El sello de Piscis en Montaigne y Schopenhauer.






     


        Por una de esas argucias del destino o por obra de una más de esas clamorosas casualidades hacia las que somos especialmente sensitivos quienes mantenemos comercio personal con el saber astrológico, he aquí que esta misma mañana, la del último día de febrero de mil novecientos noventa y nueve, me encuentro con la siguiente frase en el primer libro de los "Ensayos" de Michel de Montaigne:        
"Nací entre las once y las doce de la mañana, el último día de febrero de mil quinientos treinta y tres, según contamos ahora" (cp. XX).
        Es vital ese "según contamos ahora", porque significa que ya van ahí añadidos los diez días de corrección introducidos por el calendario gregoriano, a los cuales alude explícitamente el propio Montaigne en varias oportunidades. Por tanto, hoy es el día de su aniversario, y qué mejor forma de conmemorarlo que darle la palabra para que él mismo nos explique en que forma vivenció su condición pisciana. No olvidemos que es el máximo exponente del giro hacia la subjetividad que dio la filosofía en el renacimiento, y que su decisión de vivir apartado del mundo, retirado en su castillo, ocupado únicamente en labores de introspección, en los veinte últimos años de su vida, le convierten en un personaje paradigmático del signo de Piscis (Sol en Piscis, Neptuno en Piscis). El texto no tiene desperdicio.

        Todas las citas son del Libro I de los "Ensayos".

Compasión.

        La manera más común de ablandar los corazones de aquellos a los que hemos ofendido, cuando por tener en sus manos la venganza nos tienen a su merced, es la de moverlos por nuestra sumisión, a conmiseración y a piedad. (cp. I)

siento asombrosa debilidad por la misericordia y la mansedumbre. Tan es así que en mi opinión estaría más naturalmente inclinado a entregarme a la compasión que a la estima; (cp. I)
Ociosidad, fantasía, pensamiento caótico, retiro.
       Así como vemos tierras ociosas que producen si son feraces y fértiles, mil tipos de hierbas salvajes e inútiles (...) así ocurre con el pensamiento. Si no lo ocupamos en algún tema que lo bride y contenga, se lanza desbocado aquí y allá, por el campo difuso de las imaginaciones. Y no hay locura ni sueño que no produzca en esa agitación.

        Cuando últimamente refugiéme en mi casa (...) a pasar retirado y en paz lo poco que me queda de vida, parecíame que no podría hacerle mayor favor a mi espíritu que dejarlo en plena ociosidad ocuparse de sí mismo y detenerse y asentarse en sí. (...) Mas resulta que, por el contrario, como caballo desbocado (...) engendra tantas quimeras y monstruos fantásticos, unos tras otros, sin orden ni concierto, que para contemplar a gusto su inepcia y rareza, he empezado a ordenarlos,...(cp. VIII)
Aversión por toda brusquedad y enfrentamiento.
los pagos en los que hay que llegar al regateo y a las cuentas (...) si no hallo a alguien a quien encomendárselos, los alejo de mí todo cuanto puedo, vergonzosa e injuriosamente, por miedo a ese altercado absolutamente incompatible con mi humor y mi forma de hablar. (cp. XIV)
La confianza en que las cosas se resolverán por sí solas.
       Para dirigir mi necesidad poníame en manos de los astros con más alegría y libertad de lo que luego he hecho fiándome a mi previsión y a mi juicio.(cp. XIV)
Blandura de carácter, pasividad, apatía, retraimiento.
(...) era la bondad y facilidad de carácter. Por otra parte, el mío no tenía más vicio que la apatía y la pereza. El peligro no estaba en que obrase mal sino en que nada hiciese. Nadie pronosticaba que pudiera llegar a ser malo, sino inútil; preveían en mí vagancia, que no maldad. Siento que así ha ocurrido. Las quejas que me aturden los oídos son las siguientes: ocioso; frío para los deberes de la amistad y el parentesco y para los deberes públicos; individualista en demasía. (...) no hay otro más pasivo que yo. (cp. XXVI)
Percepción del caos.

       Y en el cp. XXVIII ved qué curiosa imagen escoge como representación de lo que él entiende que es el caos reinante en nuestro mundo:
¿qué hay aquí, sino grotescos y cuerpos monstruosos recompuestos con diversos miembros, sin figura cierta, sin otro orden, hilación ni proporción que los fortuitos?

"Desinit in piscem mulier formosa superne" ("Un bello cuerpo de mujer que acaba en pez"), Horacio, Arte poética, 4.
       Compárese con la siguiente propuesta del astrólogo español Tito Maciá:
hay un modelo que también podría ser válido para definir (el prototipo) femenino de Piscis. La sirena marina, medio cuerpo de mujer y el otro medio de pez.
       Sólo he querido presentar aquí una pincelada, deteniéndome a posta en los fragmentos más sencillos, eludiendo las complicaciones filosóficas. Recorrer las más de mil páginas de la obra de Montaigne es una de las mejores formas de sumergirse en el océano pisciano y palpar desde las vicisitudes más cotidianas hasta los más hondos pensamientos de este universo, que es, a la vez, el de todos, dada sus sagaces dotes de penetración en el alma humana.

       No hay duda. "El Gran Libro de Piscis" son los "Ensayos" de Michel de Montaigne.

       Consideremos también esta otra cita:
(...) el dolor. Admito que sea el peor mal de nuestro ser y lo hago gustosamente pues no hay en el mundo otro hombre que lo odie más y que lo huya tanto (Ensayos, libro I, cp. XIV)
       Esta intolerancia al dolor y al sufrimiento propio y ajeno es una de las claves principales para entender todas y cada una de las peculiaridades del comportamiento típico de Piscis: la ensoñación, la evasión, la compasión, la huida, la ilusión, el engaño, la entrega, la hipersensibilidad, la adaptabilidad... y casi todo lo demás.

        Diversos autores, en especial desde las actuales corrientes psicoastrológicas, han señalado la relación de Piscis y la casa XII con el período prenatal. Una época en que el feto flota en el líquido amniótico (como pez en el agua) y recibe cuanto necesita por el cordón umbilical (confianza en que todo se resolverá por sí solo, pasividad), protegido de todo contacto con el exterior, de cuya existencia ni siquiera tiene noticias (vida interior) y del cual, por tanto, no ha podido diferenciarse (compasión). Un estado previo a la irrupción de la individualidad, que vendrá con Aries, y reacio a cualquier impresión desagradable o mínimamente violenta, esquivo ante el "trauma del nacimiento", revivido en cada acto de autoafirmación.

       Aparte de "la Cenicienta", que eludía todo enfrentamiento con sus hermanastras, también debió ser Piscis aquella princesita del cuento en el que, para comprobar si decía la verdad al asegurar que era de noble cuna, la hicieron dormir sobre treinta colchones bajo los cuales habían colocado una lenteja... y no pudo pegar ojo.

        Otro ilustre personaje de Piscis, Arthur Schopenhauer, hizo pivotar toda la ética en el sentimiento de la compasión, apartándose en esto no sólo de su maestro I. Kant, sino de toda la tradición filosófica anterior. Y he aquí como lo explica:
(...) si mi acción debe producirse únicamente en razón del otro, entonces su placer y dolor tienen que ser inmediatamente mi motivo. (...) ¿Cómo es en absoluto posible que el placer y dolor de otro muevan mi voluntad inmediatamente (...) queriendo yo su placer y no queriendo su dolor? (...) eso supone necesariamente que yo com-padezca directamente en su dolor como tal, que sienta su dolor como en otro caso sólo siento el mío y que, por lo tanto, quiera inmediatamente su placer (...). Mas eso requiere que de alguna manera esté identificado con él, es decir, que aquella total diferencia entre mí y todos los demás, en la que precisamente se basa el egoísmo, sea suprimida al menos en un cierto grado. (...) vemos suprimida la pared divisoria que, según la luz de la naturaleza (como los antiguos teólogos llaman a la Razón), separa absolutamente un ser de otro, y el no-yo convertido en cierta medida en yo. [ las cursivas son de Shopenhauer. Los dos problemas fundamentales de la ética, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1993, pp. 232-233 ].
        Sobran los comentarios.

        Añadiré tan sólo en favor de quienes comprendan mejor una expresión facial que una argumentación filosófica que echen un vistazo al famoso retrato de Michel de Montaigne (Museo Condé, Chantilly) y en especial a su legendaria y aterciopelada mirada de ojos claros y digan después si no se sienten absolutamente desarmados, traspasados, casi desnudos e incapaces de trabarse en disputas con quien de tal modo parece habernos comprendido antes de decir nada, como si de un espejo se tratase.




Julián García Vara, 28 de febrero de 1999.

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