Director: Sam Mendes. Intérpretes: Tom Hanks, Paul
Newman, Jude Law, Jennifer Jason Leigh, Daniel Craig. Fotografía:
Conrad L. Hall.
El cine negro nace en los Estados Unidos en las décadas de los
veinte y treinta como reflejo de las miserias morales, políticas
y sociales de una sociedad que abandona los espacios abiertos de sus
grandes planicies y campos de labranza y emigra a las grandes urbes,
abocada a un materialismo inmisericorde. El personaje del gangster,
primero en la novela negra y más tarde en la pantalla, constituye
su epígono fundamental, la víctima y el verdugo a la vez
de una sociedad eminentemente urbana corrompida por la búsqueda
a cualquier precio del éxito individual.
Sam Mendes ya trazó en American Beauty una imagen
poderosa del desmoronamiento moral de la clase media americana que en
los últimos años del siglo habita los suburbios de las
grandes ciudades. Ahora con Road to Perdition
echa un vistazo a los años de la Ley Seca, de Capone y Luciano,
en un ejercicio menos realista que metacinematográfico, para
mostrarnos a otro hijo descarriado del paraíso, Michael O'Sullivan/
Tom Hanks.
Desde la primera escena del funeral, pagado "magnánimente"
por el padrino, Paul Newman, Mendes recurre al lugar común -
esos velatorios de irlandeses aficionados al whisky, a las canciones
a coro y a la incontinencia verbal - e incorpora elementos que constituyen
señas de identidad del género: la fidelidad de los subordinados
conseguida por medio de favores y garantizada por la fuerza más
brutal, la relación paternal entre padrino y subordinados, la
lucha de clanes por el tráfico de alcohol y estupefacientes,
el control de las apuestas, los sindicatos, el sacrificio de la familia
que desencadena la venganza, la huida a ninguna parte o el asesino a
sueldo que no soltará nunca a su presa. Si embargo la película
escapa de ser un ejercicio revisionista vacío gracias a la estilización
de esos elementos, el punto de vista subjetivo que aporta el hijo del
protagonista y la urdimbre trágica de la relación entre
padres e hijos. O´Sullivan, matón al servicio de un capo
de segunda fila, comprende que sólo conseguirá redimir
su pecado y dejarle a su hijo un mundo algo más limpio, matando
a su padre adoptivo. Éste a su vez -Paul Newman - sabedor de
la traición de su propia sangre, acepta aliviado que sea su protegido,
el hijo deseado, quien lo ejecute en mitad de la calle y bajo una lluvia
de plomo que subraya el carácter ritual, simbólico de
la película.
Si Soderberhg en Traffic, una de las más interesantes
películas de los últimos años sobre el mundo de
las mafias organizadas, opta por un lenguaje, fotografía y montaje,
documentalista y nervioso, Mendes, ayudado por la fotografía
expresionista de Conrad L. Hall, busca menos el verismo y más
el estilizamiento formal, en la línea de la saga mafiosa de Coppola,
para trasladar al espectador el carácter intemporal y trágico
de la historia. La ciudad envuelta en sombras y lluvia contrasta con
la luminosa escena final en la casa de Perdition. Resalta, quizá
hasta la redundancia, la antítesis entre la vida urbana y la
del campo: es en una granja donde padre e hijo fugitivos encuentran
paz y los valores de solidaridad y caridad cristiana. Por el contrario,
Chicago -impresionante recreación de la época - con su
gentío empobrecido abarrotando las estaciones para guarecerse
del frío, es un símbolo de la soledad y la desprotección
frente al poderoso.
Hanks y Newman son los protagonistas indiscutibles, enzarzándose
en un duelo interpretativo que deja un sabor a cine con mayúsculas.
Newman, como siempre, seduce y llena con aparente facilidad la pantalla
con el más mínimo gesto. Indudablemente ha marcado el
cine americano de cinco décadas. Tom Hanks está película
tras película haciéndose un sitio entre los más
grandes en la historia del cine. Muy lejos ya de aquellas películas
de adolescentes que hizo al principio de su carrera, en esta película
transmite las contradicciones de su personaje con una honestidad y contención
que recuerdan a Henry Fonda.
Jude Law pone rostro y voz, de forma más que convincente, a esa
especie de ángel de la muerte, asesino a sueldo y reportero gráfico
de crímenes y sucesos violentos - una versión maligna
del conocido fotógrafo WeeGee, encarnado magistralmente por Joe
Pesci en El ojo público de Howard Franklin - que
ve la muerte como una suerte de representación o decorado teatral.
Retoca y arregla la disposición de los cadáveres para
lograr un efecto más "fotogénico", poniéndonos
sobre aviso de la falta de intimidad y la banalización de la
muerte que practican los medios de comunicación.
Mendes, vía recreación estilizada del cine de gángsters,
vuelve a intentar despertar algunas conciencias sobre el estado moral
de una sociedad, que es la suya pero también es la nuestra, donde
la víctima y el verdugo se confunden y la conciencia se acalla.
Road to Perdition - el doble sentido del título
es evidente- no tiene la amargura demoledora de American Beauty,
pero es igualmente una película honesta que deja la puerta abierta
a un futuro más limpio y luminoso, sin armas escondidas en el
cobertizo del patio trasero.