Es
curioso como, a veces, las cosas cobran significado con el tiempo y
los acontecimientos que van sucediendo.
Conocí
a Ariel en 1992, en 4º curso de INEF. Era una de aquellas personas
que tienen suficiente fortaleza como para plegar su vida, meterla en
una mochila, e ir a buscar nuevos lugares donde desplegarla. Había
venido desde Argentina con el firme propósito de convertir su
diplomatura de educación física en una licenciatura. Para
conseguirlo pagó el precio de los supervivientes: trabajar de
lo que hiciera falta, vivir en condiciones difíciles, eliminar
gastos prescindibles,... etc.
Como
todas las personas que miran a la vida directamente a los ojos cada
día, Ariel era una persona sensible, receptiva, con sólidos
valores, con la que se podían pasar horas hablando de cualquier
tema, con una única condición, que atañera a lo
más profundo de la esencia del ser humano.
Acabamos
la carrera, y cada uno de nosotros fue a intentar conquistar su propia
vida. Y cómo acostumbra a pasar, en el camino por conseguirlo,
perdí el contacto con la gente de mi curso. Estamos hablando
del año 1994.
El verano de 1997 tenía una luz diferente. Después de
unos cuantos rodeos empezaba a encontrar mi propia vida. Mi proyecto
profesional (y vital) empezaba a funcionar: una empresa de actividades
en la naturaleza. Ese año estuve gestionando un pequeño
centro de windsurf en Premià de Mar.
Me
alegró mucho la llamada de Ariel. Quería hacer un curso
de windsurf. Para ser sincero, me sorprendió que un superviviente
se permitiese esos lujos, por otra parte más que merecidos. Inmediatamente
le propuse un descuento, en la medida en que me era posible. Pero Ariel
rechazó cualquier rebaja, me dijo que era muy importante para
él pagar íntegramente el curso. Hicimos un trato: tu pagas
el curso íntegramente y yo pago las cervezas de después.
Llegamos rápidamente a un acuerdo.
No
pude esperar a la segunda cerveza para preguntarle el porque de su insistencia
en pagar el curso íntegramente. La respuesta fue sorprendente.
Había realizado un importante planteamiento vital. Había
decidido que no podía continuar pasando de puntillas por la vida,
tenía que dejar el papel de superviviente y hacerse más
regalos, disfrutar más de la vida, quererse más. En realidad
la seguridad no existe, es un espejismo, y todos somos supervivientes,
pero no podemos ser esclavos de la incertidumbre. Al fin y al cabo tan
sólo tenemos una vida y hay que vivirla. La vida no se puede
ahorrar como el dinero. Por que la vida se puede acabar en cualquier
momento, y las vidas ahorradas se pierden.
Aquel
atardecer, Ariel me enseñó más en el chiringuito
de la playa de lo que yo le pude enseñar durante toda una semana
en el agua. Pero yo aún estaba verde...
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El
verano del 2001 era raro, no sé por que, pero era raro. Había
cambiado mucho mi situación desde aquel verano del 97. Realmente
llevaba las riendas de mi vida. Profesionalmente mi empresa no tenía
nada que ver con aquella pequeña escuela de Premià, y
los demás aspectos de mi vida también estaban bastante
consolidados.
Pero a mediados de agosto, tuve la suerte de recibir la visita de mi
amigo Lau en nuestra escuela de windsurf de Sant Pere Pescador. Como
siempre, no le pude dedicar todo el tiempo que se merecía, pero
finalmente encontré un rato para poder hablar. Fue entonces cuando
me dio una noticia terrible: Ariel había muerto. En junio había
empezado a encontrarse mal, era cáncer. Después de luchar
lo indecible no pudo con él. Murió a principios de agosto.
...
No
reaccioné, me quedé perplejo, fui incapaz de asimilar
la noticia hasta talvez 2 o 3 días después. Finalmente,
después de un duro día de trabajo, un cambio se produjo
en mi mente, una revelación espontánea, pero propiciada
por los sucesos que se iniciaron en 1992. Aparecieron significados,
si es que la muerte de una persona puede generar algún tipo de
significado.
Ariel,
una vez más, me dio una lección, incluso cuando él
ya no estaba aquí: Esta vida no nos pertenece, y nos la pueden
robar en cualquier momento. No hay que esperar tiempos ni situaciones
mejores para apurar cada segundo de nuestra existencia. Chapeau, chapeau
… Ariel. Tú tomaste realmente las riendas de tu vida aquel
verano del 97, y yo tuve la suerte de ser partícipe.
Desde aquel verano del 2001 muchas cosas han cambiado en el mundo, una
de ellas es mi vida,... ¡y espero que lo siga haciendo cada día!
No
me considero en derecho de recibir en exclusiva esta lección.
Por esa razón, con esta carta os quiero hacer partícipes
a todos. Tal vez ahora no le encontréis significado, pero guardadla
en vuestras mentes por que algún día lo puede llegar a
tener.
Gracias
por la última lección Ariel, aquí te echamos de
menos...
Liberto
Hannover,
24 de noviembre de 2001