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CINE EUGENIO TAPIA
 
 

CAMINO A LA PERDICIÓN (ROAD TO PERDITION) (2002)

Director: Sam Mendes. Intérpretes: Tom Hanks, Paul Newman, Jude Law, Jennifer Jason Leigh, Daniel Craig. Fotografía: Conrad L. Hall.


El cine negro nace en los Estados Unidos en las décadas de los veinte y treinta como reflejo de las miserias morales, políticas y sociales de una sociedad que abandona los espacios abiertos de sus grandes planicies y campos de labranza y emigra a las grandes urbes, abocada a un materialismo inmisericorde. El personaje del gangster, primero en la novela negra y más tarde en la pantalla, constituye su epígono fundamental, la víctima y el verdugo a la vez de una sociedad eminentemente urbana corrompida por la búsqueda a cualquier precio del éxito individual.


Sam Mendes ya trazó en American Beauty una imagen poderosa del desmoronamiento moral de la clase media americana que en los últimos años del siglo habita los suburbios de las grandes ciudades. Ahora con Road to Perdition echa un vistazo a los años de la Ley Seca, de Capone y Luciano, en un ejercicio menos realista que metacinematográfico, para mostrarnos a otro hijo descarriado del paraíso, Michael O'Sullivan/ Tom Hanks.


Desde la primera escena del funeral, pagado "magnánimente" por el padrino, Paul Newman, Mendes recurre al lugar común - esos velatorios de irlandeses aficionados al whisky, a las canciones a coro y a la incontinencia verbal - e incorpora elementos que constituyen señas de identidad del género: la fidelidad de los subordinados conseguida por medio de favores y garantizada por la fuerza más brutal, la relación paternal entre padrino y subordinados, la lucha de clanes por el tráfico de alcohol y estupefacientes, el control de las apuestas, los sindicatos, el sacrificio de la familia que desencadena la venganza, la huida a ninguna parte o el asesino a sueldo que no soltará nunca a su presa. Si embargo la película escapa de ser un ejercicio revisionista vacío gracias a la estilización de esos elementos, el punto de vista subjetivo que aporta el hijo del protagonista y la urdimbre trágica de la relación entre padres e hijos. O´Sullivan, matón al servicio de un capo de segunda fila, comprende que sólo conseguirá redimir su pecado y dejarle a su hijo un mundo algo más limpio, matando a su padre adoptivo. Éste a su vez -Paul Newman - sabedor de la traición de su propia sangre, acepta aliviado que sea su protegido, el hijo deseado, quien lo ejecute en mitad de la calle y bajo una lluvia de plomo que subraya el carácter ritual, simbólico de la película.


Si Soderberhg en Traffic, una de las más interesantes películas de los últimos años sobre el mundo de las mafias organizadas, opta por un lenguaje, fotografía y montaje, documentalista y nervioso, Mendes, ayudado por la fotografía expresionista de Conrad L. Hall, busca menos el verismo y más el estilizamiento formal, en la línea de la saga mafiosa de Coppola, para trasladar al espectador el carácter intemporal y trágico de la historia. La ciudad envuelta en sombras y lluvia contrasta con la luminosa escena final en la casa de Perdition. Resalta, quizá hasta la redundancia, la antítesis entre la vida urbana y la del campo: es en una granja donde padre e hijo fugitivos encuentran paz y los valores de solidaridad y caridad cristiana. Por el contrario, Chicago -impresionante recreación de la época - con su gentío empobrecido abarrotando las estaciones para guarecerse del frío, es un símbolo de la soledad y la desprotección frente al poderoso.


Hanks y Newman son los protagonistas indiscutibles, enzarzándose en un duelo interpretativo que deja un sabor a cine con mayúsculas. Newman, como siempre, seduce y llena con aparente facilidad la pantalla con el más mínimo gesto. Indudablemente ha marcado el cine americano de cinco décadas. Tom Hanks está película tras película haciéndose un sitio entre los más grandes en la historia del cine. Muy lejos ya de aquellas películas de adolescentes que hizo al principio de su carrera, en esta película transmite las contradicciones de su personaje con una honestidad y contención que recuerdan a Henry Fonda.


Jude Law pone rostro y voz, de forma más que convincente, a esa especie de ángel de la muerte, asesino a sueldo y reportero gráfico de crímenes y sucesos violentos - una versión maligna del conocido fotógrafo WeeGee, encarnado magistralmente por Joe Pesci en El ojo público de Howard Franklin - que ve la muerte como una suerte de representación o decorado teatral. Retoca y arregla la disposición de los cadáveres para lograr un efecto más "fotogénico", poniéndonos sobre aviso de la falta de intimidad y la banalización de la muerte que practican los medios de comunicación.

Mendes, vía recreación estilizada del cine de gángsters, vuelve a intentar despertar algunas conciencias sobre el estado moral de una sociedad, que es la suya pero también es la nuestra, donde la víctima y el verdugo se confunden y la conciencia se acalla. Road to Perdition - el doble sentido del título es evidente- no tiene la amargura demoledora de American Beauty, pero es igualmente una película honesta que deja la puerta abierta a un futuro más limpio y luminoso, sin armas escondidas en el cobertizo del patio trasero.

 
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