Una Experiencia Nueva

 

De aquella neblina salió. Yo no sé qué pintaba allí. Pero era escultural y se dirigía a mí como un tren de mercancías; sus ojos me miraban fijamente llenos de misterio, ojos grandes y castaños. Su larga melena rubia ondulada. Sus grandes pechos que luchaban por salirse de su sostén. Sus pezones, duros como piedras, se marcaban tras la fina tela de su blusa, signo inequívoco de su extrema excitación. Sus caderas se contoneaban lentamente bajo una cintura que se adivinaba bien estrecha. A cada paso estaba más cerca de mí, y sus ojos lujuriosos me devoraban...

De no ser porque estaba en la cama, el propio nerviosismo me hubiese hecho caer al suelo, derrotado por tanto derroche de pasión como emanaba. Me quedé petrificado, sin poder articular palabra, mudo y quieto, a excepción de una parte de mi cuerpo que, como de costumbre, había tomado decisiones por sí mismo.

Se acercó muy lentamente a mi oído derecho y con una voz cálida, suave y susurrante me dijo:

—Hola, me llamo Alicia y te voy a hacer una cosa que jamás nadie te hizo antes. Relájate y no te preocupes de nada.

Se me erizó todo el vello del cuerpo. ¿Qué sería aquello que me esperaba?

Estaba dispuesto a que Alicia dispusiese de mi cuerpo a su placer, porque estaba seguro que también seria el mío. Apartó lentamente las sábanas, hasta que quedó libre de ropajes mi cuerpo. Entonces fue cuando sentí por primera vez sus manos sobre mí. Ah... eran tan suaves... Y fue directamente a mi ropa interior. Nunca antes había conocido a ninguna mujer tan directa en el sexo. Dejó al descubierto mi miembro, que de excitación estaba ya casi en completa erección. Lo agarró firmemente con su mano izquierda. Ahhh... entonces creí morir de placer... Movió su mano hacia abajo y dejó libre al glande. Creí ver que me miraba, pero estaba demasiado excitado como para darme cuenta del resto del mundo y volví a escuchar su voz:

—Ahora procura relajarte...

Diossss... ¿¿¿Qué venía ahora??? Un terrible dolor me asaltó súbitamente, hasta el punto de perder el conocimiento.

No sé cuánto tiempo estuve desvanecido, dormido, pero creo que debió de ser mucho. Cuando desperté estaba en una cama con sábanas verdes y un montón de máquinas alrededor, con ruidos extraños. Me sentí desvalido... Pero pronto me tranquilicé porque entró ella y dijo:

—Buenos días Pedro. ¿Cómo te encuentras?

—¿Qué ha pasado? Necesito ir al baño.

—Tranquilo, la operación fue un éxito. No necesitas ir al baño, estás sondado, ¿recuerdas? —dijo Alicia con su susurrante voz, que ahora no me parecía nada cálida ni excitante.

Llevé mis manos entre mis piernas y sentí aquella goma que salía de mi

cuerpo. ¡Ahggg!

No era el momento para pedirle su número de teléfono. Alicia se alejaba dejándome ver su hermoso y perfecto trasero.

A la mañana siguiente, miré en mi mesilla y había un trozo de papel con nueve números, y debajo escrito su nombre...

JOSÉ MANUEL ORTEGA BRAVO