Monasterio de la Encarnacion - Zaragoza El trabajo monástico |
Para nosotras, monjas contemplativas, el trabajo honrado y responsable es una forma de pobreza evangélica, un servicio a Dios, al mundo, a los hombres. La ociosidad, la vagancia, la irresponsabilidad, el no ganarse el pan es antievangélico, anticristiano. Toda la tradición monástica recomienda encarecidamente el trabajo. Baste recordar el "Ora et labora" que condensa siglos de historia en la familia benedictina.
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recomienda encarecidamente el trabajo |
También nuestra Regla Carmelita dedica un extenso capítulo al trabajo, basado en la enseñanza y el ejemplo de San Pablo, teniendo también en cuenta la motivación ascética de la tradición monástica: evitar la ociosidad.
Con el correr de los tiempos la motivación del trabajo, incluso en las familias religiosas, ha cambiado de signo.
"El trabajo constituye hoy ciertamente un problema clave del orden social, y por él expresa el hombre su condición de sujeto activo y responsable, experimenta la solidaridad con los demás y participa en la transformación de la tierra de acuerdo con proyectos y exigencias de vida (B.Secondin, Un proyecto de vida, p.255).
Nosotras queremos responder, comprendiendo el lamento de tantas vidas arrastradas hacia el torbellino implacable del trabajo para el rendimiento, de la ganancia para el goce, del consumo que, a su vez, obliga a una fatiga a veces inhumana y tratando de atestiguar el sentido humano del trabajo, realizado en libertad de espíritu y restituido a su naturaleza de medio de sustentación y de servicio (cf. ET, 20).
Nuestras Constituciones recuerdan: "El trabajo es parte integrante de la vida humana y medio poderoso de perfección personal."
Nos sometemos gustosas a ley común del trabajo, teniendo presente nuestra condición de contemplativas. La vida contemplativa no puede dedicar la jornada entera al trabajo manual ya que tiene otros imperativos más profundos que se lo impiden.
Pero las horas que se dedican a la oración, a la liturgia y formación, son horas también de trabajo que se han de llevar con toda seriedad y que sumadas a esas otras horas, hacen una jornada larga y fatigosa, pero que vivificada por el amor, fuente de energía sobrenatural, redunda en bien de todo el Cuerpo místico de Cristo.
Cuando despierta la ciudad trabajadora y se llena de motores y de prisas, la monja se recoge en silencio y escucha:
(Remanso de peregrinos, Consolación, XVII)."Haz cada hora tu obra. Trabaja hoy en la tarea que el dedo de la Providencia te señala, y nada turbe tu paz interior, ni la serenidad profunda de tu espíritu. Lo demás, lo de ayer y lo de mañana, no te inquiete. Es Dios, Señor del tiempo y la eternidad, el que recoge lo pasado o dispone lo venidero. A ti, te baste en andar de cada día. Confía. Cultiva amorosamente en jardín, al son de tus canciones. Sufre, calla y espera. Un día se abrirán tus rosas."
Ahora ya puede abrir sus manos y recoger en lo profundo de su corazón maternal – porque no ha abdicado de su condición de mujer – el anhelo y el latido de cuanto despierta a la vida.
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Fuera todo es prisa, movimiento y ruido. También ilusión, esperanza bríos, pero no falta rutilas, aburrimiento, decepción incluso. Hombres y mujeres marchan como en una caravana, hombro a hombro, codo a codo, que la faena es dura y hay que recoger la gavilla. Y ella, la monja contemplativa, los sigue con el corazón y las manos abiertas, para que no se pierda ni una gota de sudor ni una lágrima.
Inclinada sobre el instrumento de su trabajo, en una atención continuada a su tarea, para que la labor salga perfecta, deja que las horas vayan recogiendo los encargos pendientes, que irán desde los dulces a la encuadernación, de los ornamentos de iglesia a la confección de trajes, del lienzo pintado al papel escrito y fotocopiado… todo lo que sea hacedero para su condición de mujer consagrada. Y no digo digno, porque la dignidad resulta del amor, la delicadeza y la pericia que pone la persona.
…El tiempo de la tarde se dedica más bien al trabajo formativo, cultural o espiritual. Las monjas no podemos estar de espaldas al mundo ni a la cultura que lo enmarca hoy.
Si hemos de recoger su latido, tenemos que estar preparadas para ello. Las jóvenes que llegan empujan también en este sentido. Ellas vienen con un bagaje cultural que no podemos desestimar ni atrofiar.
Gracias, Señor, por este día. Porque el día pasó y también su malicia, secarse el sudor en el cuerpo y los pies acusan tan sólo que fue largo el camino. Sí, pasó todo, pero algo queda entre sus manos: es el amor que, ella débil y frágil mujer puso en la balanza y que comparte gozosa con todos los hombres sus hermanos. Lo aprendió de la Virgen nuestra Señora, que un día en una boda en Caná de Galilea, pidió a su Hijo vino, para que la fiesta pudiera terminarse felizmente.
Trabajar no es hacer algo, sino caminar, buscar un valor a través del camino.
¿Abres tú también caminos cuando trabajas, o solamente te entretienes en hacer cosas? De la respuesta depende tu verdadera felicidad.
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Hermanas Carmelitas |
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