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No parece posible asignar un origen histórico bien
determinado al milenario juego del ajedrez; cualquier
empeño en esta dirección nos conduce a un conjunto de
leyendas y anécdotas de dudoso valor, junto con unos pocos
datos que apuntan a Oriente y a vetustas dinastías. La
datación más remota establecida hasta la fecha le concede
una antigüedad de unos cinco mil años y se fundamenta en
el hallazgo arqueológico de unas piezas de barro cocido,
consideradas figuras de ajedrez, en suelo mesopotámico
(1.938). Precisamente hacia esa misma época y lugar
florece en manos de los sacerdotes caldeos la antigua
ciencia de la Astrología. Entre ambos hechos existe una
íntima conexión que ha pasado, al parecer, inadvertida a
los ojos de los historiadores. Para percatarse de su
significado y alcance es preciso, en primer lugar, tomar
conciencia de la posición central que ocupaban los
estudios astrológicos en la formación de los antiguos
sabios mesopotámicos y de cómo la cosmovisión contenida en
ellos impregnaba todas las manifestaciones culturales de
la época; en segundo lugar, admitir que, dada la
sofisticación propia del reglamento y de la práctica del
ajedrez, parece lícito suponerlo obra de un espíritu
altamente instruido, lo que en nuestro contexto vale tanto
como decir versado en los misterios de los
sacerdotes-astrólogos. Que algo del contenido fundamental
de esos conocimientos haya sido plasmado simbólicamente en
la estructura y dinámica propia del juego de ajedrez no
debe sorprendernos; por el contrario, es más que
presumible que un propósito didáctico guiase la
determinación de sus características y su puesta en
circulación. Más en concreto, pensamos que en su origen el
ajedrez fue básicamente un complejo y condensado símbolo
críptico de las fuerzas astrales que intervienen en la
conformación de la vida humana sobre la Tierra. En apoyo
de esta tesis cabe aducir que en todos los demás supuestos
lugares de origen del ajedrez y allí donde éste ha sufrido
alguna modificación estructural siempre ha estado presente
un desarrollo igualmente importante del saber astrológico:
en Egipto, donde, por cierto, se jugó un ajedrez de doce
piezas y treinta casillas que se corresponde con los doce
signos del zodíaco y los treinta grados de arco en que
cada uno de ellos se subdivide, y donde también se jugó
con un tablero de doce por doce, más tarde incorporado por
otras culturas; entre los hindúes, acerca de cuyo juego
escribió en el año 947 el historiador árabe Al Masudi:
"explican por las casillas del tablero el paso del tiempo
y de las edades, las grandes influencias (cósmicas) que
rigen el mundo y los vínculos que unen al ajedrez con las
almas humanas"; entre los mismos árabes, auténticos
introductores en Occidente del ajedrez y de la astrología;
y en la Corte de Alfonso X, el Sabio, donde "El libro de
ajedrez dados y tablas" y las "Tablas Alfonsíes"
(astronómicas) testimonian el interés por ambas
cuestiones.
Si esta correlación no ha sido establecida hasta
ahora con mayor nitidez se debe en parte a la apariencia
de mero juego de guerra con que el ajedrez se muestra a
primera vista y también a las múltiples variantes
históricas que dificultan la percepción de un esquema
común subyacente. No pretendemos que todas las añadiduras
y mutaciones del juego, especialmente las más recientes,
estén inspiradas astrológicamente, pero sí algunas y, en
todo caso, en todas y cada una de sus principales
variantes se conserva de un modo u otro el esquema
principal. Incluso en su forma actual, es aún claramente
reconocible un estrecho isomorfismo estructural entre el
despliegue inicial de las piezas en el tablero de ajedrez
y la disposición de los planetas en el tradicional sistema
astrológico de las dignidades o regencias planetarias, tal
como muestra lafigura 1 (ref.1),y como explicamos a continuación.
La teoría astrológica de las dignidades planetarias
afirmaba que en su deambular por el zodíaco cada uno de
los siete planetas conocidos por entonces (incluyendo como
tales al sol y a la luna, de acuerdo con la terminología
de la época) atravesaba zonas que le eran particularmente
afines y otras especialmente adversas. La zona de máxima
afinidad era normalmente un signo del zodíaco en el cual
se decía que el planeta tenía su domicilio; o, a la
inversa, cada uno de los doce signos zodiacales constituía
una suerte de depósito energético inerte cuyas fuerzas
eran absorbidas y movilizadas por uno de los astros
errantes, al que se proclamaba planeta regente o señor de
ese signo. La disimetría entre estas dos cifras, siete
planetas y doce signos, forzó una solución ingeniosa al
problema del reparto de la tarta zodiacal entre los
comensales planetarios. El Sol y la Luna formaban una
categoría aparte: la de las luminarias o señores del día y
de la noche, respectivamente. Cada luminaria gobernaba al
resto del séquito planetario durante su propio período de
esplendor. Esto permitió dividir el zodíaco en dos
sectores, uno diurno y otro nocturno, de seis signos cada
uno, y albergar a los cinco planetas propiamente dichos
más la luminaria correspondiente a razón de un planeta por
signo. Cada planeta tendría así un domicilio diurno y otro
nocturno, excepto las luminarias, que tendrían un sólo
domicilio. El signo de Leo, cruzado por el Sol en pleno
corazón del verano, fue puesto bajo la regencia de ese
mismo cálido Sol. Los cinco signos siguientes, desde Virgo
a Capricornio, recibieron como regentes a Mercurio, Venus,
Marte, Júpiter y Saturno, de acuerdo al orden decreciente
de sus velocidades medias. La Luna, míticamente
considerada hermana gemela del Sol, fue colocada junto a
éste en el signo precedente de Cáncer. A partir de aquí,
se repite la misma secuencia planetaria, pero en sentido
retrógrado o a manera de espejo, desde Géminis hasta
Acuario (véase la figura 1 (ref.2)),.
En esta distribución quedan con un mismo planeta
regente los signos primero y octavo (Marte), segundo y
séptimo (Venus) y tercero y sexto (Mercurio), quedando
para los cuarto y quinto el privilegio de tener regentes
de uso exclusivo (Luna y Sol, respectivamente). En la
figura 1 (ref.3),se desvela con claridad el paralelismo de este
esquema con la disposición de las piezas en el ajedrez,
donde también corresponden a un mismo tipo de pieza las
casillas primera y octava, segunda y séptima, tercera y
sexta, quedando la cuarta y quinta con piezas únicas como
propietarias.
Todo esto podría pasar por una simple y curiosa
coincidencia si no fuera porque, además, existe un
paralelismo aún más evidente entre la naturaleza y
movimientos de las piezas mayores del ajedrez y el
significado simbólico atribuido por los antiguos a los
planetas que, según nuestro esquema, les corresponden.
Así podemos ver como a Marte, señor de la guerra, le
corresponde la torre, pieza representada en otras épocas
como carro de combate y, más tarde, como castillo o
acuartelamiento. Como prototipo de la virilidad, Marte
representa las líneas rectas y los movimientos francos y
directos, lo cual concuerda perfectamente con la forma en
que la torre se desplaza por el tablero.
Menos evidente es la relación entre Venus y el
caballo. Para comprenderla hay que recordar que
inicialmente el caballo representa al jinete más que al
animal, a la caballería como fuerza menos tosca, más
elegante, refinada y habilidosa que la infantería,
atributos éstos próximos a la planetaria diosa de la
belleza. Pero, sobre todo, hay que prestar atención a la
apariencia gráfica del símbolo astrológico de Venus (véase
en la figura 1). Los antiguos astrólogos construyeron los
símbolos planetarios como combinaciones de tres elementos
primarios: el círculo, el semicírculo y la cruz, que
esotéricamente pasan por símbolos del espíritu, el alma y
la materia, respectivamente. Con Venus, vemos un círculo
situado sobre una cruz, el espíritu dominando a la materia
y sirviéndose de ella. Es exactamente lo que representa un
jinete controlando a su caballo: el dominio de la
racionalidad sobre las pulsiones instintivas. El concepto
de equilibrio asociado a Libra, uno de los signos regidos
por Venus, es igualmente esencial al jinete y al símbolo
gráfico de un disco o esfera pugnando por sostenerse en la
precaria base de una cruz -la fuerza con que las pasiones
"tiran hacia abajo". Por otra parte, en Oriente se
encuentra ampliamente difundido el concepto de
polarización dual de todo cuanto existe en forma, por
ejemplo, de YANG y de YIN, que vienen a ser como el día y
la noche, la luz y la sombra, lo blanco y lo negro, lo
masculino y lo femenino. Si observamos el peculiar
movimiento del caballo en ajedrez podemos comprobar que es
la única pieza que cada vez que cambia de posición pasa a
una casilla de color contrario al de su lugar de origen,
como si fuera la encargada de relacionar entre sí los
mundos contrapuestos del YIN y el YANG. En efecto, Venus
es el depositario astrológico de los vínculos conyugales,
la atracción de los opuestos y el equilibrio de los
contrarios. Por eso caen también bajo su dominio las
formas geométricas cuyos puntos superficiales equidistan
de un centro, como la esfera, el círculo y las curvas en
general, propias, por lo demás, de la anatomía femenina de
la diosa del amor. En lafigura 2,mostramos una serie de
saltos sucesivos del caballo describiendo lo más parecido
a un movimiento circular que es posible trazar sobre un
tablero de ajedrez. Si los movimientos de la torre (Marte)
dependen de gestos rectilíneos de la mano del jugador, los
del caballo (Venus) nos invitan a dibujar curvas en el
aire. Ciertamente el juego no fue concebido a la ligera.
En cuanto a la particularidad exclusiva del caballo de
poder saltar por encima de otras piezas no es difícil
relacionarla con la idea de que para el espíritu (el
círculo) que ha alcanzado el poder de disciplinar a la
materia (la cruz) los cuerpos físicos de las otras piezas
no deben representar un obstáculo absoluto.
Si observamos ahora el símbolo de Mercurio, planeta
que en nuestro esquema se corresponde con el alfil,
veremos que él también contiene un círculo sustentado
sobre una cruz. En el antiguo ajedrez el alfil podía
igualmente saltar sobre otra pieza; la reforma medieval
del juego le privó de esta facultad a cambio de ampliar su
capacidad de desplazamiento más allá de dos casillas, lo
cual parece más acorde con la velocidad propia del
"mensajero de los dioses", pero le hace perder una
cualidad importante de su sentido originario. El grafismo
de Mercurio presenta otra notable peculiaridad: es el
único que contiene simultáneamente los tres elementos
primarios, como imagen de algo perfecto, acabado, completo
en sí mismo y no necesitado de algo exterior. La tradición
lo considera un planeta estéril, asexuado ó hermafrodita.
El Sol y la Luna forman una pareja mítica en todas las
culturas, Venus y Marte se emparejan en función de la
orientación complementaria de los elementos que integran
sus símbolos (círculo sobre cruz, cruz sobre círculo) y
otro tanto ocurre con Júpiter y Saturno, pero no así con
Mercurio, único de los siete que queda suelto, aislado y
confinado en su propio mundo. El alfil es también la única
pieza que desarrolla todos sus movimientos en casillas de
un mismo color -o de un mismo sexo, en conceptos de YIN y
de YANG. La posición junto al rey del alfil se explica
astronómicamente por la situación de la órbita de Mercurio
como planeta más próximo al Sol (el Rey) y simbólicamente
por su papel bien de consejero, bien de bufón, apariencias
ambas con las que de hecho ha sido modelada y conocida
esta figura en las diversas versiones antecedentes -los
antiguos astrólogos atribuían a Mercurio tanto la
inteligencia como el sentido del humor.
En cuanto a la correspondencia de la Dama y el Rey
con la Luna y el Sol no es preciso argumentar largamente.
Mencionaré tan sólo cómo ambas piezas se mueven de la
misma manera, con la sola diferencia de la amplitud de
desplazamiento [v.NOTA 1]. También el Sol y la Luna son los dos
únicos planetas que comparten el privilegio de moverse
siempre de manera directa, es decir, no presentan
retrogradaciones, pudiendo cifrarse el recorrido diario
medio del Sol en torno a un grado de arco y el de la Luna
en unos trece. Esto concuerda con la gran movilidad de la
Dama que puede cruzar todo el tablero en cada turno
mientras que el Rey, con toda su majestuosidad, no puede
ir más allá de una casilla por vez.
Nos queda por explicar uno de los aspectos más
problemáticos de la analogía que nos ocupa y que
probablemente es el responsable directo de que no haya
sido identificada con anterioridad: ¿por qué ocho piezas
mayores y no doce?, ¿qué hacemos con Júpiter y Saturno?.
Si observamos de nuevo nuestra figura 1, podremos apreciar
otro hecho curioso: el círculo forma parte de los símbolos
planetarios que representan a los regentes de los ocho
primeros signos del zodíaco, desde Aries hasta Escorpio,
pero no de los cuatro últimos[v.NOTA 2]. Además, vemos como hay
doce casas o sectores mundanos que comparten regentes y
significaciones con los signos del mísmo número. El
ascendente o cúspide de la primera casa se dice que
significa los comienzos en general y, entre ellos, el
nacimiento. La casa octava representa la muerte. Marte
rige ambos procesos porque esotéricamente son la misma
cosa: es el mismo cuchillo el que corta el cordón
umbilical y los vínculos con la existencia personal. Y
entre ambos extremos, pero no más allá, aparece constante
ese círculo que en astrología genetlíaca representa el
principio de individuación, el yo, la identidad, la
vitalidad y el sentido de funcionamiento integrado que
hace de las distintas partes de un ser vivo una unidad
orgánica. Su forma cerrada señala la clara diferenciación
respecto del entorno y es apta para figurar un sistema de
concentración de energía que no se disipa con facilidad.
Por esta razón la astrología agrupa a estos cinco astros
bajo el epígrafe de "planetas personales", pues se
refieren a aspectos de la conciencia individual, y Júpiter
y Saturno quedan como planetas impersonales o sociales, ya
que se relacionan con cuestiones abstractas, sociales y
generales, como leyes naturales o políticas.
Así las cosas, no tiene por qué extrañarnos la
omisión de dos "personajes" específicos para representar a
estos planetas dentro de un tablero de ajedrez; ellos
están ahí en forma de reglas del juego, de jueces o de
aspectos generales. Por ejemplo, recordemos como Ptolomeo
relacionó explícitamente a Júpiter con el color blanco y a
Saturno con el negro[v.NOTA 3]. También la iniciativa y el juego
más alegre de las piezas blancas simpatiza con las
atribuciones normales del optimista y triunfador Júpiter,
mientras que la actitud a la defensiva es tan propia de
las negras como del carácter que confiere Saturno. Júpiter
está asimismo presente cada vez que una pieza se aventura
en un desplazamiento, ya que rige los movimientos en el
espacio (los viajes) y Saturno, también llamado Cronos, lo
está en el control del tiempo.
Aunque podríamos continuar analizando otros muchos
detalles [v.NOTA 4], pienso que con lo dicho es suficiente para
demostrar que hay poderosas razones, tanto de tipo
histórico como simbólico, para sostener que el ajedrez
plasma desde sus orígenes la misma concepción del mundo
que anidaba en el corazón de las antiguas doctrinas
astrológicas. El juego, ciertamente, ha sufrido distintas
mutaciones históricas y no es obra de una sola mente, por
lo que no cabe esperar una analogía perfecta y sin
fisuras, pero aún así conserva suficientes concomitancias
como para mantener reconocible el proyecto originario.
Julián García Vara.
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