Aquilino Polaino-Lorente
El eclipse del padre en la educación familiar ha configurado un modelo de “padre ausente” -“duro” o “blando”, según los caso – que pueden tener dañinas consecuencias para los hijos apátridas
La ausencia del padre en la educación familiar ha tenido una amplia y errónea tradición, pero nunca hasta hoy tal ausencia se había transformado en destierro. Hasta hace dos o tres décadas, la madre se había erigido en la principal educadora —si no la única— le la prole.
Algunos han pretendido fundamentar esto en las peculiaridades y características psicológicas diferenciales entre el hombre y la mujer. De este modo, se afirma que es más propio de la mujer la educación de los hijos, por estar mas vinculada a lo concreto y ocuparse más de los detalles que el varón, por su instinto maternal, por ser muy realista, por su especial sensibilidad, etc.
Nos encontramos así con un cortejo de privaciones afectivas, cognitivas, físicas y espirituales que sobrevienen al hijo como consecuencia del vacío en las relaciones paterno—filiales. Esta situación, que podemos denominar de padre ausente, consiste fundamentalmente en la falta de dedicación de padre a la educación de los hijos, con independencia de tiempo que esté en el hogar
Padre ausente, es por ejemplo, aquel que se ha convertido en huella casi fantasmal, dado el escaso tiempo que pasa en casa; el que hace dejación de los deberes que tiene como progenitor; el varón huidizo y pasivo que delega todas las funciones parentales en la mujer; el que es incapaz de mostrar y compartir con los hijos las naturales manifestaciones de cariño, ternura o delicadeza; ; el que desarrolla hasta la magnificación la contrahecha del despotismo viril. Unos por defecto y otros por exceso desnaturalizando su propio comportamiento
Padres duros o blandos
Los dos modelos de padres más extendidos en la sociedad actual son el padre-duro y el padre- blando, aunque el segundo paradigma se ha generalizado más en los dos últimos lustros.
El padre-duro (cow-boy) esconde bajo la aparente dureza de su comportamiento familiar un cierto desentendimiento de cuanto acontece a los hijos. La proximidad la ternura y la comunicación son sustituidos por el éxito, el honor y el dinero. Así el resultado es un padre-castigador-y-abastecedor al que los hijos temen y respetan, pero sin que pueda construirse entre ellos el necesario ámbito de confianza, debido a su carácter inaccesible e intransigente. Su deseo de ser admirado le hace tan dependiente del resultado de su trabajo, que lo engancha al éxito personal o profesional como si se tratara de una droga.
En el caso el padre-blando, la indulgente dulzura de su conducta no logra esconder su tendencia a buscar la aprobación social. No sabe ni quiere ir contra corriente, y queda sometido al patrón de comportamiento colectivo de moda. La vulnerabilidad frente a la adulación condiciona su curvamiento hacia el propio ego , el culto al cuerpo y al acicalamiento. En el padre-blando, en definitiva, se da otra clase de replegamiento: el condicionado por la utocontemplación en el espejo.
EL PADRE EN LA EDUCACIÓN
Por lo general, las madres dedican más tiempo a los hijos que los padres, aunque la calidad de sus interacciones —señalan autores como Kotelchuck, Katsh, Field o Russell— es diferente: las madres se dedican más a cuidar de ellos, mientras que los padres tienen una mayor capacidad para interactuar con los hijos en lo relativo a las actividades lúdicas y sociales.
Las madres estimulan más el desarrollo verbal y prodigan más estímulos táctiles a sus hijos, mientras que los padres emplean más otros recursos como el balanceo, los movimientos físicos y los juegos creativos. (Power, Parke, Pedersen, Anderson y Cain).
Las diferencias en el comportamiento de los padres se mantienen, aunque cambian las modalidades de modalidades de sus interacciones. Las madres estimulan más que los padres la sociabilidad, el desarrollo del lenguaje, la afectividad y la atención de sus hijos. (Power y Parke).
Los padres suelen prestar más atención a los hijos que a las hijas, respondiendo más a sus llamadas, jugando más con ellos, aumentando la frecuencia de sus vocalizaciones, acariciándolos, dedicándoles más tiempo... (Belsky, Power y Parke), lo que puede entenderse como un diferente comportamiento educativo, como consecuencia del cual se estimularía más el desarrollo motor y la conducta impulsiva en el hijo que en la hija (Yogman y Block).
El comportamiento de los padres se centra más en el desarrollo visual, los movimientos motores finos, la conducta de exploración, la asignación de juegos y juguetes y la transmisión de tradiciones propias de su género; con las hijas, en cambio, su comportamiento se centra más en el desarrollo verbal y el refuerzo positivo, prodigándoles una mayor seguridad y un menor control (Power y Parke).
En esta etapa las diferencias se acentúan todavía más. Los padres se implican más que las madres en los juegos (son también más creativos y menos repetitivos), a la vez que son más directivos e imperativos que ellas (Stuckey, McGhee, BeII, Bright y Stockdale), especialmente en lo que se refiere a los hijos varones. Con las hijas, por el contrario, estimulan más su socialización y las tratan de un modo más positivo. De todo ello se deduce que los padres adoptan un modelo de comportamiento diferente en función de que interactúen con los hijos o con las hijas.
Puede afirmarse, en síntesis, que lo propio del comportamiento paterno respecto de los hijos es el juego, la direetividad, el proporcionarles una información verbal suficiente y proveerles de un particular modelo o prototipo de conducta masculina.
Ni el padre-duro ni el padre-blando realizan en sí lo que es propio de la paternidad, adoptando esta función como si se tratara de una ficción. En el fondo son padres ausentes que, no haciendo pie en si mismos, solo pueden trasladar a sus hijos la inseguridad que anida bajo su piel, importando poco que sea a través de su dureza o de su blandura.
En cierto modo, el origen de esta transformación del varón y de la mujer hunde sus raíces en las erróneas atribuciones de rasgos que se vertieron tiempo atrás Sobre lo masculino y lo femenino. Al varón se le atribuyó la agresividad, la resistencia, la fortaleza, etcétera; a la mujer, en cambio, la ternura, la sumisión o la compasión.
Sin embargo, existe una agresividad masculina y otra femenina, una ternura masculina y otra femenina..., es decir, rasgos comunes, pero diferenciados y plurales, que se distinguen precisamente en el modo peculiar de encarnarse en el ser del hombre y de la mujer, (los formas de ser, idénticas en lo que atañe a su dignidad de persona.
Los falsos iconos de lo masculino y lo femenino construidos por esta atribución errónea de rasgos, no siendo reales, acabaron superponiéndose a la realidad. Ahora, una vez que a algunos de estos modelos han explotado, se descubre en sus ruinas que habían hecho un mal servicio a la definición y caracterización (le los papeles masculino y femenino, hasta el punto de enmascararlos, tergiversarlos y confundirlos, haciendo (le los hijos personas cautivas en sus redes invisibles.
Son numerosas las características que configuran el perfil psicológico de los hijos apátridas, como consecuencia (le la ausencia del padre. Experimentan una orfandad, mitad fingida mitad real, y un abandono sin precedentes, como consecuencia del padre ausente con el que a veces conviven. En muchos de ellos hay miedo y desprecio al padre simulador y fingido que han conocido.
Seducidos por la madre e incapaces de escapar del anidamiento materno, se manifiestan como hijos inacabados y dolientes, en los que suele hacer un prolongado, si es que no perpetuo, resentimiento. Hambrientos de autoridad y sedientos de la seguridad que el padre debería haberles proporcionado se perciben como hijos que no han sido completados en su desarrollo personal.
Sentirse excluido del mundo del padre; experimentar que apenas se le dedica tiempo; percibirse como un extraño ante la persona de quien se procede y a la que tal vez se desee admirar sin que se encuentre nada que sea digno, condiciona en ellos la aparición de la de la inseguridad.
De ahí su temor a dialogar con el padre y no digamos al monólogo que entre ellos se es cuando el padre convoca al hijo “porque tenemos que hablar”, para luego sólo hablar él y siempre de los mismos temas (trabajo, comportamiento en casa y en el colegio, errores que comete...).
Es probable que la total ausencia de la figura paterna condicione, en mayor o menor grado, la aparición de otros comportamientos desajustados. Este es el caso, por ejemplo), del millón de embarazadas adolescentes anualmente (la mitad de esos embarazos terminan en aborto); de los tres millones de adolescentes que en la actualidad transmiten enfermedades sexuales (Teen Sex. The American Enterprise. Enero/Febrero 1993. Besharov y Gardiner); del aumento de hijos ilegítimos (en las tres últimas décadas se ha incrementado en un 400 por ciento); y de los casi tres millones de casos de abuso infantil comunicados en 1991 (Free to Be Fa’mily: Helping Mothers and Faihers AIee/ lhe ~Vex1 Geueratíon of American Chidren.
Familv Research Council. 1991. Yoest).
Puer aeternus
En los niños apátridas es también frecuente la neurosis del puer aeternus del “eterno niño” que ni crece ni quiere crecer y que, si no cambia, más allá de la pubertad se habrá transformado en un completo insatisfecho. Este cuadro tiene su origen muchas veces en la mala educación recibida, como consecuencia de la ausencia del padre o del permisivismo en que éste le ha educado. Son niños a los que se les ha consentido casi todo, deteniéndose su crecimiento en esa etapa en que arrecia el egocentrismo, el llamar la atención y la dependencia, en este caso, principalmente, de la madre.
En consecuencia, no logran adquirir ciertas habilidades que son necesarias para poder conducirse en el mundo con libertad y responsabilidad personal. Puede afirmarse que el niño aprende e imita el egoísmo de su padre, que luego refleja como a través de un espejo. Más tarde estallará el duelo, tanto tiempo aplazado, entre ambos egoísmos: el del padre y el del hijo.
Los padres de estos niños, cuando estalla el conflicto, pierden la calma y transforman su permisividad en tiranía, su tolerancia en agresividad y su indiferencia en férreo y rígido voluntarismo, justamente cuando su hijo más necesita de una serena dirección, a cuya sombra poder fojar el carácter.
Aunque sería un despropósito atribuir las anteriores consecuencias a solo la ausencia del padre ha de admitirse, no obstante, que en un cierto sentido muchas de ellas se habrían evitado si el padre no se ausentara —física y psicológicamente— de su familia o si, al menos, no se desentendiera tanto de sus responsabilidades como educador.
Hemos visto algunas de las consecuencias que la ausencia del padre genera en los hijos apátridas. Muchas de ellas están estrechamente vinculadas a la ausencia psíquica o cognitiva del padre o, sí se prefiere, el autoritarismo la permisividad, dos “estilos educativos" que desde la ausencia de la paternidad moldean erróneamente el comportamiento los hijos.
El modo en que el hijo se siente acogido por el padre es de vital importancia, pues en ello le va la seguridad que en sí mismo tendrá en el futuro, Su autoestima personal, el modo de resolver los problemas que se encuentre, su competencia social, la capacidad de querer a los demás, su nivel de aspiraciones, el optar por unos u otros valores, además de otras muchas cosas más, es decir, gran parte de lo que compendiará su talante personal y su futuro estilo de vida.
Respeto y confianza constituyen dos fundamentales arbotantes donde sostener el crucero de la bóveda que es el desarrollo de su personalidad. Estas dos notas en las relaciones padre-hijo facilitan la sinceridad entre ambos, es decir, la posibilidad de abrir el corazón para manifestar recíprocamente —de acuerdo con su edad y experiencia de la vida— sus temores y angustias, sus esperanzas acaso limitadas por ciertas frustraciones, los sueños e ilusiones que se ambicionan y la mayor o menor confianza que cada uno tiene en si mismo. De este modo se evitan errores por infravaloración (“no sirvo para nada”) y sobreestimación (“soy un genio ), en los que se enredan los hijos con tanta facilidad por su inexperiencia de la vida y por su escaso realismo.
El padre debe enseñar al hijo a aceptarse como es, a respetarse y a quererse a sí mismo, difíciles aprendizajes, pero necesarios para respetar, aceptar y querer a los demás.
Esta etapa inicial debe trascender y articularse con la siguiente (la donación a los otros), pues de lo contrario de “quererse a si mismo surgiría un narcisismo de fatales consecuencias en el futuro.
En definitiva, para educar al hijo basta con una sola cosa, por otra parte muy difícil aceptarle positivamente tal como es y tratar de comprenderle en su esencia, en su singularidad y peculiaridad de ahora, a la vez que se tienen en cuenta los valores que a esa personalidad hay que añadir (su valor añadido), para que felizmente llegue a ser lo que deba ser y, por el momento, todavía no es.
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