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EUGENIO TAPIA |
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La guerra de los mundos. War of the Worlds. USA. 2005.
Dirección: Steven Spielberg. H. G. Wells escribió La guerra de los mundos en 1898, en pleno apogeo del Imperio Británico. Es dudoso que la intención de su novela fuera cuestionar el colonialismo victoriano, con sus secuelas de destrucción de identidades y culturas autóctonas, no obstante en ella se atreve a prevenir a la humanidad y al mundo occidental sobre su propia arrogancia y su falta de compasión. Quizá después de todo, parece advertirnos Wells, no debería extrañarnos la crueldad de una especie, los marcianos, para con otra inferior, los terrícolas, si consideramos la que los humanos desplegamos para con otras especies, y para con nosotros mismos. Más de un siglo después de la aparición de La guerra
de los mundos, sus sucesivos tratamientos audiovisuales han desdibujado
algo esa intención admonitoria de Wells, para poner en primer plano
la representación, tremendamente efectiva, del pánico colectivo
que se adueña sorpresivamente de una sociedad autocomplaciente
y vulnerable. La emisión radiofónica de Orson Welles alertaba
en 1938 sobre el nazismo, y la primera versión cinematográfica,
dirigida por Byron Haskins en 1953, abundaba en la histeria anticomunista
de esos años de guerra fría. La maestría de Spielberg para planificar, ambientar, dar verosimilitud y filmar escenas espectaculares queda sobradamente demostrada. Escenas como la primera aparición de las naves alienígenas, que metafóricamente surgen de los intestinos de la propia ciudad, elevan hasta un clímax frenético de destrucción y horror la tensión. El resto de la película mantiene sin respiro la presión sobre los aterrados protagonistas y espectadores, hasta que el final apresurado, ingenuo y poco convincente viene a restituir la paz. Ante lo apocalíptico y realista de escenas de destrucción como el ataque al ferry, poco importan detalles inverosímiles, como esa furgoneta que nunca se detiene, y que queda intacta aparcada junto a la casa sobre la que se desploma un avión. La película no aclara demasiado la motivación de los extraterrestres, pero eso tampoco es relevante para los intereses del director. Son la representación del mal, sin sentimientos, en una versión darwinista de la guerra de las especies. Si permanecemos de brazos cruzados acabarán aniquilándonos, por lo tanto es obligación de buenos ciudadanos defenderse de la agresión exterior y evitar que el pánico nos haga volvernos contra nuestros hermanos - como en el episodio angustioso de la lucha por la furgoneta. La secuencia en la que los protagonistas se refugian en el sótano
de la casa resulta ilustrativa del punto de vista de Spielberg y de su
habilidad para desarrollar y resolver milimétricamente el montaje
de escenas de tensión. Parece decirnos que el patriota tendrá
que optar entre defender su casa o su familia. El director trata con mimo
el personaje de Tim Robbins, bordeando la sobreactuación sin llegar
a caer en ella, en la línea de su trabajo en Mystic River. Es una
reminiscencia del patriota ultra blanco-americano, que rifle en mano defiende
lo que le queda de su propiedad y de su sangre, pero incapaz finalmente
de mantener la mente fría necesaria para enfrentarse al enemigo.
La Guerra de los mundos es una película de entretenimiento, rodada
como habitualmente en Spielberg, con grandes dosis de parafernalia tecnológica,
efectos especiales sorprendentes y un afán de mantener al espectador
aferrado a su asiento, sobrecogido por la espectacularidad de las escenas,
pero con un guión plano que no desarrolla los personajes sino como
arquetipos. Con la novela de Wells como pretexto la película de
Spielberg sigue la línea de las producciones de serie B de catástrofes,
Godzillas y alienígenas, adaptada a los temores y ansiedades colectivas
del tercer milenio. |
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