Ignacio
Reyes García
Doctor en Filología ·
Licenciado en Historia
igelliden@gmail.com
Profesional independiente dedicado a la investigación y
desarrollo en Ciencias Sociales y Humanas
I. Líneas de investigación
(a) Filología. Lengua y cultura amazighes
de las Islas Canarias
(b) Historia. Desarrollo del capitalismo y del movimiento obrero
en Canarias.
II. Publicaciones
(a) Libros
(2011) Diccionario
ínsuloamaziq. S/C de Tenerife: Fondo de Cultura Ínsuloamaziq
[ISBN: 978-84-615-0960-7]
(2010) La Madre del Cielo. Estudio de filología ínsuloamazighe.
Prólogo: Jorge Onrubia Pintado. S/C de Tenerife:
Fondo de Cultura Ínsuloamazighe, 2ª ed. [2007: ISBN:
978-84-933287-7-1]
(2007) Diccionario básico de insulismos
amazighes. S/C de Tenerife: Foro de
Investigaciones Sociales [ISBN: 978-84-933287-8-8]
(2006) Voces del poder en el amazighe insular.
S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones Sociales [ISBN: 978-84-933287-6-4]
(2004) El habla de los antiguos gomeros. Estudio histórico-etimológico. S/C
de Tenerife: Foro de Investigaciones Sociales [ISBN: 978-84-933287-5-7]
(2004) Diccionario etimológico de insulismos amazighes. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones
Sociales [ISBN: 978-84-933287-3-3]
(2004) Cosmogonía y lengua en Canarias. S/C de Tenerife: Foro de
Investigaciones Sociales [ISBN: 978-84-933287-2-6]
(2003) Antiguos zoónimos canarios. Prólogo de Juan Francisco Navarro
Mederos. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones Sociales (Filología, 2)
[ISBN: 978-84-933287-1-9]
(2003) El habla prehispánica de La Palma. Estudio histórico-etimológico. S/C
de Tenerife: Foro de Investigaciones Sociales (Filología, 1) [ISBN:
978-84-933287-0-2]
(2002) Acercamiento a las antiguas hablas isleñas. La Laguna: Consejo de
Estudios Científicos (Criba, 1) [ISBN: 978-84-933287-2-4]
(2002) Guillermo Ascanio, la razón comunista. La
Laguna: Consejo de Estudios Científicos (Periferia, 2) [ISBN:
978-84-932787-1-7]
En: Guillermo Ascanio, La
razón comunista. S/C de Tenerife:
Idea, 2006, pp. 7-63 [ISBN (10): 84-96640-84-1]
En: AA.VV., Guillermo Ascanio, comandante del Batallón Canarias. S/C de Tenerife: CCPC, 2007 [ISBN: 978-84-7926-557-1]
(2002) José Miguel Pérez, el maestro comunista. La Laguna: Consejo de
Estudios Científicos (Periferia, 1) [ISBN: 978-84-932787-0-0]
En: José Miguel Pérez, Escritos
revolucionarios. S/C de Tenerife:
Idea, 2005, pp. 7-74 [ISBN: 978-84-96570-14-6]
(2000) Antroponimia antigua de Canarias. Estudio de lingüística comparada. Tenerife:
Baile del Sol / Cabildo de Tenerife [ISBN: 978-84-88671-92-9]
(1998) Estudio etnolingüístico de los antiguos
numerales canarios, Tenerife: Baile del Sol [ISBN: 978-84-88671-53-0]
(1998) Capitalismo y lucha de clases en el campo canario. Ensayo preliminar.
Tenerife: Baile del Sol [ISBN: 978-84-88671-12-7]
(b) Contribuciones a libros
(2010) «Glosario».
En: Hernández González, Fernando, Taucho, la memoria de los Antiguos. La
Matanza (Tenerife): CSB Ediciones, col. Atenai, pp.
150-160 [ISBN: 978-84-614-3004-8]
(2010) «Memoria con futuro». En: AA.VV., Diccionario de la lengua aborigen canaria. Las Palmas de Gran Canaria: IES Franchy
Roca.
[Proyecto docente ilustrado por alumnos de 1º y 2º de la ESO]
(2007) «Guillermo Ascanio, la razón comunista»
[2002]. En: AA.VV., Guillermo Ascanio, comandante del Batallón Canarias. S/C de Tenerife: CCPC, pp. 25-53 [ISBN:
978-84-7926-557-1]
(2005) «Estudio crítico» [2002]. En: Pérez,
José Miguel, Escritos
revolucionarios. S/C de Tenerife:
Idea, pp. 7-74 [ISBN: 978-84-96570-14-6]
(c) Artículos
(2006) «El substrato amazighe en el
español de Canarias». Antiquités africaines (2004-2005) 40-41: 13-27. París: CNRS Éditions [ISSN 0066-4871]
(2003) «Interjecciones del amazighe insular». El
Museo Canario LVIII: 315-329.
Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario [ISSN: 0211-450X]
(2003) «Insulismos amazighes
en el español de Canarias». Revista de Filología 21: 295-307. La Laguna: Universidad [ISSN: 0212-4130]
(2002) «Campos léxicos de la alimentación en el amazighe
insular (I)». Anuario de Estudios Atlánticos 48: 67-107. Madrid - Las Palmas de Gran Canaria: Casa
de Colón [ISSN: 0570-4065]
(2002) «Toponimia herreña en la obra de Abreu Galindo». Tabona 11: 115-130. La Laguna: Universidad [ISSN: 0213-2818]
(2001) «Nombres de armas en la antigua lengua de Canarias». Revista de
Filología 19: 289-311. La
Laguna: Universidad [ISSN: 0212-4130]
(2001) «Toponimia gomera en la obra de Abreu Galindo». Philologica
Canariensia (2000-2001) 6-7: 89-116. Las Palmas de Gran Canaria: Universidad [ISSN:
1136-3169]
(1989) «Crítica de la historiografía burguesa». Periferia 4: 27-47. La Laguna: Aula de Cultura de Historia
(Universidad). [En colaboración con Domingo Garí Hayek]
(d) Ponencias
(2004) «Caracterización etnolingüística de la antigua
población amazighe de Lanzarote y Fuerventura».
Actas de las X Jornadas de Estudios sobre Lanzarote y Fuerteventura: II,
257-278. Arrecife, 24-28 de septiembre de 2001. Lanzarote: Cabildo [ISBN:
84-95938-27-8]
(2004) «Dos endechas en el amazighe insular
del siglo XVI». Actas del XV Coloquio de Historia Canario Americana:
2.276-2.296. Las Palmas de Gran Canaria, 7-11 de octubre de 2002. Las Palmas de
Gran Canaria: Cabildo Insular [ISBN: 84-8103-379-0]
(2002) «Contribución lingüística al estudio de la indumentaria antigua de
Canarias». Actas del XIV Coloquio de Historia Canario Americana:
530-548. Las Palmas de Gran Canaria, 16-20 de octubre de 2000. Las Palmas de
Gran Canaria: Cabildo Insular [ISBN: 84-8103-324-3]
(2000) «Consideraciones metodológicas en torno al estudio de la antigua lengua
de Canarias». Actas del XIII Coloquio de Historia Canario Americana:
1.768-1.792. Las Palmas, 5-9 de octubre de 1998. Las Palmas de Gran Canaria:
Cabildo Insular [ISBN: 84-8103-]
(e) Traducciones
(2006) «El antiimperailismo, ¿es
compatible con la inversión extranjera?». James Petras, «Anti-imperialism :
Is It Compatible with Foreing Investment
?». Indaga 4: 5-24. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones
Sociales [ISSN: 1695-730X]
(2006) «La cruzada internacional contra la corrupción: una respuesta crítica». Ed Brown y Jonathan Cloke, «The International Anti-Corruption
Crusade :
A Critical Reponse». Indaga 4: 25-51. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones
Sociales [ISSN: 1695-730X]
(2005) «¿Necesitamos todavía una Historia de la
Educación: es ésta central o periférica?». Roy Lowe,
«Do we still need history of education: is it
central or peropherical». History of Education (2002), vol. 31, núm. 6, págs. 491-504. En Manuel
Ferraz Lorenzo (ed.), Repensar la
historia de la educación. Nuevos desafíos, nuevas propuestas: 83-104. Madrid: Biblioteca Nueva, 2005 [ISBN:
84-9742-365-8]
(2005) «Fuentes y métodos para la historia del aula». Marc Depaepe
y Frank Simon, «Sources and
methods for classroom history». En Manuel
Ferraz Lorenzo (ed.), Repensar la
historia de la educación. Nuevos desafíos, nuevas propuestas: 337-363. Madrid: Biblioteca Nueva, 2005 [ISBN:
84-9742-365-8]
(2005) «Las intervenciones militares de los EE.UU. desde una perspectiva
histórica». Howard Zinn (2003), «U.S. Military Intervention in Historical Perspective». Indaga 3: 53-65. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones
Sociales [ISSN: 1695-730X]
(2005) «¿Qué significa formar a un trabajador?». Gilles Moreau (2005), «Qu’est-ce que former un travailleur ?». Indaga 3: 101-126. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones
Sociales [ISSN: 1695-730X]
(2004) «El espejo, la retorta y la piedra de toque o ¿qué puede aportar la
literatura a la ciencia?». Jean-Marc Lévy-Leblond
(1993), «Le miroir, la cornue
et la pierre de touche ou que peut la littérature pour la science?». Indaga 2: 159-188. S/C de Tenerife: Foro de Investigaciones
Sociales [ISSN: 1695-730X]
(2003) «Memoria cultural, identidad y sociedad civil». Agnes
Heller (2001), «Cultural Memory,
Identity and Civil Society».
Indaga 1: 5-17. S/C de
Tenerife: Foro de Investigaciones Sociales [ISSN: 1695-730X]
(2003) «Una política de izquierdas para una era de transición». Immanuel Wallerstein (2003), «A Left Politics for
an Age of Transition»
Indaga 1: 101-112. S/C de
Tenerife: Foro de Investigaciones Sociales [ISSN: 1695-730X]
III. Conferencias
(a) Ponencias
(2009) El vocabulario cosmogónico en las antiguas culturas
de Canarias. Curso: El Cielo de los Antiguos. Universidad Ambiental de La
Palma (S/C de La Palma, 28 de julio de 2009)
(2008) Balance de lingüística ínsuloamazighe.
Consideraciones heurísticas, metodológicas y dialectales. VI Congreso
de Patrimonio Histórico. Investigación arqueológica en Canarias: territorio y
sociedad. Cabildo de Lanzarote (Arrecife, 10-12 de septiembre de 2008)
(2003) El substrato amazighe en el español de
Canarias. VII Curso de Arqueología y Prehistoria de Canarias: Los indígenas
canarios: aculturación, asimilación y mestizaje. Cabildo de Gran Canaria /
Museo León y Castillo (Telde, 25 de abril de 2003)
(b) Divulgación
(2012) Las vidas del espíritu en la Antigüedad isleña. Facultad
de Filosofía de la Universidad de La Laguna, 16 de mayo de 2012
(2011) La isla de Doramas. VIII Jornadas Entorno Doramas.
Ayuntamiento de Firgas (Casa de la Cultura, 2 de
diciembre de 2011)
(2011) El pueblo canario entre el viejo colonialismo y el impacto de la
nueva geoestrategia imperialista. Seminario
teórico: Crítica Humanista del Capitalismo Total. Facultad de Filosofía de la
Universidad de La Laguna, 4 de noviembre de 2011
(2011) Memoria lingüística de Benahoare. I Jornadas Atanausú.
Colectivo Grito de Benahoare. Casa Encantada (El
Paso, La Palma), 18 de agosto de 2011
(2011) Voces campesinas de la Antigüedad isleña. II Jornadas Ganaderas. AGATE y Cooperativa La Candelaria.
Casa del Ganadero (San Diego, La Laguna), 16 de julio de 2011
(2011) Lengua y etnia en la Antigüedad isleña. X Encuentro Insular de
Juego del Palo. Ayuntamiento de Granadilla de Abona. Granadilla de Abona, 4 de
junio de 2011
(2011) De la memoria a la historia. I Seminario "Pedro Viterio" sobre Pueblos Originarios. Hotel Gran Meliá
Resort Palacio de Isora (Guía de Isora),
20 de mayo de 2011
(2011) En la voz de los Antiguos. II Jornadas Culturales "Conoce tu
tierra", organizadas por la Asociación de Vecinos Las Tres Calles, Centro
Ciudadano de Tejina, 15 de abril de 2011
(2011) La idea de sociedad entre los antiguos isleños. Logia Aborá (Antigua y Mística Orden Rosa Cruz). Santa Cruz de
Tenerife, 18 de marzo de 2011
(2011) La Madre Cósmica en la tradición de los antiguos pobladores de las
Islas. Logia Aborá (Antigua y Mística Orden Rosa
Cruz). Santa Cruz de Tenerife, 28 de enero de 2011
(2010) El universo espiritual de los Antiguos. III
Jornadas de Astronomía Tradicional. Astro-Tour, Asociación Iruene, Cabildo Insular de La Palma, Ayuntamiento de S/C de
La Palma y Gobierno de Canarias (Salón de actos de CajaCanarias,
S/C de La Palma, 18 de junio de 2010)
(2010) El tiempo de los Antiguos. Jornadas Guanches. Asociación Inekaren (Salón de Grados de la Facultad de Educación, La
Laguna, 26 de marzo de 2010)
(2009) La lengua de los antiguos isleños. Concejalía de Cultura del
Ayuntamiento de Granadilla de Abona. Carpa del Conocimiento, El Médano, 24 de
agosto de 2009
(2009) Chaxiraxi, la sustentadora del
cielo. Escuela de verano de Lucha del Garrote Canario. Pila Ichasagua (Hotel Arenas del Mar, El Médano, Granadilla, 31
de julio de 2009)
(2009) Lengua, mito y poder en la cultura ínsuloamazighe.
Jornadas Guanches. Asociación Inekaren (Colegio
Mayor San Fernando, La Laguna, 28 de marzo de 2009)
(2008) Chaxiraxi, la madre cósmica. Güímar: 1400 - 2008. De Chaxiraxi
a la Bajada del Socorro. Sociedad Recreativa y Cultural Casino de Güímar (Güímar, 4 de septiembre
de 2008)
(2008) Chaxiraxi, la madre cósmica. II
Jornadas Guanches. Alternativa por Los Realejos (Casino de La Cruz Santa, 11 de
julio de 2008)
(2008) La lengua de los antiguos isleños. Ayuntamiento de San Sebastián
de La Gomera (S.S. de La Gomera, 4 de abril de 2008)
(2008) La madre cósmica en la religiosidad isleña. I Jornadas sobre la
Virgen de Candelaria y el Mundo Guanche. Ayuntamiento de Candelaria (Casa de la
Juventud, 28 de enero de 2008)
(2007) Identidad amazighe en las Islas Canarias. “Guanches:
resistencia y pervivencia”. Alternativa por Los Realejos (Teatro Cine Realejos,
27 de julio de 2007)
(2007) La identidad amazighe en el archipiélago
canario. I Jornadas Primavera Amazigh. Asamblea
del Movimiento Estudiantil Canario (Colegio Mayor San Fernando, La Laguna, 8 de
junio de 2007)
(2007) La lengua de los antiguos gomeros. Cabildo Insular de La Gomera
(San Sebastián de La Gomera, 24 de abril de 2007)
(2007) La herencia lingüística de los antiguos isleños. Museo y Parque
Arqueológico Cueva Pintada (Gáldar, 15 de febrero de
2007)
(2004) Lengua, mitos y estrellas entre los antiguos isleños. Biblioteca
Pública del Estado (S/C de Tenerife, 26 de noviembre de 2004)
(2004) La lengua de los antiguos isleños. Biblioteca Pública del Estado
(S/C de Tenerife, 29 de octubre de 2004)
(2000) Léxico de las armas entre los antiguos isleños. III Jornadas
Técnicas de Lucha del Garrote Canario. Concejalía de Cultura del Ayuntamiento
de Arico (Arico, 13 de octubre de 2000)
(2000) La toponimia gomera en la obra de Abreu Galindo. Jornadas
Culturales “Hautacuperche 2000”. Asociación cultural Tagaragunche / Cabildo La Gomera (San Sebastián, 22 de
noviembre de 2000)
IV. Ensayos
‣ CAPITALISMO Y LUCHAS DE CLASES EN EL CAMPO CANARIO (1931-1936).
ENSAYO PRELIMINAR [Tegueste: Baile del Sol, 1997]
Trabajo
redactado en 1992.
INTRODUCCIÓN
El proceso de
formación de la clase obrera canaria quizá no haya registrado un momento tan
intenso y definitivo como el que concurre durante el período republicano
(1931-1936). El movimiento obrero y popular emprende un formidable combate
político e ideológico contra el capitalismo, en el que adquiere una especial
relevancia el papel jugado por los comunistas. Tanto en el terreno organizativo
y propiamente político, con la fundación del Partido Comunista en 1933, como en
el terreno ideológico a través de la redacción, por ejemplo, de las Bases del Frente Único
Revolucionario, su actividad
denota un esfuerzo constante en dos direcciones complementarias: comprender y
divulgar las verdaderas condiciones de realización del capitalismo en Canarias,
así como la estrategia de su transformación revolucionaria.
En las
páginas que siguen se tendrá ocasión de valorar una pequeña muestra, pero muy significativa,
de la producción ideológica que elabora el movimiento comunista canario. Para
ello acudimos a dos de sus más cualificados representantes: José Miguel Pérez,
primer secretario general del Partido Comunista de Cuba (1925) y figura señera
del comunismo canario durante la Segunda República; y Guillermo Ascanio, oficial al mando de la única brigada que,
realmente, defendió del golpe del coronel Casado el Madrid sitiado por las
tropas fascistas, ya en las postrimerías de la Guerra Civil española.
Con todo, los
estudios sobre el desarrollo del capitalismo en Canarias apenas fueron
esbozados por el movimiento comunista durante el quinquenio republicano. La
prensa obrera (principal soporte de su actividad propagandística) se concentra
en reflejar todas las manifestaciones de la coyuntura económica, que encuadran
la situación concreta de las masas trabajadoras del Archipiélago, bien en el
plano sociolaboral o bien en el sectorial. Pero
escasean los análisis estratégicos referidos a la dinámica particular que
desenvuelven las fuerzas capitalistas en Canarias, su nivel de desarrollo y las
formas y métodos de su organización social. No obstante, dos brillantes
aportaciones se apartan de esta regla.
Una de estas
contribuciones pertenece a la breve pero esclarecedora descripción del campo
canario que recrea el histórico dirigente palmero José
Miguel Pérez1, con motivo de celebrarse en el verano de 1932 el
debate parlamentario sobre la Ley de Reforma Agraria, y en abierta polémica con
la intervención que protagoniza el diputado republicano radical Alonso Pérez
Díaz, también natural de la isla de La Palma.
La otra
aportación es mucho más densa y trasciende los meros límites de un
pormenorizado análisis socioeconómico, para convertirse en una propuesta
programática de carácter netamente político. Se contiene en la serie de cuatro
artículos que, bajo el título "La crisis económica y el proletariado
canario", publica el ingeniero gomero Guillermo Ascanio
en el otoño de 1933, también desde las páginas del semanario Espartaco2, que -como es sabido- añade a su condición
de órgano de expresión de la Federación de Trabajadores de La Palma (desde su
fundación en 1930), la de portavoz oficioso del Partido Comunista a partir de
1933.
Como es
natural, tales análisis sobre el desarrollo capitalista en Canarias tienen que
ver con la implantación de este modo de producción en el campo, debido al
predominio histórico que ejerce el sector agrario en la formación y evolución
de la economía del Archipiélago. Ahora bien, la naturaleza y la finalidad
políticas de ambos textos no pueden ser soslayadas, sin riesgo evidente de
amputar en dichas argumentaciones su contenido metodológico más importante, a
saber: que la organización social de cualquier sistema productivo, se configura
históricamente en torno a la contradictoria relación que entablan las clases
sociales en su lucha por controlar el desarrollo de las fuerzas productivas y
de la acumulación de excedentes. La necesidad, por tanto, de fijar las
relaciones de producción en función de los intereses materiales que se adscriben
a los distintos agentes sociales, requiere considerar los elementos políticos
de una relación de poder tan dialéctica como históricamente antagónica.
Hechas estas
matizaciones de orden metodológico sobre el discurso comunista, que
oportunamente será contrastado con las manifestaciones que arman las fuerzas
capitalistas, podemos abordar ahora la reconstrucción de su posición en
relación con la cuestión agraria y la caracterización de la formación social
canaria que la contiene durante el período republicano.
⁂
En otro orden
de cosas, y antes de continuar, debemos advertir que los textos recopilados en
este volumen se presentan con su redacción original. También, quiero dejar
constancia de mi reconocimiento a cuantos amigos y compañeros han tenido algo
que ver en la elaboración y edición de este ensayo. En especial, agradezco a
Miguel Ángel Cabrera Acosta y a Sergio Lojendio
Quintero la amable atención que han dispensado a su lectura y a su discusión.
LA FORMACIÓN SOCIAL
El análisis
que efectúa Guillermo Ascanio proporciona, con toda
seguridad, el modelo más completo elaborado por los comunistas acerca de la
naturaleza de la formación social canaria en ese primer tercio del siglo XX.
El diseño de
ese modelo está penetrado -cómo no- de la teoría leninista sobre el desarrollo
imperialista del capitalismo. Es desde esta perspectiva teórica que cobra pleno
significado su afirmación del carácter semicolonial
de la formación social del Archipiélago. Ahora bien, sus tesis arrancan siempre
de la observación de la realidad concreta.
Para
caracterizar el proceso de realización histórica de ese "régimen semi-colonial", examina detenidamente la participación
de tres factores que expresan el estado de desarrollo y el nivel de
organización de las fuerzas productivas:
1) La producción frutera
constituye la base de la economía canaria, pero en absoluto representa su
factor preponderante. La dominación efectiva del proceso económico corresponde
al sector capitalista dedicado a la exportación frutera, claramente
diferenciado de los elementos productores.
2) La mayor parte de la
producción se verifica en régimen de pequeña y mediana propiedad, bien a través
de la medianería bien empleando jornaleros agrícolas, pero siempre en directa
relación de dependencia con las casas exportadoras o "trust
extranjeros".
3) Un grupo no muy numeroso
de grandes capitalistas isleños y de compañías extranjeras controlan los más
importantes factores económicos de Canarias, convirtiendo el Archipiélago en
una semicolonia que explotan al amparo de la situación
de dependencia que administra el Estado español.
Pero ¿cuál es
realmente el modo como se vertebra este régimen de explotación semicolonial, que -por demás- se vendría imponiendo
al Archipiélago "durante años y años"?
Ascanio afirma que el fundamento
de toda la dinámica de la economía canaria se desenvuelve alrededor de las
actividades exportadoras y en beneficio de quienes ejercen su control, esa
clase que, formada por "grandes burgueses isleños" y "trust
extranjeros", califica de "gran burguesía". Así, hasta la
aparición de nuevos núcleos exportadores en América y la costa occidental
africana, el movimiento de la exportación frutera canaria hacia los mercados
europeos se había realizado en "régimen de cuasi-monopolio" y con una
tasa de beneficios formidables para las compañías extranjeras.
Esta
privilegiada posición en el control de la circulación del excedente confiere a
esa gran burguesía, y en especial a las casas exportadoras
extranjeras, una poderosa palanca de acumulación de capitales. De este modo,
están dadas las bases para que el capital extranjero, en su doble condición de
arrendatarios y de prestamistas usurarios, desencadene un vasto proceso de
modificación de las relaciones de producción en el campo. Y tanto Guillermo Ascanio como José Miguel Pérez convienen en admitir el
contenido capitalista de tal proceso, que -en tan sólo "veinte años"-
habría penetrado ampliamente en el sector agrario, eje
en torno al que gira toda la economía de Canarias.
En
consecuencia, ¿cuáles son las vías que sigue este proceso de penetración del
capitalismo en el campo? Según se deduce del planteamiento expuesto por ambos
autores, los mecanismos que tiende a utilizar el capital extranjero para operar
dicha modificación son básicamente tres:
1) La movilización de las
tierras a través de los arrendamientos capitalistas, incorporadas al mercado y
organizadas en razón de la ley capitalista del valor.
2) La proletarización de
los pequeños y medianos productores independientes, sometidos a una estrecha
dependencia de las casas exportadoras.
3) La concentración de los
"negocios" agrarios (créditos, importación de materiales, etc.) en
manos del capital extranjero. Sin embargo, ¿dónde quedan las peculiaridadessemicoloniales de esa "liberalización" de
las fuerzas productivas (tierras y mano de obra en particular), que distingue a
dichos procesos de transición? En definitiva, ¿cuál es la forma predominante
que adopta la explotación del trabajo social, criterio central -para el
materialismo histórico- en la determinación de la naturaleza de una formación
social?
Ninguno de
estos autores comunistas hace referencia a un proceso de expropiación masiva
que afecte a pequeños y medianos propietarios. Estamos ante un fenómeno de
proletarización sin expropiación de los medios básicos de subsistencia
de la fuerza de trabajo. Lo que invariablemente se traduce, en el discurso
comunista más cercano a las tesis defendidas por Marx y Lenin en este terreno,
en un freno objetivo a la creación de un mercado interior3,
en correspondencia con su condición de formación extravertida o semicolonial
dentro del desarrollo mundial (imperialista) del capitalismo.
En este
sentido, José Miguel Pérez constata ese fenómeno de asalarización, pero referido al campesinado pobre:
Los
campesinos pobres de Canarias, de arrendatarios y medianeros que eran en la
fincas del señor, se han convertido en peones asalariados que sufren la
explotación de los propietarios y de los arrendatarios capitalistas4.
Y añade en
relación al proceso de pauperización que recae sobre los pequeños
propietarios:
que se han visto
obligados a arrendar sus tierras, a las casas extranjeras, bajo contratos
mezquinos y usurpadores, porque ellos no tenían el dinero suficiente para
ponerlas en condiciones de dar una producción mejor5.
Es decir, se
habla de empobrecimiento de las clases medias, en las que se encuentra el
volumen fundamental de la producción agraria de Canarias, pero no se hace
referencia a modificaciones radicales de su estatuto en las relaciones de producción,
como no sea el incremento de su dependencia respecto de las casas exportadoras
extranjeras.
La conclusión
que se sigue de esta argumentación es terminante: ese proceso de asalarización de las clases trabajadoras no es -como se ve-
ni global ni mucho menos absoluto; luego, las relaciones capitalistas no se han
constituido todavía en la forma principal o dominante de explotación de la
fuerza de trabajo. Por lo que otra cuestión se nos revela inmediatamente como
inevitable: ¿qué objetivos persigue la proletarización y qué sentido tiene la
concentración de los "negocios" agrarios en manos del capital
extranjero, si no es la imposición general de las relaciones capitalistas en el
campo?
La
explicación aparece entonces estrechamente ligada a razones de coyuntura. De
una parte, la obtención de una fuerza de trabajo suficiente y barata, que se
consigue "desvinculando por completo al campesinado de todo derecho a la
producción y la tierra"6. Y complementariamente,
arruinar la producción agrícola interior en beneficio de sus intereses
monopolistas. De este modo, una vez eliminada la competencia y controlados
todos los factores del proceso de intercambio comercial, la maximización de
beneficios carecía de obstáculos consistentes. Esta es la política que
despliegan las grandes compañías exportadoras extranjeras, que en la mayoría de
los casos resultan ser filiales de los "trust fruteros" que compiten
con las producciones canarias en el mercado internacional.
Por eso
termina José Miguel Pérez su artículo sobre "La Reforma Agraria en
Canarias" con la siguiente reflexión:
Ya veremos
si aqui en Canarias los arrendatarios extranjeros,
prestamistas usurarios a la vez, se deciden a pasar al plano de propietarios legítimos...7.
O lo que es
lo mismo: el capital extranjero aún no ha tomado en sus manos la tarea de
imponer al Archipiélago la organización de la producción agraria, y por
extensión de la economía en general, sobre una base capitalista. Sin embargo,
su predominio en la esfera de la circulación de los excedentes no se cuestiona.
¿Acaso se adivina aquí alguna suerte de formulación dualista en el planteamiento comunista?
En absoluto.
Ni el salario ocupa por completo la parte substancial en la reproducción de la
fuerza de trabajo campesina ni la agricultura de subsistencia se configura como
un sector independiente del sector exportador. La interconexión entre ambos,
más allá de la tradicional provisión de mano de obra al sector dinámico (o capitalista) por parte del sectoratrasado (o
de subsistencia), proviene de la incorporación de éste a las relaciones de
intercambio capitalista que despliega el sector exportador, y que terminan por
dominar el movimiento general de la economía canaria. Una economía que presenta
en la tenencia de la tierra y en las obligaciones en cierto modo serviles que pesan todavía sobre el campesinado
(caciquismo), el marco más eficaz para la realización de esas condiciones de
explotación capitalista de las fuerzas productivas. Porque, ahora, los pequeños
y medianos campesinos están obligados no sólo a satisfacer las rentas
tradicionales al terrateniente (debido a su condición de arrendatarios y
medianeros), sino que han de participar de las fórmulas capitalistas que rigen
la circulación del excedente (como consecuencia del control casi monopólico que
ejerce la gran burguesía sobre el comercio exterior).
Naturalmente, su ruina y consiguiente proletarización, como advierten Ascanio y Pérez, serán sólo cuestión de tiempo.
Por
descontado, ni las formas de propiedad ni las formas de circulación del
excedente definen la naturaleza de una formación social; sólo el carácter de
las relaciones de producción, el tipo predominante de explotación de la fuerza
de trabajo, determina el estatuto de una formación social. Bien es verdad que
sobre la explotación del trabajo no inciden exclusivamente factores económicos,
aunque la importancia de éstos en el modo de producción capitalista adquiera un
protagonismo realmente hegemónico. Pero no se olvide que la explotación
capitalista del trabajo, la obtención de plusvalor,
viene fijada por la relación entre el tiempo de trabajo necesario para la
reproducción de la fuerza de trabajo (cuyo valor se contiene -poco más o menos-
en el salario) y el tiempo de trabajo excedente. Y, en consecuencia, la
pervivencia de esas fórmulas precapitalistas contribuye
a mantener los salarios por debajo de su valor real, incrementando la tasa de plusvalor (sobreexplotación). De ahí que el proceso de
acumulación se verifique tendencialmente según las reglas de valorización
capitalista. Proceso que, en definitiva, induce y promociona la gran burguesía tanto en el terreno económico como
desde instancias políticas: «La gran burguesía canaria ejerce no solamente un
dominio y una explotación económica sobre el proletariado y los pequeños y
medianos propietarios agrícolas, sino que ejerce, además, la total dominación
política del país»8.
Y he aquí el
problema que más preocupa a los dirigentes comunistas canarios: la extensión
que alcanza ya el control capitalista sobre "toda la vida
del país". Es decir, esa tendencia totalizante
del capitalismo que cristaliza en todos los frentes con el soporte del
"aparato represivo del estado burgués" español, así como por medio de
"su influencia ideológica sobre grandes capas de la población"9. Por lo que la dimensión política
absorbe de forma inevitable el primer plano de cualquier estrategia
alternativa.
LA LUCHA DE CLASES
Como queda
expuesto, el análisis comunista de la formación social canaria se despliega a
partir de dos premisas muy claras:
1) La economía del
Archipiélago se sostiene en la producción frutera,
mayoritariamente organizada en régimen de pequeña y mediana propiedad.
2) La producción agraria
deviene cautiva del sector exportador, debido al doble control, orgánico y político, que ejerce sobre:
a) las condiciones de realización (producción y circulación) del excedente, y
b) el aparato de Estado.
Por
consiguiente, el sector exportador (con presencia, directa e indirecta, e
intereses indudables en la producción) determina el desarrollo de las fuerzas
productivas y, en consecuencia, de las relaciones de producción. Y se podría
pensar, no sin cierta razón, que esta situación viene identificando a la
formación social canaria desde que la conquista europea incorpora el
Archipiélago al mercado mundial. Sin embargo, mientras la actuación del capital
se circunscribe a las relaciones de intercambio, tan sólo condiciona las
relaciones de producción en las colonias induciendo un reforzamiento necesario de las exacciones serviles sobre la
fuerza de trabajo, como medio de optimizar las condiciones de concurrencia al
mercado mundial de esas economías extravertidas. Pero cuando el capital se
decide a participar en la organización social del sistema productivo, mediante
el arriendo de tierras y su conversión en empresas capitalistas, se abre el
verdadero proceso de modificación de las relaciones de producción que hará
variar substancialmente la propia naturaleza de la formación social. A partir
de entonces, emerge ese capitalismo lastrado por la desarticulación de los sectores productivos y custodiado por la intervención
casi hegemónica de agentes externos a la formación social, pero siempre fundado
en la valorización continua del capital.
Convenientemente
fijado el grado de penetración del capitalismo en la producción, la
determinación de la contradicción principal que atraviesa a la formación
canaria de la época se hace evidente para ambos políticos comunistas: entre la
enorme capacidad económica de las fuerzas productivas y la absorción
estructural del excedente por agentes externos, opera la regla del expolio
colonial. Por eso los comunistas repiten con insistencia que el problema que en
realidad se ventila en la sociedad canaria se refiere al control de la
distribución o circulación del excedente, y no tanto a las condiciones de su
origen propiamente dicho.
A partir de
aquí se formulan tanto la constelación de intereses materiales que están en la
base de la definición clasista de los diversos agentes sociales, como la misma
caracterización de sus estrategias económicas y políticas.
Unos
intereses tan dialécticamente vinculados como abiertamente antagónicos, dividen
la sociedad canaria en dos bloques cuyo enfrentamiento objetivo madura con
extraordinaria rapidez hacia posiciones de neta radicalidad. Unos, la gran burguesía, que apuesta por detener la caída de la
tasa de sus beneficios incrementando la explotación sobre las clases medias y a
través de la concentración del capital en sus manos10;
otros, la población laboriosa de las siete islas, unificando esfuerzos en la
conquista de un "gobierno propio" que destruya el poderío burgués11.
Pero
examinemos con más detalle el estatuto económico de las clases sociales, tal y
como se nos presenta por el movimiento comunista.
Reiteradamente
se ha invocado ya el tejido de exportaciones, y de la misma importación de
bienes subsidiarios de la producción, como el grueso del movimiento económico
sobre el que edifica su predominio social la gran
burguesía. Las compañías
exportadoras, se aduce, controlan tanto las operaciones propiamente financieras
como todo el negocio derivado del transporte y tráfico de mercancías por los
puertos canarios.
Los
capitalistas exportadores señalan en cada época del año el precio de los
frutos, cubiertos de todo riesgo por un amplio conocimiento de los mercados
(evolución de la producción y de la demanda, etc.). En cambio, el pago de la
fruta a los productores se aplaza siempre hasta que los exportadores han
vendido la mercancía, lo que les permite disponer de enormes masas de capital
sin ningún interés.
La
intervención, por el contrario, de los pequeños y medianos productores de
frutos en el proceso económico se concreta al cultivo, procediendo luego a la
venta del producto a las compañías exportadoras. Sin embargo, su dependencia
respecto del capital extranjero arranca desde el momento que comparten la
concurrencia al mercado internacional con las casas monopolistas. La
capitalización de la empresa agraria obliga al cosechero a contraer las deudas
que han de lastrar definitivamente su autonomía. Los exportadores facilitan
créditos a corto plazo, con un elevadísimo interés, a los productores
independientes, "dinero que en realidad les pertenece" (pues se trata
del capital circulante que recibe el exportador de manos del cosechero en forma
de mercancías). Y entablan así un régimen de estrecha dependencia que se
extiende también a la compra de guanos, abonos y otros materiales, dando lugar
a ese otro negocio de importación que levantan las casas extranjeras "a
expensas de la exportación frutera".
En
consecuencia, a través del pago diferido y la contratación de préstamos o anticipos
(que pueden ser en forma de materias primas auxiliares de la producción) y de
créditos usurarios con las casas exportadoras a las que vende sus frutos, el
pequeño y mediano productor queda atrapado en una densa red de extorsión y de
clientela económicas.
Como resulta
evidente, todo este extenso negocio de exportación e importación pone a su vez
en movimiento otro negocio no menos rentable, el del transporte,
"generalmente en manos de las mismas empresas, y cuando no ocurra así
beneficiando [a] los exportadores por medio de primas por bulto embarcado, etc."12.
Es por eso
que se puede reconocer en las patronales portuarias de Santa Cruz de Tenerife y
de Las Palmas de Gran Canaria el "núcleo básico de nuestra gran
burguesía", que completa de esta forma un predominio económico que abarca
los principales rubros de una economía esencialmente exportadora. Una
dominación oligárquica que, como resume Guillermo Ascanio, se funda en la siguiente relación de beneficios:
1º El
obtenido por la diferencia entre los precios de compra y venta de la fruta,
generalmente exorbitante.
2º El de
los transportes.
3º Los
intereses obtenidos al capital circulante propiedad de los agricultores, pero
manejado por los exportadores en su provecho.
4º El
negocio de los guanos, azufre, etc.
Aún a
estos "negocitos" habrá que agregar en algunos casos el proveniente
de la carga y descarga de estas mercancías en los puertos de Santa Cruz y Las Palmas13.
La única
competencia interior a este casi monopolio del comercio exterior que detenta la gran burguesía proviene de los "sindicatos de
exportadores", que agrupan básicamente a los cosecheros más renuentes al
control comercial de las casas extranjeras, pero que Ascanio
asimila al sector capitalista por el tipo de su organización empresarial.
Prácticamente
ningún papel relevante se reserva ya a la terratenencia
histórica, que despreocupadamente habría contribuido a poner los recursos del
Archipiélago en manos de las compañías extranjeras por medio de los
arrendamientos. Bien a través de las rentas que percibe por esos arrendamientos
o bien por la explotación de sus fincas con campesinos reconvertidos de
"medianeros a peones asalariados". De este modo, los grandes propietarios no sólo pueden seguir sustrayéndose a
la dominación de los trust, sino que precisamente la gran burguesía se configura como su aliado inmediato,
según advierte José Miguel Pérez14.
Y en
oposición a ese gran bloque oligárquico que dirige la burguesía, nada menos que
el "resto de la población canaria". Una población trabajadora
igualmente compuesta por diferentes clases sociales: de una parte, esa masa de
pequeños productores, "perezosa e inconsistente", que se ha dejado
arrastrar a tal situación de dependencia y sumisión al capitalismo arrendatario
extranjero, que ha condenado al campesinado pobre a la proletarización (debido
al activo apoyo que presta a la gran burguesía); y de otro lado, ese
proletariado agrícola que se resiste a la dominación burguesa, "pobres
mujeres de dos o tres pesetas de jornal y obreros agrícolas de cinco o seis"15.
Y aunque el
discurso comunista es tajante por lo que hace referencia al programa que deben
defender las clases trabajadoras, queda lugar para una crítica muy concreta al
movimiento obrero organizado. Se le acusa de estrechez, cuando no de
inhibición, en la comprensión del "alcance político y social de la crisis
económica", que no se ataja con un programa meramente reivindicativo.
La necesidad de concentrar los intereses y la
acción política de las clases trabajadoras opuestas a la dominación burguesa,
es traducida por los comunistas en un llamamiento a la "unidad de acción
entre las masas del proletariado y de la pequeña burguesía urbana y rural,
siendo su finalidad inmediata la constitución de un gobierno obrero y campesino
canario, que instituiría inmediatamente el monopolio total, en sus manos, del
comercio exterior, y por lo tanto, de toda la exportación frutera"16.
Sin embargo,
de persistir esa política de aislamiento del proletariado respecto de las masas
pequeñoburguesas de la ciudad y del campo, desaparecerían por completo las
posibilidades de contener, y mucho menos transformar, la situación de
dependencia política y económica que sujeta a Canarias al poder del capital y
de su estado burgués, coartando de forma irremediable su desarrollo integral.
El programa
comunista, presentado como la alternativa revolucionaria de las grandes masas
obreras y campesinas, retiene expresamente todo el énfasis de su línea política
en la lucha contra esas tres realidades hostiles a la clase trabajadora y al
progreso de la nación:
1) La situación política de
las Islas Canarias dentro del Estado español en calidad de provincias
totalmente dominadas.
2) El obstáculo que esta
"posición de impotencia" imprime a la formación y desarrollo de una
"conciencia regional propia", sumiendo en la pasividad y la
degeneración la actuación de las masas trabajadoras.
3) Y, naturalmente, el
control monopólico del comercio exterior, y de la economía en general, por la gran burguesía.
En
definitiva, sólo la "segregación respecto del Estado capitalista
español" se prefigura entonces como el medio principal de liquidación de
la base material y política que sostiene a la gran
burguesía, ya que, como
"fracción del capitalismo español", se cobija en todos los resortes y
aparatos represivos que el Estado burgués pone a su disposición.
De todo lo
cual concluyen los dirigentes comunistas que el control de los "elementos fundamentales"
de la economía, presenta una dimensión preferentemente política,escenario
donde se ha de ventilar un importante momento del desarrollo de la lucha de
clases en Canarias (como se venía demostrando con cierta intensidad, por lo
menos, desde 1932 y como a partir de 1934 y, sobre todo, de 1936 quedaría
plenamente confirmado).
LA COYUNTURA
Como
corresponde a una formación extravertida, la economía del Archipiélago ha
vivido desde la conquista continuamente sujeta a la eventualidad de cualquier
variación desfavorable en el mercado internacional. El más leve desajuste en el
transporte, en los precios o en los mercados, por ejemplo, fue siempre motivo
más que suficiente para desencadenar recesiones y crisis de consecuencias la
mayoría de las veces catastróficas para la población.
El estudio de
la evolución del comercio exterior canario ha de suministrar, por tanto,
indicadores preciosos acerca del estado de la lucha de clases durante los
escasos cinco años de régimen republicano. Una lucha de clases que, como
exponen Guillermo Ascanio y José Miguel Pérez, tiene
como eje cardinal el control de las exportaciones.
Así lo
atestigua el enconado enfrentamiento que sacude a las dos fracciones
principales de la burguesía canaria, la agraria y la comercial, durante toda la
coyunturarepublicana17.
Enfrentamiento que sólo quedará amortiguado a partir de 1936, cuando se les
presente la oportunidad de contener el ascenso del movimiento obrero y popular.
Ambas
fracciones burguesas se disputan la hegemonía en el sector exportador,
concitando el agrupamiento de pequeños y medianos productores en torno a las
fórmulas de actuación que cada una promueve. En esta línea, bajo la
denominación genérica de sindicatos
agrícolas se confunden
asociaciones de productores, de productores que acometen tareas exportadoras y
de exportadores compradores de fruta (intermediarios). Naturalmente, los más
fuertes y mejor organizados corresponden a los intereses plataneros y fruteros en
general. Es el caso, en la provincia de S/C de Tenerife por ejemplo, que estos
sindicatos llegan a disponer de unas 2.500 fanegadas, algo más de 1.200
hectáreas de las casi 4.000 que entonces se dedican a este cultivo en Canarias.
Aunque bien es verdad que 1.978 fanegadas pertenecen a los más de quinientos
socios del Sindicato Agrícola del Norte de Tenerife (S.A.N.T.), dirigido por la
clase dominante de La Orotava (caciquismo).
El auge de
estos sindicatos hará que en poco menos de dos años la organización de las
exportaciones deje de estar monopolizada por los intermediarios. En 1931, el
17,23% de la fruta exportada en la provincia de S/C de Tenerife estaba en manos
de las asociaciones sindicales y de esos agricultores-exportadores, mientras
los exportadores compradores de fruta totalizaban el 82,76%. Dos años más
tarde, en 1933, las cifras se habían acercado ostensiblemente: un 40,23% para
los agricultores y sindicatos agrícolas y un 59,76% para los intermediarios18.
Pero el
aislamiento del pequeño productor se mantuvo siempre en niveles muy altos, lo
que inevitablemente le convertía en presa fácil de prestamistas y exportadores
(las más de las veces representados por la misma persona o empresa). Es el
caso, por citar quizás el más significativo, de la actuación
"perniciosa" de la casa Fyffes, filial
europea de la multinacional norteamericana United Fruit Corporation que,
en determinado momento, comunica a sus arrendatarios la rescisión de sus contratos,
"dejando libertad a éstos para disponer de su fruta dentro de un plazo
convenido inferior al señalado en el contrato siempre que le fueran abonados
los créditos que tuvieran recibidos. Los que no pudieron redimir sus créditos
quedaban obligados a venderles su fruta a los precios señalados en el listín de
Fyffes, hasta la cancelación total de la deuda. Dicha
medida no fue comunicada a los arrendatarios solventes y dueños de buenas tierras"19.
En realidad,
como explica al Congreso de los Diputados Ramón Gil Roldán20,
parlamentario tinerfeño por el Partido Republicano Radical, las fincas que se arrendaran
por espacios de tiempo superiores a doce años acabarían por pertenecer a las
compañías extranjeras, cuya arquitectura capitalista moviliza formidables masas
de recursos financieros. Recursos que emplea también -cómo no- en anticipar
préstamos usurarios, con un interés de hasta un 60%, a los pequeños
propietarios que pretenden capitalizar su "pegujal" para hacerlo
competitivo frente a la gran empresa capitalista de las compañías extranjeras.
Como es lógico, en la mayoría de los casos el resultado no será otro que la
esclavización de este pequeño y mediano campesino, condenado a contratarse por
un salario en las tierras que explota alguna de esas casas extranjeras para
subvenir las deudas contraídas.
Esta
situación induce a los sindicatos agrarios a demandar de las autoridades del
Estado la incorporación de Canarias al circuito de crédito agrícola español,
con objeto de permitir a esos pequeños cosecheros liquidar sus lastres
financieros. Sin duda, la dirección de los sindicatos tiene muy presente que
sin esta medida que desbroce el camino, la sindicación forzosa o voluntaria
-que también reclaman del Gobierno- carecería por completo de eficacia.
Tales medidas
se añaden a otras dos no menos importantes en el programa que defiende la
burguesía agraria a través de los sindicatos:
a) La concentración de la
comercialización en torno a las Asociaciones.
b) La rebaja de los fletes
y de los gastos de transporte en general, llegando incluso a establecer una
compañía propia de navegación.
Un programa,
en definitiva, que constituye un ataque en toda regla a la línea de flotación
de la burguesía comercial, a la base misma de su palanca de acumulación: las
condiciones de realización de las relaciones de intercambio.
Precisamente
alrededor de los fletes estalla una de las pugnas más intensas entre las dos
fracciones de la burguesía. Aunque nunca fueron rebatidas de forma consistente
por la burguesía comercial, el SANT aduce cifras contundentes relativas a los
ingentes beneficios que reporta a las consignatarias y navieras los fletes y
retornos cargados a las mercancías exportadas. Cifras, por demás, que
proporcionan una información considerablemente valiosa a la hora de calibrar el
verdadero alcance de la tesis central que postula Guillermo Ascanio:
la naturaleza semicolonial de la formación social
canaria.
Aunque la
balanza comercial canaria presenta un déficit crónico durante el período republicano21,
las compañías navieras no sufren mermas de consideración en sus beneficios. El
aumento del coste de sus fletes garantiza en todo momento la sustentación de su
tasa de ganancia, más allá de la episódica caída que sufren las exportaciones
canarias a partir de 1932 (alcanzando niveles inferiores a los registrados en
1930). Claro que a esta regularidad en su proceso de acumulación contribuye
también la ligera insinuación alcista que recorre los volúmenes de mercancías
importadas desde 1930, a pesar de perder un 36% de su valor y de reducirse en
un 60% el valor del saldo a favor de las importaciones desde los primeros
momentos del período republicano (que coincide con la primera gran crisis de
sobreproducción capitalista de los años 1929 a 1931).
Por ejemplo,
la propia Compañía Transmediterránea, que monopoliza los fletes a España,
utiliza dos baremos distintos según se apliquen las tarifas a embarques
canarios o españoles. Así lo explica el SANT en uno de los innumerables
artículos con que inunda las páginas de cualquier publicación periódica de la
época:
Bueno es
recordar que la Transmediterránea devuelve a los embarcadores de Baleares el
treinta por ciento de su flete anual, cuando éste llega a 150.000 pesetas. Para
los embarcadores canarios tiene una escala en que sólo los excesos sobre un
volumen determinado alcanza el tipo superior máximo, que es el diez por ciento
sobre las cantidades que exceden a 150.000 huacales, o sea, sobre un flete
mayor de 800.000 pesetas; es decir, la tercera parte de los concedido a
Baleares sobre fletes más de cinco veces menores22.
El registro
de citas podría hacerse interminable, por lo que resumiremos algunos datos
significativos en relación con el coste medio de los fletes:
a) A los puertos franceses
(principal mercado para el plátano), entre 12 y 15 pesetas por huacal, lo que
equivale a unas 140 pesetas de media el transporte de la tonelada23.
b) A los puertos españoles,
entre 6 y 8 pesetas por huacal, lo que hace una media de 75 pesetas la
tonelada.
c) A Hamburgo, 12 pesetas
por huacal y a Londres, 8 pesetas por huacal24.
Sirva de
comparación que el cargo por fletes en el transporte de cereales de Buenos Aires
a Tenerife era inferior a 32 pesetas la tonelada25.
En consecuencia, el valor de los fletes que satisfacían los embarcadores canarios
a los armadores de estos buques dedicados al transporte y tráfico de mercancías
ascendía anualmente a una cifra que ronda los 50 millones de pesetas:
Resulta
que estamos pagando 47 millones de pesetas, por un transporte que puede hacerse
con 17 millones. Perdemos, por tanto, 30 millones de pesetas anuales. Esto, sin
contar el producto de las cargas de retorno y del pasaje. [...] El resultado de
las expediciones realizadas en el presente año [1934], desde enero a mayo [...]
Se han efectuado en ellos 188 expediciones a Inglaterra, Francia, Alemania y
España, abonando por fletes un total de 22.898.923 pesetas. El coste de estas
expediciones a 1.200 libras esterlinas cada una, al cambio de 37 pesetas,
representan 8.347.200 pesetas. Se ha pagado de mas en
esos meses, 14.552.723 pesetas o sea 97.000 pesetasdiarias26.
A la vista de
estos datos, se comprenderán con facilidad las diversas maniobras que
formalizan ambas fracciones de la burguesía canaria para tomar el control del
tráfico de mercancías. Maniobras que incluyen hasta la exportación de
capitales, como es el caso del sector comercial de la provincia de Las Palmas
que financia el cultivo del plátano en la colonia francesa de Guinea (Conakry).
Y es que el
volumen de negocios que había movilizado el sector platanero en Canarias hasta
1934 se calculaba ya en un capital no inferior a los 2.000 millones de pesetas
oro, según las estimaciones que expone José Mateo Díaz, profesor mercantil
ayudante de la cátedra de Economía Política y Estadística de la Escuela
Profesional de Comercio de Las Palmas, en su obra Esquema de historia económica de
las Islas Canarias, publicado
ese mismo año de 193427.
Unas cifras que hablan con absoluta claridad de la fantástica capitalización
que requerían los cultivos de exportación y, por consiguiente, del completo
dominio que imprime este sector a la organización social del sistema
productivo.
Debe tenerse
en cuenta que "una hectárea de plátanos con agua propia en la isla de
Tenerife [...] [vale] De 30.000 a 40.000 duros, de 150.000 a 200.000 pesetas
una hectárea; más que lo que valen en Castilla algunas fincas de pasto y labor"28.
Si a esto agregamos que el funcionamiento de la agricultura canaria absorbe
cerca de 2.000 toneladas métricas de materias primas auxiliares (entre abonos
químicos, insecticidas, rafia o papel kraft para
el empaquetado, madera para los huacales, etc.), tendremos que tanto el mercado
como la propia capitalización de las empresas agrarias operan, con
extraordinaria violencia, a modo de factores organizadores de la economía.
Bajo estas
condiciones, los pequeños y medianos propietarios no sólo quedan marginados de
las posiciones de control económico, sino que se ven abocados al endeudamiento
y a la proletarización más irremediables. Lo cual, en
absoluto podía resultar ni mínimamente atractivo, teniendo en cuenta las duras
condiciones de existencia de la clase obrera del campo.
La dinámica
del comercio exterior canario, azotado por las fluctuaciones de los precios, la
evolución de la demanda en los mercados internacionales, los sistemas de contingentación de las importaciones impuestos por muchos
de estos mercados, junto a los mecanismos de compensación y de protección de
sus propias producciones coloniales, tampoco podemos decir que se aparte
radicalmente del conjunto de problemas que afecta al comercio exterior español
(o al de cualquier economía dependiente en general). Como afirma M. Tuñón de
Lara, "la economía agraria [española] no tenía problemas de producción,
sino de sostenimiento de precios"29. Lo que influye
necesariamente en el descenso de los salarios en el campo, que en 1931 el
ministerio de Largo Caballero estableció en 5 pesetas, y en el aumento del
paro, que no deja de crecer desde finales de 1933 hasta totalizar el sector
primario más de la mitad de la población activa desempleada30.
La situación
en Canarias, con un predominio mucho más acuciante y extenso -estructural- de
las fórmulas de extraversión, llega a ser verdaderamente insostenible para los
obreros campesinos que, en 1934, protagonizan en Tenerife una de las huelgas
más firmes y consecuentes de la historia del movimiento obrero canario.
Espoleadas
por la crítica coyuntura del negocio frutero, las patronales agrarias deciden
liberalizar los salarios y las modalidades de contratación, soslayando los
acuerdos y compromisos legales adquiridos con los trabajadores. Éstos responden
durante un mes con una huelga que pone en marcha muestras de combatividad y de
solidaridad en el seno de la clase obrera de un alcance desconocido hasta
entonces. Bajo la dirección de Florencio Sosa Acevedo, anterior alcalde
socialista del Puerto de la Cruz, y un nutrido grupo de cuadros socialistas
radicalizados (que terminan por integrarse en el Partido Comunista), los
obreros campesinos (de la tierra y de empaquetados) se lanzan a una sistemática
campaña de sabotaje: de líneas del tendido eléctrico, de las fincas, atarjeas,
estanques, pajares, viviendas de los propios patronos y enfrentamientos contra
esquiroles y fuerzas de Orden Público31.
Pero, además, estas medidas se combinan con la asistencia a los hijos de las
familias de huelguistas en peores condiciones económicas por familias obreras
de otros municipios.
En esta
ocasión, todo termina con la implantación del estado de guerra en la totalidad
del territorio del Estado español, como respuesta de la clase dominante a los
acontecimientos revolucionarios de octubre de 1934. Tan sólo un alarde antes de
su definitiva embestida dos años más tarde.
NOTAS
1.
"La Reforma Agraria en Canarias", Espartaco, 27 de agosto de 1932. ▲
2. Espartaco, 28 de octubre y 4, 11 y 18
de noviembre de 1933. ▲
3. Ver MARX, Karl: El Capital. Libro I, vol. 3, Madrid, Siglo XXI, 2ª
ed., 1980, págs. 932 a 937 (y en particular la pág. 935). Así mismo, ver LENIN,
V. I.: El desarrollo del
capitalismo en Rusia, Moscú,
Progreso, 1975, págs. 25 a 27. ▲
4. Ver PÉREZ, José Miguel: op.
cit. ▲
8. Ver ASCANIO, Guillermo: op. cit., IV. ▲
10.
Ver ASCANIO, Guillermo: op.
cit., I. ▲
11.
Ver ASCANIO, Guillermo: op.
cit., IV. ▲
12.
Ver ASCANIO, Guillermo: op.
cit., II. ▲
14.
Ver PÉREZ, José Miguel: op.
cit. ▲
16.
Ver ASCANIO, Guillermo: op.
cit., IV. ▲
17.
Para los aspectos políticos de
este enfrentamiento, ver CABRERA ACOSTA, Miguel Ángel: La Segunda República en las
Canarias Occidentales, Tenerife,
1991. ▲
18.
Cfr. SANT: Las soluciones precisas a nuestra crisis
platanera, La Orotava, 1934, pág. 14. ▲
20.
Ver "Intervención de Gil
Roldán en el debate agrario", La
Prensa, 16 de septiembre de
1932. ▲
21.
Cfr. ALONSO LUENGO, Francisco: Las Islas Canarias, Madrid, 1947, págs. 305 y 308, y
RODRÍGUEZ Y RODRÍGUEZ DE ACUÑA, Fernando: Formación
de la economía canaria (1800-1936), Madrid,
1981, págs. 131 y ss. ▲
22.
Ver SANT: "La solución de
la crisis platanera no admite dilación", La
Prensa, 5 de abril de 1934. ▲
23. La tonelada está constituida
por una media de 11 huacales que ocupan aproximadamente tres metros cúbicos y
medio. ▲
24. Ver SANT: Las soluciones precisas a nuestra crisis
platanera, La Orotava, 1934, pág. 12. ▲
25.
Ver FERNÁNDEZ DEL CASTILLO,
Daniel: "Sobre la crisis de la exportación frutera y sus soluciones", La Prensa, 22 de agosto de 1934. ▲
26.
Ver PADRÓN MORALES, F.:
"Cartas", La Prensa, 28 de julio de 1934. Reproduce estos
datos también Luis BENÍTEZ DE LUGO Y VELARDE, presidente del SANT, en La riqueza exportadora de la Provincia, La Orotava,
1934, s./p., donde expone interesantes reflexiones e
informaciones acerca de los antagonismos entre las fracciones comercial y
agraria de la burguesía. ▲
27.
Sobre estos datos y las equivalencias de las pesetas
oro en pesetas de moneda corriente que se expresan seguidamente, ver MATEO
DÍAZ, José: op.
cit., págs. 46 y 275
(respectivamente).
Equivalencias de las
pesetas oro:
1930 = 1,61 ptas. moneda
corriente.
1931 = 2,02 ptas. moneda
corriente.
1932 = 2,40 ptas. moneda
corriente. ▲
28.
Ver MORALES DE LAS POZAS,
Gustavo: Captación de aguas
subterráneas y su influencia en la economía nacional, citado por La Prensa, 27 de agosto de 1932. ▲
29.
Ver TUÑÓN DE LARA, Manuel: La II República, Madrid, Siglo XXI, vol. 2, 3ª ed.,
1976, pág. 100. ▲
31.
Según informa La
Prensa, 16 de noviembre de
1934, se crean dos compañías de la Guardia Civil: una con residencia en la
capital, Santa Cruz, y la otra en La Orotava. ▲
‣ JOSÉ MIGUEL
PÉREZ, EL MAESTRO COMUNISTA [La Laguna: Consejo de Estudio Científicos, 2002]
Trabajo
redactado en 1993.
La investigación
que substancia las páginas de este estudio arranca en 1985. Su estímulo se
debió al profesor Manuel de Paz, a quien deseo agradecer también su
colaboración desde entonces. La misma gratitud que guardo al fallecido Juan
Pedro Ascanio y a Floricel
Mendoza, que tuvieron la cortesía de compartir conmigo sus reflexiones y su
memoria. Un agradecimiento que quiero extender, además, a Miguel Ángel Cabrera
y a José Víctor Morales.
INTRODUCCIÓN
Mediante el Decreto número 1.861 que lo declara «extranjero no
deseable», la dictadura del general Machado expulsa de Cuba el 3 de septiembre
de 1925 a un joven maestro palmero. Detenido en la madrugada del 31 de agosto,
apenas había podido ejercer durante unos pocos días sus nuevas responsabilidades
políticas. Desempeñaba las funciones de Secretario general del Partido
Comunista, cargo para el que había sido elegido por el primer congreso nacional
de las agrupaciones comunistas de Cuba. Durante algo menos de dos semanas
recorre numerosos centros de trabajo, ocupado en difundir entre las amplias
masas de obreros y campesinos el programa de la revolución socialista. Pero las
autoridades cubanas reaccionaron sin dilación. Inmediatamente se dictó orden de
prisión contra los trece delegados que asistieron a los trabajos del congreso,
celebrado clandestinamente en La Habana los días 16 y 17 de agosto de 1925.
Confinado en
una fragata de la marina de guerra, José Miguel Pérez y Pérez es trasladado
posteriormente al vapor holandés «Spardaam» y conducido
a España. Una vez allí, sufre prisión en Vigo durante un mes, hasta que las
autoridades comprueban que no era otro de tantos canarios que cruzaban el
Atlántico para eludir el servicio militar. En febrero de 1926, agotadas por
completo las posibilidades para un regreso que ya nunca se producirá, se reúne
con su esposa, Sara Pérez, y con su hija Estelfa en
la isla de La Palma, en cuya capital había nacido un 8 de diciembre de 1896.
Más allá de
los escenarios donde el discurrir de los acontecimientos coloca a José Miguel
Pérez, en realidad su vida aparece ligada a dos circunstancias definitivas. Una
de carácter objetivo: la constitución imperialista del capitalismo. Y otra más
subjetiva: su temprana opción de lucha contra la injusticia social.
Estas primeras
páginas de introducción están dedicadas al análisis de ese desarrollo
capitalista. Más adelante, se dispondrá de la posibilidad de seguir la pista a
su representación en Cuba y en Canarias, donde transcurre la vida de nuestro
personaje.
Sin embargo,
conviene establecer dos advertencias. La primera se refiere al peso que
adquieren en esta obra los contenidos ideológicos: tan sólo un reflejo de la
importancia que le concede el propio José M. Pérez. No en vano, su formación
inicial, más liberal que socialista, impregnará de cierto idealismo sus
posiciones. La segunda observación tiene que ver con la prolija exposición de
su estancia cubana: una demanda de la historia. En la Gran Antilla
conoce las elaboraciones leninistas acerca de las clases sociales y de la
revolución, se enfrenta al imperialismo, aprende el uso político de la
cultura... En ese período, por tanto, forja el grueso de los conocimientos
teóricos y de la experiencia política que aplica a su militancia social.
1.
TRANSICIÓN AL CAPITALISMO EN LAS COLONIAS
Las líneas
que siguen no contienen una reconstrucción sistemática del amplio debate
suscitado en torno a la «transición en la periferia». La bibliografía publicada
al respecto en castellano es suficientemente abundante y accesible1. No obstante,
a continuación se refiere una somera caracterización de este proceso, que opera
como base objetiva en torno a la que se desenvuelve la historia contemporánea
de Cuba y de Canarias.
Es sabido que,
durante los siglos XV y XVI, la expansión colonial, cuyo eslabón decisivo fue
la conquista de América, proporciona a la ascendente burguesía europea recursos
imprescindibles para edificar la gran producción capitalista. Unos recursos de
tanta importancia como los que obtiene de la violenta expropiación de tierras
impuesta a los campesinos europeos. A continuación, la política mercantilista
de los siglos XVII y XVIII consolida los rasgos que van a definir la
mundialización de las relaciones económicas: la interdependencia y la
desigualdad. Pero sólo con la revolución industrial se desencadena la apertura
de una nueva fase de expansión y de vertebración mundial, que habrá de
transformar radicalmente las relaciones internacionales.
La división
internacional del trabajo y de la producción quedará dominada por el movimiento
de la acumulación de capital en los centros industriales. Monopolios y
exportación de capital se erigen ahora en condiciones cardinales de la
realización de beneficios siempre superiores. Así se manifiesta la ley de la
reproducción capitalista, que exige la aceleración continua de la acumulación,
de la extracción de plusvalor y de la explotación de
las fuerzas productivas. En este proceso es en el que realmente cobra sentido
la política librecambista, que impulsa el capital británico desde mediados del
siglo XIX: forzando una transición inducida y, por consiguiente, dependiente
del exterior en las colonias.
En la base
del desarrollo capitalista en las colonias se encuentra, sin duda alguna, la
estrecha vinculación de su estructura económica al mercado mundial. El libre
comercio representó la apertura de nuevos mercados para las manufacturas
británicas y la obtención de materias primas baratas. Pero ese carácter extractivo o parasitario de la explotación colonial,
obstaculizó también las posibilidades de un desarrollo interior de la
producción industrial en las colonias. Esta es la forma que adquiere
históricamente la expropiación sobre los productores directos en las regiones
satelizadas por el capitalismo, integradas más o menos violentamente en la
producción para el mercado externo. De este modo, se introduce un cambio
substancial en el mercado de trabajo y en las relaciones sociales: los
productores desposeídos de los medios de producción y subsistencia son
condenados a la proletarización o bien expulsados de la organización del
sistema productivo a través de la emigración, «uno de los más proficuos de sus
negocios [coloniales] de exportación» (Marx 1980: 881). Un procedimiento que,
además, contrae la capacidad de consumo y añade otro obstáculo a la formación
de un mercado interno, neutralizado por la desarticulación y la extraversión
del aparato productivo. Por consiguiente, la importación de manufacturas
extranjeras no sólo desvía hacia el exterior el excedente producido en la
colonia e impide su industrialización, sino que prepara la emergencia de las
relaciones capitalistas en la esfera de la producción.
Ahora bien,
sólo cuando el desarrollo industrial, cuando el movimiento de la acumulación de
capital en las metrópolis, requiere la constitución de monopolios como base de
su reproducción ampliada, es el momento para las colonias de recibir un
formidable aporte de capital desde el exterior. Y justamente aquí entra en
juego la modificación de la estructura misma de estas formaciones sociales.
Porque el territorio que abarca esta transformación se extiende por el conjunto
de la totalidad social.
La
penetración de capitales extranjeros tenía por objeto, qué duda cabe, provocar
la máxima expansión de las actividades exportadoras y, en consecuencia,
profundizar el proceso de centralización de la economía colonial en torno al
sector exportador. Y el medio consistió en promover el desenvolvimiento general
de las fuerzas productivas, invirtiendo (directamente) o financiando (con
frecuencia de forma privilegiada) el desarrollo de los medios de producción
(transporte, minería, etc.) y reformando la estructura agraria. Luego, a estos
cambios debía corresponder una modificación profunda de las relaciones de
producción, creando nuevas condiciones y formas de explotación del trabajo
social.
En efecto,
adaptar el sistema productivo agrario a las «modernas» condiciones económicas
capitalistas, de producción de plusvalor y
concurrencia al mercado mundial, demandaba esencialmente la «liberalización» de
la tierra y de la fuerza de trabajo. Este es el origen del proceso de «reforma agraria liberal», que integra el
mercado de tierras y de mano de obra al movimiento de la acumulación (extravertida)
de capitales. Pero la organización social del sistema productivo conserva
elementos peculiares:
[...] el
asalariado típico, el proletariado completamente desposeído de medios de
producción no fue [...] la forma de trabajo predominante. Entre el peonaje
próximo a la servidumbre y el asalariado libre, sobreviven, y en muchos casos
aparecen, toda una gama de situaciones intermedias (Santana Cardoso y Pérez Brignoli 1981, II: 31).
Lo que, sin
embargo, no confiere a esos «sectores de producción no capitalistas» la
capacidad de regir la reproducción de la fuerza de trabajo. La relación
salarial no constituye, esto es cierto, la forma predominante de trabajo
durante el proceso de transición al capitalismo en las colonias. Pero conviene
no perder de vista que la sobreexplotación del trabajo a través de las
exacciones serviles, proporciona excelentes condiciones para maximizar la
participación del capital en las relaciones mercantiles internacionales. Por lo
que diversas fórmulas de dependencia personal se mantendrán activas, al menos
hasta que el arrendatario capitalista (directa o indirectamente siempre
relacionado con el capital extranjero), adquiera la propiedad de las tierras y
generalice las relaciones capitalistas en la agricultura.
En cualquier
caso, un factor esencial se mantiene constante: la naturaleza de la dependencia colonial respecto de los centros
metropolitanos, que se sigue substanciando en torno al control del proceso de
acumulación de excedentes. Un control que, en última instancia y con independencia
del modo de producción dominante en la colonia, es ejercido y permanece al
servicio de intereses externos a esas formaciones periféricas. La transición no
crea un nuevo régimen de opresión para las colonias, pero cambia la
organización social de su producción, el modo de producción.
2.
BASES DE LA EXPANSIÓN IMPERIALISTA
A partir del
último tercio del siglo XIX, el modo de producción capitalista configura una
nueva fase de su desarrollo. La progresiva concentración y centralización de la
producción en forma de monopolios introduce una tendencia determinante
hacia la substitución, o -cuando menos- limitación, de la libre competencia que
lo venía caracterizando. La consolidación internacional del capital financiero
representa la formulación más acabada de este proceso. Aunque, como es sabido,
se trata de un período no exento de trágicas tensiones.
Este capital
financiero, que resulta de la estrecha asociación entre las funciones bancaria
y productiva del capital, proporciona ahora el ámbito de realización para el
nuevo movimiento de acumulación capitalista. No obstante, la puesta en valor
del capital, su reproducción ampliada, requiere incrementar su cristalización
en medios de producción. En consecuencia, se hace preciso reducir el empleo de fuerza
de trabajo, dando lugar a la inevitable disminución de los valores adicionales
que agrega al capital en función productiva. Ahora bien, ese fenómeno de
concentración atrae continuamente nuevos capitales al sistema de monopolios
industriales, en un permanente proceso de centralización que, al mismo tiempo,
involucra cada vez más la producción en el sistema crediticio y bancario en
general.
El resultado
de ese crecimiento en la composición orgánica del capital en el plano
industrial introducía una «amenazadora» tendencia al descenso en las tasas de
ganancia capitalistas. En compensación, se recurrió a la exportación de
capitales y al uso más intensivo de las fuerzas productivas, en particular a
través de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y de las materias primas
en las colonias. Entre 1862 y 1914,
[...] el
capital invertido en el extranjero por los tres países principales [Inglaterra,
Francia y Alemania] era de 175 mil millones a 200 mil millones de francos. La
renta de esta suma, tomando como base el modesto tipo del 5%, debe ascender a
unos ocho o diez mil millones anuales (Lenin 1981: 732).
Y hasta 1914,
el imperialismo se vuelca en una expansión colonial que centra su objetivo en
los sectores primarios de la economía y en los medios de producción, factores
que demandan enormes volúmenes de capital. Pero afrontando también la
contradicción de tener que contener el potencial industrializador de las
colonias, que hubiera restringido la cuota de mercado para sus productos industriales2.
Como es
natural, los grupos inversores intentaron, por una parte, dotar a ese
desarrollo colonial de un carácter complementario de sus actividades
metropolitanas y, de otro lado, asegurarse la reserva de los mercados
coloniales en los que negociaban. Una estrategia que hacía cada vez más
necesaria la intervención, todavía ocasional, del Estado, para suministrar
liquidez o estimular el movimiento económico. Bien a través de la financiación
presupuestaria, bien por medio de la política fiscal, monetaria o comercial,
los monopolios se benefician de la regulación estatal del mercado financiero,
de tarifas comerciales y fiscales con tipo preferencial o de programas de
investigación científica y aplicada, por ejemplo.
La posesión
de colonias constituye la garantía principal de la reproducción (activa o
potencial) del monopolio. La consistencia de la concentración monopolista
quedaba, igual que para el viejo mercantilismo colonial, estrechamente ligada
al control (político y económico) de las fuentes de materias primas y de los
nuevos mercados. Por eso, el «reparto del mundo» entre los consorcios
transnacionales, primero, y las grandes potencias capitalistas, después, se
convirtió en un factor tan necesario como desestabilizador para la reproducción
ampliada del capitalismo imperialista.
Pero, a
partir de la Primera Guerra Mundial, emergen tendencias nacionalistas en las
colonias, que ven la ocasión de activar sus propias palancas de acumulación. Y
en esa línea, ensayan ciertas medidas restrictivas para la expansión del
capital extranjero. Durante un tiempo, al igual que sucede en la Segunda Guerra
Mundial, suministran materias primas agroalimentarias e industriales a los
estados beligerantes y desarrollan algunas manufacturas básicas que habían sido
descuidadas por éstos durante el conflicto. Y aunque el capital monopolista en
su conjunto inunda los mercados con prácticas de dumping comercial, al tiempo que tolera las
producciones coloniales que complementan su oferta, la fracción fascista del
imperialismo no tardará en intentar satelizar directamente a otros centros
capitalistas competidores.
El desarrollo
capitalista había superado la fase concurrencial y
entraba definitivamente en la era de los monopolios. Ya desde la finalización
de la Segunda Guerra Mundial, era evidente que el capitalismo operaría cada vez
menos a través de la libre competencia en los mercados. Dos nuevos instrumentos
contaban ahora: los sectores público (estatal) y monopolístico.
I
DONDE LATEN LAS REFORMAS
1.
RASGOS DE LA COYUNTURA EN CANARIAS
Cuando en la
transición al presente siglo (en particular, entre 1880 y 1920), el capital
extranjero empieza, por una parte, a invertir en infraestructuras y, por otra,
a reconvertir la agricultura a las «modernas» formas productivas del
capitalismo, se abre una nueva época en la explotación colonial del
Archipiélago. Desde ahora se procede a la mercantilización de dos valores
productivos fundamentales: la tierra y la fuerza de trabajo. El arrendamiento
capitalista y la asalarización van desplazando
progresivamente a las tradicionales relaciones de servidumbre. Emerge, por
tanto, un nuevo tipo de relaciones de producción, que crea un trabajador aún
más desposeído que los viejos aparceros: el «esclavo del salario», tanto en el
sector agrario como en los servicios (especialmente en las actividades
portuarias, fabriles y comerciales)3.
No obstante,
se trata de un proceso donde la histórica insularización
de la explotación colonial, a través del caciquismo agrario, actúa todavía con
extraordinaria eficacia para el renovado proceso de acumulación capitalista.
Hasta la creación, por ejemplo, de las federaciones obreras en la primera
década del siglo, el movimiento obrero canario no consolida cierta acepción
clasista en sus postulados orgánicos e ideológicos, que había inaugurado en
1900 la Asociación Obrera de Canarias. Con anterioridad, el control que ejerce
la clase dominante sobre las viejas sociedades mutuales y los gremios resulta
casi hegemónico. Y, justamente, la Ley de Cabildos viene a ratificar, en una
fecha tan tardía como 1912, esa parcelación insular del poder político en
beneficio de las oligarquías locales.
Con todo, la
estructura económica sigue caracterizada por una profunda dependencia del
exterior. La promulgación de la Ley de Puertos Francos en 1852, ratificada en
1870 y en 1900, confirma ese régimen de extraversión, que privilegia el
comercio exterior sobre la construcción de un aparato productivo interno. Sirva
de ejemplo que, a pesar de la tendencia general al descenso en las superficies
cultivadas y en la producción durante el primer tercio del siglo, se registra
una fase de exportación de cereales a España entre 1916 y 1921, cuyo rubro
principal lo constituye un producto tan cotidiano como el trigo4. Y
por si fuera poco, en Canarias se mantiene un modelo demográfico antiguo hasta 1940,
lo que se traducía en una presión creciente sobre la demanda de bienes básicos
de consumo.
La evolución
industrial no adquiere un volumen realmente apreciable, salvo en el sector
tabaquero, hasta comienzos de los años treinta, pues en el pasado apenas cubría
la demanda de consumo interior. La energía y los transportes concentran el
principal aporte inversor, movido, como queda dicho, por el capital extranjero.
Por lo que
bajo todas estas condiciones, tanto la competencia que fuerzan las
importaciones de alimentos y de manufacturas, como la supresión, a partir de
1900, de los gravámenes a la introducción de harinas y cereales extranjeros,
acaban por estrangular los mercados locales (o insulares) de subsistencias y
las pequeñas actividades artesanales. El paro, la emigración y la
sobreexplotación reclaman de nuevo el curso corriente que acostumbraban a
desempeñar en la historia económica del Archipiélago.
La transición
al nuevo siglo no puede presentarse más difícil para Canarias. Cuando aún no se
había alcanzado una recuperación significativa tras el hundimiento de la
cochinilla, la economía sufre otro revés al filo de la Primera Guerra Mundial,
cayendo el saldo de la balanza comercial unas 80 mil pesetas de media entre
1913 y 1914 (Rodríguez y Rodríguez de Acuña 1981: 140). La difícil situación
laboral y salarial de las clases trabajadoras, se agrava con el empobrecimiento
y la proletarización de los pequeños propietarios ligados al cultivo de la
grana. El salario, de unas escasas 3 pesetas de media para los hombres y de
2,25 para las mujeres (Brito 1980: 94), apenas llega a cubrir las necesidades
más elementales de la subsistencia, según denuncia la propia prensa obrera de
la época.
Sin embargo,
todavía la respuesta sindical y política de la clase trabajadora no alcanza su
estado de madurez. El predominio histórico de actividades y relaciones agrarias
bajo un régimen de servidumbre, el lastre del analfabetismo y la
desarticulación de los diversos sectores de una economía completamente
dependiente y extravertida, son los factores objetivos más importantes que van
forzando una creciente tendencia a la desintegración social. Las periódicas
crisis que afectan a los cultivos coloniales de exportación, que repetidamente
empobrecen o expulsan de la vida económica a buena parte de la población
(emigración), tampoco contribuyen precisamente a reforzar los mecanismos de
cohesión social. Aunque la definitiva vuelta de tuerca a estas condiciones
generales de explotación, se instruye con el establecimiento del modo de
producción capitalista en Canarias. El capitalismo viene a consumar una doble
expropiación a los productores directos: en cuanto al control que éstos pueden
aplicar sobre los recursos económicos y en cuanto a su capacidad para crear una
conciencia productiva. (No se olvide que bajo el anterior régimen de
servidumbre, los campesinos disponen todavía de ciertos medios propios de
producción).
La represión
sistemática que impulsa la dictadura primorriverista
(1923 1930) contra las organizaciones sindicales, devuelve el movimiento obrero
canario a sus niveles de inconsistencia y debilidad característicos hasta 1914.
Justo en ese año del estallido de la Primera Guerra Mundial, había dado
comienzo un ascenso considerable de su expresión organizativa y de sus elaboraciones
ideológicas y políticas, cultivadas en un ambiente de mayor combatividad
social. Un proceso cuyo asentamiento aparece ligado a la progresiva
implantación del socialismo en el Archipiélago, aunque su carácter más bien
reivindicativo, así como el absentismo político que esgrime la importante
representación anarquista, privarán al movimiento obrero de obtener niveles
superiores de desarrollo.
2.
PRIMEROS IDEALES
Hijo de un
carpintero de ribera, oficio que en ese primer cuarto de nuestro siglo entraba
ya en crisis en La Palma, José Miguel Pérez termina sus estudios de
bachillerato e inicia sus primeras colaboraciones políticas y literarias en la
prensa local. Desde las páginas de Verdún, Verdad, Oriente o El
Diario de La Palma, manifiesta
muy pronto dos devociones particulares: las letras, llegando incluso a
participar en algún certamen poético, y la denuncia de la injusticia social.
Lamentablemente,
sólo hemos podido acceder a dos de sus artículos correspondientes a esta fase
tan poco conocida de la vida del «maestro comunista». El primero, fechado en
1916 y publicado en Oriente, lleva por título «Conocer». El
segundo, de 1919, aparece en Verdad con el expresivo título de «La Paz».
Con todo, en ambos refleja una honda preocupación por la producción de
conocimientos y su relación con el progreso social. Y aunque las diferencias
con su pensamiento político posterior se aprecian marcadas con igual nitidez,
exhibe desde entonces buenas dosis de la historicidad en la que impregna sus
ideas.
Rara vez incursiona
José Miguel Pérez en la pura abstracción teórica. La factura de los
acontecimientos a los que asiste le resulta demasiado terrible como para
producir reflexiones más o menos retóricas. Busca, por encima de todo,
respuestas para desterrar una historia de injusticias y de explotación. Y
quiere hallar esas alternativas en la propia experiencia social y en un
conocimiento sin fronteras, abierto a cualquier impresión de los sentidos o de
la razón. Ese, también, es acaso el origen de su talante escasamente dogmático
en el ejercicio práctico y teórico de sus concepciones comunistas. La realidad
y el estudio le llevarán a ir fundando su actividad en el socialismo
científico, aunque más preocupado por su desarrollo práctico, por su traducción
a la lucha de clases, que por cumplir con la ortodoxia ideológica. Después de
todo, una vez que matiza su universalismo de los tiempos de juventud, le va
interesando analizar, antes que cualquier otra cosa, la dimensión histórica y
el alcance concreto de las luchas sociales, con un objetivo cada vez más
preciso: cimentar una cultura revolucionaria en el seno de la clase obrera.
Desde los
primeros años, establece una especie de imperativo moral en relación con la
necesidad que obliga a los seres humanos a profundizar en el conocimiento, con
el propósito de descubrir la verdadera función de los agentes sociales. Un
conocimiento que el sujeto debe empezar por hacer introspectivo y que le
proporcione, por un lado, la oportunidad de reconocer el estado de la sociedad
y, por otro, la capacidad de actuar siguiendo altos principios éticos. Porque,
en definitiva, esa «iluminación de la vida» por el saber induce a los seres
humanos tanto a la ciencia como a la apología. Y he aquí el verdadero caudal
que estima revolucionario en el conocimiento, «el corazón donde laten todas las
reformas» y la rebelión contra la falsa conciencia y la explotación.
A simple
vista su pensamiento parece otra versión laica, o mejor aún, naturalista del
racionalismo deísta tan propio del krausismo, quizá la corriente que más
profusamente circula en los ambientes liberales palmeros de comienzos de siglo.
Sin duda, la Primera Guerra Mundial debió mover al joven bachiller a enfatizar
los aspectos más idealistas de su discurso. De ahí que prefigure la armonía universal,
forjada a través de un conocimiento que se arma en el trabajo, en el amor y en
la paz social, como la condición necesaria para proyectar a los seres humanos
hacia la conquista de la «Tierra Prometida». Un horizonte más natural que
social, donde el individuo viviría su humanidad racional, su capacidad
creadora, «alejado de la comunidad insensata de la sociedad» que coarta la
independencia personal y vinculado a una naturaleza que integra las esencias
diversas y cambiantes del mundo5.
Sin
embargo, aunque matizada por un sensualismo retórico, la concepción dialéctica
del conocimiento (como reflejo de la realidad en la conciencia humana) se
distingue perfectamente consolidada en su pensamiento. Por supuesto, convive
todavía con cierto materialismo ilustrado, que confiere a la naturaleza y al
conocimiento humano una relación capaz de fraguar bases universales para la
ética y el progreso:
[...] no
debemos creer en semejantes prejuicios [religiosos], pues sería atentar contra
lo fecundo de la vida que está en el conocimiento de la vida misma y a su vez
ese conocimiento lo admitimos como bien supremo porque comprendemos que como
condición de la naturaleza humana, es lo más fecundo que ella contiene; lo que
en su evolución constante nos traerá la luz del Cómo, el Porqué, la Esencia y
el Modo de su
Todo6.
Se trata,
pues, de un conocimiento que es, a un tiempo, ejercicio e instrumento de
diálogo con la naturaleza, pero que, además, se define por su función
transformadora, como agente principal de un infinito proceso de
perfeccionamiento humano. Y nada hará cambiar al maestro palmero estas convicciones,
que resume en varias oportunidades a lo largo de su vida con una versión
personal de cierto aforismo nietzschiano: «Conocer es
vivir, 'vivir es inventar'»7.
Así, armado
por entonces de un inconformismo rebelde, de una ilusión persuasiva y de alguna
experiencia política en las filas del republicanismo isleño, se ve obligado,
por la precaria situación económica de la familia, a emprender el camino de la
emigración hacia tierras caribeñas, como antes lo hicieran dos de sus hermanos.
II
LA EXPERIENCIA CUBANA
1.
DEPENDENCIA Y LUCHA DE CLASES
Cuba comienza
la década de los años veinte atravesada por un agudo proceso deflacionario. Lejos
de representar el momento «transitorio» de recesión que anuncian las
autoridades, introduce ya elementos que precipitan la situación hacia claras
condiciones de crisis económica.
En principio,
la finalización de la Primera Guerra Mundial no afecta de forma desfavorable al
sostenimiento de la demanda azucarera. Durante los años inmediatamente
anteriores a la apertura de la crisis en 1920, se realizan importantes
inversiones en el sector. La propia política crediticia de los bancos continúa
tomando como base para sus operaciones de financiamiento a corto plazo las
eventuales cotizaciones favorables del azúcar. Cuando se desencadena la crisis,
existen en el mercado financiero nada menos que «80 millones en obligaciones a
corto plazo sobre azúcares cotizados de futuro a $0.10 la libra o más» (Le Riverend 1973: 170). Naturalmente, cualquier variación a la
baja de los precios dejaba en descubierto esas obligaciones.
Muy pronto el
azúcar cubano tuvo que modificar sus precios de venta; se trataba de asimilar
la diferencia desfavorable introducida por la aplicación de nuevos aranceles
decretados por las autoridades norteamericanas. En la práctica, terminaba así
la situación de reciprocidad que mantenían ambos estados en las relaciones de
intercambio mercantil desde 1903:
Un caso
único, en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, fue el tratado
de reciprocidad firmado con Cuba en 1903. El azúcar obtenía un trato
preferencial (20% menos que la tarifa de cualquier otro país) en el mercado
norteamericano; ciertos productos de Estados Unidos lograban un trato
equivalente en el mercado cubano (derechos entre 20 y 40% más bajos que los
acordados a otros países) (Cardoso y Brignoli 1981,
II: 161).
La caída de
los precios del azúcar precipita a la economía en una perniciosa espiral de
especulación e insolvencia. Sin solución de continuidad se produce una retirada
masiva de los depósitos bancarios, lo que obliga a las entidades financieras a
reclamar con urgencia unos créditos que ya no podían ser saldados. En consecuencia,
se encadenan las suspensiones de pagos y las quiebras de los bancos, hasta un
total de 18 entre 1921 y 1922 (Serviat 1965).
La escalada
deflacionaria se activa de forma automática: al descenso de precios sigue el de
los salarios, la moneda se encarece y disminuye la capacidad adquisitiva de la
población, mientras el coste de la vida no había dejado de crecer desde 1912.
El comercio interior, la pequeña industria o las actividades agrarias al margen
de la caña o el tabaco prácticamente desaparecen de la producción, despreciadas
por la banca extranjera, la única que en ese momento disponía de cierta
solvencia financiera.
Justo en
1921, el año de la llegada de José Miguel Pérez a Cuba, accede a la presidencia
Alfredo Zayas (1861 1934). La administración norteamericana impone al nuevo
Gobierno un plan de estabilización declaradamente intervencionista. De una
parte, se propone solucionar la crisis económica mediante la contratación de un
empréstito con la banca de aquél país, lo cual, en la práctica, significaba
colocar la actividad estatal cubana bajo fiscalización del capital
norteamericano. Y de otro lado, reclama una «moralización» administrativa del
Estado para hacer frente a esos compromisos, lo que debía traducirse en una
reforma constitucional y en una minoración del presupuesto.
Por tanto, el
maestro palmero encuentra una grave situación de crisis económica y un sistema
político sólo formalmente democrático y, de hecho, absolutamente intervenido
por la administración norteamericana. Las transnacionales controlan en su
integridad las principales fuentes de riqueza de la Isla y, por consiguiente,
el movimiento general de su economía. Ya en 1913, sólo las inversiones
británicas y norteamericanas superaban los 400 millones de dólares8.
Pero también
aguarda a José Miguel Pérez un movimiento obrero muy activo desde la
independencia del país. Muy pronto importantes sectores de la clase trabajadora
se habían percatado del fondo político de la angustiosa situación laboral. Como
consecuencia, los márgenes tradicionales del sindicalismo corporativo y de los
partidos reformistas empiezan a ser cuestionados desde fechas muy tempranas.
Sin embargo, la burguesía no sólo reacciona haciendo uso de todo el arsenal
jurídico y represivo del Estado y de las fuerzas de intervención
norteamericanas. Además, crea diversas organizaciones laborales amparadas y
controladas por el Gobierno.
Pese a todo,
las luchas obreras y populares adquieren cada vez mayor consistencia. Demandas
políticas, acciones de sabotaje y boicot figuran rápidamente entre los
contenidos reivindicativos y las formas de lucha que adopta el activismo
laboral, bajo fuerte influencia del anarcosindicalismo desde 1880. Sólo cuarenta
años después se constatarán los cambios que denotan un estado superior en su
desarrollo. La necesidad de dotarse de fórmulas organizativas menos ocasionales
y más sólidas, se presenta madura en los sectores más avanzados de la clase
trabajadora a la altura de 1920. Por entonces, a finales del mes de noviembre,
se constituye la Federación Obrera de La Habana. El nuevo sindicato recluta sus
principales apoyos entre los obreros de los ferrocarriles y del azúcar, dos de
los sectores sujetos al control del capital extranjero. Una vez más, el
crecimiento de la conciencia de clase aparecía estrechamente ligado a la
oposición antiimperialista. Aunque, con todo, no será hasta el año 1925 que las
diferentes corrientes del movimiento laboral concurran en Cienfuegos a la
celebración de un congreso obrero. Como resultado más importante, destaca la
creación de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), que se adhiere a
la Internacional Sindical Roja (Profintern).
Este proceso
de consolidación orgánica y política de los trabajadores obligará bien pronto a
la clase dominante a optar por la dictadura. En esta primera mitad de los años
veinte, el flujo de propaganda revolucionaria española (que se venía
produciendo desde principios de siglo), incita la aparición de una combativa
corriente comunista en el seno del movimiento obrero cubano. En 1922, un grupo
notablemente radicalizado en sus planteamientos políticos e ideológicos, y del
que ya forma parte José Miguel Pérez, provoca la ruptura de la Agrupación
Socialista de La Habana con la Segunda Internacional, terminando por escindirse
y constituir, al año siguiente, una Agrupación Comunista en la capital. El
camino hacia la fundación del Partido Comunista contaba así con su eslabón más
notorio.
2.
LA FUNDACIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA
Desde el
mismo año (1921) de su arribo a la isla de Cuba, José Miguel Pérez ingresa en
la Agrupación Socialista de La Habana y apoya el fortalecimiento de una
corriente marxista en su seno. Dirige este sector revolucionario un
representante señero del movimiento obrero, Carlos Baliño,
antiguo militante anarquista, compañero de José Martí en la lucha de liberación
nacional y uno de los primeros divulgadores del marxismo en Cuba. Pero en poco
tiempo se consuma la ruptura tanto en el plano político como en el terreno
organizativo, y en marzo de 1923 se separa del socialismo la Agrupación
Comunista de La Habana.
Los
principios políticos que postula la nueva organización resumen la constante
internacional que venía apuntándose desde 1919: defensa de la Unión Soviética,
reconocimiento de la autoridad orgánica e ideológica de la Internacional
Comunista (o Comintern) y desarrollo de una línea de masas en función de la
táctica de frente único del proletariado. Dichas tesis encuentran pronto dos
plataformas de expresión: de una parte, la divulgación teórica a través de un
órgano periódico de agitación y propaganda, la publicación Lucha de Clases; y,
simultáneamente, las acciones revolucionarias de masas.
Los
resultados son alentadores. En dos años se constituyen otras organizaciones
comunistas en Manzanillo y Media Luna, en la provincia de Oriente, y en San
Antonio de los Baños y Guanabacoa, también en La Habana, así como una célula de
emigrados polacos de origen judío en la propia capital. Dos años de intensa
participación en las luchas obreras, con el propósito de incorporar al
activismo de masas tanto el ideario comunista como los argumentos
antiimperialistas.
La primera
conclusión relevante de este proceso se formaliza en 1925. Ese año se funda el
primer partido marxista leninista de Cuba, cuya dirección recae, como se ha
dicho, en José Miguel Pérez, «el isleño», como era conocido en los círculos
obreros y populares. Una dirección en la que participan también personajes muy
destacados del movimiento revolucionario: Julio Antonio Mella, que substituye
al maestro palmero en la Secretaría general del partido cuando éste es
deportado a España, José Peña Vilaboa, Alejandro
Barreiro o el propio Carlos Baliño.
El partido
político de la clase obrera cubana, compuesto básicamente por obreros y algunos
militantes procedentes de la pequeña burguesía, no tarda en fortalecer sus
vínculos con el movimiento proletario (si bien no alcanza todavía posiciones
mayoritarias). Expresión de un nuevo estado en la formación y desarrollo de la
conciencia nacional y clasista de las masas populares, no es menos cierto que
también recibe una influencia definitiva de manos de la Internacional Comunista
y, en particular, a través del Partido Comunista de México (el más desarrollado
del área caribeña). La inquebrantable adhesión que muestra la naciente
organización a las tesis de la Internacional, define así mismo una de las
características permanentes en el pensamiento político del maestro palmero. Más
aún, el triunfo a mediados de los años veinte en la Internacional Comunista de
las tesis referidas a la defensa de la Unión Soviética y a la construcción del
socialismo en un sólo país, apenas representa para José Miguel Pérez la
confirmación de una posición meditada y asumida desde hacía ya tiempo. Tal era
su convencimiento del carácter mundial del proyecto leninista, así como del
valor de las conquistas obtenidas por los trabajadores rusos en 1917 para el
conjunto internacional del proletariado.
José Miguel
Pérez no dudó en calificar al imperialismo como el enemigo principal que, a
escala mundial, impedía el desarrollo de los objetivos emancipadores de la
clase obrera. Su derrocamiento, por tanto, sólo podía ser efectivo en ese mismo
ámbito. De ahí su activa colaboración en la Liga Antiimperialista dirigida por
Julio Antonio Mella, que se había marcado como finalidad esencial combatir
internacionalmente la expansión monopolista del capitalismo. Pero no cabe duda
que éste era también un combate muy cercano además de
inmediato. La injerencia norteamericana en la economía y en la
política cubanas constituía un hecho perfectamente claro para la
generalidad del pueblo. Siempre que el crecimiento de las organizaciones
obreras y populares amenazaba con elevar los contenidos revolucionarios de la lucha
de masas, los sucesivos gobiernos de la burguesía recurrieron a las leyes de
excepción, a la represión masiva o, incluso, a la intervención militar para
conservar el poder.
Es por esto
que la consigna de frente único, auspiciada desde 1922
por la Internacional Comunista (y que incluye una temprana referencia
antifascista), representó, en realidad, algo más que una táctica definida
exclusivamente en función de las necesidades de la política exterior de la
Unión Soviética. Ya en 1921, el tercer congreso de la Internacional Comunista
había decidido «ir a las masas», elaborando en el primer pleno del Ejecutivo
(EKKI) las Tesis sobre el
frente único proletario, táctica
que debía organizar la resistencia del movimiento obrero internacional ante la
ofensiva capitalista tras la Primera Guerra Mundial.
Pero, como
recordará José Miguel Pérez en todo momento, el cuarto congreso de la
Internacional (1922) precisa que este frente único constituye tan sólo un tipo
de alianza política que, excluyendo el compromiso ideológico y, más aún,
cualquier fusión orgánica con los socialistas, tiene por objetivo restar a la
influencia socialdemócrata aquél proletariado más inclinado hacia las tesis
bolcheviques. Y fue, mejor que ningún otro, el frente unido antiimperialista el
que con más precisión concretó esta fórmula.
En realidad,
la bolchevización que recorre las secciones de la
Internacional a partir de 1923 perseguía la afirmación de la personalidad
internacional del comunismo, no tanto la mera satelización
de las diversas formaciones nacionales por el centro soviético (por lo menos
hasta el giro frentepopulista). En esta línea debe
entenderse la constitución del Partido Comunista de Cuba y de otras tantas
secciones de la Internacional, es decir, ante todo, como instrumentos de
organización de la lucha revolucionaria de las masas.
Adscrito por
completo a estos principios internacionalistas, José Miguel Pérez accede a la
secretaría general del Partido Comunista de Cuba y, durante los pocos días que puede
desempeñar sus funciones, se esfuerza por llevar a la práctica esta política,
que sigue desarrollando posteriormente en Canarias.
En efecto, al
mismo tiempo que denuncia abiertamente (en Cuba en el año 1922 y en Canarias en
1933) la penetración de «agentes burgueses en los medios obreros», procura
hallar a cada instante el medio de proteger la unidad de acción de las fuerzas populares. Un esfuerzo
que le exige preservar los principios comunistas y los objetivos políticos que
consideraba necesarios para hacer avanzar las posiciones de la clase
trabajadora, pero que, a su vez, desarrolla a partir de la aplicación de una
dirección política (táctica) suficientemente sensible o flexible ante el estado
de la lucha de clases y la correlación de las fuerzas políticas en conflicto.
Todo con un objetivo central: la conquista del poder por los obreros y
campesinos, primera fase de ese otro proceso más largo (estratégico) que debía
producir una sociedad nueva, sin clases sociales.
3.
EL ARMA DE LA CULTURA
Casi inmediatamente
después de su llegada a tierras cubanas en 1921, José Miguel Pérez se vincula a
las organizaciones obreras. Al mismo tiempo que imparte clases en el colegio
«Santo Tomás», una institución privada de la capital, pretende convertir su
formación de bachiller en un ejercicio político. En el mes de junio de ese
mismo año, la Agrupación Socialista de La Habana, a la que pertenece, le invita
a pronunciar una conferencia en el Centro Obrero9.
El joven profesor enuncia, entonces, una de las ideas que caracterizan su
compromiso intelectual y político: la necesidad de crear una cultura para la
transformación de la sociedad.
Según lo entiende,
la clase dominante privatiza el conocimiento científico y artístico, sin que
éste llegue realmente a formar parte del patrimonio de la humanidad. El control
religioso sobre la enseñanza y, más aún, el monopolio burgués sobre la
producción de bienes materiales e intelectuales, mantienen a las masas
populares en la más absoluta ignorancia de las verdaderas fuentes del progreso
social. Un progreso que requiere otra sociedad, donde todos los seres humanos
puedan desarrollar individual y colectivamente sus conocimientos, fruto de la
observación y el análisis de la realidad natural y social en la que actúan. Por
eso en repetidas ocasiones demanda la ruptura de los trabajadores con las
manifestaciones y los medios de la burguesía. Y, afirmado en sus convicciones
por la experiencia revolucionaria de Rusia, defiende una estrategia
independiente para la clase obrera, basada en la movilización de todas las
formas de conocimiento hacia un objetivo central: producir y desarrollar ese
cambio revolucionario.
En consonancia
con esta concepción más bien culturalista de la acción política, desde el primer
momento despliega una constante actividad de divulgación del pensamiento
socialista. Imparte numerosas conferencias por los centros obreros y colabora
con asiduidad en diversas publicaciones como Nueva
Luz, Justicia, El Boletín del Torcedor o Espartaco,la
revista para la que el histórico dirigente obrero Carlos Baliño
solicita su colaboración y la de Sara Pérez García, una joven cubana de
ascendencia palmera, que en 1922 se había convertido en su esposa.
También en
octubre de ese año, la Federación Obrera de La Habana lo reclama como profesor
y director de la Escuela Racionalista. Se trata, en principio, de un proyecto
docente que pretende instruir a la juventud popular en una ideología
revolucionaria, empleando para ello una enseñanza de base científica. Tres
meses más tarde, el proyecto incorpora también una escuela nocturna para
trabajadores de ambos sexos.
El plan
docente, al que José Miguel Pérez dedica varios artículos10, se inspira
por completo en el sistema de enseñanza de la Escuela Moderna, ensayado por Fransesc Ferrer i Guardia (1859 1909) en Cataluña a
comienzos del nuevo siglo. Como explica Pere Solà,
doctorado en filosofía de la educación con una tesis acerca de la pedagogía
racionalista catalana:
La Escuela
Moderna fue un intento más o menos coherente de conjugar en un proyecto
renovador de la enseñanza elementos ideológicos masónico
racionalistas (burgueses ilustrados) y elementos de crítica libertaria
de la escuela, de la sociedad y de la apropiación burguesa de la ciencia
positiva (Solà 1976: 28 29).
Un modelo que
el maestro palmero considera como el medio más racional para desarrollar en el
niño sus capacidades naturales, ejercitadas en la percepción sensorial, la
práctica y la comprensión gradual sin coacciones. Es decir, una aplicación
pedagógica del naturalismo darwinista y del racionalismo comtista
(dominante por entonces en la concepción de la ciencia).
En cambio,
cuando en noviembre de 1923 se crea la Universidad Popular «José Martí» por
iniciativa del Congreso de Estudiantes Universitarios, José Miguel Pérez no
oculta su inicial desconfianza hacia una alternativa que partía de elementos burgueses11. La
necesaria instrucción intelectual y social del pueblo trabajador, su progresión
moral y su capacitación combativa, no podía contar entre sus soportes con un
programa «exclusivamente pedagógico», reproducción de la aparente neutralidad
burguesa respecto de las contradicciones que recorren la sociedad.
Pero en el
verano del año siguiente, una vez que la corriente obrera de la Federación de
Estudiantes ha impuesto su línea de renovación educativa, José Miguel Pérez
contribuye al desarrollo de la Universidad Popular12. De nuevo, quiere hacer de la pedagogía un
vehículo de emancipación.
Al problema
de la producción y socialización de los conocimientos, dedica el maestro
palmero gran parte de su obra periodística, e incluso poética, durante su
estancia en Cuba. Tarea que despliega con verdadero entusiasmo y constancia,
como reconocen sus propios alumnos en un manifiesto de condena emitido con
motivo de su detención en 1925:
Nuestro
profesor, José Miguel Pérez, ha sido secuestrado, cometiéndose un nuevo
atentado al derecho de los individuos, a la ciencia y a la pedagogía. El
profesor José Miguel Pérez, ama la justicia, la ciencia y sobre todo el
magisterio. Para nosotros siempre tenía palabras de aliento y la luz de los
conocimientos nos la daba pródiga. Quería ser querido de todos y lo era. Quería
que todos fuéramos útiles a la sociedad sin mezquinos egoísmos, sin ruindades y
nos orientaba noblemente. Por eso ahora, al ser violentamente arrancado de su
hogar y de su escuela, sus alumnos protestamos, pues el atentado va dirigido
contra el hombre que piensa, contra la ciencia que emancipa, contra el padre
enamorado de su hogar digno y contra el compañero de los oprimidos (Instituto
de Historia del Movimiento Comunista 1977: 19).
Con toda
seguridad, en esos cuatro años de residencia en Cuba configura lo esencial de
su pensamiento. Pero será en Canarias, y en particular en la isla de La Palma,
donde podrá cristalizar políticamente la experiencia adquirida en la isla
antillana. Una experiencia, por cierto, ligada en gran medida a una intensa
actividad docente que nunca abandonará.
III
EL EMPEÑO REVOLUCIONARIO
1.
LA ILUSIÓN REPUBLICANA
Después de
sufrir el machadiato, como se conocía en Cuba al Gobierno
dictatorial de Gerardo Machado (1871 1939), José Miguel Pérez tiene que afrontar
otra dictadura a su regreso forzoso al Archipiélago, en 1925. En esta ocasión
se trata del Gobierno del general Primo de Rivera (1870 1930). Sin embargo,
esto no le impide tomar contacto con los pequeños núcleos obreros que existen
en la Isla. Y en poco más de dos años organiza el grupo Espartaco y la Juventud Comunista de La Palma
(1928), embriones del futuro Radio isleño del Partido Comunista de España
(1932). Pero aunque el objetivo inmediato de este grupo, declaradamente
marxista, consiste en la reorganización sindical del proletariado, lo cierto es
que su opción táctica en estos primeros momentos asume una apuesta
aparentemente contradictoria: la colaboración política con la sección
reformista de la clase dominante.
Con el
derrumbe de la Dictadura, la vida social y política fue adquiriendo intensos
tonos regeneracionistas. Desde los sectores más jóvenes e ilustrados de la
burguesía media, se impulsan las primeras manifestaciones de revitalización
orgánica e ideológica de la sociedad. Mediante activas campañas de prensa y a
través de numerosos actos públicos, la oposición republicana, que absorbe en su
mayor parte esta corriente, promueve la participación y el asociacionismo
ciudadanos para terminar con una «crisis política secular».
En realidad, esta
revisión no perseguía otra cosa que ajustar el modelo de dominación a las
necesidades impuestas por el desarrollo del capitalismo. Por supuesto, el viejo
sistema caciquil, más o menos retocado por las relaciones salariales, seguía
siendo eficaz como régimen de explotación para esa estrategia de obtención de plusvalor. Pero igual que el comercio exterior imponía una
reformulación capitalista al movimiento económico de la empresa agraria, el
rígido orden monárquico, que hegemoniza el Partido Conservador, debía buscar
acomodo político a las diversas fracciones de la burguesía urbana y a la
emergente clase obrera. El programa republicano, al que se agrega el Partido
Liberal, pretendía el engarce de estos sectores en una democracia
representativa.
Nada parecía
justificar que los comunistas se lanzaran a una lucha abierta contra la
burguesía. La modesta arquitectura organizativa del movimiento obrero palmero
permanecía todavía bajo neta influencia del republicanismo. Apenas contaba con
unas pocas sociedades culturales y de socorros mutuos (como el «Urcéolo
Obrero», el «Gremio de Tabaqueros» o el «Amparo del Obrero»), domiciliadas
hasta 1930 en los parámetros asistenciales y gremiales que marcaba la clase
dominante:
[...]
antes de constituirse la Federación, solamente existían en esta isla cuatro
sindicatos, casi en estado de desorganización: «Oficios Varios», de Tazacorte; Tabaqueros, de Los Llanos. Tabaqueros, de esta
ciudad, y Dependientes, también de esta ciudad13.
Sólo la
implantación de la Federación de Trabajadores, por iniciativa de los
comunistas, organiza la actividad política del proletariado en torno a las
modernas concepciones de la lucha de clases. En las comarcas del centro y del
sur de la Isla, donde las relaciones capitalistas de producción habían fraguado
en la agricultura de exportación, en la industria del tabaco, en el comercio y
en los servicios, crece hasta comienzos de 1933 un movimiento todavía más
reivindicativo que revolucionario en su línea de acción sindical. Pero desde
los primeros meses de este año, los comunistas logran imprimir a las luchas
obreras un carácter cada vez más político, al que no es ajeno la agudización de
la conflictividad social tras la ofensiva burguesa desplegada a partir de
noviembre (Cabrera Acosta 1991a: 413 y 424).
En ese
momento, el grupo Espartaco consuma una doble ruptura iniciada en
el segundo semestre de 1931: con el nuevo régimen, en general, y con las
fracciones republicana y socialista de la burguesía, en particular, por lo
menos hasta su posterior confluencia en el Frente Popular. Los dirigentes
comunistas se convierten entonces en el blanco principal de los continuos
ataques que lanza la oligarquía local, incapaz ya de conducir el pujante movimiento
obrero hacia posiciones reformistas.
Pero la clase
dominante también toma posiciones. El asociacionismo patronal se vertebra en
organizaciones como el Sindicato de Fabricantes de Tabaco de La Palma o la
Asociación Patronal de la Industria y del Comercio. Además, desde marzo de
1933, Acción Popular Agraria, que congrega la representación política de
grandes empresas exportadoras y de la vieja terratenencia
insular, lanza una oferta de alianza al resto de las fuerzas políticas afines,
que se concreta en el mes de octubre como Unión de Derechas. Con un propósito
apremiante: contener la creciente consistencia y autonomía
del movimiento obrero organizado. Pero también se anuncia ya una crítica
terminante a la debilidad de la administración republicana, acusada de
ineficacia en la protección del orden social.
La represión
laboral se generaliza: obreros huelguistas detenidos, censura de prensa,
clausura de sindicatos, multas, encarcelamiento de dirigentes... Y, por si
fuera poco, la situación se encona aún más cuando la crisis de las
exportaciones, agravada a partir de 1933, extiende una importante secuela de
paro, que la recesión de las obras públicas termina por elevar a índices
masivos. Pese a lo cual, el movimiento obrero adopta por toda respuesta un repliegue
sindical hacia posiciones defensivas, fruto de la dirección reformista
cultivada hasta entonces. Y aunque se salda a favor de las tesis comunistas la
lucha de líneas abierta (1933) en el seno de la Sociedad de Oficios Varios de Tazacorte, y la Federación aumenta su fuerza con la
institución de dos nuevas Uniones Obreras en Tijarafe
(1934) y Barlovento (1935), el repliegue, acaso más que la propia represión,
cuartea la solidez de la alternativa proletaria (Cabrera Acosta 1991a: 413 416,
451 y 473 475).
Con todo,
para una minoría de la clase dominante el acoso gubernativo no es suficiente.
Visto que el régimen adolece de la energía necesaria para detener o reconducir
el avance proletario, en poco tiempo una pequeña facción de la clase dominante
se apresta, mediado el año 1934, a aparejar los primeros recursos fascistas en
la Isla, aunque no tramita su legalización hasta abril de 1935 (Cabrera Acosta
1991a: 528).
No obstante, la
distinción en el sindicalismo de clase en Canarias de una primera etapa
reivindicativa y otra, de 1934 a 1936, de contenido más político (Brito 1980:
240-243), debe ser matizada en el caso del sindicalismo de orientación
comunista que representa la Federación palmera. La principal aportación de la
Federación de Trabajadores de La Palma al sindicalismo canario no fue otra que
la incorporación de un proyecto y de una dirección políticas.
Así, tanto en relación con su base social como por la naturaleza ideológica de
sus posiciones políticas, Espartaco, la Federación, los círculos culturales
proletarios y tantas otras manifestaciones que estimulan, sostienen o dirigen
los comunistas palmeros se definen, al margen de los enfoques tácticos, como
instrumentos de clara adscripción clasista y sentido revolucionario.
2. ESPARTACO
En 1930, con
el concurso de seis sociedades obreras se constituye la Federación de
Trabajadores de La Palma, cuyo órgano de expresión, el semanario Espartaco, quedará bajo la fuerte influencia y
dirección de los comunistas. Sus páginas contienen buena parte de la producción
teórica de José Miguel Pérez, aunque las colecciones más numerosas de esta
publicación, conservadas en la hemeroteca de El
Museo Canario en Las Palmas
de Gran Canaria y en la Hemeroteca
Municipal de Madrid, no están completas14. Así,
por ejemplo, los números correspondientes a los nueve primeros meses de la
publicación, entre agosto de 1930 y mayo de 1931, no han podido ser reunidos
todavía.
Ahora bien, a
pesar de esos vacíos que sin duda retienen más aportaciones del maestro
comunista, su pensamiento político ofrece un cuerpo coherente por encima de la
eventualidad periodística. Porque, en definitiva, bien cuando analiza la
conversión capitalista de la economía canaria o bien cuando examina la
naturaleza de los comportamientos sociales y políticos o aun cuando escruta la
coyuntura de la lucha de clases en los terrenos nacional e internacional, en
realidad pretende dar una explicación y una alternativa al único problema que,
en última instancia, concita su acción política: el conocimiento de las
condiciones para la emancipación del proletariado. Un propósito para el que
moviliza una rigurosa aplicación de la dialéctica materialista.
La
utilización de la prensa como soporte para la transmisión de ideas,
conocimientos y experiencias sobre la realidad social adquiere a lo largo de la
historia del Archipiélago una importancia especial. Siempre al margen de los
centros de decisión política, la condición subalterna de la clase trabajadora
dentro de la estructura social se impone como un obstáculo determinante para
sus procesos de concienciación y de organización. Ciertos mecanismos
económicos, como la sobreexplotación o la emigración, operan también como
factores desarticuladores de cualquier proceso de
cohesión o integración social de los trabajadores canarios. De ahí que la
publicación de una prensa de clase representa un acto de afirmación política,
que pone de manifiesto la consecución de un nivel de desarrollo organizativo e
ideológico más avanzado. Sentido en el que Espartaco marca un rastro indeleble de esta
trayectoria, contribuyendo de forma decisiva a su consolidación y
profundización. Primero desde su condición de órgano de expresión de la
Federación de Trabajadores de La Palma y, a partir de 1933, como portavoz
oficioso del Partido Comunista de Canarias.
Espartaco ejercita una creativa
combinación de diversas instancias del trabajo comunicativo, que se refieren en
todo momento tanto a la información como a la ideología. No en vano su función,
más política que estrechamente sindical, viene determinada por su carácter de
instrumento de agitación y de propaganda de masas. Motivo por el cual aparecen
unidos en un solo territorio las tres fronteras principales del activismo
revolucionario: la conciencia, la organización y la movilización de la clase
trabajadora.
Además, la
incorporación a partir de 1932 de una sección dedicada al «panorama social de
la Gomera» o la cuidadosa atención que se prodiga a la preparación de los
congresos obreros regionales, representan pasos decididos en la tarea de romper
con el localismo insular y generar unidades de mayor relieve en el movimiento
obrero canario. Una necesidad que la propia dinámica de la lucha de clases le
venía demandando, en particular a medida que las condiciones de explotación
económica y de represión política se aceleran con el «bienio negro», la
coalición radical cedista que gobierna desde finales
de 1933 hasta febrero de 1936. La formación en agosto de 1932 del Frente Único
Obrero, que agrupa a la Federación palmera y a organizaciones obreras de La
Gomera y de El Hierro, o los llamamientos a la unidad regional de los
trabajadores, para hacer frente a la clausura de los sindicatos y a los
encarcelamientos que se repiten desde 1933, son algunos de los eslabones que
confirman esta política unitaria que despliegan los comunistas15.
Espartaco, en cuyo comité de redacción
figura siempre José Miguel Pérez, promueve el desarrollo de una política de frentes, inducida por los comunistas, que
levanta como argumento central la unidad de acción de las fuerzas populares
contra el capitalismo y la «reacción» (que en el lenguaje de la época hacía
referencia al Ejército, la Iglesia y el Estado). Una concepción frentista
ciertamente muy laxa, pues en un primer momento incorpora a la oposición
republicana a la Monarquía. El apoyo expreso al candidato socialista en las
elecciones a Cortes constituyentes (1931), que lo es en realidad al candidato
de una Agrupación Socialista insular que, curiosamente, impulsa el propio grupo Espartaco, apuntaba ya esta orientación, que las
activas campañas en favor de la Candidatura Obrera y Campesina de Frente Único
(1933) o del Frente Popular (1936) no harán sino elevar a sus exponentes más
conocidos.
La estrategia
comunista que imprime José Miguel Pérez al movimiento de masas desencadena,
pese a todo, el crecimiento, desconocido hasta entonces en La Palma, de una
fuerza obrera organizada, dispuesta a radicalizar la lucha de clases y a asumir
la construcción del ideario socialista.
3.
CUESTIONES DE TÁCTICA Y ESTRATEGIA
Cuando en 1931
se produce el establecimiento del régimen republicano, José Miguel Pérez
advierte de los márgenes exclusivamente políticos en los que se desenvuelve
este cambio: la naturaleza clasista del Estado permanece inalterable y, todo lo
más, se introduce una nueva arquitectura política en la dominación del capital.
No obstante, presume, en un primer momento, que la República aportaría a la
clase trabajadora mejores condiciones para desarrollar sus derechos
democráticos, proscritos durante la monarquía borbónica. Pero el programa del
Gobierno provisional, por el contrario, recoge tan sólo algunas aspiraciones
generales, como el aumento del empleo, el plan de escolaridad, la
«reorganización» del ejército, etc. Lo que conduce a José Miguel Pérez a
insistir en la necesidad de avanzar en la dimensión revolucionaria abierta por
este cambio, como la mejor expresión del ejercicio de la soberanía popular.
Con la
proclamación de la República debía cubrirse un primer acto democrático de la
revolución socialista, la fase inicial de un proceso político que removiera
toda la organización de la vieja sociedad feudal. Ni el ensayo restauracionista ni el recurso a una dictadura, habían
servido para conciliar los intereses de las clases dominantes: la vieja
oligarquía cerealista y ganadera, por un lado, y las diversas fracciones de la
burguesía, por otro. La resistencia de las estructuras feudales y el precario
desarrollo del capitalismo español dejaban, de nuevo, al descubierto su
tradicional conflicto de hegemonía, que los trabajadores tenían que aprovechar
para profundizar en la lucha de clases, en su «defensa contra la explotación».
Aunque José
Miguel Pérez observa la insuficiencia de un cambio puramente formal en la organización política del
Estado, también es consciente de la debilidad que todavía arrastra el
movimiento obrero. La penetración en la agricultura del «capitalismo
arrendatario extranjero» amenazaba con situar definitivamente al campesinado
bajo la «esclavitud del salario», convirtiendo a los antiguos medianeros en peones
asalariados. Por tanto, el fenómeno de substitución de las relaciones feudales
de producción por las capitalistas empezaba a ocasionar la ruina y la miseria
del pequeño y mediano campesino, aumentando así las filas de una clase
trabajadora aún desarticulada social y políticamente. Cualquier alternativa
revolucionaria tenía que partir de un criterio básico: la autonomía política de
la clase obrera, organizada en estructuras propias, unitarias e independientes
de la influencia burguesa. Lo cual precisaba todavía de una acumulación de
fuerzas que no había hecho más que empezar. Por eso el inicial acercamiento del
grupo Espartaco al republicanismo, primero, y al
Partido Socialista (PSOE), después. Una línea política, la del frente único,
que, en la práctica sindical y aunque el comunismo se llegue a configurar a
partir de 1933 como opción partidaria, no será abandonada ni siquiera cuando se
produzca, como sucedió en Cuba, la ruptura con el socialismo.
Por tanto,
José Miguel Pérez formula una interpretación etapista de
la revolución social. La transformación tenía que arrancar en una primera fase
de liquidación democrática o burguesa de los residuos feudales, fundada en la
lucha de masas (bien entendido que, en realidad, se trató de una lucha más
sindical que política). Y, a continuación, como consecuencia de la acumulación
de condiciones y fuerzas revolucionarias, la lucha política se inclinaría hacia
la institución de un poder obrero y campesino, encargado de preservar la
edificación de la sociedad comunista. Perspectiva desde la que las contiendas
electorales representan simples «accidentes» de la batalla política, cuya
extensión admitiría el constitucionalismo únicamente en la medida que
contribuyera a erradicar las arterias feudales de la antigua sociedad,
asentando los derechos democráticos del pueblo trabajador16. Pero en
absoluto debía constituir otra cosa que un medio al servicio de esa acumulación
de fuerzas revolucionarias, lo que, desde luego, no estaba cumpliendo el
vacilante régimen republicano.
En cambio, la
dirección comunista española toma posiciones netamente divergentes a las del
político canario. Acantonada en las proposiciones emitidas desde la
Internacional, la táctica del PCE tendía a la constitución de soviets de obreros y campesinos, como toda
respuesta a la instauración de la República. Las primeras instrucciones del
Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (EKKI) confirman la posición
española de no prestar ningún apoyo al Gobierno provisional, al que se califica
de burgués, ni de sostener pactos con otras fuerzas políticas, en especial con
el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). El PCE decide entonces practicar
una oposición de izquierdas en el seno de las organizaciones obreras. Tales
eran los presupuestos de la Internacional Comunista, que reconocían en España
condiciones similares a las de Rusia en 1917, optando por copiar la experiencia
soviética (Bullejos 1979: 42).
El
conocimiento directo de dos dictaduras y de la actuación del imperialismo y,
cómo no, el estudio de la densa trayectoria combativa acumulada por el
movimiento comunista internacional desde 1919, proporcionan a José Miguel Pérez
una visión muy clara de las tareas que aguardaban a un destacamento de vanguardia
de la clase obrera. Otra cosa bien distinta fueron los indecisos resultados
prácticos que consigue armar el proletariado palmero, drásticamente
desmantelados por el golpe militar del 18 de julio.
El primer
plano de las propuestas políticas del dirigente comunista lo ocupa la
organización de la revolución. Convencido ya desde finales de 1931 del carácter revisionista del socialismo español e insular, sólo
confía en la «violencia del proletariado organizado» para arrostrar la inmensa
tarea de renovación social que se abría a la acción de los obreros conscientes.
Pero de la necesidad de una «ruptura violenta que destruya el Estado capitalista»17. el comunismo canario sólo
teoriza y concreta en la práctica las herramientas sindicales y, en menor
medida, partidarias (ambas dentro de los márgenes de la legalidad burguesa).
Cierto que José Miguel Pérez aporta abundantes reflexiones destinadas a
esclarecer cada uno de los pasos que era preciso conquistar: en el terreno de
las formas y de los métodos de lucha; en la aplicación de la línea de masas; y
hasta en la definición del campo de las alianzas, de manera que, bajo cualquier
circunstancia, prevaleciera la personalidad política del proyecto comunista.
Pero esa tendencia a considerar una eventual colaboración con las facciones más progresistas de la burguesía, propia de una
revolución por etapas y, mucho más, de la política de frentes populares que
ampara la Internacional, no facilitó en absoluto la formación de un definitivo
encuadramiento independiente para el proletariado canario. Buena prueba de ello
fue la parálisis generalizada que atenazó sus filas ante el golpe de Estado,
fiando la resistencia a la acción del Gobierno constitucional
y no a la movilización de las masas populares.
Pese a todo,
lejos de encerrarse en un localismo estéril e inconsecuente, el maestro palmero
impulsa la política de frente único obrero y campesino por todo el Archipiélago.
Tras la celebración, en febrero de 1933, del primer congreso regional del PCE
en Canarias, al que le resulta imposible asistir, aparecen en sólo cuestión de
meses las primeras formas orgánicas de esa política de unidad regional de la
clase trabajadora. Desde octubre trabajan los comunistas en la creación de una
plataforma electoral para acudir a las elecciones legislativas de noviembre. La
Candidatura Obrera y Campesina que levantan integra a personalidades tan
relevantes como el propio José Miguel Pérez, el obrero grancanario José Suárez
Cabral (encargado por el PCE de organizar el partido en Canarias), el
socialista gomero Fernando Ascanio (preso a
consecuencia de los «sucesos de Hermigua» ocurridos
en marzo) y el también socialista Domingo González (médico y maestro palmero).
A partir de entonces se perfila un nuevo soporte político, el Frente Único
Revolucionario, que las notables divergencias tácticas y estratégicas entre
socialistas y comunistas harán inviable18.
Distintos
factores obstaculizan, en suma, esa vertebración unitaria del conjunto de las
fuerzas obreras de Canarias. Por lo que hace referencia a los factores
políticos, no cabe duda que destaca la gran influencia de las opciones
reformista y anarquista en el seno del movimiento obrero, además de las medidas
represivas y antisindicales que interponen la burguesía canaria y el propio
Gobierno español. En cuanto a los factores económicos, el agravamiento de la
crisis a partir de 1933, con un descenso muy acusado del poder adquisitivo de
los salarios y un incremento progresivo del paro, condicionó de forma poderosa
cierta desorganización en la clase trabajadora (con independencia de la
participación de otros factores históricos ya mencionados).
De cualquier
manera, la formación del Partido Comunista había introducido ya un cambio
fundamental en la concepción del movimiento obrero. Hasta entonces dominaba lo
que podríamos designar como una línea de resistencia a la explotación capitalista,
expresada en la política de conciliación de clases que practican los
socialistas o en el recurrente activismo de los anarquistas. Los comunistas, en
cambio, propugnan un programa de ruptura con esa explotación a través de una
transformación revolucionaria de la sociedad.
Pero el
peligro fascista se presumía inminente. El auge internacional del fascismo
había superado bien pronto el tipismo italiano y retaba amenazadoramente al
movimiento obrero y popular europeo. Una reedición de la coalición electoral de
1931, entre republicanos y socialistas, hubiera quedado claramente
desautorizada por la acción crecientemente combativa de las masas (1934).
Sin lugar a
dudas, José Miguel Pérez prefería profundizar en la táctica de frente único19. De hecho, en las elecciones de 1933 la
Candidatura Obrera y Campesina había obtenido un importante respaldo en sus
zonas de influencia (La Palma y norte de La Gomera), además del apoyo que
recibe en La Orotava de parte del sector más
radicalizado de la Unión General de Trabajadores (UGT). Respaldo que confirma
al dirigente comunista la validez de la táctica que aboga por la unidad de la
clase trabajadora, al margen de colaboraciones más estrechas con los «agentes
de la burguesía en los medios obreros»20.
Para
entonces, la Internacional Comunista promociona la tesis de los frentes
populares, que defienden el búlgaro G. Dimitrov (1882
1949) y el italiano P. Togliatti (1893 1964):
unificación de la clase obrera y de los movimientos populares en frentes de
concentración antifascista, admitiendo, por ejemplo, la colaboración de la
Unión Soviética con países capitalistas para «detener» al nazismo.
No obstante
esta divergencia táctica, José Miguel Pérez asume la responsabilidad de
impulsar las iniciativas de la Internacional. Y en mayo de 1936 emprende viaje
a Madrid en calidad de compromisario del Frente Popular, para decidir acerca de
la designación de Manuel Azaña (1880 1940) como presidente de la República. Al
mismo tiempo, aprovecha su escala en Tenerife para participar en un mitin frentepopulista con motivo de la celebración del Primero de Mayo21.
Hasta tal
punto se consideraba una inminente victoria del fascismo en España, que los
comunistas canarios, desde pocos meses después de constituirse como partido en
1933, incluyen entre sus argumentos estratégicos el derecho de autodeterminación:
l) Derecho
de Canarias a la autodeterminación hasta la constitución en Estado
independiente.
m) Lucha
despiadada en todos los órdenes y por todos los medios contra el fascismo y la
guerra imperialista22.
Una posición
que, al margen de la línea política del Partido Comunista de España, hace que
cobre carta de naturaleza en el movimiento obrero canario desde 1934. Por
primera vez, la revolución proletaria contra el capitalismo aparecía asociada a
la liberación nacional. Aunque, bien es verdad, de una forma un tanto retórica,
ya que a la cuestión nacional se destina un segmento subsidiario en el programa
comunista. Únicamente, y como contribución personal, el ingeniero gomero
Guillermo Ascanio elabora una minuciosa alternativa
de desarrollo independiente para el pueblo trabajador de Canarias23.
Pero en ningún caso el Partido Comunista cristaliza estos contenidos, ni en el
plano teórico ni en su desarrollo práctico de masas.
4.
EL GOLPE DE ESTADO
La crisis de
sobreproducción que sacude al mundo capitalista entre 1929 y 1931 no podía
dejar de afectar a la quebradiza economía del Archipiélago, tan dependiente del
comercio exterior. Las fracciones agraria y mercantil de la burguesía, que
viven enfrentadas, en especial, por el control de las exportaciones, optan
también a partir de 1936 por salvar sus diferencias internas haciendo causa
común contra su principal enemigo: el ascendente movimiento obrero organizado.
La dictadura que instauran las clases dominantes no se limita a desmantelar las
organizaciones sindicales y políticas de la clase trabajadora. En lo sucesivo,
el caudal de experiencia conquistado por el pueblo trabajador será
completamente destruido mediante una represión sistemática y generalizada. No
ya las elaboraciones estratégicas, que proceden de plumas como las de José
Miguel Pérez o Guillermo Ascanio, sino las cuestiones
más elementales relacionadas con las diversas formas de lucha y de organización
social, desaparecieron durante mucho tiempo de la cultura popular.
En efecto,
esa parece ser la constante más notoria que define el movimiento laboral en
Canarias. Toda la experiencia que acumulaba la clase trabajadora en las
contiendas sociales, difícilmente conseguía ser transmitida a las generaciones
posteriores. La coacción social o las reiteradas crisis económicas se
sorteaban, por lo general, con la resignación en la penuria o surcando el
Atlántico, y en ningún caso cuestionando el orden que las urdía. Esa
persistencia histórica de factores que desarticulan su constitución clasista ha
distinguido la evolución del movimiento obrero con un sesgo peculiar. Junto a
la composición un tanto frágil e insubstancial de sus respuestas políticas e
ideológicas, éstas se han venido repitiendo en forma de ciclos cortos y
aislados entre sí (como otra de las esporádicas manifestaciones eruptivas del
Archipiélago). Así ocurre tras el período de crecimiento que ahoga la dictadura
de Primo de Rivera o después de la abierta liquidación que patrocina el régimen
franquista.
Pocos días
antes del 18 de julio de 1936, ante la inminencia de la sublevación militar,
comunistas palmeros y socialistas herreños consideran la posibilidad de
abandonar el Archipiélago. Sobradamente conocidos los rumores que involucran en
la sedición a las tropas africanas, nadie cree en la virtualidad de dominar el
alzamiento en su misma base de gestación. Se piensa en un destino, la isla de
Madeira, desde donde poder seguir con mayor seguridad la evolución de los
acontecimientos, al tiempo que permitiera una rápida intervención del lado
republicano (si se daban las condiciones)24.
Alentados por
las previsiones del Gobierno, que hablan de sofocar el levantamiento fascista
en poco tiempo, el comité palmero del Frente Popular reconsidera sus planes iniciales
y decide defender con las armas la legalidad republicana. Hasta el día 25, los alzados palmeros protagonizan lo que se ha
dado en llamar la Semana Roja. Sin la adecuada preparación militar y,
lo que es más importante, sin sólidas bases de apoyo entre el campesinado, el
movimiento de resistencia republicana termina con el desembarco de una columna
fascista, enviada a bordo del cañonero «Canalejas» desde Las Palmas de Gran
Canaria.
José Miguel
Pérez es detenido el 18 de agosto en la capital palmera. Las autoridades
ordenan su traslado a Tenerife, ante el escepticismo del dirigente comunista
por la aparente ineficacia del golpe militar, que aún no había conseguido
dominar ni la capital ni las principales ciudades españolas.
A las cuatro
de la tarde del día primero de septiembre, es sometido a un sumarísimo consejo
de guerra en la sala de actos del cuartel («San Carlos») del regimiento de
Infantería número 38 de Tenerife. La sentencia no regatea ninguno de los cargos
con los que cualquier régimen autoritario ha intentado siempre conjurar la
disidencia social: ideas disolventes, corrupción de la juventud... Considerando
el carácter más testimonial que efectivo de la resistencia militar, sólo un
factor explica la celeridad y contundencia de la represión que desata la clase
dominante: el nivel de desarrollo político y organizativo alcanzado, bajo la
dirección de José Miguel Pérez, por el proletariado palmero.
Condenado a
muerte por el «delito consumado de rebelión militar»25, el maestro palmero es recluido en el cuartel de
Caballería (ubicado en el barrio de Buenavista de la capital tinerfeña), en
espera de la confirmación de la sentencia por la Junta de Defensa que los
militares golpistas habían instalado en Burgos. En la mañana del día 4 de
septiembre de 1936 es conducido a la batería del barranco del Hierro, donde un
piquete del grupo mixto de Artillería se encarga de fusilar su último grito de
victoria para el Partido Comunista.
Poco antes de
ser llevado frente el pelotón de ejecución, dirige unas líneas a su esposa
donde resume de forma sencilla el sentido de su trayectoria personal: «[...] muero tranquilo y en mi puesto de siempre»26.
De la misma
manera, en la sima de Jinámar o en la cárcel de Fyffes, en el campo de concentración de Gando o en las prisiones flotantes, poco más de cinco años
de laborioso desarrollo del movimiento obrero caerían
abatidos durante largos años de dictadura.
FUENTES
1.
ARTÍCULOS DE J. M. PÉREZ
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1916.
2.
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3.
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4.
«Luz para todos. Vida y creación», Nueva
Luz, La Habana, 3 de agosto
de 1922.
5.
«El primitivo esfuerzo» (I), Nueva
Luz, La Habana, 10 de agosto
de 1922.
6.
«El primitivo esfuerzo» (II), Nueva
Luz, La Habana, 17 de agosto
de 1922.
7.
«Virtud creadora», Espartaco, La Habana, octubre de 1922.
8.
«Plan para la formación de una escuela racionalista», Nueva Luz, La Habana, 2 de noviembre de 1922.
9.
«Carta abierta a Carlos Baliño», Espartaco, La Habana, diciembre de 1922 ‑
enero de 1923.
10.
«Asuntos pedagógicos», Nueva
Luz, La Habana, 4 de enero de
1923.
11.
«Plan para la escuela racionalista nocturna», Nueva
Luz, La Habana, 25 de enero
de 1923.
12.
«Palabras de un maestro» (I), Nueva
Luz, La Habana, 28 de junio
de 1923.
13.
«Palabras de un maestro» (II), Nueva
Luz, La Habana, 5 de julio de
1923.
14.
«Palabras de un maestro. A J. A. Mella» (I), Nueva
Luz, La Habana, 20 de enero
de 1924.
15.
«Palabras de un maestro» (II), Nueva
Luz, La Habana, 31 de enero
de 1924.
16.
«Palabras de un maestro» (III), Nueva
Luz, La Habana, 15 de febrero
de 1924.
17.
«Cosas que debemos saber», Nueva
Luz, La Habana, 15 de mayo de
1924.
18.
«Cosas que no debemos olvidar» (II), Nueva
Luz, La Habana, 20 de junio
de 1924.
19.
«Nuevos refuerzos: la Universidad Popular», Nueva
Luz, La Habana, 3 de agosto
de 1924.
20.
«Paralelismo revolucionario. ¿Por qué celebramos la Commune?», Justicia, La Habana, 28 de marzo de 125.
21.
«Paralelismo revolucionario. ¿Por qué celebramos la Commune?», Justicia, La Habana, 4 de abril de 1925.
22.
«Don Pedro Pérez Díaz», El
Tiempo, S/C de La Palma, 8 de
abril de 1930.
23.
«República y socialismo» (I), Espartaco, S/C de La Palma, 6 de junio de 1931.
24.
«República y socialismo» (II), Espartaco, S/C de La Palma, 13 de junio de 1931.
25.
«Las pasadas elecciones», Espartaco, S/C de La Palma, 4 de julio de 1931.
[Atribuido].
26.
«En las redes del Código», Espartaco, S/C de La Palma, 18 de julio de 1931.
[Atribuido].
27.
«Comentarios a una conferencia» (I), Espartaco, S/C de La Palma, 25 de julio de 1931.
28.
«Comentarios a una conferencia» (II), Espartaco, S/C de La Palma, 1 de agosto de 1931.
29.
«Constitución y problemas constituyentes» (III), Espartaco, S/C de La Palma, 8 de agosto de 1931.
30.
[Título roto], Espartaco, S/C de La Palma, 29 de agosto de 1931.
31.
«El buen consejo de Sancho», Espartaco, S/C de La Palma, 3 de octubre de 1931.
32.
«La honrada intransigencia revolucionaria», Espartaco, S/C de La Palma, 21 de noviembre de
1931.
33.
«En familia...», Espartaco, S/C de La Palma, 5 de diciembre de
1931.
34.
«Paréntesis obligado», Espartaco, S/C de La Palma, 12 de diciembre de
1931.
35.
«Socialistas sin socialismo...», Espartaco, S/C de La Palma, 19 de diciembre de
1931.
36.
«Estado y capitalismo» (I), El
Socialista, S/C de Tenerife,
8 de febrero de 1932.
37.
«La Ley de Defensa de la República», Espartaco, S/C de La Palma, 19 de marzo de 1932.
38.
«Dogmatismo democrático», Espartaco, S/C de La Palma, 23 de abril de 1932.
39.
«Estampa y estampas», Espartaco, S/C de La Palma, 14 de mayo de 1932.
40.
«Carácter general de la Reforma Agraria», Espartaco, S/C de La Palma, 20 de agosto de 1932.
41.
«La Reforma Agraria en Canarias», Espartaco, S/C de La Palma, 27 de agosto de 1932.
42.
«I Congreso de la Federación de Trabajadores de La Palma», Espartaco, S/C de La Palma, octubre de 1932.
43.
«España entre las garras del imperialismo», Espartaco, S/C de La Palma, 10 de diciembre de
1932.
44.
«En el camino de la traición», Espartaco, S/C de La Palma, 31 de diciembre de
1932.
45.
«'No se ha hecho política socialista'» (II), Espartaco, S/C de La Palma, 7 de enero de 1933.
46.
«Política y religión», Espartaco, S/C de La Palma, 12 de agosto de 1933.
47.
«Jueces de ayer y justicia de hoy», Espartaco, S/C de La Palma, 19 de agosto de 1933.
48.
«Los agentes de la burguesía en los medios obreros», Espartaco, S/C de La Palma, 2 de septiembre de
1933.
49.
«Los lemas de Acción Social», Espartaco, S/C de La Palma, 9 de diciembre de
1933.
50.
«¿Evolucionamos,
camaradas socialistas?», Espartaco, S/C de La Palma, 16 de diciembre de
1933.
51.
«Contestando a las campañas antisoviéticas de Acción Social», Espartaco, S/C de La Palma, 20 de enero de 1934.
52.
«Un folleto de Otto Bauer», Espartaco, S/C de La Palma, 24 de marzo de 1934.
53.
«El arte al servicio de la revolución», Espartaco, S/C de La Palma, 1 de mayo de 1934.
54.
«Vivienda y educación», Espartaco, S/C de La Palma, 15 de septiembre de
1934.
55.
«Los partidos obreros, los bloques antifascistas y los acuerdos electorales»
(I), Espartaco, S/C de La Palma, 17 de agosto de 1935.
56.
«Los partidos obreros, los bloques antifascistas y los acuerdos electorales»
(II), Espartaco, S/C de La Palma, 24 de agosto de 1935.
57.
«Los partidos obreros, los bloques antifascistas y los acuerdos electorales»
(III), Espartaco, S/C de La Palma, 31 de agosto de 1935.
58.
«El empeño colaboracionista de Prieto», Espartaco, S/C de La Palma, 30 de mayo de 1936.
59.
«La reforma constitucional soviética y los 'comentarios alarmantes'», Espartaco, S/C de La Palma, 20 de junio de 1936.
2.
POEMAS DE J. M. PÉREZ
60. «Cantos de esperanza», Justicia, La Habana, 9 de julio de 1921.
61.
«Siembra...», Nueva Luz, La Habana, 24 de agosto de 1922.
62.
«Poemas», Nueva Luz, La Habana, 7 de septiembre de 1922.
63.
«Víctimas de la guerra. El niño», Nueva
Luz, La Habana, 7 de junio de
1923.
64.
«Hacia tu alma», Nueva Luz, La Habana, 19 de julio de 1923.
65.
«Ocaso», Espartaco, S/C de La Palma, 1 de octubre de 1932.
REFERENCIAS HEMEROGRÁFICAS
Y BIBLIOGRÁFICAS
La bibliografía
producida acerca del dirigente palmero es todavía realmente escasa. Aparte de
las citas que se incluyen en el presente trabajo, existe información adicional
sobre su pensamiento político en varios artículos y un par de libros.
Anónimo. 1985. «Apuntes para una biografía de José Miguel Pérez». Espartaco 4: 2-4. S/C de Tenerife: Órgano del
PCC (o-c).
Ascanio,
Juan Pedro. 1986. «José Miguel Pérez, educador revolucionario y comunista
fundador». Jornada, 2 y 3 de septiembre de 1986.
Cabrera Acosta, Miguel. Ángel. 1991a. La II República en las Canarias
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Tenerife: Ed. Cabildo Insular de El Hierro / Centro de la Cultura Popular
Canaria.
Cabrera Acosta, Miguel. Ángel. 1991b. José Miguel Pérez y el movimiento
obrero canario (1930‑1936). Tenerife:
Benchomo.
Domínguez, C. 1998. Apuntes para una biografía política
de José M. Pérez. Tenerife:
Espartaco.
García More,
R. 1986. «A 50 años del asesinato de José Miguel Pérez». Gramma, 4 de septiembre de 1986.
González Casanova,
Francisco. 1985. «En memoria de un gran líder canario: José Miguel Pérez». El Día, 26 de septiembre de 1985.
Paz Sánchez,
Manuel Antonio de. 1980. «José Miguel Pérez y la resistencia antifranquista en
La Palma». Tribuna Comunista.
Suárez Rosales,
Manuel. 1986. «José Miguel Pérez, mártir del pueblo». El Día, 21 de agosto de 1986.
Además, se
incluyen referencias tangenciales pero de cierto interés en los siguientes
libros:
Cabrera, Olga. 1985. Alfredo López. Maestro del
proletariado cubano. La Habana:
pp. 102, 108, 141 y 216‑219.
García, A. y Mironchuk, P. 1977. La Revolución de Octubre y su
influencia en Cuba. La
Habana: Academia de Ciencias de Cuba, pp. 212‑213.
Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la
Revolución Socialista de Cuba. 1977. El movimiento obrero cubano, Documentos y artículos. Tomo II: 1925‑1935. La
Habana: Ed. Ciencias Sociales, pp. 17‑20.
Massieu González,
S. 1988. Cartas a mis nietos:
lo que no les había contado. De la Agrupación de Cultura Proletaria «Octubre». Caracas.
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«Historia del P.C. en Canarias (1927‑1931)». Tribuna Comunista 8: 4.
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del siglo XX. Barcelona:
Laia, 2ª ed., 3 vols.
Wallerstein, Inmanuel. 1979 (1974). El
moderno sistema mundial. Madrid:
Siglo XXI.
NOTAS
1.
Aquí se han tenido en cuenta,
sobre todo, los siguientes trabajos: E. Laclau
(1980); G. Arrighi (1975); S. Amin
(1979 y 1988) y C. F. Santana Cardoso y H. Pérez Brignoli
(1981). ▲
2.
Un excelente análisis de este proceso se
encuentra, por ejemplo, en M. Dobb (1979). ▲
3.
Cf. Brito González (1980: 23 24 y 33 40). ▲
4.
Ver Rodríguez y Rodríguez de Acuña (1981:
57 60). Cf. Macías Hernández (1983: 278 279). ▲
5. Verdad, S/C de La Palma, 8 de
febrero de 1919. ▲
6. Verdad, S/C de La Palma, 8 de febrero de 1919. ▲
7.
«Conocer», Oriente, S/C de La Palma, 30 de
septiembre de 1916; «La cultura y la vida. De su influencia social», Justicia, La Habana, 2 de julio de 1921;
«Poemas», Nueva Luz, La Habana, 7 de septiembre de 1922. ▲
8.
En concreto, 213 millones $ corresponden
a inversiones británicas y 220 a norteamericanas. Ver Santana Cardoso y Pérez Brignoli (1981, II: 136). ▲
9. La conferencia, dictada el
domingo 26 de junio, se publica en el periódico Justicia, órgano de la Agrupación Socialista
habanera, el 2 de julio de 1921, págs. 2 3. Durante su intervención hace referencia
a otras disertaciones suyas, que no hemos podido localizar, pronunciadas con
anterioridad y que habían suscitado cierta polémica. En ellas insiste en el
potencial revolucionario de la cultura. ▲
10.
Las exposiciones más completas
al respecto se encuentran en los siguientes artículos: «Virtud creadora», La
Habana, Espartaco, octubre 1922, pp. 31 32; «Plan para la
formación de una escuela racionalista», La Habana, Nueva Luz, 2 de noviembre de 1922, p. 7; «Plan
para la escuela racionalista nocturna», La Habana, Nueva Luz, 25 de enero de 1923, p. 7.▲
11.
«Palabras de un maestro. A J. A. Mella», serie de tres
artículos que aparecen en Nueva
Luz, La Habana, el 20 y el 31
de enero, y el 15 de febrero de 1924. Cf. O. Cabrera (1985: 108). Con idéntico
título, había publicado con anterioridad (junio y julio de 1923) en el mismo
periódico sendas críticas de la apropiación burguesa del saber. ▲
12.
«Nuevos esfuerzos: la Universidad Popular», Nueva Luz, La Habana, 3 de agosto de 1924, pág.
3. ▲
13. «I Congreso de la Federación
de Trabajadores de La Palma», Espartaco, S/C de La Palma, 22 de octubre de
1932. Cf. Brito González (1980: 102 103 y 206). ▲
14.
Existen copias en la hemeroteca de la Universidad de
La Laguna. ▲
15.
Cf. Brito González (1980: 264)
y Gaceta de Tenerife, S/C de Tenerife, 15 de enero de 1933. ▲
16. Al respecto puede consultarse,
además de la producción conocida de José Miguel Pérez, otro artículo sin firma
que le atribuye Floricel Mendoza Santos, dirigente de
las Juventudes Comunistas de La Palma durante la Segunda República, titulado
«Las pasadas elecciones», Espartaco, S/C de La Palma, 4 de julio de 1931. ▲
17.
«Constitución y problemas
constituyentes», Espartaco, S/C de La Palma, 8 de agosto de 1931. ▲
18. El Frente se constituye el 3
de marzo de 1934 en Las Palmas de Gran Canaria con la participación de
comunistas, socialistas y sindicatos. Ver al respecto la obra de Cabrera Acosta
(1991a: 536 537). ▲
19.
Cf. los tres artículos que dedica en 1935 a «Los
partidos obreros, los bloques antifascistas y los acuerdos electorales», Espartaco, S/C de La Palma, 17, 24 y 31 de
agosto. ▲
20.
Título de un artículo que publica en Espartaco, S/C de La Palma, 2 de septiembre de
1933. ▲
21.
Información proporcionada por Floricel
Mendoza y Juan Pedro Ascanio. ▲
22.
Para las elecciones legislativas
de noviembre de 1933, el PCE en Canarias presenta una plataforma que incluye
trece puntos con diversas demandas económicas y políticas. Ver «A los obreros y
campesinos», Espartaco, S/C de La Palma, 28 de octubre de
1933. Posteriormente, las Bases del Frente Único Revolucionario repiten en lo
substancial esta plataforma. Ver Espartaco, S/C de La Palma, 17 de marzo de 1934. ▲
23. Se contiene en la serie de
cuatro artículos que titula: «La crisis económica y el proletariado canario», Espartaco, S/C de La Palma, 28 de octubre y 4, 11
y 18 de noviembre de 1933. ▲
24.
Tres barcos surtos en el muelle
de la capital son retenidos y enviados a Tazacorte
con este fin, según nos informa Floricel Mendoza. Cf.
Cabrera Acosta (1985: 15 16). ▲
25. La Tarde, S/C de Tenerife, 2 de
septiembre de 1936 y Gaceta de
Tenerife, S/C de Tenerife, 3
de septiembre de 1936. ▲
26.
Citado por González Casanova (1985). ▲
‣ SOBRE LA NATURALEZA DE LA PERESTROIKA [Inédito, 1991]
El trabajo
que se presenta a continuación fue redactado en febrero del año 1991, como contribución
del autor al debate suscitado en el Aula de Cultura de la Facultad de Geografía
e Historia de la Universidad de La Laguna.
El
documento, que no llegó a ser editado, reproduce el texto original, esto es,
sin excluir ninguna de las consideraciones políticas e ideológicas que entraron
en juego en aquella discusión.
INTRODUCCIÓN
Pretender
esclarecer la orientación política que sigue el proceso de reestructuración o perestroika en la Unión Soviética, representa tanto
como determinar la naturaleza de clase que define a su sociedad y el estado de
la lucha de las clases que la integran. Pero, como es natural, sobre esta
realidad operan también factores externos. Esto es aún más cierto hoy día por
cuanto la mundialización de las economías parece haber entrado en una nueva
fase de su desarrollo: la de hegemonía de una capitalismo más monopolista y más
«desnacionalizado».
Con esto,
antes que aleccionar a nadie acerca del modo de abordar correctamente una
reflexión sobre este asunto, intento enunciar las cuestiones que me parecen más
relevantes y la posición metodológica desde la que me propongo tratarlas. Por
tanto, no se espere encontrar aquí un análisis sesgado, bien en torno al
contenido de las medidas de política económica que se han puesto en práctica en
la URSS o bien en torno al alcance social de las reformas políticas.
Desde una
perspectiva histórica, intentaré caracterizar los rasgos fundamentales que
configuran la evolución de esos dos factores que he destacado con anterioridad:
1) El
desenvolvimiento histórico de la sociedad soviética.
2) Las
condiciones de realización de la mundialización económica.
No obstante,
cuanto sigue en estas páginas sólo alienta el propósito de contribuir en lo
posible a una clarificación ideológica del movimiento obrero y popular en
Canarias.
I. ALGO DE HISTORIA
La Revolución
de Octubre proporcionó -objetivamente- un impulso determinante al desarrollo
del capitalismo en Rusia, creando las condiciones para acelerar el proceso de
su acumulación capitalista. De nuevo, la historia suministraba una prueba más
en cuanto a que los cambios en las formas de propiedad no afectan de modo
substancial al contenido predominante en las relaciones sociales de producción:
la estatalización de los medios de producción no frenó
en absoluto el proceso de acumulación capitalista, ni mucho menos varió su
signo. Cuatro son los factores principales que, a mi juicio, han intervenido
forzando esa dirección, contraria -cómo no- a los presupuestos subjetivos del PC(b):
1) El retraso
relativo de la organización capitalista de la producción en Rusia respecto del
resto de las formaciones centrales del capitalismo mundial.
2) El
hostigamiento económico y militar imperialista sobre la convulsionada sociedad
soviética a partir de 1917.
3) El triunfo
dentro del PC(b) de la tesis economicista sobre el
desarrollo social, que identifica en las fuerzas productivas, ¡y no en la lucha
de clases!, el elemento fundamental en la transformación revolucionaria.
4) La estatificación
de la organización sociopolítica del poder revolucionario, al imponerse un
«sistema de dictadura del proletariado» ejercido por el PC(b),
separado de las masas populares y en oposición a la alianza obrero-campesina.
La primera
guerra imperialista mundial y, a continuación, la Guerra Civil no sólo
acentuaron el atraso (desde un punto de vista capitalista) del aparato
productivo, y del sector industrial más en particular, sino que favorecieron la expropiación (estatalización de la propiedad sobre
los medios de producción) y la sobreexplotación de la clase trabajadora (a través del
«comunismo de guerra»). Durante este primer período revolucionario se
configuran los métodos y la organización del trabajo que, aunque concebidos
como «medidas provisionales», se mantendrán a lo largo del tiempo. Me refiero
tanto a los métodos de dirección única, o a la subordinación del trabajo manual
al intelectual (que proviene de la proclamación de una jerarquización sociolaboral basada en la especialización y cualificación
en el trabajo), como a las fórmulas de «contabilidad económica» (o jorastchot)
que convierte al Estado en uno de los núcleos centrales para la reproducción de
las relaciones monetario-mercantiles.
Más
concretamente: la institución del jorastchot concede
«autonomía financiera» a las empresas del Estado. Pero rara vez coinciden las
empresas con unidades de producción (como las fábricas). Por el contrario, las
empresas representan agrupamientos del tipo de «uniones» o «trust soviéticos»
que cuentan con fondos propios y autonomía de operación en el mercado,
financiando sus actividades mediante los ingresos que genera y a través del
sistema crediticio que provee la banca estatal. Pero, además, esta autonomía de
gestión, que inserta a las empresas en las relaciones mercantiles y monetarias,
se completa con las responsabilidades en materia de empleo de trabajadores. El
paso progresivo del cumplimiento por las fábricas del plan trazado desde arriba
(que caracteriza los comienzos de la NEP) a la creciente autonomización
de la dirección de las empresas, representa la cristalización de esa concepción
economicista del desarrollo social que se funda en la identificación estrecha
del proceso de reproducción ampliada como un proceso de acumulación, sometido a
las necesidades de valorización de los medios de producción.
En efecto,
durante la Nueva Política Económica (NEP) se instituye el modelo de acumulación
que definirá la naturaleza objetiva del modo de producción en la Unión
Soviética. Como en el sistema capitalista, «tienden a confundirse, sin coincidir
enteramente» (Bettelheim 1978: 279) los siguientes
procesos:
a) de
reproducción ampliada de los bienes materiales y de las condiciones sociales de
su producción;
b) y de
reproducción ampliada del capital, de incremento del valor de los medios de
producción que operan en la exigencia estructural de autovalorización
de ese capital.
Por eso, la
dimensión cardinal en este proceso de acumulación viene fijada por el proceso
de explotación de la fuerza de trabajo y de las fuerzas productivas en general.
Y es precisamente desde esta perspectiva que cobra sentido la función económica
de la política de «capitalismo de Estado» practicada por el PC(b): en la medida
que se profundizan los mecanismos y las formas de alienación y de
diferenciación sectaria dentro de la organización social del sistema productivo
y no se desarrollan verdaderas relaciones de cooperación entre los productores,
la apropiación colectiva de los medios de producción (socialismo) se queda en
una propiedad estatal que funciona más como un «capital combinado» (o
colectivo) (Marx 1979: 406). De aquí que se substituya la lucha de clases por
la «lucha por la producción», o lo que es lo mismo, se someta a los
trabajadores a la «ley económica objetiva» (como es presentada por el
capitalismo) de la autovalorización del capital, del
crecimiento continuo y prioritario de los medios de producción. Esta es la
misma concepción que legitimará la financiación de la industrialización (el
«desarrollo del sector socialista de la economía, la industria productora de
medios de producción») mediante la imposición de un «tributo» o de un
«sobreimpuesto» al campesinado, a modo de proceso de «acumulación primitiva» (Preobrazhenski 1970).
De una parte,
la Revolución de Octubre elimina la industria y el comercio privados y, de otro
lado, suprime las antiguas formas de explotación individual del campesinado.
Pero la nueva organización social de la producción (en los sectores estatales y
cooperativos) no consigue desprenderse de las limitaciones y determinaciones
que le impone el proceso de acumulación a la reproducción ampliada: la
industria se desarrolla, el proletariado crece, pero la alianza
obrero-campesina se rompe y la organización sociopolítica del poder se
estatifica, se separa de los productores directos y ejerce como aparato de
coerción económica y política sobre amplias masas populares, garantizando la
apropiación estatal del excedente (es decir, resguardando los intereses del
«capital colectivo», del «capitalismo de Estado»).
Hasta aquí
las consecuencias prácticas que me parecen más importantes de una desviación en
el plano de la teoría materialista de la historia, la de conferir a las fuerzas
productivas el papel que ocupa la lucha de clases como elemento revolucionario
fundamental en el desarrollo social. Ahora ya me puedo ocupar del «problema
principal de toda revolución, la cuestión del poder» (Lenin 1981a: 281), lo que
representa tanto como determinar su naturaleza de clase y las formas y métodos
de su organización política.
En este
ámbito, de las relaciones de poder entre las clases, la contradicción principal
que atraviesa la institución del poder revolucionario en la Unión Soviética
presenta dos aspectos indisociables:
1) El
carácter proletario del poder de Estado, derivado de la predominancia del
proletariado como clase dominante o fuerza social dirigente, que viene
representada por el PC(b).
2) La alianza
obrero-campesina, que requiere incluir a las fuerzas populares no proletarias
(socialmente mayoritarias) en la organización política del poder de Estado.
El
tratamiento dado a esta contradicción tomó el camino del centralismo
burocrático y de la separación del Estado del control de las masas populares.
Las restricciones impuestas a la participación del campesinado en las
instituciones políticas del Estado, la limitación y posterior prohibición de la
actividad de los partidos (a excepción del bolchevique), no se tradujo en un
aumento de la democracia socialista. Más aún, entre 1918 y 1921 la
representación comunista en los soviets cayó cerca de un 20%, mientras el
poder efectivo de estos organismos se iba transfiriendo de las asambleas a los
aparatos administrativos, y de éstos a los órganos gubernamentales centrales
(que avanzan en un creciente proceso de autonomización).
El aparato administrativo del Estado termina por disociarse de las masas y, en
opinión de Ch. Bettelheim,
incluso del partido (Bettelheim 1976: 247 y ss). En consecuencia, el debilitamiento del poder popular y
la centralización y autonomización del poder de
Estado constituyen las dos caras de una misma realidad objetiva: la
persistencia de relaciones políticas burguesas en el seno de la sociedad
soviética, que se oponen y deterioran el poder revolucionario.
El «sistema
de dictadura del proletariado» no fue capaz de producir un nuevo poder, una
fusión revolucionaria de los «medios dirigentes del partido» y de los órganos
del poder popular, que fueron cayendo progresivamente bajo la influencia de la
burguesía. La utilización por el PC(b) de buena parte
del aparato administrativo del Estado del antiguo régimen favoreció el acceso
de la burguesía al poder de Estado. Las fórmulas de centralización no
democráticas y la burocratización minaron, hasta desnaturalizarla, la base
popular y el carácter proletario del poder, dando paso a partir de finales de
1929 a la reacción burguesa que se conoció como el «gran viraje» (desplegada ya
desde el poder de Estado). El modelo de acumulación que se fundaba en la
industrialización acelerada impuso prematuramente una colectivización forzosa
en el campo. El incremento de las «reservas del Estado», la acumulación
acelerada de los excedentes sociales por el Estado, se prefiguró en el objetivo
principal de la política económica. Y si bien se llevó a efecto en detrimento
de la burguesía privada, no es menos cierto que ocasionó la ruptura definitiva
de la alianza obrero-campesina y proporcionó al Estado, ya centralizado y
autonomizado, el control preferente sobre el proceso de acumulación.
II. ¿QUÉ MODO DE
PRODUCCIÓN?
Bien a través
de la caracterización presentada aquí o bien por otros caminos, la conclusión
más comúnmente aceptada conviene en reconocer que no existe en la Unión
Soviética un modo de producción socialista. Naturalmente, esto excluye a los
«analistas burgueses» que no quieren dejar pasar la ocasión de hacer aparecer
la actual situación de estancamiento y crisis del sistema soviético como la
demostración palmaria del «fracaso del comunismo», y hasta como «el fin de la
historia» (F. Fukuyama). Pero dejando a un lado
despropósitos y manipulaciones, el problema permanece insepulto (para
irritación de los revisionistas y turbación de los dogmáticos, en la medida que
la «utopía socialista» concita todavía el esfuerzo emancipador de las clases
trabajadoras y de los pueblos sometidos): ¿qué modo de producción está en la
base de la formación social soviética?
S. Amin ha propuesto la existencia de un «modo específico», ni
enteramente socialista ni tampoco capitalista, sino una especie de «socialismo
deformado» movido por una ley de «acumulación acelerada», que traslada la
contradicción principal específica de este modo desde la instancia económica
hacia su relación con la instancia político-ideológica. Es decir, la
contradicción opone los objetivos de la acumulación al proyecto socialista.
Pero todavía puntualiza más y aprecia en el modo soviético cuatro rasgos
constitutivos (Amin 1978: 361-368):
1) Los
principales medios de producción son objeto de una apropiación estatal.
2) La fuerza
de trabajo es una mercancía.
3) Los
productos que son objeto de consumo también son mercancía.
4) Los bienes
de equipo no son mercancías pero tienden a convertirse rápidamente en ellas.
Igual que en
los modos de producción precapitalistas, la ideología
funciona como el medio principal para reproducir las condiciones de realización
del sistema. A través de la ideología, la sociedad admite que una
«clase-Estado» se apropie del excedente. Porque la «propiedad estatal del
capital» ha venido a substituir a la «propiedad privada parcelada»
(capitalismo). Aquí reside, en opinión de S. Amin, el
punto de ruptura con el modo capitalista.
Lo que esta
concepción deja de lado es que la característica fundamental del desarrollo
capitalista consiste en la necesidad estructural de autovalorización
del capital en un proceso creciente de acumulación, definido por las relaciones
de explotación que operan en su base. El desenvolvimiento de las fuerzas
productivas representa en el modo de producción capitalista una proyección subsidiaria,
un efecto, de ese proceso de acumulación. De ahí la exigencia de instruir un
doble proceso:
1) Expropiar
a los productores directos la propiedad de los medios de producción, que pasan
a ser detentados, en régimen de monopolio, por una clase social distinta de
éstos.
2)
Mercantilizar el valor de las fuerzas productivas en general (incluida la
fuerza de trabajo), y no sólo de parte o de la totalidad de la producción.
Porque
estatalizar la propiedad de los medios de producción no se corresponde mecánicamente
con su socialización, ni comporta necesariamente su apartamiento de las «leyes
capitalistas del mercado» (escenario de la acumulación). No pueden confundirse,
por tanto, las formas de redistribución social del excedente y los incentivos
laborales con otra cosa que no sea la compensación que el Estado transfiere a
la clase trabajadora por su separación efectiva de la dirección de la
producción (Rossanda 1978: 15). Una compensación que
viene fijada por el estado de la lucha de clases, por las relaciones
contradictorias que oponen a las fuerzas sociales en la organización
sociopolítica del sistema productivo, erigida en el factor principal que
determina el movimiento histórico de la sociedad.
Es así,
entonces, que los trabajadores, asalariados, continúan valorizando los medios
de producción, «los cuales funcionan como un capital colectivo administrado por
una burguesía de Estado» (Bettelheim 1976: 38). Esto
es capitalismo de Estado, la forma social de organización de la producción bajo
la que se desenvuelve la fuerza de trabajo, el «factor básico y decisivo» en la
configuración histórica de un modo de producción.
Sin embargo,
se aduce en contrario que la existencia del capitalismo asocia inevitablemente
la parcelación del capital y de la propiedad sobre los medios de producción (Amin 1978: 360).
Como se
recordará, toda la etapa conocida como de «desestalinización»
(en la que algunos han querido ver un golpe de Estado burgués), no aportó un
cambio radical en las relaciones de producción. Todo lo más se perseguía
«ajustar aquellas partes de las relaciones de producción» que ¿obstaculizaban?
el desarrollo acelerado de las fuerzas productivas. El ajuste vino a aplicarse
a los métodos de gestión y de organización de la producción y el trabajo (igual
que sucedió después durante las reformas de la «era Breznev»
y ahora con la perestroika),
y siempre al servicio de la aceleración. La «dirección única» y la «autonomía
financiera», principios de gestión introducidos en 1918 y 1921 de forma
provisional, incorporaban relaciones capitalistas al sector estatal de la
economía, es decir, dotaba a las empresas -«socialistas»- de «bases comerciales
capitalistas» (Lenin 1981b: 687-690). La particularidad soviética, más allá de
esa provisionalidad que dura ya setenta años, tiene que ver con la regulación
estatal de las relaciones mercantiles y monetarias que, lejos de hacer
desaparecer la parcelación del capital, la reconduce hacia la concentración
sectorial.
La capacidad de
autofinanciación de las empresas y los métodos de dirección centralizada e
independiente adquirieron un notable impulso a partir de 1965, por lo que la
búsqueda del beneficio acabó por consolidarse como la ley principal del
desarrollo soviético, aunque con la «asistencia» de un capital de Estado que
trata de amortiguar la permanente crisis productiva que atraviesa a los
sectores altos y el retraso progresivo que envuelve a los sectores básicos (Rossanda 1978).
III. LA PROFUNDIZACIÓN
DEL...
La perestroika se nos presenta por la documentación
oficial soviética como una «profundización del socialismo». (¿Cuál?).
Imponderables de la propaganda para un Estado y un partido confesionalmente
marxistas. Pero ¿qué tesis configuran realmente esa política de reestructuración?
Un reconocido
economista soviético, Abel Aganbeguian, resumió en
1986 la política de reestructuración en el plano económico del siguiente modo:
Hoy en el
país se ha emprendido el rumbo hacia la intensificación omnímoda del complejo macroeconómico
del país, el desarrollo progresivo y el aprovechamiento eficiente del potencial
científico y técnico (Aganbeguian 1986: 10).
[...] La
producción de máquinas constituye el sector prioritario de la economía
soviética en el XII quinquenio (1986-1990) (Aganbeguian
1986: 16).
[...]
Hasta hace poco, dos tercios de las asignaciones básicas eran invertidas en la
construcción de nuevas obras y en la ampliación de las capacidades. Para el
reequipamiento técnico y la modernización de las empresas existentes no quedaba
más que un tercio de los recursos. En el presente quinquenio esta correlación
ya ha cambiado -mitad y mitad- mientras que en lo sucesivo se va a dar
preferencia a la modernización (Aganbeguian 1986:
20).
Esta
concepción económica quiere responder a las «tendencias negativas», al
estancamiento que parece haber provocado el desarrollo de la economía sobre una
base preferentemente extensiva. Un estancamiento que denuncia el propio
descenso en más de un 20% de la renta nacional invertida desde el VIII
quinquenio (1966-1970), y que reclama la concentración de la inversión en la
modernización del equipo instalado (método intensivo). Es decir, se propone una
especie de reconversión que frene la caída de la formación de
capital, removiendo y mejorando las bases de su acumulación acelerada. Y esto
requiere a su vez corregir el «descenso del porcentaje de incremento anual de
la productividad del trabajo», procurando «ajustar rígidamente los ingresos con
el aporte concreto hecho a los resultados comunes del trabajo» (Kulikov 1987: 80). Pero esta es una tendencia inevitable en
tanto la reducción de inversiones restringe la incorporación de nuevos equipos
a la producción e impone un ritmo menor al aumento de la productividad del
trabajo y hace crecer el paro real. Por descontado, la acumulación del capital
opera nuevamente de forma selectiva y se concentra en aquellos sectores y ramas
de la producción donde obtiene mayor rentabilidad.
Una segunda
tesis, que formula de modo explícito el director del Instituto de Economía de
la Academia de Ciencias de la URSS, Leonid Abalkin, hace referencia a la dimensión más política de la perestroika:
La actual
reestructuración de la gestión económica reclama la profunda renovación de las
instituciones políticas y el derrocamiento de los mecanismos burocráticos, que
obstaculizan el funcionamiento del aparato estatal y de la administración
económica.
[...] tan
sólo sobre esta base se puede superar la alienación de los trabajadores
respecto de los medios de producción, pertenecientes a todo el pueblo,
convirtiendo a aquellos en verdaderos dueños de su empresa, región y del país (Abalkin 1988).
Como una
prolongación de la tesis estalinista que concebía la derogación por decreto
de la lucha de clases, el poder soviético acuñó la fórmula del «Estado de todo
el pueblo» a modo de representación institucional y política de la sociedad
socialista y del mismo poder soviético. Ese «proceso de democratización», que
se presenta hoy con la misión de devolver a «todo el pueblo» los medios de
producción que le habían sido expropiados, parece contener un carácter
socializador, que no necesariamente socialista, similar al que despliega el
capitalismo de Estado.
El contenido
atribuido a la modificación de las relaciones sociales de producción abarca de
modo principal tres planos:
1) El cambio
de las formas de propiedad, en el sentido de singularizar su carácter social,
es decir, acentuando la responsabilidad individual de los productores
convertidos ahora en propietarios.
2) Por
extensión, la «democratización» de la gestión y la administración económica de
los mecanismos y aparatos estatales de control del sistema productivo, toda vez
que la propiedad de los medios de producción y el propio Estado soviético
pertenecen a «todo el pueblo».
3) La aceleración
de la renovación, «modernización», de los medios de producción de bienes de
equipo.
Tomando, por
tanto, aisladamente las declaraciones oficiales acerca de la «democratización»
de las instituciones políticas, o en torno a la concesión de mayor protagonismo
político a los órganos de poder popular, se obtiene una visión completamente
deformada de los objetivos de la perestroika. El valor histórico de las formas de
propiedad viene condicionado por su participación en el conjunto de las fuerzas
productivas (a través de su nivel y métodos de organización social) y como
factor de las formas de explotación del trabajo social. Y ahora, el
estancamiento económico, «la contradicción existente entre la masa de ganancia
que tiende a convertirse en capital y la cuota de ganancia en descenso que se
lo impide a una parte de ella» (Mora 1988: 4.446), ha desatado la aplicación de
una nueva orientación de la política económica: no se trata tanto de cambiar
radicalmente las relaciones de producción, devolviendo el poder y la propiedad
a los productores directos, como de buscar fórmulas de realización del
necesario consenso social para efectuar la reconversión
del sistema de capitalismo de Estado a las «más modernas» condiciones de
operación del capital imperialista.
IV. LA NUEVA FASE SUPERIOR
El mito
idealista de la primacía de lo político tiene su origen en la seducción que,
todavía hoy, produce el conocido concepto de neutralidad que la Segunda
Internacional atribuyó al Estado, a los aparatos del Estado. Poco a poco la
tesis socialdemócrata que confería al Estado el papel de instrumento
estabilizador del desarrollo capitalista, actuando a través de «funciones de
control sobre las dinámicas del capital» (Ferrajoli y
Zolo 1980: 54-55), se fue imponiendo a la concepción liberal
del Estado (más anacrónica respecto de la fase de concentración monopolista y
de expansión imperialista del capital). La coincidencia entre la concepción
socialdemócrata y el modelo soviético de capitalismo de Estado no es casual.
Hoy el
capitalismo opera a través del sector público (estatal), de la libre
competencia en el mercado (cada vez menos) y del sector monopolístico
(crecientemente) para efectuar las condiciones de realización de su acumulación
y reproducción ampliada. La concentración de las funciones y capacidades de
control de este proceso no parecen detenerse ante las fronteras políticas
(estatales). El capital monopolista se transnacionaliza
o se desnacionaliza: comienza a perder relevancia la procedencia no ya ¿étnica?,
sino estatal o nacional del capital. Cuando menos así parece que sucede en los
centros (¿por cuánto tiempo «centros» todavía?) del capitalismo. Mientras, la
necesidad de una periferia subordinada se vuelve cada vez más perentoria para
la reproducción de ese desarrollo combinado y desigual del capitalismo
monopolista.
La caída de
las fronteras del capital (a veces de una forma tan material como en la
Alemania Democrática) alcanza ya abiertamente a la Europa oriental, que se
apresura a poner en marcha los mecanismos de ajuste -económicos y
sociopolíticos- a esa nueva configuración del orden capitalista internacional.
Un ajuste que, como la misma reproducción ampliada del capital, tenderá a ser
combinado y desigual. No obstante, la concentración y la interpenetración
monopólica no excluyen la competencia, siempre feroz, pero sí la acotan.
Ahora bien,
también este proceso presenta un plano político caracterizado por un fuerte
movimiento hacia la supraestatalidad, en el que
participan también los monopolios reclamando un estatuto jurídico-político
propio. Reordenaciones capitalistas de este tipo han tenido lugar
históricamente a través de conflictos bélicos generalizados. Hoy no parece que
esto sirva a los objetivos de la reproducción ampliada; los acuerdos
internacionales (sobre desarme, fiscalidad, cambios, comercio, etc.) y las
«crisis» bursátiles (que tienen más que ver con los procesos de concentración
monopolista), han reducido este peligro a espacios geoestratégicos muy
localizados.
Pero, desde
la periferia, la cuestión que más debe preocupar al movimiento obrero y popular
es otra: si el capital, que opera a escala mundial, se transnacionaliza
cada vez más, ¿sobre qué bases económicas y políticas es posible llevar a
efecto la «desconexión» (Amin 1988), es decir, la
transmisión del control del proceso de acumulación al pueblo trabajador? Esta
es la cuestión principal que debe aclarar un programa revolucionario y en torno
a la que debe definir el marco de alianzas de las fuerzas populares.
La «fase superior»
de desarrollo del capitalismo que describiera Lenin apunta ya hacia la
emergencia de una nueva fase. La tendencia de los monopolios capitalistas a
suprimir las fronteras nacionales y a transnacionalizar
la economía y la política mundiales tiene que enfrentar otras dos tendencias
diferentes:
1) El
movimiento de constitución de nuevos centros y de independización
relativa de ciertos centros secundarios.
2) El
movimiento de surgimiento y consolidación de procesos liberadores en la
periferia.
Aprovechar
las contradicciones interimperialistas y fundar los
movimientos revolucionarios en la fortaleza de las propias fuerzas populares,
representa hoy, como ayer, crecer combatiendo en todos los frentes y con todas
las armas.
FUENTES
PCUS. 1981. Documentos y resoluciones. Materiales del XXVI Congreso del PCUS.
Moscú: APN.
PCUS. 1985. Proyecto Programa del PCUS. Nueva redacción. Moscú: APN.
PCUS. 1986. Programa del PCUS. Nueva redacción. Aprobado por el XXVII
Congreso del PCUS. Moscú: APN.
PCUS. 1988. Documentos y materiales. XIX Conferencia Nacional del PCUS.
Moscú: APN.
BIBLIOGRAFÍA
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experiencia». Socialismo,
teoría y práctica 2: 13-21.
(Suplemento de Komminist (1987)
16). Moscú: APN.
Aganbeguian, Abel. 1986. Una
economía sensible a la renovación. Moscú:
APN.
Amin, Samir. 1978 (1973). El desarrollo desigual. Ensayo
sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico. Barcelona: Fontanella,
3ª ed.
Amin, Samir. 1988. La desconexión. Hacia un sistema
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Actualización:
6.XII.2011