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Bien, la entrada del invierno nos va a traer un tema poco halagüeño y tranquilizador. Nemo nos va a hablar del Nihilismo y su circunstancia. ¿Pierde calcio? ¿Cómo se origina? ¿Qué hay de la literatura y el Nihilismo? Vamos con Nemo, que ha intentado dejar de ser un hombre sombrío por un rato. |
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LA VIGENCIA DEL NIHILISMO Las vías negativas de conocimiento nunca han
gozado de mucha aceptación en nuestra cultura.
Dejando respetuosamente a un lado a Nicolás de Cusa y a alguna
otra honrosa excepción, Occidente ha sido fundamentalmente asertivo.
Escribir para decir tan sólo: “creemos que este podría no ser
el camino”, nunca ha gozado, en nuestro mundo, de gran estima.
Nos acogeremos, pues, a la sentencia de Kierkegaard: “hay que
destruir toda esperanza falsa para que emerja la esperanza verdadera”,
confiando en que pueda justificar nuestra empresa.
La cosa se complica cuando se trata de negar la negación de la
negación. No somos
nihilistas, pero creemos que el nihilismo hay que afrontarlo, y no negarlo
de antemano. Hay que tomarlo
en serio, porque serias, muy serias, han sido –y son- sus consecuencias.
Y es una posibilidad ineludible de la racionalidad...
de la racionalidad vuelta contra ella misma.
En éste artículo expondremos y trataremos de argumentar
la opinión de que el nihilismo es un peligro vigente, una
enfermedad insidiosa de la civilización; sostendremos que resulta dialécticamente
insuperable y que se deberá apelar a instancias distintas de la razón
–en cuanto episteme- para
combatirlo. Consecuencias históricas del nihilismo en
la política. Tocqueville explica en la primera parte de su
obra “El Antiguo Régimen y la Revolución” que el origen de ésta –
de la Revolución Francesa- hay
que buscarlo, en buena parte, en la apropiación por parte de los bajos
estamentos de los ideales ilustrados de las elites, para su furiosa
aplicación política en contra de esas mismas elites.
El fascismo es la consecuencia de la perturbación que produce en
las masas la quiebra de esos ideales un siglo y medio más tarde.
Se trata de la trágica culminación de un ciclo histórico,
plagado de sangrientas paradojas, que
comienza en las tertulias de salón de la aristocracia del dieciocho,
continúa a través de la revolución industrial y las convulsiones
sociales del diecinueve y
alcanza su hora más tenebrosa en los campos En mil novecientos treinta, Europa no era
capaz de soportar el “peso muerto” de su propia cultura.
Una cultura que se sabía, desde principios de siglo, decadente y
colapsada. La creciente
–pero superficial- ilustración de las clases medias, combinada con los
primeros síntomas de resquebrajamiento del mito del “progreso
inexorable” y El falso remedio. Después de la Segunda Guerra Mundial, Occidente ha encontrado una seudoterapia en la recesión que el desarrollo último del capitalismo –en su fase consumista- ha producido en los niveles culturales de sus sociedades. La consciencia individual, necesariamente vinculada a un ámbito intelectual complejo, ha menguado; ya que el individualismo imperante es una especie de solipsismo hedonista, huérfano de todo análisis o introspección. Sin un sustrato cultural que permita un hondo sentido de la propia existencia y una verdadera “individuación”, no puede darse ese fenómeno de negación trágica que aboca, primero a los individuos y más tarde a los pueblos, a opciones morales o ideológicas extremas. Quedan muy lejos hoy las más conmovedoras expresiones de ese pesimismo furibundo que fue – y es todavía -, antes que ninguna otra cosa, el reverso ominoso del idealismo, el producto de su fracaso. El arte, la literatura en particular, había sido la forma elegida por el espíritu para afrontar y tal vez conjurar la atracción del abismo. Es en la literatura donde encontramos la exposición más sólida y descarnada del nihilismo teórico y práctico. No es que la filosofía no lo tome en consideración; todo lo contrario: la filosofía en sí, desde su nacimiento, es precisamente el intento de superarlo, es –como Nietzsche lo revelara- el remedio griego frente a la tragedia, donde la negación absoluta se manifestó por primera vez. Y por eso mismo no es ella -demasiado ocupada en combatirlo-, sino la literatura, quien mejor lo ha expresado en toda su potencia. ¿Pero a cuántos alcanza hoy la escalofriante coherencia de ciertos personajes de Dostoyevski? ¿Cuántos conocen la eficacia deletérea, el potencial transgresor de los escritos del propio Nietzsche? Esa tradición negativa que –en diferentes modalidades- se extiende desde ciertos pasajes de los dramas de Shakespeare hasta el teatro del absurdo, pasando por el pesimismo irredento de Kafka, es ahora el parque de atracciones privado de una exigua minoría, que además procura mantenerse íntimamente inmune a ella, a su verdad esencial. El consumo anula la sensibilidad y con ello, provisionalmente, elude el riesgo de recaída en esa forma práctica de nihilismo colectivista que es, en nuestra opinión, el fascismo. (Si no hay sensibilidad, no puede haber perversión de la sensibilidad.) Pero esta situación ¿durará siempre? Además, aunque en nuestros días se trate de un fenómeno de efectos aminorados – por las razones que hemos expuesto -, sólo detectable en la forma de un desaliento vago y general, combatido con sicofármacos y ofertas cada vez más alambicadas y artificiales de ocio; nadie puede garantizar que el futuro no nos depare explosiones sociales como las de un pasado aún no demasiado lejano. E incluso si Occidente hubiera encontrado la fórmula definitiva para neutralizar el producto indeseable de su cultura, el curso reciente de los acontecimientos nos demuestra que elementos combativos y fundamentalistas de otras culturas están dispuestos a ensayar sus propias “soluciones” contra esa enfermedad de una civilización – la nuestra - que pretende imponerse, a través del mercado global, como modelo único para toda la humanidad. La intelectualidad contemporánea frente al
nihilismo. Los intelectuales son, en general, muy
conscientes de la amenaza latente. La
pauta que predomina entre ellos es la de refugiarse en la “moderación”
como principio supuestamente apodíctico de todo discurso.
En sintonía con esa esencia de la modernidad que es el estoicismo,
tratan de aplicar al pensamiento aquella máxima moral que era
consecuencia de la racionalidad estoica y no condición de ella:
“nada en demasía”. Intentan
aplicar a la razón misma lo que la razón le quería aplicar a la vida.
En cierto sentido –quebrados los ideales y las utopías
revolucionarias- se trata de la prosecución natural del proyecto
ilustrado. ( Más allá de las proclamas de los partidarios de la Teoría
Crítica durante la segunda mitad del pasado siglo, parece que la mayor
parte de las instituciones y de los intelectuales de las llamadas
sociedades avanzadas no han dado, en la práctica, por fracasado ni por
cancelado dicho proyecto.) La toma de partido en favor de la “moderación”
es pues una tendencia de raigambre estoica.
Pero el espíritu de Occidente es esencialmente “excesivo”,
y la base del capitalismo neoliberal es dicha inclinación al
exceso en cuanto voluntad desaforada de dominio y exacerbación del deseo.
Después de todo, incluso en la supuesta moderación estoica ¿no
se esconde el “veneno” de nuestra cultura?
Los postulados de esta doctrina
¿no se cifran más en la identificación
del “yo” con la Suprema
Virtud que en una claudicación resignada, más propia del budismo..? Esa mayoría de intelectuales contemporáneos
a la que nos referimos, se esfuerza en combatir conceptualmente la
voluntad de dominio; en contra de la historia de Occidente y en contra de
la realidad presente de su sistema económico.
El intento de evitar las afirmaciones y negaciones extremas es un
ejercicio vano de moderación, mientras no se moderen las formas prácticas
de la vida. La receta sólo
funcionaría si elimináramos totalmente la tradición y mitigáramos el
deseo. ( Es decir, si
Occidente dejara en absoluto de ser Occidente.) La paradoja es ésta:
ahora que hemos obligado a todo el mundo a transformarse en
“nosotros”, estamos empeñados en dejar de ser “nosotros”.
Nuestra cultura ha alienado a todas las demás culturas; ahora pretende, a toda costa, alienarse a sí misma. Sin embargo, esa estrategia de eliminar de raíz
toda posibilidad de nihilismo poniendo límites al pensamiento, incluso
censurándolo en nombre de la prudencia, supone tan sólo una garantía
ilusoria. La razón
– la “ratio” occidental- nació como aspiración al absoluto,
y ya no puede renunciar a ese horizonte; sobre todo cuando el mundo entero ha sido modelado y sometido
por una voluntad de dominación sin límites, que
forma parte consustancial de esa misma “hibris” originaria. Por otra parte, el nihilismo no puede ser
desactivado dialécticamente, puesto que la tendencia ineluctable a
afirmar - con la razón, a
través de ella - lo
absoluto, lleva aparejada la posibilidad extrema y contraria de negarlo
todo absolutamente. NEMO |
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