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Miguel Parra nació en Salamanca en 1959. Es licenciado en Bellas
Artes por la Universidad de Sevilla, y actualmente trabaja como profesor
de enseñanza secundaria en Jerez de la Frontera (Cádiz).
A lo largo de su actividad artística ha recibido importantes premios,
ha participado en destacadas exposiciones y ha publicado en diversas revistas.
Sus pinturas y grabados, muy personales tanto en la técnica como
en el estilo, siguen dos líneas principalmente:
Por un lado, una línea primitivo-lírico-religiosa, de inspiración
expresionista, mediante la cual Miguel Parra categoriza la realidad, lo
desconocido, lo Otro (o el Otro, el no-yo), poniendo en práctica
figuras de estilo como la síntesis, la analogía, la oposición
y la redundancia. Tales tropos, en lo que podemos calificar como auténtica
poesía pintada, cumplirían dos funciones relacionadas entre
sí: una indudable función estética (el pintor-poeta
canta a la belleza del equilibrio y a la armonía de los opuestos)
y una sagaz y penetrante función de intelección, de aprehensión
del mundo. Su pintura trata de explicar lo que la ciencia no puede explicar,
de ayudar a soportar emocionalmente las experiencias trágicas y
sin sentido, y de hacernos recuperar el sentido de lo sagrado en un mundo
que se trivializa, donde todo es objeto de mercado. Se trata de encontrar
las claves de lo desconocido, indagando en el misterio mismo de la belleza.
Heráclito dijo: "si no esperas lo inesperado, no lo reconocerás
cuando llegue". La espera de lo inesperado puede ser considerada
una actitud religiosa. En sus obras líricas, el lenguaje pictórico
de Miguel Parra se caracteriza formalmente por el empleo de líneas
y de figuras esquemáticas y por el uso de colores principalmente
puros. Sus temas son básicos y universales: la vida (la fecundidad)
y la muerte, desde una perspectiva religiosa cercana al animismo primitivo.
En su vocabulario abundan signos que recrean un mundo doméstico
(muebles, animales de granja o de compañía, interiores de
casas, jardines cerrados), con frecuencia marcados por un carácter
netamente sagrado (aves, peces, palmeras, estrellas, etc). Cada una de
sus obras se comprende como un mensaje completo, carente de coordenada
temporal y de perspectiva espacial: el mensaje se sitúa en un único
espacio-tiempo (el espacio-tiempo del yo que pinta) donde los elementos
y los planos se superponen en función de factores emocionales.
Cada elemento es funcional como parte de un todo que se capta simultáneamente,
sin seguir un orden lógico.
Por otro lado, una línea narrativo-figurativa, de inspiración
surrealista (muy ligada a la línea anterior por una relación
de causa-efecto) caracteriza a muchas de sus obras cuya función
es la denuncia. Su percepción-intelección del mundo le lleva
a considerar a éste como un organismo viviente superior del que
la raza humana formaría parte integrante. Cualquier mal que afecta
a una parte del mundo repercute en el equilibrio, en la salud del mismo.
El pintor denuncia estos males con discursos pintados que ponen en funcionamiento
un lenguaje más directo, más lógico y narrativo.
El núcleo verbal de sus pinturas expresa en tales casos todo un
pequeño drama. Su inconformismo, su rechazo ante los problemas
que acucian a la sociedad actual no se traduce sin embargo en agresividad:
por el contrario, sus pinturas conativas no pierden completamente el intimismo
que caracteriza su obra lírica, invitando (más que apelando
en sentido estricto) al espectador a compartir su visión, a dejarse
envolver (incluso literalmente) colocándolo en la perspectiva del
interior de la casa -de su yo-, y mostrando el exterior al otro lado del
espectador y del cuadro.
Juan Manuel López
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