decía Adorno que LuKacs supo que Kafka era un
escritor realista cuando estuvo en la cárcel en Rumania. Parto de este
excelente sarcasmo para negar el carácter onírico de su obra.
Nunca me han parecido las obras de Kafka claustrofóbicas, más
bien están iluminadas. Iluminan a ese idiota (Ya lo dijo el tío
Chespir) que todos tenemos hablando en el interior de nuestros cráneos
-no siempre peludos- y que llamamos "YO", ese narrador-payaso que
se cree ombligo del mundo, tanto o más que su hipérbole llamada
Dios. Pero también iluminan sobre el presunto mundo racional del presuntuoso
arquitecto divino, ese tipo "feroz y arbitrario" que como dice Sánchez
Ferlosio pretende tener el "monopolio de las alabanzas". Lo poco
que le queda a Kafka es el sarcasmo hacia sus personajes a los que trata con
una insidia que no tiene desperdicio. De este modo pretendía adquirir
su pequeña dosis de salvación hasta que la tos-risa de su tuberculosis
le recordaba que no importa ser autor o personaje, todo deviene en un mundo
patético y reseco, al igual que sus ocupantes, meras cáscaras
que acaban siendo barridas cuando ya no son pertinentes.