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Bien, esta es la primera vez que Shavatska se lanza sin miedos a esta sección donde la gente se desnuda de por nada. Se trata de la historia, como ya bien se dice, de una pena. |
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OJOS VERDES Caía el sol de la tarde y el azul del cielo iba palideciendo. A lo lejos, nubes solitarias y esponjosas se iban tiñendo de rosa, mientras paseaban morosas por el horizonte. Los montes lejanos y ocres; los huertos verdes y amarillos, y la tierra blanda y oscura. Era principios de junio, pero ya a esas horas, un airecillo fresco siseaba juguetón y mecía las palmeras lejanas. Nunca había sentido todo aquello como lo estaba haciendo ahora. Toda la vida lo había tenido delante, pero sólo ahora lo miraba y lo veía; y lo veía porque esperaba, y porque aquella espera era un abandono. Estaba esperando el tren de las ocho para irse definitivamente. Lo dejaba todo: su casa, al marido y a él, claro. Casi toda su vida pasaba delante de sus ojos como un tren de imágenes veloces: cuando era cría y, con la iglesia llena de velas, había salido de Virgen María en la función de la Pascua; cuando fue a la capital por primera vez, con los padres; cuando ya moza, el Mariano, el menor de los Garrigós, se le arrimaba en las fiestas y a ella se le ponía eso así en el estómago; y cuando él se fue a trabajar a Barcelona y ya no volvió más. Sí, y ya se casó con aquel muchacho que tanto le insistió, que al final le dijo que sí, que bueno. Después los críos, que no venían, que no habían venido... y tan pocas cosas después, todas poco más, todas casi iguales. Hasta que llegó aquella tarde que cambió tanto las cosas. Una tarde muy parecida a ésta de ahora, de la que apenas hacía un mes, y sin embargo, parece que hacía ya tanto tiempo... Apoyada en el quicio de la ventana del pozo, miraba encenderse la noche de mayo. Pasaba la gente y yo saludaba, hasta que a mi puerta paraste el coche. ¡Buenas tardes! ¿Puedo pasar? Yo te dije: pase usted. Dejaste el coche, agua me pediste y agua te di, y fueron dos verdes luceros tus ojos para mí. Oscurecía y estábamos en el corral, repleto de macetas muy hermosas por la primavera. Me dijiste que eras corredor de limones, de aquí cerca, de ese pueblo donde hay tantos almacenes. Solías venir por estas casas más apartadas buscando partidas para comprar, y me preguntaste si sabía algo, o si mi marido tenía algún huerto con cosecha. Yo te dije que volvieras por la mañana, que el Juan estaría aquí. Te fuiste, pero se me quedaron dentro tus ojos verdes como el trigo verde, como dice la copla. Cuando vino el Juan, le hablé de ti. Bueno, ya mañana veremos. De madrugada, no eran los ronquidos del Juan los que no me dejaban dormir; me revolvía cien veces y no podía apartar tu cara de mí. Ahora, en este momento, sé lo que era, pero entonces me daba y no me daba cuenta de que era parecido a lo que sentía cuando veía al menor de los Garrigós. Con el Juan nunca ha sido igual, no se ha portado mal conmigo, pero una (quizás es que yo tenga algo malo dentro) no puede vivir siempre de esta manera, sin sentir que es por algo, por lo que te corre la sangre en las venas... Pero ya eso no importa, dejó de importarme; por eso estoy aquí esperando el tren que me lleve lejos de ti y de todo. Nada importa ya, sólo que te acuerdes, como yo, de lo que nos pasó. Espero también que te duela, como me duele a mí ahora lo que no tengo más remedio que hacer, irme, porque yo misma sé que otra vez pasaría lo mismo si volviera a vivir. Volviste al día siguiente. En toda la mañana no había conseguido hacer nada; era como si sólo pudiera mirar para adentro, y mi cabeza no pudiera seguir lo que yo misma mandaba. Te veía llamando desde el camino o desde el corral; pero se pasó la mañana sin saber nada de ti. Llegó la hora de comer. Estábamos el Juan y yo en la cocina, cuando de pronto tu voz llegó desde fuera. Me puse colorada como una chiquilla. Salió el Juan, y yo desde dentro os oía hablar y os entreveía desde la ventana abierta, a través de las rejas. Que si los limones estaban a tanto, que si habría que cortarlos para agosto... Mi marido te dijo que vinieras por la tarde a ver los huertos. Tú estabas todo el tiempo hablando ajeno a mí; hasta que cuando ya te ibas, me miraste sin dudar, con una mirada que me llegó a través de las rejas. Algo raro me juntaba a ti, algo que me daba miedo, pero de lo que no me podía escapar. Y es que eran tus ojos verdes como los de la copla: con brillos de facas que se clavan en el corazón. A la tarde, cuando estaba rociando el corral y regando las macetas, apareciste por el portón. Yo tardé en poder levantar mis ojos. Noté cómo me ponía colorada cuando te sentí cerca. Buenas, ¿mi marido? No, no ha llegado, espérelo, que vendrá enseguida. Te señalé dónde estaba nuestro huerto por si querías ver los limones. Te fuiste, y yo me quedé allí intentando seguir rociando las macetas, pero ya casi no podía, pensando en que tenías que volver. Estaba sacando agua del pozo cuando te sentí venir. No, qué raro, aún no ha llegado, respondí sin apenas volverme. Venías fumando, y pude sentir el humo y el olor de tu cigarro. Noté que tirabas el cigarro y te acercabas a mí. Me dijiste: déjeme que la ayude. Y me rozaste con tus manos al coger la soga. En ese momento, miré hacia lo profundo del pozo, y fue cuando supe que no estaba en mis cabales; cogí el caldero y me fui a lo más apartado del corral para seguir rociando. Tú sacaste un pozal de agua y te quedaste allí, al lado del pozo, mirándome hacer. Yo seguí echando y echando agua hasta que, al poco, vino el Juan. Os fuisteis los dos, y yo me quedé allí mirando las flores, muy hermosas por la primavera de mayo. Pasaron los días y el Juan me hablaba de los huertos, de lo que nos iban a dar por los limones; yo no hacía más que mirar al corral: me figuraba que yo era una maceta mustia y seca que no iba a florecer nunca. Otra tarde nos volvimos a encontrar. Yo iba andando por el camino, hacia mi casa; venía de la tienda y todavía me quedaba un buen trecho para llegar. Cada vez que sentía los coches tras de mí, me pegaba al borde del camino. Una de esas veces me di cuenta de que eras tú. Paraste el coche y yo iba hacia ti llena de un vértigo que me detenía y me empujaba. Me preguntaste si quería montar, que me llevabas a mi casa, que ibas en esa dirección. Yo dudé, sabía que aquello no estaba bien, que una mujer casada no debía... pero eran tus ojos, más verdes que el trigo verde, los que me arrastraban como si quisieran atraerme al fondo de algo muy hondo. Yo iba a tu lado; tú conducías y hablabas sin mirarme: que no había llovido, que habían pocos limones... Yo apenas contestaba. Al poco, al pasar por uno de los tantos huertos que se extendían a los lados de la carretera, me dijiste que éste era tuyo, y que tenías allí algunos árboles de albaricoques mayores; si quería, entrábamos y podía coger unos cuantos para mi casa. Yo... te dije que bueno, que gracias. Con tan solo decir eso, supe que me había tirado al pozo de cabeza. Los albaricoques estaban hermosos y sonrosados. Cogí unos cuantos y los eché en una bolsa que llevaba. Tú cogías también, y te llevabas algunos a la boca. Cuando llené la bolsa me agaché para ponerla en el suelo y anudarla. De pronto, te sentí detrás. Me cogiste el brazo, me levantaste y me giraste hacia ti. Me dijiste que ni siquiera había probado los albaricoques, mientras me ofrecías uno. Yo levanté mi brazo, que la manga corta dejaba desnudo, y al tocar la fruta me rodeaste mi mano con la tuya. Yo mantenía la mirada en tu mano y entonces, me tomaste de la cintura, me acercaste a ti, y besaste mi boca temblorosa. Me preguntaste muy bajo que si yo quería, me llevabas a mi casa. Yo no dije nada, y seguí bebiendo de tu boca su gusto a fruta fresca. Aquella tarde, bajo los árboles, me hiciste revivir y morirme a la vez. Volvimos a mi casa y apenas estuve ya tranquila un minuto. ¿Qué fue de los días siguientes? Un sinvivir que duró no sé cuanto. Después de muchos días sin verte, me decidí a ir al pueblo donde trabajabas. Rondé el almacén con el corazón encogido. No me atrevía a entrar: esperaba y esperaba. Cuando te vi salir hacia tu coche, fui corriendo hacia ti. Me dijiste que no sabías, que te daba miedo todo aquello; que tu mujer, que mi marido... Yo te miraba conteniéndome con trabajo para no llorar, hasta que me miraste y me dijiste que irías a mi casa dentro de dos noches, cuando al Juan le iban a echar el agua para regar. Durante los días siguientes, algo me decía que no podía ser, que no me querías como yo te quería a ti, que te tenía que olvidar; pero también sabía que ya no podría apartarte de mí. Para mí ya no hay soles, luceros ni lunas; no hay más que unos ojos, que mi vida son. Como en la canción. Viniste esa noche, cuando el Juan no estaba; y como en la copla vimos desde el cuarto despertar el día. Te fuiste y nunca una noche más bella de mayo yo volveré ya a vivir. Y ya que más da. Ya tiene que estar al venir el tren. Todavía viniste por mi casa, algunos días después. Te pregunté cuándo volveríamos a estar juntos, y de pronto vi el miedo en tus ojos. Sí, era cierto el dicho: que los ojos verdes eran hermosos pero traicioneros. Me dijiste que no podíamos seguir así; que tenías mujer e hijo y que tenía que entender. Ya lo creo que entendía. También me dijiste que si alguna vez necesitaba algo, que pasara por el almacén, que tú verías. Yo te dije, con toda mi amargura, que estabas cumplido, que no necesitaba más... De pronto, la tranquilidad del atardecer se vio interrumpida por los ruidos del hierro contra el hierro, que se iban haciendo cada vez más próximos. Ante el rosado del cielo apareció la máquina gris y pesada, que avanzaba imparable sobre los raíles del tren. Cuentan que el maquinista no se dio cuenta de aquella mujer que se tiró a las vías, hasta que no la tuvo debajo. Todo lo que luego fue de boca en boca fue la historia de un pecado, sin que casi nadie se diera cuenta de que también era la historia de una pena. Shavatska |
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