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Este
mes dejamos atrás el mundo idílico de las cortes barrocas para dejarnos
ir al mundo de entreguerras, el periodo de la Gran Violencia que fue la
primera mitad del siglo XX, aunque tranquilos que no vamos a hablar de
Harry Kupfer (¡¡de momento!!). La obra en cuestión es Lulú (1937), de
Alban Berg, uno de los epígonos de la Escuela de Viena de Arnold
Schonberg, que inició el camino de la música atonal (para
entendernos, la que no sigue el sistema dodecafónico tradicional).
Florestan, que es tan apasionado de ella como de conversar con los gallos
a las tres de la mañana, nos habla de ella, si bien con otros fines.
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LULÚ LA SORDIDA, SUS MISERIAS Y SUS MISERABLES.
Alban Berg (1885-1935),
murió joven antes de que Europa acabara de morir. Como músico,
trabajó en la línea abierta por Schoenberg en Viena, la de la música
atonal, a la que confieso tener una manía irredenta. Anteayer acabé
de escuchar por vez primera su ópera Lulú (estrenada incompleta en
1937 ). No voy a hablar ni de la música atonal ni del problema de
su inacabado. Después de un viaje en tren de una hora dándole a
los pedales con Lulú y la miseria me han ido viniendo con el eco de
su música, imágenes del decadentismo, del simbolismo fin de
siecle y del expresionismo alemán. Claro, en las caras de
mujeres públicas de Kirchner, hechas a hachazos, veía
claramente a Lulú, preguntando fríamente "¿No es este mismo
diván en el que tu padre se desangró?", o "Yo envenené
a tu madre". Bien. Me gustaría compartir con vosotros la
experiencia.
Para algunos autores
hay una relación muy clara entre la pintura modernista, los
simbolistas franceses como Moreau y Puvis de Chavannes, o los
expresionistas decimonónicos, el trío Munch- Ensor- Nolde, los de
la vida triste. Casi podría decirse, a mí me da la sensación, que
la pintura toma en la primera década del siglo XX una bifurcación
entre la experimentación formal, un viaje que sale de Cezanne y
acaba en la abstracción, y otro que apuesta por las interioridades
psicológicas pero se mantiene casi siempre dentro de lo figurativo,
un camino que se había iniciado con Rembrandt o Goya, y tiene
estaciones en Van Gogh o los expresionistas, para acabar quizá en
los surrealistas y Dadás. Pero basta de sistematizar. Todo esto lo
digo porque veo a Lulú como una obra dentro de la temática más
estrictamente decadente y, pese a sus formas atonales, lo que según
lo veo equivaldría a tendencias formalistas en pintura, es todo un
alegato expresionista perfectamente
comparable a las diatribas antiburguesas, pero figurativas, de
Kirchner y sus compadres del grupo Die Brücke (El Puente,
Dresde, 1905). Espero no haberme puesto el ovillo por montera. Vamos
a los cuadros, que es lo que interesa.
Respecto al primer punto, que Lulú es una obra decadente aún a pesar de
su cronología, podemos
comprobarlo si pensamos que el tema de la mujer como fiera, como
perdición del hombre, aparece muy a menudo en los años de la decadencia,
a grosso mudo, los tres últimos lustros del siglo XIX. Wilde
escribió Salomé en esa época, en francés; allí, la niña
caprichosa lleva al precipicio al profeta al ser rechazada después
de confesar que se estaba apasionando con el cuerpo de éste; lo
volvemos a encontrar en la pintura en ejemplos coétaneos como Lovis
Corinth (Salomé, 1899). |
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Maeterlinck había escrito dentro de la corriente
simbolista, aceptada como una forma de decadentismo, Pelleas et
Melisande, que tal y como lo veo es otro ejemplo de lo mismo. La
llegada de la niña extraviada en el bosque desencadena la tragedia
y las pulsiones que parecen acechar, como los monstruos de los
cuadros de Moreau, en los sombríos bosques de Allemonde. En
pintura, podemos ver a la mujer destructora con muchas caras: en la
obra del modernista Klimt (Judith, 1901), o del
precursor expresionista Munch (El día siguiente, 1894, y
otras como Vampiresa, de 1893-4, y Madonna 1895-1904): |
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| Lulú, una mujer de estirpe similar a las
que vemos, desencadena las pulsiones del hijo en contra del padre,
sustituye a la madre a la que ha matado, mata una vez al cónyuge..;
parece que todos estos temas se reúnen en cada una de estas
imagenes que reseñamos, que nos turban, atemorizan y conmueven.
En cuanto a lo segundo, lo del expresionismo
antiburgués, creo que nos servirá de guía la escena parisina del
piso que Alwa y Lulú comparten con una pandilla de miserables
inmoderados, estentóreos, como Rodrigo el atleta, o patéticos como
el Narraboth de Salomé (el pequeño gimnasta o la misma
condesa, heroína romántica muy sui generis, lesbiana y feminista).
Se desarrolla una fiesta en la que se juega al Bacarat. La sociedad
corrupta, hinchada de hipocresía, de la Europa de entreguerras
aparece retratada en el Banquero falto de escrúpulos que inspirará
al espectro antisemita, en el marqués proxeneta y extorsionador,
etc... Pero más aún en la destreza con que Lulú se mueve en ese
mundo, de donde saldrá para entregarse a la prostitución diciendo
con prisas al criado que no hace falta que la llame señoría.
Pues bien, todo esto lo podemos ilustrar con multitud de cuadritos
que no son sólo del grupo El Puente. El francés Rouault,
por ejemplo, nos sirve bien: Véase si no Los jueces, de
1938, con esas caras aterradoras, como la del doctor cuando le narra
al pintor que su mujer vale millones, que todo lo que ha vendido ha
sido gracias a los valores de su mujer; como cuando se ve
obligado a escribir a la prometida noble que persigue que está
atado a Lulú, como el guiñapo de hombre que aparecía en la Vampiresa
de Munch. Y claro, aún más disfrutaremos si nos vamos con los
amigos de Dresde. El rostro lleno de aristas de las mujeres de
Kirchner, ya lo dije más arriba, es para mí el de Lulú (Autorretrato
y modelo, 1910). |
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| Todo el ambiente de los miserables que la
rodean, que es el de las máscaras del pionero expresionista Ensor,
se nos revela también en la sucesivas calles de Kirchner. Más
hacia la fecha de composición de Lulú encontramos otros ejemplos
muy destacados. Este es el caso de
Beckmann (La noche, 1919, y El baile de Baden-
Baden, 1923). |
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Así, para terminar, Lulú
es para mí una obra decadente y se inserta en la corriente germánica
expresionista y antiburguesa (del Munch partidario del amor libre al
Kirchner de lo mismo y el camino hacia la anarquía de otros como
Dix). No sé si se habrá dicho antes, pero lo que me importaba era
acercar una serie de artistas, los de la decadencia y el fin del
XIX. Además, más aún quizá, entono el mea culpa por mis
manías antiatonales y recomiendo encarecidamente esta obra de Berg..Lulú,
¿Lulú?...¡¡Lilith!!
Florestan |
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